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cultura

Eva Cassidy
Eduardo Roldán 04-11-2016 | 4:22 | 0

Pillé el tema a la mitad y desde ese momento supe, con esa certidumbre que está más allá de la lógica, que tenía que escuchar tantas cosas como pudiera de aquella intérprete. Fue en el programa de Ramón Trecet en Radio 3, quien la calificó de <<Leonardo>>. Pese al deslumbramiento, el juicio me pareció más un producto de la efusión del directo que una evaluación crítica sopesada. Me equivocaba. Como en muy poco tiempo descubriría, si por algo se distingue la voz de Eva Cassidy es por una ductilidad, en matices vocales y fraseo, a cuyo lado hasta la de Norah Jones suena exigida. Voz blanca, sí, pero capaz de todos los colores, y capaz también de desenvolverse con la misma soltura en un tema de folk floral que en un edulcorado estándar, aunque ella logra quitarle la flor al folk y el azúcar al estándar, pues desde que da la primera nota hace el tema suyo: una combinación inasible de fragilidad y afirmación, un sentimiento de vértigo controlado, una honestidad que calificar de desnudez sería quedarse corto: cantaba como si se estuviera haciendo un harakiri, fuese cual fuese el ánimo de la canción.

Un cáncer fulminante se la llevó con 33 años —hace veinte— y fue solo entonces que le alcanzó el reconocimiento. Y con él la guerra. La industria cultural no es menos voraz que la farmacéutica (ni menos hipócrita); con la fama post-mórtem las compañías se pegaron por hacerse con cualquier material existente, y así se han sucedido una serie de discos hechos a base de remiendos, descartes y bocetos que resulta indudable Cassidy jamás habría permitido comercializar. La muerte no solo no es un impedimento para la industria cultural sino un acicate (véase el caso de Roberto Bolaño, de quien van a terminar publicando hasta las listas de la compra que escribió con resaca). Ahora quieren hacer un biopic: la tragedia que fue su vida casi con seguridad convertida en un melodrama pasado de humedad. Si el muerto pudiera ver lo que deja detrás.

(El Norte de Castilla, 3/11/2016)

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Crítica terminal
Eduardo Roldán 10-01-2016 | 2:15 | 0

Hoy la crítica cultural en los medios de comunicación se mantiene más por inercia histórica, y por un vago complejo de culpa, que por verdadera necesidad. La saturación casi infinita de opiniones que han habilitado las redes sociales ha generalizado la confusión, no por extendida menos errónea, de identificar el principio de que toda opinión merece ser oída con el de que toda opinión merece ser respetada (valorada) por igual. Pero, como es obvio, una opinión que defienda la necesidad de arrear unos cuantos latigazos en la espalda cada vez que el hijo no quiera terminarse el plato de lentejas no merece respetarse como la que defienda una firmeza comprensiva, racional. En el ámbito cultural ocurre lo mismo, o debería ocurrir; si no lo hace es porque la función primera de la crítica consiste en discriminar, en ubicar la obra comentada en un escalón/escalafón dentro de una escalera implícita de obras del mismo tipo, lo que choca frontalmente con el (injusto) igualitarismo que la facilidad de opinión ha generado, y porque la materia cultural es porosa y está siempre tamizada por el gusto personal. Solo que el gusto no basta. Para sostener una opinión necesita concretarse, articularse, fundamentarse —y fundamentarse con razones específicas del ámbito a que se refiere—, y la inmensa mayoría de las opiniones que se vierten en la aldea digital simplemente son la traslación en bruto del gusto propio. Ese salto, ese plus de fundamentación entre el gusto y la opinión que supone el ejercicio de la crítica es lo que se está perdiendo, y ya los grandes medios de producción están optando por dar el sí o el no a un producto en función solo de la inmediata recepción del público mayoritario: Amazon produce el piloto de una serie ‘on line’ y lo saca a la palestra; si recibe más de tres estrellas, hace la serie; si no, pasa al siguiente. No quieren ver que la buena crítica es creadora, y su defunción supondría la defunción misma del arte.

(El Norte de Castilla, 7/1/2016)

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ana frank
Eduardo Roldán 12-03-2015 | 3:56 | 3

Se cumplen 70 años de la muerte de Ana Frank y la efeméride se ha aprovechado —sin hacer referencia expresa a ella— para anunciar que por primera vez una productora alemana ha sido autorizada a rodar la biografía de la niña. Es el último, pero con seguridad por breve tiempo, producto de una industria que utiliza el Holocausto como despensa inagotable de la que nutrirse. Auschwitz se ha convertido en un género literario. Películas, novelas, obras de teatro… hemos llegado a un nivel de saturación que sin embargo seguimos tragando encantados. Como si de un aval indudable se tratase, si un producto cultural lleva adosado algún evento que lo relacione, siquiera oblicuamente, con el genocidio judío, le otorgamos de entrada un plus de calidad, cuando la experiencia nos indica debería ser al contrario. Toda esta industria no trata de comprender lo incomprensible, sino que se queda en un pintorequismo —más o menos elaborado— que casi indefectiblemente ofrece la más barata —pero lucrativa— pornografía emocional. Por cada William Styron obtenemos mil Spielbergs, y encima sin el dominio técnico de Spielberg, y así hemos pasado de la banalidad del mal de Hannah Arendt a la banalización del sufrimiento. El gancho comercial consiste en acentuar los aspectos más truculentos de la peripecia que se narre, y a esperar a hacer caja, a sabiendas de que el Holocausto posee una suerte de bula crítica que hace que nadie se atreva a denunciar el producto por muy anodino o descarado que este sea. Hay más integridad artística en diez minutos al azar de ‘Malditos bastardos’ o en el chiste de Woody Allen —<<Cuando escucho a Wagner me entran ganas de invadir Polonia>>— que en las mil y pico páginas del novelón de turno que promociona Oprah Winfrey. También la hay en la mirada limpia que Ana Frank dejó para siempre en su crónica de la casa de atrás, cuyas páginas dejan entrever que quizá no estaría del todo satisfecha con el papel de mártir que le ha sido asignado.

(El Norte de Castilla, 12/3/2015)

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¿Muerte del cine?
Eduardo Roldán 19-01-2014 | 12:34 | 0

¿De qué hablamos cuando hablamos de la muerte del cine? Es evidente que el cine, al igual que la novela, no ha muerto ni morirá nunca como producto narrativo, por la sencilla razón de que el hombre lleva contándose historias desde que ocupaba las cavernas, y se las seguirá contando hasta que las vuelva a ocupar. (Otro tema es hasta qué punto la tecnología ha desvaído el poder narrativo y comunicativo del cine, pero ese no es problema de la tecnología sino de quienes, cineastas y también espectadores, creen que la tecnología, o sea el envoltorio, basta para justificar el metraje de la película). De lo que hablamos cuando hablamos de la muerte del cine es de algo más específico y a la vez más extraño al hecho de contar una historia en imágenes: hablamos de la muerte del cine en salas. Algo más extraño porque en definitiva una historia en imágenes se puede contar y se puede ver de muchas maneras, y algo más específico porque hasta hace muy poco el término <<cine>> llevaba aparejado como atributo inseparable, sin el cual no se podía entender, el hecho de darse el paseo hasta la sala y hacer cola y comprar la entrada y ver la película a oscuras en una pantalla alzada y grande.

Y en las salas españolas el cine, si no muerto, sí que está en fase terminal. El número de espectadores desciende año tras año, casi a la misma velocidad que la oferta de ese otro cine, con frecuencia más interesante, que queda al margen del cine-franquicia, cine-blockbuster o cine-multiplex, como se quiera llamar. Sin duda la piratería juega un papel central en este descenso de espectadores ―y donde se dice piratería léase Gobiernos, que no hacen por erradicarla―; se da la triste paradoja de que el espectador inquieto, que suele preferir el cine en sala y pagaría por él, no tiene una oferta que le atraiga, y que quien sí la tiene suele ser quien más películas se descarga y le da igual verlas en un teléfono que en una tableta. Y es que hay un problema añadido de cultura fílmica. Las películas ahora se consumen como si fueran una bolsa de pipas o un galón de gasolina ―y vienen a aprovechar más o menos lo mismo―, el tiempo del cinefórum pasó a mejor vida y ya no hay discusiones en torno a lo que una película ha querido decir o sugerir (hablamos, por supuesto, del espectador medio, que es a la postre de quien depende que se fomente una industria sostenible, no a los nichos de cinéfilos que siguen, por fortuna, intercambiando pareceres y discutiendo, en internet e incluso en un café o dando un paseo).

¿Pero son la piratería y la falta de interés crítico por lo que se ofrece los únicos culpables de la situación apuntada? Las fotografías que nos llegaron desde las salas que se adhirieron a la quinta edición de la Fiesta del Cine, con colas nocturnas que daban doble y triple vuelta a la manzana —se han registraron unas  asistencias del 550% mayor que en las jornadas estándar—, han disparado el entusiasmo de gran parte de los medios, que han tomado la asistencia masiva del público como prueba única de que es el precio de la entrada el factor X de la muerte del cine, y que rebajando aquel se lograría revivir al enfermo como si de un Lázaro afortunado se tratara. ¿Es caro pagar 8 o 10euros por una entrada? Es caro. ¿Es factible pagarla a precio de estreno en ‘filmin’, 2,90 o 3,90? Casi seguro que no. Hay también que tener en cuenta que en la asistencia masiva a la fiesta hubo algo —mucho— de fiebre generada por la novedad, y que en el hipotético caso de que se estableciese el precio en los 2,90-3 euros resultaría seguro que no se iba a mantener la ratio. ¿Existe el precio razonable, capaz de aportar beneficios a los productores/distribuidores/exhibidores y no causar un roto doloroso en el bolsillo del espectador? Cualquier cosa —desde la bolsa de pipas hasta el galón de gasolina aludidos— cuesta por regla general unas tres veces más de lo que debería; partiendo de esa base, es muy difícil que el precio de las entradas no se infle por mero amor al arte. Aparte, el hecho incuestionable de que cualquiera con un poco de tiempo y pocos escrúpulos pueda adquirir el mismo producto sin tener que pagar nada, hace que cualquier precio, incluso uno razonable —pongamos 5 euros, y 6 para las cintas en 3D, que no se diga que no nos mojamos— parezca desproporcionado. Un producto que has comprado, en el que has invertido tiempo además de dinero, algo por lo que has apostado, adquiere un valor, un brillo añadido que lo que se puede robar sin riesgo sencillamente no tiene. Solo que ese brillo añadido a la mayoría no le compensa los euros de más.

Vemos pues que hay un entramado de fuerzas dispares, que repito incluye al Gobierno, y que al final quien lo paga, quien lo está pagando, es, en primer lugar, el espectador inquieto —que pagaría un precio razonable por ver cine en sala—, y, en segundo, la industria, a la que no le pagan. En tercer lugar, quienes no pagan en el futuro lo pagarán también, porque sin industria no habría películas por las que no pagar y por tanto nada que consumir gratis. Es un trabalenguas creo que muy claro.

¿Salvaría un precio más ajustado de la entrada al cine de la muerte inminente? Siempre que esa reducción supusiese un incremento de la oferta. Ese espectador medio, inquieto, que todavía encuentra un placer en el rito de ir al cine cuando se le presenta la oportunidad, y del que en gran medida se nutren todavía las taquillas, iría más a la sala si lo que la sala le ofrece no es solo más barato sino distinto. Si la mitad de las salas le van a seguir ofreciendo Iron Man III y la otra mitad Harry Potter VIII, se las pueden ofrecer gratis que es probable no se dé el paseo, aun siendo cintas dignas. La relación precio-variedad de la oferta es simbiótica y necesaria si se quiere salvar al enfermo. La última pregunta a formular es si realmente se quiere.

(La sombra del ciprés, 18/1/2014)

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Amor audiovisual
Eduardo Roldán 27-09-2013 | 3:40 | 2

El ministro Wert acaba de anunciar la creación de una asignatura de secundaria y bachillerato que tiene el un tanto difuso nombre de ‘Cultura Artística, Visual y Audiovisual’. Traducido, la idea es despertar en el alumno <<el gusto por ir al cine>> y <<el amor por las artes audiovisuales>>. Es como querer despertarle el amor por los animales y el gusto por ir al zoo.

Y es que la sensibilidad, el gusto artístico, el <<amor>>, pueden educarse solo hasta cierto punto —un punto no muy lejano—; lo que se puede enseñar son las bases, en gran medida técnicas, a partir de las que desarrollar el gusto, pero la formación de este, eso ya queda dentro del autodidactismo, de la curiosidad que tenga cada cual. Me parece más sensato enseñar cosas que se puedan aprender: la sintaxis audiovisual y cómo influye en la narración del relato, sea un anuncio o una película —aunque para esto habría que enseñar antes la otra sintaxis—; la carga semántica de los distintos tipos de planos; la comparación de escenas en versión original y doblada, y constatar cómo influye el doblaje en el clima de las mismas; la historia del cine a través de sus títulos más relevantes ―empezando por algo más accesible, aunque sea cronológicamente posterior, que Amanecer o El acorazado Potemkin―; o explicar por qué en publicidad se emplea el noventa por ciento de las veces voces masculinas para vender un producto, o por qué algunas escenas de series de televisión que se hacen pasar por drama son, lisa y llanamente, pornografía. Es decir: enseñar a ver, forjar criterio, no a amar; igual que se enseñan las leyes del solfeo y la armonía y el contrapunto y no a amar la música. Eso viene después, si es que viene. (O ha venido antes, por cuenta propia del alumno.)

En cuanto a lo de ir al cine, que se pregunte el ministro qué chaval se fundiría la mitad de la propina en una entrada cuando la ley le permite verla en casa gratis. Es tan sencillo ―y triste― como eso.

(El Norte de Castilla, 26/9/2013)

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Sobre el autor Eduardo Roldán
Columnas, reseñas, apuntes a vuelamáquina... El autor cree en el derecho al silencio y al sueño profundo.