El Norte de Castilla
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Escuelas de vida
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Eduardo Roldán | 28-01-2018 | 10:13

takeshi-kitanoLlega un momento en la carrera de ciertos cineastas —con el factor común de que escriben los guiones que dirigen— en que sus impulsos creativos se fellinizan y acometen su versión de, bien Amarcord, bien de 8 y ½, bien —así Woody Allen, con Días de radio y Stardust Memories— de ambos. A algunos les gana el impulso un poco antes —Charlie Kaufman, acaso temiendo que no iba a tener otra oportunidad de colocarse tras la cámara, debutó con la más deslumbrante e idiosincrática versión de 8 y ½ filmada hasta hoy, Synecdoche, New York—, a otros un poco después —el crepuscular Kurosawa de Sueños, que bebe de ambas fuentes—; lo más común es que ocurra cuando la silueta de la muerte se recorta contra el futuro inmediato del realizador; es el caso de Nanni Moretti y Caro Diario —que es Amarcord en presente— o el de la cinta de Takeshi Kitano que nos ocupa. Al cineasta japonés no se le recortó en forma de cáncer sino de accidente —<<intento inconsciente de suicidio>>— de moto, que aparte de dejarle gravísimas secuelas físicas lo sacudió de la espiral autodestructiva en que se encontraba y lo llevó, por un lado, a internarse en el territorio de la pintura, y, por otro, a hacer la más naturalista, y al tiempo insólita —incluida ese otro suicidio (artístico) que es Getting Any? — película de su filmografía.

Kids Return se articula como un largo flashback que rememora ese periodo de incertidumbre a mediados-finales de la adolescencia en que brota un ‘angst’ vital que hace que el adolescente se plantee romper con la realidad que siente impuesta y salirse —¿con qué destino?: lo desconoce— del sendero programado para él. Solo los más osados o inconscientes se atreven al final, y con frecuencia terminan regresando al sendero prefijado, pero aunque reculen o insistan sin llegar a ese lugar que intuían, al menos habrán arrancado a la vida experiencias que de otro modo no hubieran, y podrán decir que el fracaso que han ganado se lo han ganado ellos solos.

kids-return-1Kitano arma este clásico relato de maduración no como una sucesión de estampas más o menos hiladas sino como una narrativa con arco dramático —si bien tiene la delicadeza de no puntuar las distintas fases con hitos abruptos, según exigen los cánones occidentales de escritura de guion—, y sin identificarse con ninguno de los personajes: él —sus recuerdos— no es ninguno de los dos protagonistas, ni Masaru (Ken Kaneko) ni Shinji (Masanobu Andô); tampoco el correveidile del yakuza, ni el joven tímido y enamorado del café ni ninguna de las mitades del par de jóvenes cómicos, ni aun otro(s): es todos ellos, una suerte de yo colectivo cuyas partes resultan, sin embargo, perfectamente autónomas. A través de este recurso, Kitano ofrece al espectador un relato de doble faz, a la vez fiel —con el margen que hay que concederle a todo recuerdo: por mucha fidelidad que se le quiera rendir, la memoria nunca es un calco del pasado— y deformado: cuando en una escena coinciden más de un <<Kitano>>, lo que vemos no pudo acontecer de la manera en que se muestra; Kitano pudo actuar o ser testigo de lo que vemos, pero solo de una forma, solo desde el punto de vista de uno de los personajes. Y al mismo tiempo, lo que se nos muestra sí le ocurrió, sí fue testigo o actor. Por esta vía sintética consigue levantar un universo suficiente, completo, más coherente desde el plano narrativo y más verdadero con el corazón del recuerdo, que es en definitiva lo que le interesa (como era lo que, por una vía más barroca y onírica, interesaba a Fellini).

kids-return-2Rojos y sobre todo azules, atravesados aquí y allá por grises pastel, dominan la paleta cromática del film, en especial en las localizaciones exteriores, y contribuyen, junto con el diálogo cotidiano —se trata de una de las películas más dialogadas de Kitano, sin serlo especialmente—, al naturalismo mencionado, y le otorga además una pátina de melancolía que sugiere la lentitud con que los cambios acontecen, que el hombre, aun con empeño, solo puede acelerar hasta cierto punto. Esta conciencia, esta suerte de fatalismo japonés, se aprecia en el film tanto en los comentarios de los profesores en la mesa del claustro como en los nocturnos de los yakuza en la del drugstore. Y se aprecia también en la asunción de la jerarquía como principio rector de las relaciones grupales. Los dos protagonistas forjan su carácter en tres escuelas de vida fundamentales: la del instituto, inamovible y repetitiva como una pelota contra un muro; la del gimnasio de boxeo donde comienzan juntos a entrenar, que recompensa el sacrificio incluso aunque en ocasiones te niegue la victoria; y la escuela de los yakuza, cuya recompensa es mucho más vertiginosa y jugosa, y peligrosa por ello. Pero en cualquier ámbito la jerarquía rige el funcionamiento, y a uno solo le queda acatarla o escapar. De los dos amigos es Masaru el que tira de la pareja; Shinji se deja llevar —primero fuera de la escuela, luego dentro del gimnasio—, y cuando el ring los separa y Masaru se interna en el submundo de los yakuza, presenciamos el desarrollo paralelo de ambos senderos y una enseñanza central del filme: los códigos y las reglas, que el maestro, sea el entrenador, sea el kumicho del clan, conocen y que han tenido que observar en el pasado (esa observación rigorosa es, de hecho, la que los ha colocado donde están), resultan cruelmente justas, de una certeza gravitatoria: si no se respetan, te harán caer. Y ambos caen por sus debilidades personales —Shinji por no saber decir no, Masaru por decir sí sin reflexión—, y entonces es la expulsión, la casilla de salida y volver a empezar en otro ámbito (un trabajo que es el espejo gregario del instituto) mientras la vida, esa bañera que cada día se desagua, no deja de pasar.

Con todo este fatalismo, que la extraordinaria banda sonora del versatilísimo Joe Hisaishi enriquece sin aplastar, Kids Return es un film que advoca por la esperanza y la posibilidad de cambio. Es en la última frase y el último plano, que remite en bicicleta a la carrera de Jean-Pierre Léaud/Antoine Doinel en Los 400 golpes, donde se reafirma que ambos, pese a los golpes recibidos, van a seguir buscando, van a seguir intentándolo, que no todo está escrito de antemano. Lo cual, dicho por el quizá más fatalista de los cineastas, multiplica su poder conmovedor.

(La sombra del ciprés, 27/1/2018)

 

Ficha del film

Título: Kizzu ritân (Kids Return)

Año 1996, 103 mins, drama, color

Dir.: Takeshi Kitano

Int.: Ken Kaneko; Masanobu Andô; Leo Morimoto

Sobre el autor Eduardo Roldán
Columnas, reseñas, apuntes a vuelamáquina... El autor cree en el derecho al silencio y al sueño profundo.