El Norte de Castilla
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Segunda Enmienda
Eduardo Roldán 23-02-2018 | 1:06 | 0

La Segunda Enmienda —en la parte que se refiere al ciudadano, el no infringir su derecho a poseer y portar armas— es aludida cada vez que un iluminado de las tinieblas transmuta en fuego su frustración contra el Otro, que por supuesto no es otro que él mismo, solo que con otra vida; en lugar de pegarse un tiro o de pegárselo a una pirámide de botes de sopa Campbell‘s, cosas contra las que nada habría que objetar —siempre que los botes fueran tan suyos como su vida—, esparce su furia confusa con quienes más a tiro le quedan, cosa contra la que obviamente si hay. Pero ¿cómo? La posición mundial anti- es una mezcla casi invariable de indignación, incomprensión y condena, una lectura sentida y honesta que sin embargo se silencia ante el obstáculo, aparentemente irremediable, del <<genético>> radicalismo liberal de la mentalidad americana, que la intocable Segunda Enmienda sanciona y no menos simboliza.

Y ¿por qué intocable? En asuntos de leyes el cuándo importa tanto como el qué. El arma ejecutora del tirador de Parkland es capaz de emitir 30 balas en menos de 60 segundos (aparte, se puede adquirir por internet —véase la por otro lado discutible Elephant, de Gus Van Sant—, y hay tutoriales en You-Tube que explican en sencillos pasos cómo sacarle el partido más eficaz): este es un hecho. Otro es que la Segunda Enmienda data de 1791; entonces, cargar y disparar un mosquete o un trabuco era una empresa lenta y torpe (torpeza agudizada por el nerviosismo), y la precisión menos fiable que la de una escopeta de feria. Los lindes de la parcela propia eran asimismo porosos, y la función, mayoritariamente defensiva, caninamente territorial, no atacante.

Hoy la tecnología armamentística se halla a una distancia plutónica. La ley, sin embargo, sigue como inscrita sobre piedra. Esto en el país que polariza el mundo como ningún otro. Es como si defendiesen —tres de cada cuatro, ojo— el derecho de pernada empresario/trabajadora.

(El Norte de Castilla, 22/2/2018)

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Woody, pederasta
Eduardo Roldán 01-02-2018 | 2:54 | 0

<<El pasado no ha muerto. Ni siquiera ha pasado>>, escribió William Faulkner. Que se lo digan a Woody Allen. ¿Hasta dónde va a llegar la bola de nieve flamígera de ese grupo informe, transfronterizo y airado de los llamados justicieros sociales? ¿Habrá algún día en que se detenga, o hemos cruzado un Rubicón de no retorno? La sombra de la duda lleva acechando al cineasta de Brooklyn desde hace un cuarto de siglo, y ahora, alimentada por una plaga insomne de cazadores de brujas, se ha hecho cuerpo y amenaza con poner fin a su carrera, algo que solo la muerte parecía iba a ser capaz. Y si nos referimos a la carrera es porque el trabajo de un hombre, cuando tiene la verdadera condición de tal, es su vida: tanto como el amor o sus creencias religiosas. Mucho más en el caso de Allen. No se trata siquiera de la disyuntiva entre quedarse con el artista o quedarse con la obra, pues es evidente que todos guardamos cadáveres en el armario y los artistas no tienen por qué ser una excepción; si solo pudiera apreciarse el arte de los santos, no habría arte que apreciar. Se trata de algo más esencial, que atenta contra el que es quizá el principio donde derecho y moral se anudan más naturalmente, la presunción de inocencia. Hubo una investigación (hubo dos) y se desestimó la denuncia; hubo pues una decisión judicial, y desdeñarla de esta forma es una osada muestra no solo de desdeñar al juez —y por tanto a quienes testimoniaron sobre la fragilidad de la denuncia, entre ellos el hermano de la ¿abusada?—, sino de desdeñarse a uno mismo. ¿Se le ha ocurrido a alguno de los justicieros sociales ponerse en la piel del cineasta? ¿No querrían entonces que se respetase su inocencia a falta de pruebas? Porque tampoco se trata de <<creer>> o no creer en Allen, se trata de defender unos principios sin los cuales los justicieros no podrían, entre otras cosas, vomitar su furia.

(El Norte de Castilla, 1/2/2018)

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Acuso acoso
Eduardo Roldán 09-11-2017 | 7:09 | 0

El ‘Weinsteingate’ ha despertado la memoria colectiva con la potencia de una magdalena proustiana atómica. Como fichas de dominó varios nombres de portada han seguido al otrora capo de Miramax, desde un Kevin Spacey acusado por un supuesto abuso ocurrido hace casi una década hasta un octogenario Dustin Hoffman por unas insinuaciones que datan del 85 y el 91. Pero la Babilonia cinematográfica no es el único lugar donde poder y sexo se alían como una serpiente de dos cabezas: hasta en el exquisito Parlamento británico la serpiente ha plantado algunos huevos, llevando uno de ellos a Michael Fallon a dimitir como ministro de Defensa por poner la mano <<repetidas veces>> en la rodilla de una periodista durante una cena en 2002, y por dejar de hacerlo cuando se le pidió; la propia afectada ha manifestado su sorpresa: <<No creo que dimita por mi rodilla>>. Que muchas de las acusaciones vertidas a otros colegas se hayan probado falsas tampoco ha contenido a Fallon: reconoce que hubo mano en la rodilla y por eso dimite. No entraremos a valorar si este harakiri no pedido resulta excesivo; pero al menos se debe a un hecho con certeza acontecido. Los otros citados es probable que también, pero hasta el momento solo constan las acusaciones, que en la mentalidad americana —y no solo en la americana— sobran como prueba cuando hay sexo de por medio. Los acusados han sido ya no solo relegados al ostracismo social del gremio sino también al laboral —despidos y cancelaciones de contratos—, y así, previo al proceso judicial, se han visto obligados a reconocerse culpables de unos hechos que no recuerdan, con la esperanza de intentar lavar su nombre y minimizar daños futuros.

Antes de ondear la bandera de la ira debería hacerse un ejercicio, si no de estoicismo, al menos de paciencia. ¿Es que hemos perdido —justamente— el juicio, la perspectiva más básica de los derechos humanos, garantes de la dignidad? Lo que primero hay que acusar es el acoso a la razón.

(El Norte de Castilla, 9/11/2017)

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Luto encendido
Eduardo Roldán 27-10-2017 | 11:49 | 0

La reciente muerte del actor mayúsculo que fue/es Federico Luppi ha prendido la siempre en alerta indignación de los justicieros sociales, que no han respetado ni veinticuatro horas de luto para saturar el éter digital con los dardos amarillos de los pecados, delitos y faltas que jalonaron, al parecer, la vida de FP. Al otro lado del Atlántico, es decir al pie del Pacífico, la bola de nieve de acusaciones por agresiones y abusos sexuales ha sancionado a Harvey Weinstein como el demonio oficial de la todavía meca del cine. (Y decimos sancionado porque el demonio, como el rey, estaba desnudo y todos lo sabían, pero seguían inclinándose a su paso, no se le fuera a caer un papelito secundario o una propuesta de dirección.)

¿Fue Luppi un manirroto, financiera y físicamente? ¿Empleó Weinstein tácticas mafiosas para promocionar sus películas, violó a aspirantes a y a actrices? Los justicieros sociales ya han dictado sentencia, y el que tengan o no razón no es lo que debería preocupar (casi seguro la tengan y las pruebas lo demuestren, aunque para los justicieros sociales el hecho y el rumor sirven como dardos por igual): lo que debería preocupar es el ansia vengativa y farisaica; es como si estuvieran resentidos por el talento o el éxito del célebre, como si supusieran una afrenta personal y el hecho de descubrir sus miserias íntimas los reafirmase en la convicción de que no son, ni mucho menos, mejores que ellos, y que la miseria íntima invalida los logros públicos que hubieran podido alcanzar.

Pero ¿quién no guarda algún cadáver en el armario? ¿A quién no lo han acosado los fantasmas al apagar la luz? Esas debilidades y acciones son inherentes al hombre, volcanes que pueden erupcionar. No digo ya mostrar compasión por el caído, pero sí algo de comprensión global. Si Weinstein violó y se prueba, que vaya a la cárcel y cumpla. Y sí, uno lo siente mucho, pero no le cabe duda de que volverá a revisar Pulp Fiction u Hombres armados.

(El Norte de Castilla, 26/10/2017)

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Ámsterdam roja
Eduardo Roldán 07-06-2017 | 11:16 | 0

Se tiene la imagen de Holanda como la del paraíso de la tolerancia. O del infierno de la depravación. Eutanasia avanzada. Aborto controlado. Asesoría en hachís y drogas blandas. Parecen los nombres de materias optativas para una licenciatura on-line, pero no hacen sino sintetizar la situación real, o al menos la legal —la legalidad es la realidad sancionada—, de la convivencia en los Países Bajos. Donde una bicicleta puede, literalmente, detener a un tranvía con el que llega a la vez a un cruce, aunque no ahorrarse la reprimenda gestual del conductor del tranvía —aparte el sobresalto—. Donde la red de trenes funciona puntual y casi silenciosa, aunque si por despiste o ignorancia pagas un billete que no te corresponde te caerá una multa digna de un desfalco suizo. Y así ha de ser, aun cuando puntualmente escueza.

El ideal de la aplicación de la ley debería ser el automatismo: temporal y general; sin entrar en el contenido, que el contenido viene después y será, siempre, discutible, graduable, reversible incluso. Esa inmediatez ciega en la aplicación de las normas —lo contrario a lo habitual en España, tierra de la excepción arbitraria, aunque no siempre malintencionada, y la demora endémica—, esa certeza en la fiabilidad de la ley proporciona seguridad jurídica pero sobre todo tranquilidad de espíritu. Con unas normas claras y funcionales el ciudadano adquiere más autonomía, porque sabe a qué atenerse, al punto de olvidarse de la norma al asumirla en su conducta por el mero vivir al día; el ciudadano es, en suma, más libre.

Holanda es a la autonomía ciudadana lo que Kant al pensamiento independiente. Ahora han (re)abierto un burdel en Ámsterdam que será autogestionado por las prostitutas, en situación legal (tributación y cotización a la SS) desde el 2000: podrán determinar sus horarios, saber de antemano la tarifa por el alquiler de la habitación, ser parte del consejo asesor. ¿Infierno? Sospecho Francisco no lo calificaría de tal.

(El Norte de Castilla, 1/7/2017)

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