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¡Atención!
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Eduardo Roldán | 24-03-2017 | 15:05| 0

Un reciente estudio ha determinado que el periodo de atención que el hombre presta de media a un estímulo visual es de ocho segundos. Hace diez años, cuando el primer iPhone vio la luz pública —y gracias al cual tantos creyeron ver La Luz—, este periodo era de doce; puede parecer una merma no muy sustancial, pero en el ámbito de la atención, en función de los parámetros que este estudio y otros previos manejan, un segundo es mucho más que el paso de tic a tac. Con el añadido de que la merma ha situado al hombre por debajo del pez. Sí, de ese pez naranja, modesto y vulgar con el que los niños se encaprichan al cumplir los cinco o seis años y que termina resignado en un rincón de la cocina. La memoria de los peces es fugaz como el chasquido de dos dedos; sin embargo, si al pez se le planta un papel con letras al otro lado del cristal es más probable que mantenga los ojos fijos en él durante más tiempo que un hombre. Acaso se deba a que el pez no se entera ni entiende nada, pero tal supondría que el hombre no quiere entender ni enterarse. No se sabe pues qué es más preocupante, si no prestamos atención porque hemos reducido nuestra capacidad de prestarla a base de pasar el índice por la pantalla del móvil o de hacer clic-clic-clic en el ratón, en una suerte de somatización genética, o porque ya nada nos la llama.

No es algo trivial que desde hace unos años la narrativa audiovisual haya tendido a reducir el tiempo de exposición del plano: el intercambio internauta, con las redes como motor y ejemplo máximo, modificaron la mirada —y los oídos— del espectador, despertando una necesidad insaciable de sinapsis como  flashes, y la industria audiovisual no hizo sino adoptar el modelo, contribuyendo a su vez a ahondar —agravar— el fenómeno. ¿Y qué viene después? Junto a la atención va unida la reflexión, y al disminuir también esta aumenta la aceptación sin crítica. Lo que viene después —ya está aquí— es la indefensión ante el poder.

(El Norte de Castilla, 23/3/2017)

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La música del cosmos
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Eduardo Roldán | 18-03-2017 | 16:08| 0

¿Es posible armonizar a Albert Einstein con John Coltrane? Tal es el reto, tan fascinante como atrevido, que plantea el Dr. Stephon Alexander en El jazz de la física: demostrar el carácter musical de las estructuras cósmicas. Alexander, físico teórico y saxofonista aficionado (pero como todo aficionado que se precie, el tiempo invertido en su afición le ha llevado a alcanzar un nivel que ya quisieran muchos profesionales de carné), sabedor de la extrañeza que tal empresa probablemente cause a quien se acerque al texto, decide imbricar la búsqueda científica con su biografía, sin regatear las dudas vocacionales, los caminos tomados en falso ni las frustraciones académicas; tampoco los logros, las alegrías súbitas por un hallazgo inesperado o por la constatación de una hipótesis remota. El retrato que de él se desprende es el de un hombre muy curioso —requisito obligado en un investigador—, osado —prefiere recibir un pescozón correctivo de una de las vacas sagradas que le dirigen las investigaciones a quedarse callado si se le ocurre una idea que considera sugestiva— y agradecido: los de ‘ídolo’ y ‘héroe’ son términos que se repiten a lo largo de todo el texto, aplicados tanto a las aludidas vacas sagradas de la física como a las de la música —no solo del jazz—. Lo más admirable es su actitud de oídos abiertos: Alexander no se coloca de entrada nunca por encima de su interlocutor, aun cuando este —Brian Eno, Donald Harrison, David Amran— exprese opiniones sobre un campo que él ha estudiado y conoce con mucha mayor profundidad; no solo no las desecha sino que con frecuencia le sirven como trampolín para su búsqueda científica, sugerencias de otras rutas que hasta el momento había pasado por alto.

La herramienta didáctica fundamental que emplea para hacerse comprensible al lector es la de la analogía, el ejemplificar con imágenes conocidas por cualquiera, simples y de fácil visualización, las nociones teóricas expuestas y las ideas que en ellas subyacen, elección acertadísima y que sin duda el lector agradece, pero que Alexander logra estirar solo hasta cierto punto. Y es que el de la física cuántica es un campo especialmente inasible; el lenguaje de las ecuaciones puede visualizarse —o el no erudito puede— solo si la ecuación no presenta demasiados símbolos griegos, una dificultad que afecta también a varios de los más recurrentes términos: ¿qué aspecto tiene la antimateria? ¿Y un espín? ¿A qué se parece un campo cuántico, y un D-brana? Por mucho entusiasmo e imaginación que el no erudito le quiera meter, es muy probable que en más de una ocasión se termine perdiendo y que le toque releer lo recién leído o bien detenerse resignado, encogerse mentalmente de hombros y continuar con el agujero a cuestas.

En un estricto plano lingüístico, el libro está redactado funcionalmente, y da la impresión de que con cierta urgencia; así, las mencionadas insistencias de ‘ídolo’ y ‘héroe’ para definir a una persona son solo un ejemplo de un puñado recurrente, siendo la de ‘interesante’, a la hora de referirse a un proyecto, una idea o una teoría, la más abusada; desde luego el texto no se habría resentido con otra revisión y el empleo de un vocabulario más vario. Pero el con diferencia mayor lastre de El jazz de la física es la traducción, sobre todo la de términos musicales. Las “sheets of sound” que Ira Gitler acuñó para definir el sonido de Coltrane y que cualquier aficionado al jazz conoce como ‘sábanas de sonido’ son vertidas aquí como ‘láminas’ o ‘capas’ (ni siquiera se mantiene el criterio, aun discutible); “perfect fifth” se traduce literalmente por ‘quinta perfecta’ en lugar de ‘quinta justa’ (!), y “bar” por ‘barra’ en lugar de ‘compás’ (!!). Son solo tres ejemplos lamentables de entre muchos, que deberían subsanarse en las, de haberlas, futuras ediciones.

Por otro lado la exposición habría ganado con una dosificación estructural de la teoría: hay un intervalo (caps. 8-12) que amenaza con romper el interés del lego, abrumado por la sucesión estricta de material científico (movimiento ondulatorio, teoría de campos, etc.), pero la amenaza no llega a completarse y el interés, con la nueva relación que el autor establece gracias a una frase cazada al vuelo sobre el enfoque improvisatorio del saxo tenor Mark Turner, se restablece, y no es imposible que al concluir el libro al lector se le haya despertado la cosquilla por ahondar en el conocimiento de la formación del universo y/o de la armonía musical. Lo cual supone que el Dr. Alexander ha completado la empresa con éxito; este no depende de demostrar su tesis por completo, entre otras cosas porque quizá sea imposible. Lo más fascinante del arte, y en concreto de la música, es la sensación de que siempre se te escapa algo, y es ese algo lo que te impulsa a seguir; paralelamente, cada descubrimiento científico abre nuevas vías en las que internarse, en un proceso sin fin. En toda la historia del hombre nadie ha conseguido todavía resolver el misterio de por qué el pequeño salto hacia atrás de un semitono en la tercera de un acorde mayor (digamos de Fa# a Fa natural en Re mayor) cambia tan radicalmente el sentimiento que nos produce la escucha, como tampoco se ha conseguido aislar ese primer germen que dio lugar al universo.

Y uno quisiera que no se lograsen resolver nunca.

(La sombra del ciprés, 18/3/2017)

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Elige todo
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Eduardo Roldán | 17-03-2017 | 14:55| 0

El operador dominante de telefonía fija, móvil y tele por suscripción en España ha adoptado como anzuelo publicitario el eslogan que intitula esta columna, más un mandato que una sugerencia: <<Elige todo>>. Nada menos. El fútbol y la liga Endesa y la NBA y el tenis y el golf, y no hemos salido del abanico deportivo; añádase el abanico de series, el de cine, el de programas de cocina y de cotilleo y de viajes y de noticias y de vocación infantil. Parece un eco del monólogo de apertura de Trainspotting: elige una tele grande que te cagas, elige lavadoras, equipos de música, elige una hipoteca y un piso piloto, elige… Y ante la negativa a elegir todo eso —<<la vida>>— porque con la heroína basta y no hay razones, cabría darle la vuelta a la réplica y decir: <<¿Quién necesita heroína teniendo Movistar?>>.

Incluso aunque uno logre acotar su interés a un solo abanico, la oferta resulta tan abrumadora que paraliza. Disponemos de todo y por tanto lo queremos todo —la propia oferta genera el deseo—, y al quererlo todo, y todo ya, no nos decidimos por nada. Como en el soneto Vida —otra vez la vida— de José Hierro, <<… después de todo / supe que todo no era más que nada>>. Doscientos canales de emisión continua no suponen una conquista de la  autonomía sino una hoguera de ansiedad. El espectador no se sacude la sensación de que en otro canal, en ese mismo momento, están pasando un programa imprescindible, y en efecto, no solo uno: diez, doce, y los pone a grabar todos, y su lista de deseos crece y crece, y ya supera las tres páginas, y entonces decide ver algo de lo más antiguo pero… ¿Por qué grabó eso? Al final, entre el par de vueltas a la rueda de canales y las grabaciones no le queda tiempo para ver algo completo, así que deja que el pulgar decida por él y se pose donde le venga en gana y ahí se queda, sea la enésima revisión del Holocausto o el último caso de periodismo <<de investigación>>, que si no es la nada se le parece mucho.

(El Norte de Castilla, 17/3/2017)

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Justicia comunitaria
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Eduardo Roldán | 10-03-2017 | 14:59| 0

Ni la intercesión canónica llamando a la serenidad del pueblo y a la acción gubernamental —con la ayuda de Dios— ha obtenido otro resultado, ante los linchamientos y demás atrocidades sufridas en Bolivia al calor de la llamada justicia comunitaria, que la perpetuación de la justicia. El último caso ha sido la muerte adolescente de un chico de 16 años, por el juanadearconiano y efectivo método de pegarle fuego, sospechoso de violar y asesinar a una de siete, en pleno remolino de la celebración del Carnaval. Otro carnavalesco método empleado por los justicieros es el de atar a un árbol al supuesto culpable y rociarlo con hambrientas hormigas venenosas, sin dejar de lado el no por ordinario menos fiable balazo en la nuca. ¿Y qué hace el Ministerio de Justicia? El Ministerio de Justicia investiga. Investiga y condena. Investiga <<profundamente>> y condena <<sin paliativos>>. Y los linchamientos populares continúan. Porque la propia Constitución ampara, si no los métodos sí el concepto, y qué otro sentido puede tener el concepto de justicia comunitaria que el de que la comunidad haga justicia, o sea la que le parezca, y esto lo saben tanto el ministro como el obispo, se pongan como se pongan.

Qué barbaridad. Desde luego la falta de educación es una lacra social que urge erradicar cuanto antes. Alguien debería instruir a estos labriegos indígenas en las bondades —y no solo bondades: necesidades— de una democracia bien construida, la importancia que tiene el disponer de instituciones fuertes, articuladas. Por ejemplo el Tribunal del Jurado, con el que el pueblo puede hacer justicia como corresponde, ya sea el caso de homicidio o de malversación de caudales públicos, y si uno no termina de comprender los matices del todo no ha de preocuparse, con prestar atención y un poco de sentido común la opinión se forma sola, cristalina, y puede emitir su veredicto con toda la seguridad de haber honrado a la democracia. Educación, eso hace falta.

(El Norte de Castilla, 9/3/2017)

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‘Moonlight’
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Eduardo Roldán | 02-03-2017 | 18:32| 0

El error al anunciar el Oscar a mejor película tiene el carácter de esos lapsus freudianos que revelan una verdad mayor que lo voluntariamente expresado. En este caso, del inconsciente colectivo de la Academia, y aun de la sociedad en su conjunto.

En cuanto que cine, anteponer Moonlight a La La Land —y a otra docena de títulos— es como anteponer el retrato escolar que un niño pinta de su mamá con un bidé de Antonio López. El niño ha podido meter mucho cariño, pero ha metido poca pintura. Moonlight es una sucesión infatigable de elecciones rutinarias (plano medio, medio-corto o primer plano para subrayar de menos a más la  <<emoción>> de lo que dice el personaje) junto a  ocasionales efectismos, como el plano-abejorro de la primera escena o el secuencia sobre la nuca del protagonista adolescente. Narrativamente, ¿qué sentido tiene recurrir a las elipsis si lo que en ellas acontece se explicita acto seguido en el diálogo? Y la conversación central en la cafetería entre el abusón y el objeto de deseo del protagonista es un pegote tan forzado como inverosímil, solo para justificar lo que viene después (pegotes hay varios).

Pero es en la intención —que la forma esbozada apuntala— donde más avergüenza. ¿Alguien puede creer que ningún hombre —periodo en la cárcel incluido— haya vuelto a tocar al protagonista en quince años desde que de adolescente le hicieran el trabajillo manual en la playa? Como si la necesidad de afecto estuviera reñida con la expresión sexual. Claro que los gais son más sensibles, y el gay negro se siente especialmente oprimido, pues en su impío mundo no se le permite mostrar debilidad.

De una obra artística se puede desprender una enseñanza moral, por supuesto; lo malo es que la enseñanza condicione la realización de la obra. Moonlight es un síntoma atronador de la tendencia abrumadora de evaluar el arte por sus intenciones aleccionadoras y no por sus valores estéticos —que por cierto son morales también—.

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Sobre el autor Eduardo Roldán
Columnas, reseñas, apuntes a vuelamáquina... El autor cree en el derecho al silencio y al sueño profundo.