El Norte de Castilla
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comunicación

Solitarios
Eduardo Roldán 08-02-2018 | 2:29 | 0

La soledad del corredor de fondo es, además de un buen título, una imagen que concentra y revela la condición esencial/existencial del hombre: nos miramos, nos oímos, nos hablamos, nos tocamos incluso, interactuamos unos con otros de manera virtual o no virtual (ambas son reales: la expresión <<realidad virtual>> es pleonástica), pero en el fondo no dejamos de ser islas huxleyanas, solitarios que en última instancia no tienen otro lugar al que asirse que sí mismos. Sí, nos miramos; pero nos vemos menos; sí, nos oímos, pero mucho menos nos escuchamos; y con frecuencia el tacto nos hace sentir solo presión, solo mano pero nada más allá o detrás de la mano.

Lo que no quiere decir debamos fomentar el aislamiento, hacer la isla particular de cada uno más lejana, más perdida. La compañía, o la compañía adecuada, hace bien, siquiera porque nos sacude por un rato, o a ratos de un rato, del solipsismo, consciente o no, que arrastramos. Y porque se puede aprender algo, y hasta recibir la brisa de la sorpresa si uno se abandona de verdad. La epidemia de soledad de la que hablan, epidémicamente, los medios estos días ha de recordarse pues que se produce cuando una isla quiere comunicar con otra y la conexión no se produce. Y que no se ciñe solo a los viejos, como el discurso buenista —buenista y a veces ventajista— quiere hacer creer. De hecho los viejos, por haber vivido más y tener más cansada el alma, suelen aceptar la soledad con mayor entereza o naturalidad, como la última etapa de un camino que en buena medida ya han recorrido: por lo menos todavía siguen aquí, no como otros tantos conocidos, tampoco va a ser entonces cuestión de quejarse. Y por cierto que el cultivar la soledad, sea o no corriendo maratones, no debería considerarse, salvo llevado al extremo, preocupante. Si se cultivase más a lo mejor empezábamos a escucharnos.

Ahora el Reino Unido instaura una Secretaría de Estado Contra la Soledad. Suena a ministerio orwelliano.

(El Norte de Castilla, 8/2/2018)

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Palabras violadas
Eduardo Roldán 08-06-2017 | 1:41 | 0

Al margen de las formas puramente físicas —esos índices acusadores al señor sentado en la bancada de enfrente; esos ademanes como golpes de kárate para puntuar su parlamento; esas sonrisas de desdén, tan falsas que acuden a sus rostros antes de que hayan terminado de escuchar aquello de lo que han comenzado a mofarse—, muchas veces tan ilustrativas, si no más, que lo que dicen, si hay algo que descorazona y enerva de la gran mayoría de las intervenciones orales de la clase política es la facilidad con que prostituyen el sentido más básico de las palabras.

La palabra es punto de encuentro entre quien habla y quien escucha, mano tendida y apretada, sinapsis de voluntad y aceptación. Y para que la conexión se produzca, ha de haber un pacto previo, implícito, que constate el contenido de lo que se transmite, la carga semántica, su valor comunicativo. Por supuesto, las palabras tienen sentidos plurales —esa es su gran riqueza y misterio—, y se les puede dar otro distinto al literal o más común, incluso el opuesto. Pero no hablamos aquí de ironía (de la que los políticos carecen) ni de los otros muchos recursos expresivos que la lengua ofrece; cuando el político habla, lo hace justamente en esos sentidos mencionados, el literal, el directo, el más común: tanto él como quien le escucha tienen una idea similar de a qué se está refiriendo. La violación del pacto es pues más obscena, por evidente, y más grave, por referirse con frecuencia a conceptos medulares para articular la convivencia.

La violación de este pacto implícito ha alcanzado su epítome más triste con las embestidas separatistas del señor Puigdemont. Para Puigdemont las palabras <<respeto democrático>> significan algo que a muchos nos resulta su opuesto. Así con <<independencia judicial>>. O con <<autonomía>>. Acaso lo que haga falta para deshacer el entuerto sea poner a Lázaro Carreter de árbitro parlamentario, con sus dardos preparados. Solo que —ay— eso ya no es posible.

(El Norte de Castilla, 8/7/2017)

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¡Atención!
Eduardo Roldán 24-03-2017 | 4:05 | 0

Un reciente estudio ha determinado que el periodo de atención que el hombre presta de media a un estímulo visual es de ocho segundos. Hace diez años, cuando el primer iPhone vio la luz pública —y gracias al cual tantos creyeron ver La Luz—, este periodo era de doce; puede parecer una merma no muy sustancial, pero en el ámbito de la atención, en función de los parámetros que este estudio y otros previos manejan, un segundo es mucho más que el paso de tic a tac. Con el añadido de que la merma ha situado al hombre por debajo del pez. Sí, de ese pez naranja, modesto y vulgar con el que los niños se encaprichan al cumplir los cinco o seis años y que termina resignado en un rincón de la cocina. La memoria de los peces es fugaz como el chasquido de dos dedos; sin embargo, si al pez se le planta un papel con letras al otro lado del cristal es más probable que mantenga los ojos fijos en él durante más tiempo que un hombre. Acaso se deba a que el pez no se entera ni entiende nada, pero tal supondría que el hombre no quiere entender ni enterarse. No se sabe pues qué es más preocupante, si no prestamos atención porque hemos reducido nuestra capacidad de prestarla a base de pasar el índice por la pantalla del móvil o de hacer clic-clic-clic en el ratón, en una suerte de somatización genética, o porque ya nada nos la llama.

No es algo trivial que desde hace unos años la narrativa audiovisual haya tendido a reducir el tiempo de exposición del plano: el intercambio internauta, con las redes como motor y ejemplo máximo, modificaron la mirada —y los oídos— del espectador, despertando una necesidad insaciable de sinapsis como  flashes, y la industria audiovisual no hizo sino adoptar el modelo, contribuyendo a su vez a ahondar —agravar— el fenómeno. ¿Y qué viene después? Junto a la atención va unida la reflexión, y al disminuir también esta aumenta la aceptación sin crítica. Lo que viene después —ya está aquí— es la indefensión ante el poder.

(El Norte de Castilla, 23/3/2017)

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Desconectados
Eduardo Roldán 15-12-2016 | 6:43 | 0

Una corriente, minoritaria pero en templada ascendencia, ha decidido cortar casi todo vínculo con internet y derivados y limitar su uso a las actividades imprescindibles: consultar el correo electrónico una vez al día, la cuenta bancaria una a la semana. Ni guasap en el móvil ni presencia en las redes sociales, ni siquiera lectura de la prensa digital. Lo más interesante del fenómeno es que los adheridos no constituyen una secta de iluminados rousseaunianos o de fanáticos religiosos que crean que la red es la última y más sibilina forma que ha adoptado el diablo para pervertir el alma del hombre, sino de ciudadanos educados que, tras no poca reflexión, han tenido la voluntad de decir basta.

¿Por qué el trastorno? ¿No ven que no se puede luchar contra la evidencia, oponerse al río de la Historia? Solo que no se trata de luchar, ni de oponerse: se trata de intentar ir pasando la madeja de la vida —que ya cuesta bastante— sin ansiedades añadidas; se trata de no pasársela mirando una pantalla, por mucha definición que tenga. Pero eso es ridículo, dirán muchos, nadie les obliga a utilizar la red y las redes más allá de lo razonable, como nadie les obliga a coger el coche para recorrer doscientos metros. El problema surge cuando la herramienta es tan poderosa que en sí misma se convierte en fin, que deja de <>, solo a usarse. Aparte de que ese límite hipotético no depende en exclusiva de la voluntad propia; uno puede no querer atender las reacciones que le llegan —mensajes, tuits, guasaps…—, pero el mero hecho de recibirlos ya produce la picazón, el runrún que no se calla hasta que no se ha atendido: y al atenderlo comprueba que ha recibido otro(s), y ya la bola de nieve puesta en marcha.

Así, ¿es el desconectarse una vía factible, aun deseándose? Cuando en una entrevista de trabajo se valora más los seguidores que el candidato tiene en Facebook que el currículo o la impresión causada, parece que solo para los privilegiados.

(El Norte de Castilla, 15/12/2016)

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Petaloso
Eduardo Roldán 03-03-2016 | 7:00 | 0

O sea con muchos pétalos. Con este adjetivo derivado, que él inventó para describir una flor (de género masculino en italiano), el niño Matteo, de ocho años, ha conseguido en siete días demostrar la fuerza vital, creadora del lenguaje con mayor nitidez y fulgor que cualquier voluntarioso manual de divulgación. Un encargo escolar, un error feliz, la conjunción de una profesora sensible y una Academia de oídos abiertos: la historia tiene algo de cuento de hadas y de fábula también, y el que al final se incorpore o no el término al diccionario no empaña en nada el valor poético y didáctico de esta genialidad infantil (todo genio tiene algo de niño). Como ha demostrado Matteo con solo ocho letras, la palabra justa, incluso en un tiempo tan icónico e impaciente como el nuestro, que prefiere comunicarse con minúsculas sandías faciales, sigue siendo la vía de comunicación más potente. El que además la palabra haya sido inventada no hace sino subrayar la cualidad orgánica, maleable de la lengua, y su infinita capacidad para sorprender.

El neologismo no es solo un derecho sino casi una obligación del escritor, y solo por esto todos los juntaletras deberíamos estar agradecidos al niño. La literatura es ante todo juego según Cortázar, quien sin duda hubiera celebrado este relato fantástico, y uno mismo, tan reacio a dar consejos, aconsejaría no obstante a Matteo que no deje de estirar, contraer y retorcer las palabras, de zambullirse en ellas y confundirlas alegremente, en definitiva de jugar con el lenguaje, ese organismo multiforme que se ofrece como un sol sin prisa y que es el factor que más conforma al hombre, al niño. Ver cómo el lenguaje florece en un niño es uno de los mayores deleites y asombros que la vida ha tenido a bien regalarnos, y que haya sido un niño el que haya conseguido con un adjetivo florido un milagro de comunicación tal no puede dejar de celebrarse y sonreírse.

(El Norte de Castilla, 3/3/2016)

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