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Autor: rocamadour78
Identidad modelada
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Eduardo Roldán | 23-09-2017 | 12:57| 0

locke-encalladoEncallado en esa desorientación de arena que es el desierto se encuentra David Locke (Jack Nicholson), el reportero de televisión a que se refiere el título, al arrancar el film. Es un hombre en el límite, y la obstinación de su todoterreno por no moverse de las dunas lo termina por quebrar: <<¡No me importa!>>, grita al vacío, palabras que por otro lado es probable no sienta. Este arranque y el regreso a pie de Locke al hotel donde se hospeda es una muestra impecable de cine (casi) mudo. Al llegar al hotel, Locke descubre que Robertson, su vecino de habitación y con el que comparte más de un parecido, ha fallecido de improviso, y en un arranque pulsional decide cambiar las fotografías de los pasaportes y trasladar el cuerpo de Robertson a su cuarto, fingiendo así su propia muerte. ¿Por qué lo hace? El espectador, como Locke, únicamente sabe lo que la voz de Robertson le había comunicado: que tener solo tiene un corazón débil: ninguna atadura, ni amigos ni familia: se dedica a viajar. (Información suministrada por un ingeniosísimo flashback: la cámara registra a Locke trabajando en los pasaportes mientras escucha la voz de Robertson grabada de una entrevista previa, comienza a deslizarse como fusionada por las palabras hasta el techo y, sin corte, desciende de nuevo hasta mostrar a los dos hombres en el balcón hablando, continuando en el pasado la grabación que ha callado en el presente.)

michelangelo-antonioni            Desde este momento se expone el tema esencial del film: qué configura la identidad. ¿Qué hace que seamos como somos? ¿Hasta qué punto puede el yo moldearse a voluntad? O, dicho de otro modo, ¿cómo no ser uno mismo? Tal que una manada sin apenas desertores, la crítica ha catalogado desde siempre la narración de Antonioni como <<una sucesión de tiempos muertos>>. Esos tiempos no están muertos en absoluto: sencillamente ocurren otras cosas que los manuales de guion dejarían fuera por no ser lo bastante <<dramáticas>>, pero que tienen en el fondo mayor peso en la forja de la psicología del personaje —y por tanto del drama— que las habituales persecuciones estruendosas o los aun más habituales parlamentos expositivos sobre las motivaciones del personaje. Son tiempos donde el avance es concéntrico, un tiempo de estratos además de —no a pesar de— un tiempo lineal. Y El reportero es la mejor prueba del poder de este enfoque narrativo, tan ajeno a los códigos al uso. Literalmente Locke, con el cambio de identidad, comienza a habitar un tiempo muerto, un tiempo que no le es propio; Locke (Robertson ahora) pretende (re)nacer a mitad de la vida, comenzar tabula rasa sin otro propósito que el de ir viviendo, descubriendo. Pero el ser humano no puede abdicar de su pasado, pues está hecho de tiempo; tal empeño no es sino una fantasía irrealizable. Locke, como el adolescente que huye de casa, quiere escapar de las figuras paternas que simbolizan su trabajo y su matrimonio (Martin, el productor de la cadena, y Rachel, su mujer), a las que atribuye en gran medida el desencanto existencial que lo corroe, la agónica sensación de impotencia que el fracaso de la entrevista con un dictador africano, motivo de su presencia en el continente negro, ha desbordado. Pero por supuesto esas figuras no se quedarán inertes, querrán extraditar el cuerpo y la valija, querrán saber cómo ocurrió. Es más: no solo no puede abdicar de su pasado sino que se carga con el de Robertson, cuya afirmación de que carece de vínculos es solo eso: la afirmación de un desconocido, que tan pronto como Locke recoge e inspecciona las pertenencias del muerto descubre se trata de la mentira de un traficante de armas, con una agenda repleta de nombres, lugares y citas que atender; como al adolescente, puede que a Locke le espere bajo el nombre de Robertson un destino más cruel que aquel del que huye.

locke-y-la-chica            Obligado a cumplir estos encargos, comienza así una búsqueda/huída que lo llevará a Londres —donde ¿coincide? por primera vez con La Chica (Maria Schneider), futura compañera de viaje y corporeización de lo que ahora le parece el ideal femenino—, a Múnich, a Barcelona, a Almería… Encargos cuyo peligro no solo lo mueven en un plano geográfico sino anímico: da muestras, por primera vez, de vitalidad, felicidad incluso, al menos hasta que se entera de que Martin y Rachel, al recibir la valija y descubrir la celada, andan detrás de él.

El otro tema esencial es el de la objetividad. Si las cuentas de la memoria no me fallan, solo hay un plano subjetivo desde el punto de vista de Locke, al cerrar el maletero con La Chica dentro; el resto del metraje mantiene rigorosamente un punto de vista objetivo, documental, como el que asume el propio Locke en su trabajo, que Martin valora por el distanciamiento, por la no interferencia con el material, esa falla infranqueable que precisamente a Locke desazona. Con El reportero, Antonioni apura y depura esa idiosincrasia presente en toda su obra que es la captación fenomenológica, la observación pura del gesto y las inflexiones, el encuadre que dirige pero no impone, a lo que contribuye el que esté filmado por entero en localizaciones (desde el desierto de Argelia hasta el Palau Güel), sin transformaciones cromáticas o físicas del paisaje que pretendan subrayar una idea o un estado de ánimo, como sí había hecho antes en El desierto rojo o Blow-Up. Pero la objetividad es una quimera tal como la de borrar el pasado, y es lo que queda detrás o fuera de la imagen lo que en cine muchas veces más importa. Antonioni sabe esto y lo aplica con un criterio al alcance de muy pocos cineastas, si es que alguno. El mayor ejemplo —y todo El reportero supone una clase magistral del uso del fuera de campo— es el penúltimo plano de la última escena, un heroico plano secuencia que se tardó once días en rodar y que es una muestra de cine como medio de síntesis no inferior a la cabalgata wagneriana de Apocalypse Now.

Thriller existencial, road movie, historia de amor, cinéma-verité y de denuncia —la ejecución que aparece en el documental que graba Locke ocurrió en verdad—, juego de sombras y espejos dobles… El reportero es un film con una riqueza hondísima, que merece y demanda más de una (re)visión. Cada vez son menos.

 

Ficha del film

Tít: Professione: reporter (El reportero)

Año: 1975

Dir: Michelangelo Antonioni

Int: Jack Nicholson, Maria Schneider, Ian Hendry, Jenny Runacre

119 mins., color

(La sombra del ciprés, 23/9/2017)

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Gobierno central
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Eduardo Roldán | 21-09-2017 | 2:05| 0

Uno de los grandes atractivos de las palabras es su condición de recipientes polisémicos; otro, la exigencia que plantea ese abanico de naipes significativos para elegir el más adecuado —no necesariamente el más preciso, si tal no es el efecto deseado— o para no elegir ninguno; como bien saben los músicos y los poetas, a veces la omisión de alguna(s) nota(s) o palabra(s) otorga más fuerza a la frase musical o lingüística, que se habría visto lastrada de haberse incluido.

El plan de actuación promovido por quienes sueñan con una Cataluña autista no ganará la guerra de la independencia, aun por medios ilegales, pero ha ganado la batalla del lenguaje, o una importante batalla. No hay ya información oral, titular de periódico o comentario en mesa redonda en donde no se añada, cuando el emisor se refiere al Gobierno, el adjetivo ‘central’. Dentro de poco hablaremos de Mariano Rajoy como <<el Presidente del Gobierno Central>>. Con la difusión masiva de esta adición innecesaria los soñadores han conseguido, al menos, tres cosas: quebrar una antigua costumbre (la costumbre también es fuente del derecho); agregar otro elemento con el que apuntalar el hecho diferencial; y, sobre todo, dar la vuelta a la jerarquía entre ambos gobiernos, el del Estado y el Catalán, obligarse al del Estado a arrodillarse. Pues si se diera una posible confusión informativa porque se esté hablando de ambos gobiernos en una noticia, al que habría que distinguir, como ocurre en cualquier rama de la ciencia (ciencias naturales, sociales, políticas), sería al catalán, que es el accidente del todo, la rama del árbol, y no al revés. El Gobierno de España (también de Cataluña) es el Gobierno, y adosarle el adjetivo lo minora.

Se trata de una victoria psicológica, tanto más efectiva cuanto que inadvertida o aparentemente banal. Pero no podemos olvidar que el uso reiterado del lenguaje crea realidad, y eso es justamente lo que los soñadores quieren: una realidad distinta.

(El Norte de Castilla, 21/9/2017)

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Rusia
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Eduardo Roldán | 15-09-2017 | 12:43| 0

Hace cien años que Rusia se proclamó república, poniendo así fin a un imperio de salones, chorreras y arañas de cristal cuyo rigor esencial, sin embargo, se mantiene hasta hoy, pues forma parte indisoluble de ese ente misterioso y sugestivo que se dio en llamar alma rusa. La fascinación que despierta (la historia de) Rusia es la fascinación que despiertan las contradicciones, y en este sentido no hay otra nación que mejor simbolice/sintetice el siglo XX, esa contradicción coagulada entre la Primera Guerra Mundial y la caída del Muro de Berlín.

Rusia —y tómese Rusia como sinécdoque de la U.R.S.S., que es como el inconsciente colectivo la tomó en el siglo pasado y aún la sigue tomando— quiso con Lenin materializar una utopía de más de veinte millones de kilómetros cuadrados, y he ahí la contradicción de base de la que podrían derivarse las demás, si no fuera porque las demás son anteriores a Lenin y serán posteriores a Putin, pues no solo transmigran las naciones sino el alma del pueblo que les da vida. Rusia es capaz de donar 27 millones de compatriotas para detener al nazismo y después purgar a más de veinte millones en el archipiélago del Gulag; Rusia conjuga el formalismo más depurado con la emoción más visceral (Eisenstein), el folclore estepario con la poesía futurista, las acuarelas de veleros al pastel con la geometría estricta de Kandinsky o el blanco al cuadrado de Malévich; Rusia es el religioso que no tiene religión, el estoico melancólico, el físico trascendente. Solo un fatalismo que no se resigna y que excede el carácter, algo anclado en el alma, invisible pero tan real, si no más, que eso que llamamos realidad, es capaz de sobreponerse a un cataclismo de la magnitud de la disgregación de la U.R.S.S. y el aterrizaje brutal del capital sin freno.

Con el cambio de siglo llegó Putin, y una república con Putin como jefe de Estado es una contradicción que, ay, acaso ni Rusia sea capaz de conciliar.

(El Norte de Castilla, 14/9/2017)

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Jerusalén Este
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Eduardo Roldán | 29-06-2017 | 2:06| 0

¿Hasta dónde nos tenemos que remontar? ¿Quién fue el primer agraviado? Suponiendo que al menos se llegase a concordar el origen de la discordia, ¿quién, desde entonces, ha sufrido más daño? ¿Y cómo evaluarlo, si en gran medida el propio concepto de daño conlleva un componente espiritual, esto es subjetivo? Por otro lado, ¿cómo intentar ayudar a quien no se quiere dejar? Netanyahu habla —o hablaba antes de Trump— de la <<animadversión>> que el Consejo de Seguridad de la ONU profesa hacia Israel (desde la elección del magnate devenido presidente, se ha anunciado la construcción de 566 viviendas en Jerusalén Este, y están pendientes de aprobar otras 11.000). Pero la animadversión es un lujo que solo se puede permitir el fuerte; Palestina en cambio implora un árbitro, pero nada asegura que, de aceptarlo Israel, fuera a respetar tampoco lo acordado, en primer lugar porque casi seguro no la dejasen, independientemente del contenido: Abbas es la piñata a la que golpean quienes tiene delante y muchos de quienes se supone lo sostienen. Los menos belicosos de entre sus apoyos niegan de entrada la existencia de Israel, y el tener como contrapeso nuclear “aliado” a Irán es algo que limita las iniciativas al más audaz.

Hemos mencionado Jerusalén Este. Acaso sea la metonimia que sintetice mejor el conflicto. En la reciente conmemoración del medio siglo de la Guerra de los Seis Días en lo único en que los discursos oficiales de uno y otro lado —firmes pero no incendiarios— señalaban como innegociable era la soberanía sobre JE (que en el caso de Israel implica, por descontado, también la de la zona oeste). Si Israel lleva décadas ignorando las resoluciones condenatorias de la ONU, si considera que la ciudad le pertenece, que es su derecho divino —y por tanto defenderla su obligación—, y si Abbas está dispuesto a ceder —suponiendo le dejasen, insisto— máximo hasta la capitalidad de Jerusalén Este… El futuro es hoy, y hoy han sido los últimos 50 años.

(El Norte de Castilla, 29/6/2017)

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Frances McDormand
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Eduardo Roldán | 23-06-2017 | 12:53| 0

La con casi seguridad actriz más honesta —y el adjetivo no es paradójico: también fingiendo se puede o no ser honesto— y versátil que haya dado el cine en los últimos treinta y cinco años cumple sesenta y lo hace con la misma discreción que siempre ha caracterizado su trabajo. Posee la Triple Corona de la Actuación (Oscar —cine—, Tony —teatro—, Emmy —televisión—) y, más importante, se halla en plenitud de facultades y motivada; sin embargo, su presencia ha ido disolviéndose hasta quedarse estancada en un limbo o purgatorio de papeles como limosnas, no indignos pero ni mucho menos a la altura de su talento. Y es que ella todavía se puede permitir decir que no. McDormand ha tenido la suerte de haber mantenido durante toda su carrera un feliz matrimonio artístico con Joel Coen, que le ha regalado un abanico de roles memorables, principales y secundarios, y nada hace sospechar no se los vaya a seguir regalando. Otras sin embargo no tienen tanta suerte. No hace mucho conocíamos el caso de la extraordinaria Dianne Wiest, obligada a embalar su par de Oscars en una caja de cartón y cambiar de apartamento porque no le alcanza para el alquiler (Wiest mantenía también un fructífero matrimonio artístico, con Woody Allen, pero llegó a su fin en el 94).

Es triste que al doblar los cincuenta las actrices (y también los actores, aunque indudablemente en menor grado) de cine se den cuenta de golpe de que ya no las quieren. Y es triste sobre todo porque es una edad que ofrece una riqueza dramática enorme, al conjugar la experiencia con el dinamismo. ¿No hay guionistas interesados en explorarla? ¿Son los productores quienes se niegan? ¿Es que el cupo solitario de Meryl Streep basta para limpiar la conciencia —si la tienen? Citar a Streep como excepción se ha convertido en un cliché, pero como dice Neil LaBute muchos clichés han llegado a serlo por demostrarse ciertos repetidas veces. Aparte, el caso/Streep demuestra algo más importante: que sí se puede.

(El Norte de Castilla, 22/6/2017)

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Sobre el autor Eduardo Roldán
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