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juicio

‘Moonlight’
Eduardo Roldán 02-03-2017 | 7:32 | 0

El error al anunciar el Oscar a mejor película tiene el carácter de esos lapsus freudianos que revelan una verdad mayor que lo voluntariamente expresado. En este caso, del inconsciente colectivo de la Academia, y aun de la sociedad en su conjunto.

En cuanto que cine, anteponer Moonlight a La La Land —y a otra docena de títulos— es como anteponer el retrato escolar que un niño pinta de su mamá con un bidé de Antonio López. El niño ha podido meter mucho cariño, pero ha metido poca pintura. Moonlight es una sucesión infatigable de elecciones rutinarias (plano medio, medio-corto o primer plano para subrayar de menos a más la  <<emoción>> de lo que dice el personaje) junto a  ocasionales efectismos, como el plano-abejorro de la primera escena o el secuencia sobre la nuca del protagonista adolescente. Narrativamente, ¿qué sentido tiene recurrir a las elipsis si lo que en ellas acontece se explicita acto seguido en el diálogo? Y la conversación central en la cafetería entre el abusón y el objeto de deseo del protagonista es un pegote tan forzado como inverosímil, solo para justificar lo que viene después (pegotes hay varios).

Pero es en la intención —que la forma esbozada apuntala— donde más avergüenza. ¿Alguien puede creer que ningún hombre —periodo en la cárcel incluido— haya vuelto a tocar al protagonista en quince años desde que de adolescente le hicieran el trabajillo manual en la playa? Como si la necesidad de afecto estuviera reñida con la expresión sexual. Claro que los gais son más sensibles, y el gay negro se siente especialmente oprimido, pues en su impío mundo no se le permite mostrar debilidad.

De una obra artística se puede desprender una enseñanza moral, por supuesto; lo malo es que la enseñanza condicione la realización de la obra. Moonlight es un síntoma atronador de la tendencia abrumadora de evaluar el arte por sus intenciones aleccionadoras y no por sus valores estéticos —que por cierto son morales también—.

@enfaserem

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Trump/Francisco
Eduardo Roldán 26-01-2017 | 4:24 | 0

Como el lobo que viene, uh, uh, que viene, que viene, ha por fin llegado el día en que Donald Trump ha ocupado los aposentos en el 1600 de la Avenida Pensilvania y materializado el desastre que por otro lado los votos habían materializado ya; pero como el diagnóstico médico que nos confirma debemos ser intervenidos de manera urgente, en el que no queremos creer hasta que no nos hallamos en la mesa de operaciones y no nos queda más remedio, la elección de Trump no ha abierto los ojos de la realidad del respetable hasta que no ha levantado la mano y jurado el cargo y dado comienzo a su mandato. Lo cual no ha sido óbice para que el respetable se hubiera, desde el momento del recuento, dedicado a ejercer de Casandra encendida y vaticinar el más turbio, delirante futuro para el mundo.

Ha tenido que ser un hombre que basa su existencia en algo tan intangible como es la fe el que formulado el juicio justo, el que dicho la palabra moral: <<No ser profetas de calamidades. Veremos lo que hace y ahí se evalúa>>. Hechos pues, no augurios aireados con más o menos bilis, ingenio o autocompasión. El ruido mediático puede entretener —y ser muy rentable para los ruidosos—, pero tiene la tendencia de quedarse en la cosmética del tinglado, y de ahí la sonrisa de Trump y de los otros Trumps que ocupan escaños y parlamentos, que no solo toleran sino que propician tal ruido, sabedores de que constituye una de las maneras más seguras para distraer de lo que de verdad importa, que queda en la sombra. El papa Francisco en cambio demanda pan para el pobre y un trabajo para el migrante: planes, fases, pilares sobre los que construir, y luego construir en consonancia. <<No somos ángeles. Somos personas de lo concreto>>. ¿Creencias? No se trata de creer sino de agarrar la cosa: separarse del ruido renovado, observar, y solo entonces denunciar y sugerir. Un método más allá de confesiones, honesto y simple. Razones, acaso, por las que rara vez se aplica.

(El Norte de Castilla, 26/1/2017)

@enfaserem

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Zarzuela punk
Eduardo Roldán 17-06-2016 | 7:10 | 0

La que se ha montado con el montaje. El responsable, Miguel del Arco, se ha justificado: <<Prefiero provocar que aburrir>>. No son extremos excluyentes. Cualquiera puede citar una docena de propuestas con voluntad transgresora que lo único que provocan es hastío. Aparte de que el <<provocar>> no tiene por qué implicar transgresión. Toda obra de arte provoca una reacción en el receptor, solo faltaba, y aun la obra que no es de arte: recibir por sorpresa un escupitajo en la cara seguro que provoca un sentimiento visceral e inmediato en el alcanzado, y no cabe calificar de arte tal acción bucal.

Pero tenga más o menos mérito la versión de del Arco, lo único que resulta ofensivo en todo el asunto es el empeño de ciertos espectadores por reventar la función sin haberla visto. Presentarse en el teatro silbato en boca es como si un juez se presentase a la vista preliminar con la sentencia ya firmada. Aquí en Seminci se tiene la saludable costumbre de patear la proyección que no gusta, pero se patea después. Primero —aparte de por el respeto que se le debe al elenco, trabajadores haciendo su trabajo—, por una cuestión de urbanidad básica, en la que parece los del silbato no han reparado: que a lo mejor al vecino de butaca si le está gustando la proyección; o no le está gustando, pero no quiere que lo interrumpan, que para eso ha pagado sus buenos euros por la entrada. Ruiz-Gallardón se levantó en mitad de la representación y abandonó la sala en silencio, acaso para depurarse en su salón escuchando exquisitamente a Bach. Bien por él. Y segundo, porque con tanto ruido contra/pro todavía uno no ha conseguido dar con una crítica que se refiera a lo único que debiera importar: la obra. ¿Es un bodrio, una medianía, una genialidad? No se sabe. Una falta de juicio que, cabe sospechar, es lo que más lamentan los participantes en el  montaje.

(El Norte de Castilla, 16/6/2016)

@enfaserem

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Dalí
Eduardo Roldán 24-01-2014 | 7:13 | 2

<<Dalí es inmortal y no morirá>>, dijo refiriéndose a sí mismo en tercera persona, cual Greta Garbo, como solía. Pero la muerte no entiende de voluntades contrarias ni de provocaciones ni de dobles sentidos, simplemente te lleva y, a lo sumo, permite que dejes un recuerdo ajeno. A Dalí lo llevó hace un cuarto de siglo, y el recuerdo que ha dejado no deja de enturbiarse en el sentir general con el paso de los años. Dalí ha quedado como una suerte de atracción turística, una anécdota saltimbanqui en la historia del arte sin otra sustancia que un bigote rococó y unos ojos de tarado, un ser folclórico en el peor sentido, entre cruel y ridículo, que tuvo la suerte de hacer caja —y esto no se le perdona— con sus ocurrencias absurdas.

La figura de Dalí sintetiza así, como ninguna otra, una creencia que se ha ido extendiendo hasta ser hoy omnipresente, la de anteponer la personalidad del artista al valor de la obra. Conviene separarlas si se quiere hacer de la obra un juicio honesto y obtener de ella todo lo que nos puede reportar. No cabe duda de que es mejor toparse con una buena persona que no sepa dibujar que con un dibujante excelente que sea un canalla, pero tampoco que el dibujo del canalla nos puede enriquecer humana, espiritualmente. El despotismo doméstico de Einstein no invalida la teoría de la relatividad, como tampoco la megalomanía de Dalí los ecos de La persistencia de la memoria. De hecho, hemos llegado a un punto en el que la anécdota de la persona no solo mediatiza el juicio de la obra sino que impide que se llegue a formar. <<Yo no veo películas del nazi de Lars Von Trier>>, habremos oído todos. Y lo más triste es que acaso se lo hayamos oído a un crítico profesional. Pero de aplicar este principio pseudopersonalista hasta el final, simplemente nos quedaríamos sin historia del arte, ni de la ciencia o la literatura, o con una tan yerma que sería como si no hubiese existido nunca.

(El Norte de Castilla, 23/1/2014)

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Sobre el autor Eduardo Roldán
Columnas, reseñas, apuntes a vuelamáquina... El autor cree en el derecho al silencio y al sueño profundo.