Nägemiseni!

Pues eso, hasta que nos volvamos a ver (que es lo que significa ‘nägemiseni’). Esto se acaba. Después de dos meses, es el tiempo de nuevas aventuras. El lunes estaré en Mytilini, en la isla griega de Lesvos. Me traslado a Grecia, esta vez para casi un año. Pero esa será otra historia.

Así que aquí estoy, en el moderno aeropuerto de Tallinn, aprovechando la conexión inalámbrica gratuita y uno de los múltiples enchufes. No hay duda, quien diseñó este aeropuerto pensó en los usuarios de portátiles. La conexión, ya que hablamos del tema, está patrocinada por uno de los principales productos Made in Estonia: Skype.

Por cierto, cuando veo este aeropuerto no dejo de pensar que Tallinn tiene los mismos habitantes que Valladolid: unos 400.000. Y comparar esto con la pista de despegue y el chamizo que tenemos en Valladolid, pues en fin… las comparaciones son odiosas, pero en este caso hieren mi amor propio pucelano. Vale que Tallinn es capital de un país, pero Valladolid es capital de una comunidad autónoma que es el doble de grande y tiene el doble de habitantes que Estonia.

Es difícil resumir lo que han significado estos dos meses, para eso es mejor que repaséis el blog. Se han quedado muchas cosas en el tintero, sobre todo en el mes de agosto, donde el trabajo y el aprendizaje del idioma me han mantenido más ocupado. Pero espero que os haya quedado una buena imagen de este rincón de Europa. Yo volveré a visitarlo pronto, sin duda.

Algún día habrá tiempo para contar las historias que faltan. Será en la barra de un bar, probablemente, porque me da demasiada pereza escribir todo.

Gracias de corazón a todos, a los que habéis visitado este blog (incluyendo los que lo habéis hecho para practicar vuestro castellano ;) ) y a los que me habéis leído en El Norte los domingos que han tenido a bien publicarme. Ha sido una bonita forma de estar atado a casa desde la otra punta de Europa.

Lo dicho, nägemiseni, sõbrad!

Riga, mon amour

Según algunas informaciones turísticas, Riga recibe el nombre de ‘París del este’. Aunque este calificativo es bastante exagerado, lo que es cierto es que la capital letona tiene una impresionante colección de edificios de estilo ‘art nouveau’, que le hacen merecedora de ser patrimonio de la humanidad. Acabo de llegar de una excursión de dos días a esta ciudad, y me gustaría hablaros un poco de ella.


Ejemplo de ‘Art Nouveau’ en Riga

La historia de Riga es paralela a la de Tallinn. Ambas fueron fundadas tras las Cruzadas del Norte (que se lanzaron con el objetivo de convertir a los paganos de este rincón de Europa), y fueron dominadas durante siglos por una élite germánica (los ‘baltoalemanes’ de los que ya hemos hablado aquí). En este sentido, la historia de Estonia y Letonia es muy similar. Ambas fueron ‘cristianizadas’ a sangre y fuego, y los pueblos letón y estonio quedaron sometidos a la servidumbre en el campo. Mientras tanto diversos reyes europeos se iban pasando el poder de unos a otro y los nobles alemanes ejercían el poder político y económico. (Lituania, en cambio, consiguió durante siglos mantener un estado independiente, históricamente aliado de Polonia).


Riga, 1650

Con el paso del tiempo, Riga, situada en la desembocadura del río Daugava, a las puertas del mar, se convirtió en la ciudad más importante del Báltico. Aunque en el siglo XIX los letones sobrepasaron a los alemanes como grupo predominante, el idioma oficial fue el alemán hasta que en 1891 fue sustituido por el ruso (pues Letonia, al igual que Estonia, era una provincia zarista). Las minorías rusa y alemana eran muy importantes en la ciudad, también la comunidad judía, de la que procedía por ejemplo el director de ‘El acorazado Potmkin’, Sergéi Eisenstein. Riga llegó a ser la tercera ciudad del Imperio Ruso, y su segunda ‘ventana a Occidente’ después de San Petersburgo.

En 1918, Riga se convirtió en la capital de una Letonia independiente, aunque el asunto duró poco, en la II Guerra Mundial Letonia corrió la misma suerte que Estonia: ocupación soviética, seguida de ocupación nazi, y finalmente nueva ocupación soviética hasta los años 90. La guerra fue desastrosa para Riga, que perdió gran parte de su población y muchos de sus edificios históricos. Durante la era soviética, Riga se convirtió en una gran ciudad industrial, estratégicamente localizada. La ‘importación’ de trabajadores, fundamentalmente rusos, fue muy intensa. Algunos rusos riguenses han alcanzado fama mundial, como el bailarín Mihail Baryshnikov. Hoy en día la población rusohablante sigue superando a la población autóctona letona. Al igual que en Estonia, esta situación es una potencial fuente de conflictos.


La catedral, envuelta en la bruma

¿Y qué queda después de toda esta historia? hoy en día Riga es la única gran ciudad del Báltico, con unos 800.000 habitantes (el doble que Tallinn) y una animada vida cultural. Una ciudad con grandes avenidas, calles comerciales, parques, edificios históricos… donde no sólo hay un casco histórico, sino una zona céntrica propiamente dicha, donde comprar, pasear y tomarse un café. Esto es precisamente lo que más se echa en falta en Tallinn, los grandes bulevares, y una zona intermedia entre las callejuelas de la ciudad vieja y los barrios residenciales.


Monumento a la Libertad

Por otro lado, Riga da la impresión de estar más atrasada en el tiempo que Tallinn. Letonia está levemente por detrás de Estonia en cuanto a desarrollo, y eso se nota en la capital. La influencia soviética se percibe aún en los edificios, los mercados, las tiendas…, dando a la ciudad un toque nostálgico muy interesante. El inglés se ve y se escucha poco. El ruso sí se escucha, pero no se ve. A pesar de ser la lengua materna de la mayoría de los riguenses, todas las indicaciones, carteles y demás están en letón. Sospecho que tiene que ver con una política muy nacionalista. No en vano, el año pasado metieron en la cárcel a varios jóvenes españoles y portugueses (algunos eran conocidos personales míos) supuestamente por ‘deshonrar’ la bandera.


Casa reconstruida de la hermandad de las Cabezas Negras

La ciudad vieja (Vecr?ga) corresponde a una antigua ciudad de la Liga Hanseática. Muchos de los edificios son modernistas, del siglo XIX, y algunos son reconstrucciones posteriores a la II Guerra Mundial, como la casa de la Hermandad de las Cabezas Negras. Pasear sun rumbo fijo por las calles empedradas de la ciudad vieja es obligatorio. Se pueden encontrar monumentos insólitos, como la estatua dedicada a los músicos de Bremen, y además aún se pueden encontrar sitios donde comer y beber a precios decentes, incluyendo la sucursal céntrica del Lido.


Estatua de los Músicos de Bremen

Saliendo de la ciudad vieja, se puede pasear por las grandes avenidas como Brivibas o Elizabetes, y encontrar sorpresas como el Circo de Riga en la calle Merkelas, o un rascacielos estalinista al más puro estilo moscovita. También es posible recorrer barrios soviéticos y llegar hasta la antigua zona portuaria de Andrejsala, hoy en día convertida en refugio de artistas. Otra visita recomendable es el impresionante Mercado Central, uno de los más grandes de Europa. Muy céntrico, junto a la estación de autobuses (sería más exacto decir que la estación está junto al mercado), tiene grandes pabellones dedicados a la carne, el pescado, los lácteos, etc., así como multitud de puestos al aire libre.


Panorámica de la ciudad vieja

La ciudad está muy bien comunicada. Riga tiene vuelos directos con todas las grandes ciudades europeas, y algunas compañías de bajo coste vuelan hasta allí. Además, existen múltiples conexiones internacionales por ferry, tren y autobús. Al igual que Tallinn, Riga es una parada obligatoria de los famosos ‘cruceros del Báltico’, así que es muy habitual encontrarse turistas españoles. Aunque para los turistas de los cruceros (que apenas visitan la ciudad vieja) Tallinn y Riga sean muy similares, en realidad el ambiente que se respira en ambas es distinto. Una cosa sí que tienen en común: ambas merecen una visita.

La nación cantante

Los estonios se definen a sí mismos como una nación cantante. La colección de canciones folklóricas estonias sólo es superada por su equivalente irlandesa. Los Festivales de la Canción, que se celebran cada 5 años, son una de las principales manifestaciones culturales desde la primera edición, en 1869. Sus primeras ediciones están asociadas al despertar nacional, mientras que durante la ocupación soviética fue una forma de mantener viva la cultura propia.

Precisamente la tradición cantarina del país está asociada al fin de la ocupación soviética. Corría junio de 1988, se celebraban los ‘Días de la Ciudad Vieja’ de Tallinn, y en un momento dado, durante una actuación musical, un grupo decidió desafiar la prohibición de cantar las ‘canciones prohibidas’: “No podemos cantar ciertas canciones aquí, vamos al Campo de las Canciones”. Durante varias noches seguidas, decenas de miles de personas (en un país de 1,3 millones) se reunieron para cantar himnos patrióticos prohibidos durante el régimen soviético, así como nuevas canciones reivindicativas, destacando las compuestas por Alo Mattiisen. En medio de estas manifestaciones empezaron a florecer, como de la nada, las banderas prohibidas, azules, negras y blancas que muchas familias habían guardado en secreto durante casi medio siglo.


Cadena Báltica, 23 de agosto de 1989

Heinz Valk, un artista estonio que a la postre fue uno de los principales protagonistas del asunto, escribió un artículo para describir semejante manifestación espontánea. Lo tituló ‘La Revolución Cantada’ (Laulev Revolutsioon), y este nombre se hizo tan popular que pasó a describir los sucesos que entre 1988 y 1991 desembocaron en la independencia de Estonia, Letonia y Lituania. El momento cumbre de esta revolución fue la Cadena Báltica. El 23 de agosto de 1989, en el 50 aniversario del pacto en el que Hitler y Stalin se repartían Europa, alrededor de 2 millones de personas formaron una cadena humana de 600 kilómetros entre Vilnius (capital de Lituania) y Tallinn, pasando por Riga.

La noche del 19 al 20 de agosto, para recordar el 20 aniversario de la Revolución Cantada, se organizó en Tallinn un Festival Nocturno de la Canción (Öölaulupidu). Con los ánimos aún calientes por los recientes sucesos de Georgia, unas 100.000 personas se dieron cita en el Campo de las Canciones. La cosa empezó fría y ligeramente aburrida, pero se caldeó con las canciones populares estonias de la época soviética como el mítico Vals de Saaremaa. Empezó a ir a más con canciones de corte más patriótico y hits rockeros ochenteros como Massikommunikatsioon o Insener Garini hüperboloid.


Ärkamise aeg. “Estonia, Estonia, eres mi hogar, estás en lo profundo de mi corazón”.

Después llegó el discurso del presidente de la república, Toomas Hendrik Ilves, al público enfervorecido. La Presidencia es una institución muy respetada y los aplausos fueron unánimes. A partir de aquí, el delirio. Un coro de miles de personas, dirigidas por Tiia-Ester Loitme, cantó las preciosas Ärkamise aeg (‘Tiempo de despertar’) y Ta lendab mesipuu poole (‘Vuela hacia la colmena’).


Kaunimad laulud

Enseguida llegaron las canciones de Alo Mattiisen, el gran músico de la Revolución Cantada, que falleció en 1996, cantadas por otro histórico de la época: Ivo Linna. Empezando por Ei ole üksi ükski maa (‘No abandonaré ninguna tierra’, en referencia a Virumaa, la zona del país que Stalin repobló con rusos impidiendo el regreso de los refugiados nativos estonios). Después de Kaunimad Laulud (‘Canciones del bello país’) llegó Mingem üles, con su grito de guerra contra la rusificación de Tallinn (que marchaba viento en popa en los 80): peatage Lasnamäe!, es decir, “¡detened Lasnamäe!”, el gran barrio dormitorio planificado por las autoridades soviéticas y que hoy en día acoge a más de 100.000 personas, en su mayoría rusoparlantes.


Isamaa ilu hoieldes

A continuación, Sind surmani e Isamaa ilu hoieldes , que es un auténtico subidón de adrenalina, especialmente cuando la cantas junto a otras 100.000 personas. Para rematar el recital de Mattiisen, el gran clásico: Eestlane olen ja eestaseks jään (‘Estonio soy y estonio me quedaré’), con todo el mundo abrazado.


Eestlane olen ja eestlaseks jään. “Ser estonio me llena de orgullo, libre como mis antepasados”.

Cuando ya parecía imposible continuar esta escalada de sentimiento nacional, llegó Tõnis Mägi al escenario y cantó Koit (‘Amanecer’), y volvió a cantarla ante la insistencia del público. Siguió con Mu isamaa armas (‘Mi patria querida’) y finalizó con la muy emotiva Palve (‘Oración’). Aunque los estonios son gente muy poco dada a las expresiones emocionales, en ese momento había decenas de miles de personas allí mismo con las lágrimas a punto.


Koit (Amanecer).

Y aquí se tendría que haber acabado. Habría sido un final apoteósico y todos nos habríamos ido a casa con la piel de gallina. Pero no. Llegó una indescriptible canción medio rapeada y una actuación de un grupo georgiano. Los georgianos fueron muy aplaudidos (las banderas georgianas fueron las únicas que ondearon además de las estonias), pero habría quedado mucho mejor en medio de la gala, como un paréntesis de apoyo a Georgia. Después fue todavía peor, y se empezaron a cantar canciones poperas modernas, no relacionadas con la Revolución Cantada. Una bonita manera de fastidiar el final (y de paso alargar innecesariamente) una noche mágica. Claro que en este momento ya todo el mundo se estaba marchando, porque lo verdaderamente interesante, el recuerdo de las canciones de hace 20 años, ya había pasado.

A pesar de todo, allí estuvimos, pasando frío pero aguantando de pie y cantando durante casi 6 horas (gracias a que teníamos las letras impresas, claro :D ). Es difícil describir lo que se sentía allí, viendo como el 10% de un país (es decir, como si fueran 4 millones de españoles) se juntaba para recordar cómo consiguieron, en medio de canciones, recuperar la independencia perdida. En ese momento, me hubiera gustado ser estonio.

PS: Hay un magnífico documental sobre la Revolución Cantada, titulado The Singing Revolution. Aunque no tengo noticias de que se vaya a exhibir en cines españoles, hay quien dice que se puede conseguir en ciertas ‘bahías piratas’ de Internet. Ya me entendéis :)

De pueblo

Aunque hoy en día la mayoría de la población estonia es urbana, los estonios se siguen enorgulleciendo de ser ‘gente de la tierra’. No en vano, hasta el despertar nacional del siglo XIX los estonios se denominaban a sí mismos precisamente eso, maarahvas (literalmente, gente de la tierra o del campo), y su lenguaje evidentemente era el lenguaje de la tierra: maakeel.

Para los visitantes ocasionales que no salen de Tallinn, hay un sitio donde poder hacerse a la idea de como era (hasta hace mucho menos tiempo del que parece) la vida en el medio rural de Estonia. Es el Museo al Aire Libre (o Vabaõhumuuseum), situado en un lugar peculiar: Rocca al Mare. El nombre viene de la villa que se mandó construir en el lugar Artur Girard de Soucanton, el burgomaestre de Reval (antiguo nombre alemán de Tallinn) en 1863. Por lo visto el nombre era un enamorado de Italia y bautizó así su lujosa villa situada literalmente en una colina rocosa hacia el mar. Al cabo de un tiempo, toda la zona era ya conocida como Rocca al Mare.

En los años 50 se aprovechó este lugar para reconstruir granjas y edificios típicos del medio rural. En la actualidad se han recreado 12 explotaciones agrícolas, casas de pescadores, una impresionante colección de molinos de viento, etc., preservando al máximo el aspecto original. Llaman la atención los tejados de paja, o el fuerte olor a humo que aún se conserva en los edificios de madera. La arquitectura típica estonia prescindía de las chimeneas, y el humo invadía las estancias cuando en invierno se hacía fuego para calentarse y cocinar.

Cuando uno visita estas viviendas tiene la sensación de estar viajando siglos atrás en el tiempo, sin embargo la mayoría de los edificios que se muestran en el museo estuvieron sirviendo como viviendas (y granjas, graneros o establos) hasta bien entrado el siglo XX. Dentro del recinto, los trabajadores del museo, vestidos con trajes típicos, recrean los oficios tradicionales del campo e informan con gusto a los visitantes. Muchos de ellos son de avanzada edad y hablan de las propias experiencias de su vida, aunque normalmente sólo pueden hacerlo en estonio… supongo que el inglés no era muy habitual en una granja estonia de hace medio siglo.

Hace un par de fines de semana tuve la ocasión de estar en una casa de pueblo real. Lo de ‘pueblo’ es un decir, ya que en Estonia no hay pueblos en el sentido español del término, cada casa está muy separada de las demás, rodeada de sus tierras, y sólo esporádicamente hay agrupaciones de un puñado de casas (¡pero siempre dejando correr el aire entre ellas!).

La casa que visitamos estaba en algún lugar del sur de Estonia, cerca de Tartu y del lago Peipsi. Depués de desviarnos primero por carreteras secundarias y luego por caminos de tierra, llegamos a este lugar en medio de la nada. Para empezar, no hay agua corriente, cosa totalmente normal en las casas de campo. El agua se saca del pozo (buenísima, por cierto), la higiene se hace en la sauna y en lugar de retretes hay una letrina. Para los no iniciados, una letrina es un retrete de madera que está situado encima de un pozo. Normalmente se construye en una caseta de madera lejos de la vivienda principal.

Al tema del agua corriente se le sumaba un segundo problema: los insectos. Además de los voraces mosquitos, están los tábanos, que literalmente lo comen a uno vivo. Este tipo de vida sigue siendo el pan de cada día para miles de personas en el campo estonio. Aunque quedan pocos jóvenes viviendo permanentemente, es raro no tener la típica ‘casa de los abuelos’ en el campo y hacer visitas esporádicas.

Además de comprobar de primera mano la vida rural, la excursión dio para conocer otro par de sitios interesantes. El primero es la ciudad de Otepää (que no es más que un pueblo grande, en realidad), capital deportiva de Estonia (especialmente en invierno, con todos los deportes de nieve). En esta zona del país es en la única en que se puede encontrar algo parecido a montañas, lo cual aprovechan los aficionados al esquí. Otepää es además el lugar de nacimiento ‘oficial’ de la bandera de Estonia (aunque ésta ya existía como bandera de una corporación estudiantil de Tartu).

La segunda visita de interés fue a la zona poblada por comunidades de Viejos Creyentes rusos a orillas del Peipsi. Se trata de una minoría separatista de la Iglesia Ortodoxa rusa, que fue duramente perseguida desde el siglo XVII, lo que hizo que sus miembros buscasen refugio en lugares remotos como Siberia. Estas comunidades de Estonia son por supuesto mucho anteriores a la rusificación de la época soviética, llevan siglos dedicándose a la pesca y a la huerta (son famosos por sus cultivos de cebollas). Una cosa distintiva frente a las comunidades rurales estonias es que los rusos sí se agrupan en pequeños pueblos. Mientras que para un estonio, los vecinos están mejor cuanto más lejos, a los rusos les gusta tenerlos un poco más cerca.

Para los amantes del campo y del medio rural, Estonia tiene ambos prácticamente vírgenes. Los destellos de las ciudades altamente tecnificadas llegan en forma de puntos de conexión inalámbrica a internet en medio de la nada (¡ah, Estonia!) pero por lo demás, cualquiera diría que allí el tiempo pasa mucho más despacio.

PS: la batería de mi cámara digital murió en aquella excursión… no hay fotos :(

Las zarpas del oso ruso

La guerra estalló hace unos días en el Cáucaso, por si no os habéis enterado en España. El Cáucaso está bastante lejos del báltico, pero aún así las noticias de la guerra se están siguiendo con mucho interés en Estonia. Georgia y Estonia son buenos aliados, y existe una mutua simpatía entre ambas naciones. El presidente georgiano tiene como uno de sus principales asesores a Mart Laar, ex primer ministro estonio y destacado personaje de la transición del comunismo a la democracia. Georgia quiere orientarse hacia Occidente, y para ello quiere seguir (¡y hace bien!) el ejemplo de las repúblicas bálticas. A cualquiera que visita Tallinn le cuesta creer que hace menos de 17 años esto era la URSS. Sobre todo si (como es mi caso) conoce de primera mano Ucrania o la propia Rusia, donde las cosas siguen funcionando a la vieja usanza.

Cuando la URSS de desmembró (allá por agosto de 1991) todas las repúblicas resultantes formaron una ‘comunidad de estados independientes’ liderada por Rusia. ¿Todas? Todas no. Las repúblicas bálticas se desentendieron por completo, en su camino hacia occidente. ¿Quién más decidió, voluntariamente, quedarse fuera? exacto: Georgia. Sin embargo, un sangriento golpe de estado, apoyado por militares pro-rusos, devolvió a los georgianos al redil y colocó al líder soviético Shevardnadze como presidente. Tras una guerra civil de 3 años, todo estaba bajo control, a pedir de boca de Moscú.

En medio de este polvorín, las regiones de Abjazia y Osetia del Sur aprovecharon para ‘independizarse’. Evidentemente, todo lo que fuese debilitar a los vecinos (en este caso Georgia) era bueno para la poderosa Rusia. 250.000 georgianos fueron exterminados en la limpieza étnica de Abjazia. En Osetia del Sur (mucho más pequeña y menos poblada) las cifras fueron más discretas. Una vez que la guerra acabó, Abjazia y Osetia eran independientes ‘de facto’.

Aplicando la técnica del ‘divide y vencerás’, Rusia empezó a conceder pasaportes rusos a los habitantes de estos territorios. La estrategia es perfecta: ahora Rusia puede excusarse diciendo que en esos territorios en realidad viven rusos, y hay que defenderlos. Rusia ha mantenido desde entonces ‘tropas de paz’ en los territorios, que siguen perteneciendo, en teoría, a Georgia, algo que acepta hasta la misma Rusia. ¿Qué hace Rusia ‘pacificando’ con su ejército en otro país soberano? Pues lo mismo que los yanquis en Afganistán o Iraq, por ejemplo. Ya sabéis, ‘llevar la democracia’ y todas esas cosas.

En 2003, el régimen corrupto de Shevardnadze fue derrocado por una revolución pacífica. Poco después, Saakashvili se convirtió en presidente y empezó a apostar de forma decidida por la occidentalización, levantando amarras respecto a Rusia y acercándose a Estados Unidos. Ahora parece que es pecado ser aliado de EE.UU. ¿qué es España, entonces? Podemos comparar qué tal vivían en la Guerra Fría los aliados de EE.UU. (Francia, Alemania occidental, Italia…) con los ‘aliados’ de la URSS (Rumanía, Bulgaria, etc.) No creo que sea delito que los georgianos prefieran ser un aliado de EE.UU. que un satélite de Rusia. Exactamente igual que las repúblicas bálticas. Y no hace falta decir que en las repúblicas bálticas es donde mejor se vive de toda la antigua URSS (y con diferencia).


Sucedió ayer en Tallinn: manifestación de apoyo a Georgia frente a la embajada rusa. ‘Häbi Venemaa’: ‘Rusia culpable’. Sin desperdicio la reacción del ‘joven demócrata’ ruso de la última foto. (Fotos del diario Eesti Päevaleht).

No creo que sea casualidad que Georgia esté encontrando apoyos precisamente entre todos los países que han sufrido los zarpazos del oso ruso: los bálticos, Ucrania, Polonia, etc. Me apena escuchar a mucha gente que no tiene ni pajolera idea de lo que es Rusia ni la antigua URSS despotricando contra Georgia. Ayer mismo hubo una manifestación de apoyo a Georgia frente a la embajada rusa en Tallinn, que fue reventada por alborotadores rusos posteriormente. Mañana hay convocada otra manifestación frente al parlamento estonio, símbolo de la resistencia pacífica frente al ejército soviético en 1991, a la que espero acudir.

¿Por qué los estonios están preocupados?

Porque saben que los siguientes pueden ser ellos. (Algunos diarios finlandeses han empezado ya a especular con esta posibilidad). Francamente, me cuesta imaginar las calles de Tallinn bombardeadas o invadidas por los rusos, pero cabe esperar cualquier cosa de gente como Putin y de un estado como Rusia, que aplasta a las más de 100 minorías nacionales de su territorio (aún está reciente el genocidio de Chechenia) e irónicamente actúa de ‘protector’ de las minorías en países extranjeros, cuando le conviene debilitarlos.

Los rusos han ensayado ya sus estrategias de agitación en Estonia. Sucedió por ejemplo en la crisis del soldado de Bronce el año pasado, donde el gobierno ruso promovió disturbios en la propia Estonia, acusando al gobierno estonio de pro-nazi y de humillar a los rusos. A partir de entonces, en algunas tiendas rusas se podían leer carteles que prohibían la entrada a ‘perros y estonios’ . Por supuesto no creo que a ningún estonio en su sano juicio se le ocurra emigrar de su país, con un paro menor al 5% y la mejor calidad de vida de toda la ex-URSS, a Rusia, así que de momento estos tenderos rusos pueden estar tranquilos, que no creo que haya muchos estonios que quieran entrar en sus tiendas.

En Estonia vive una importante minoría rusa (26%) y el gobierno ruso sabe como utilizarla para desestabilizar a un vecino de gran importancia estratégica, por su cercanía a Occidente. En Estonia existe una zona (el condado de Ida-Viru) de mayoría rusa (más del 80%). No es una zona cualquiera: es una zona estratégica, fronteriza con Rusia y donde se encuentran la mayoría de recursos energéticos e industriales de Estonia. Las autoridades estalinistas sabían muy bien qué zonas rusificaban en cada república. Como buen ejemplo tenemos Transnitria, otra potencial Osetia que se encuentra en Moldavia.

Acabo de recibir un correo de un buen amigo estonio. Dice (entre otras cosas) esto:

Today I had dinner with a friend and we were discussing about the future possibilities of life in Estonia. Quite soon we realised that the chances of living until the end of our lives as free men on free land are incredibly small compared for example to winning a jack pot on a lottery. As a matter of fact there are 4 – 5 jack pots given out here every year, but nobody has ever managed to live a whole life in a free country. The oldest ones attempting this are turning 17 this year, but it seems that their changes are getting lower day by day… I must admit that this is a very freaky feeling to acknowledge such things to yourself. The worst part of it is the feeling of powerlessness towards changing anything about it.

Traduzco: ‘hoy cené con un amigo y estábamos discutiendo las futuras posibilidades de vida en Estonia. Pronto nos dimos cuenta de que las probabilidades de vivir hasta el final de nuestras vidas como hombres libres en un país libre eran increíblemente pequeñas comparadas con, por ejemplo, ganar el bote de la lotería. No en vano, aquí el bote toca 4 ó 5 veces al año, pero nadie ha conseguido nunca vivir su vida completa en un país libre. Los más viejos que pueden presumir de ello cumplirán los 17 este año, pero parece que sus probablidades están disminuyendo cada vez más… tengo que admitir que me asusta admitir este tipo de cosas. Lo peor es el sentimiento de no tener ningún poder para cambiarlo.’

Así están las cosas por aquí… son muchas las cicatrices de los zarpazos del oso ruso, y los sentimientos están a flor de piel. Conocer la situación me obliga moralmente a defender a Georgia, y eso es lo que hago. Todas las opiniones son respetables: esta es la mía.

Postdata: no tengo nada en contra de los rusos, del pueblo ruso (donde hay gente maravillosa e hijos de puta integrales, exactamente igual que en todo el mundo), pero sí en contra del estado ruso, y de su historia imperialista y genocida. Lo peor de todo es que las víctimas finales son los propios rusos, que viven de palo y zanahoria. Mientras su gobierno les señala cada día enemigos para desfogar sus iras, la mayoría de la gente sigue viviendo lejos de la prosperidad y los grandes oligarcas siguen comprando yates y equipos de fútbol.

Lecciones básicas de estonio (I)

Si alguna vez os da por dejaros caer en este rincón de Europa, no está de más saber un poco acerca del idioma. En realidad en Estonia se puede sobrevivir perfectamente con el inglés (como es mi caso). Casi todo el mundo lo habla. Algo menos entre la minoría rusa que entre los estonios, y evidentemente más entre los jóvenes que entre los mayores (aunque doy fe de que no es raro poder mantener conversaciones fluidas en inglés con gente de 80 años).

El ruso es la lengua materna de algo más de un cuarto de la población, y al ser obligatorio durante la época soviética, prácticamente todos los mayores de 40 años lo dominan perfectamente (aunque entre las generaciones jóvenes es menos popular). El alemán también se habla por una parte muy notable de la población de todas las edades, y el finlandés es entendido por una mayoría, sobre todo en la zona norte donde se recibe la televisión finlandesa. Francés y castellano son minoritarios, pero en Tallinn no es difícil encontrar gente que los hable.

Pero a pesar del carácter políglota de los estonios, a veces es inevitable entrar en contacto con su lengua materna, melódica, rica en vocales y con una gramática endiablada, que incluye 14 declinaciones de cada palabra.

Para empezar, hablemos un poco del alfabeto. El alfabeto estonio es como sigue:

A, B, D, E, F, G, H, I, J, K, L, M, N, O, P, R, S, Š, Z, Ž, T, U, V, Õ, Ä, Ö, Ü

Además de tener un orden bastante peculiar, como veis (o mejor dicho, no veis) faltan las letras C, Q, W, X e Y. En estonio no se utilizan y sólo aparecen en nombres propios extranjeros (y por tanto se pronuncian como en su lengua original). Además, las letras F, Š, Z y Ž tampoco son originales del idioma estonio y sólo aparecen en préstamos lingüísticos.

Las consonantes son relativamente fáciles. Aunque pueden aparecer en 3 longitudes (normal, larga y extra-larga) y a veces se pueden palatizar (transformándose en un sonido más suave) esto es hilar demasiado fino. La pronunciación de las consonantes es básicamente como en castellano, con pequeñas diferencias:

- B, D y G son más fuertes que en castellano, prácticamente como si fueran P, T y K. La G suena siempre igual, también delante de E e I.
- H se pronuncia muy levemente, de hecho a comienzo de palabra suele ser muda. Sólo cuando es doble se pronuncia de forma marcada.
- J se pronuncia como nuestra Y.
- Š se pronuncia como sh en inglés.
- Z se pronuncia como en francés o inglés (como una s pero dejando pasar el aire por las cuerdas vocales).
- Ž se pronuncia como la letra rusa ? (normalmente se escribe zh al representarla en alfabeto latino) o aproximadamente como la j francesa.

(Los tres últimos casos no importan mucho en realidad, como hemos comentado sólo se utilizan en algunas palabras de origen extranjero).

Las vocales son caso aparte para nosotros los castellanoparlantes. Estamos acostumbrados a nuestras 5 vocales simples de toda la vida y en estonio hay 9, ni más ni menos.

- La A es algo más cerrada que en castellano.
- La E, en cambio, es más abierta (como la è del catalán o el francés).
- I, O y U se pronuncian como en castellano.
- Õ es la letra más distintiva del alfabeto, todo un signo de identidad. No tiene nada que ver con la õ portuguesa, se trata de una vocal extremadamente rara que aparece en muy pocos idiomas (aunque en estonio es bastante habitual), se pronuncia más o menos colocando la boca como para pronunciar una i, y pronunciando una o.
- Ä es una a ligeramente más abierta que la del castellano (como en el inglés cat o happy). Distinguir A y Ä es difícil para los castellanoparlantes, ya que para nosotros son simplemente dos formas distintas de pronunciar una misma letra, sin embargo los estonios las distinguen claramente como letras diferenciadas. (Ejemplo: “No se dice vaike sino väike. — Pues eso, ¡vaike! — No: ¡¡VÄÄÄÄÄÄIKE!!”).
- Ö se pronuncia como en alemán (o como eu en francés). Aproximadamente es como colocar la boca para pronunciar o, pero pronunciando e.
- Ü es como la u francesa, es decir, colocando la boca como para pronunciar una u, pero pronunciando i.

Como curiosidad, Õ, Ä, Ö y Ü son letras independientes, exactamente igual que nuestra ñ, y es incorrecto escribirlas como o, a, o, u. La riqueza en vocales del idioma estonio da lugar a palabras bastante llamativas como töööö (‘noche de trabajo’) o jäääär (‘borde del hielo’). Algunas como kõueööaimdus son un verdadero reto. Lo de las letras repetidas no es trivial, y corresponde a las diferentes longitudes de las letras. Por ejemplo, no es lo mismo kook que kokk, aunque estos matices son casi imposibles de distinguir para los no nativos.

Con tanto rollo sobre fonética no me ha dado tiempo a decir nada en estonio… será en la próxima entrega. Hasta entonces… nägemist! (‘¡hasta la vista!’)

¿Se acabó el verano?

Al menos eso parecía ayer, con una temperatura que no sobrepasó los 13 ºC en todo el día, viento y constante lluvia. Todo un anticipo de la temporada otoñal. Con este panorama, ayer hice una visita por la ciudad vieja para un grupo de turistas judíos argentinos. Según me comentó el líder del grupo (argentino-alemán con ascendencia ucraniana, ni más ni menos) los viajes por europa son populares entre la comunidad judía de ultramar, sobre todo por el aspecto nostálgico de visitar las ciudades donde vivieron sus antepasados (aunque en Tallinn nunca hubo una gran comunidad judía). Así, tuvimos la oportunidad de hablar un buen rato de Lviv, maravillosa (y desconocida) ciudad ucraniana (y en otros tiempos polaca o alemana) que visité durante un par de semanas en el verano de 2006 y a la que debo una segunda visita.

Para completar el día, por la noche quedé para tomar unas cervezas en el centro con Javi y Marc, dos catalanes que trabajan en Skype (un programa inicialmente creado por estonios y cuyo centro de desarrollo está en Tallinn, a cinco minutos andando de donde yo me encuentro ahora mismo). Javi también se dedicaba a escribir un blog sobre Estonia al que podéis echar un vistazo, aunque está sin actualizar desde hace tiempo.

Hoy la situación ha vuelto a la normalidad, es decir, unos 18 ºC, con nubes y claros. Espero no tener que volver a sufrir más días como el de ayer, sobre todo si me toca pasear turistas por el centro. Es cuestión de suerte, ya que los pronósticos del tiempo no son muy fiables.


La ‘Kunstiakadeemia’ de Tallinn

En otro orden de cosas, el lunes comencé a ir a clases de estonio. Se trata de un curso para estudiantes que van a hacer Erasmus en Estonia. No es mi caso, pero gracias a ‘amigos de amigos de amigos’ he conseguido que me dejen ir a las clases sin problema. En menos de un mes estaré haciendo exactamente el mismo tipo de curso pero en Grecia. Las clases son en la Kunstiakadeemia (es decir, la academia de arte) situada en el centro de Tallinn.

Las clases son largas, y además aprender estonio no es una tarea nada fácil. Al ser un idioma no indoeuropeo es gramaticalmente muy distinto al castellano y a otros idiomas conocidos como el inglés. Sin embargo, el espectáculo diario que ofrece Vilma hace que consigamos mantener la atención. Vilma es la profesora, tiene 61 años, dejó de fumar hace unas semanas, es amiga de las canciones absurdas y tiene unas ideas muy interesantes sobre política internacional. Una auténtica show-woman criada en la era soviética.

Nada más que contar de momento. Queda pendiente un post sobre mi visita a la Estonia rural del pasado fin de semana.

PD: Se me olvidaba comentar que según Vilma, soy negro. En Estonia el término se utiliza también para los ‘negros’ de pelo, especialmente del Cáucaso (Georgia, Armenia, Azerbayán) pero también para los mediterráneos. ¡Tantos años de conflicto con mi supuesta identidad blanca para esto! :)

Pärnu, otro día en la playa

El sábado pasado tocó otra visita a una ciudad playera, en este caso la llamada ‘capital de verano’ de Estonia: Pärnu. A pesar de ser una ciudad con una larga historia (perteneciente a la liga Hanseática, como Tallinn o Tartu), la importancia actual de Pärnu se debe a ser el mayor ‘resort’ turístico de Estonia. Al igual que Haapsalu, fue en el s. XIX cuando se comenzó a explotar el potencial turístico y la ciudad comenzó a despuntar. Seguramente los caballeros alemanes que le dieron su grandeza jamás imaginarían que la prosperidad llegaría a través de los baños de lodo.


El centro de Pärnu, de noche

Pärnu no es ningún pueblecito: tiene 45.000 habitantes, que en verano se multiplican. Como Estonia es un país pequeño, es fácil ir y volver en el día, así que no es extraño encontrarse a conocidos de Tallinn tomando el sol en la playa. Además de estonios, hay muchos finlandeses, letones y turistas de otras nacionalidades, también españoles. No falta de nada, desde las rubias explosivas en bikini hasta los chuloplayas jugando al voley. Por supuesto, hay un chiringuito al más puro estilo ibérico que provee de cerveza a los bañistas.


El escritor Johann Voldemar Jannsen, en la plaza del ayuntamiento

La ciudad en sí es como Haapsalu pero más grande. Una ciudad histórica, con un casco antiguo pequeño pero con encanto, y multitud de casas de madera hasta llegar a la playa, la más grande y concurrida de Estonia. Se pueden encontrar estupendas terrazas con precios más razonables que en Tallinn (para comer y para beber), y evidentemente durante el verano hay una gran marcha nocturna. El clima suele ser más suave que en otros puntos del país, y en verano es bastante agradable. Además, el agua tiene una temperatura muy apetecible.


Tampoco faltan los edificios históricos

Esta vez, usamos el transporte público para llegar. El bus tarda poco más de hora y media, pero como somos así de previsores, fuimos a la estación sin el billete comprado. Siendo sábado, y con el buen tiempo que hacía, no hace falta decir que el autobús estaba lleno y tuvimos que esperar una hora. No existe la opción de ir en tren, así que todo el mundo que no puede (o no quiere) llevar el coche tiene que ir al bus. Una de las cosas buenas del transporte público de larga distancia en Estonia es que hay competencia. Hay diferentes compañías ofreciendo el mismo trayecto, con lo cual los horarios son bastante flexibes y además se pueden elegir opciones más baratas que otras.


El chiringuito y la playa

Durante la espera, visitamos un mercadillo cerca de la estación de autobuses de Tallinn, y afortunadamente encontré un juguete para entretenerme: una cámara soviética con la mítica óptica LOMO, en concreto una Smena 8M. Todavía no he revelado el carrete, quién sabe lo que encontraré allí (por cierto, si alguien está interesado en viejas cámaras soviéticas, desde la mítica Lomo LC-A hasta una soberbia Zenit réflex, pasando por todo tipo de Smenas y demás quincalla, que avise).


Smena 8M, made in the USSR

Por cierto, el tiempo en Pärnu fue excelente, estas últimas semanas la lluvia está respetando el verano, así que pude disfrutar del sol y del mar como un auténtico guiri. Al fin y al cabo, a 22 ºC se está mucho más agusto que a 40 :)

Head isu!

Continuando con la lista de expresiones estonias, ‘head isu’ significa ‘buen provecho’. Ciertamente Estonia no destaca especialmente por su gastronomía (no se conoce ningún restaurante estonio en todo el planeta), pero aquí también se puede comer bastante bien.

Seguramente, lo más destacado de la gastronomía estonia son los productos lácteos. Los estonios beben leche fresca (piim), de la que caduca en 4 ó 5 días, y no ‘la cosa esa rara que no sabe a nada y se puede guardar fuera de la nevera’. Además de la leche, existe una gran variedad de productos lácteos frescos: la crema agria de leche o hapukoor (que sirve como salsa para cualquier tipo de platos), el keefir (leche fermentada), el hapupiim (a mitad de camino entre la leche y el yogur natural), el kohupiim (una especie de requesón) y yogures de todos los colores y sabores.

También se consume mucho queso, que generalmente es tierno (no existen quesos curados al estilo manchego). El queso para untar condimentado con especias (por ejemplo, ajo y perejil) es muy popular.

En estonio hay dos palabras que se traducen como ‘pan’. El pan blanco, el ‘normal’ para nosotros, se conoce como sai. Sin embargo para ellos el pan es negro, y se conoce como leib (a veces, para referirse al pan blanco, los estonios dicen que eso no es pan, sino un ‘producto inferior del trigo’). El pan negro está hecho de harina de centeno y semillas, normalmente tiene una consistencia muy densa, y se usa para acompañar las comidas, para untar o para hacer tostadas. Tiene un sabor extraño para los no iniciados, con cierto regusto dulzón.

Sin embargo el pan negro no es un mero acompañamiento, de hecho es casi un símbolo nacional. Cuando los estonios viajan al extranjero, siempre lo mencionan como una de las cosas que más echan de menos. En los duros tiempos en que los estonios eran un pueblo campesino sometido a infernales condiciones de vida, el pan negro, rico en fibras, vitaminas y minerales, era la base de la dieta. Cuando una miga de pan se caía al suelo, se recogía y se besaba. Una de las frases tradicionales para desear lo mejor a alguien es jätku leiba: ‘que te dure el pan’ (¡negro, por supuesto!).

Los pescados son otra parte habitual de la dieta, de hecho en las costas estonias siempre ha habido comunidades de pescadores. El pescado más común es el arenque, y las conservas de arenque se pueden encontrar en infinidad de versiones, acompañados de todo tipo de salsas. Muy similares a los arenques, pero del tamaño de boquerones, son los sprottid, de los que también se pueden encontrar múltiples versiones. La receta de arenques de Tallinn era muy apreciada en toda la zona. Con la llegada de las conservas enlatadas, se comenzó a usar la silueta de la ciudad vieja de Tallinn para las latas envasadas en Tallinn. Se hicieron tan populares que al ‘skyline’ de la ciudad de Tallinn se le llama muchas veces ‘la silueta de la lata de arenques’.

La carne no se suele consumir en cantidades excesivas como en España. Con cierta ironía, los estonios se refieren a veces a la carne como ‘algo para acompañar el pan’. La más popular, sin duda, es la carne de cerdo. Se consume casi siempre acompañada de verduras, fundamentalmente patatas, cebolla y berza. Un plato muy tradicional son los rollos de carne de cerdo picada envueltos en hojas de berza. La berza fermentada es la base del famoso sauerkraut, plato de origen alemán también típico en Estonia.

El famoso šašlõkk (pincho de carne con especias) no es estonio, sino del Cáucaso, sin embargo es la estrella de todas las barbacoas. Los embutidos ahumados y especiados, similares al salchichón, son bastante típicos. No sólo de cerdo, también es posible encontrarlos de animales más exóticos, como el ciervo. La verivorst no es más que nuestra popular morcilla, se considera un elemento muy tradicional (aunque no demasiado apreciado por las nuevas generaciones).

Las patatas están muy presentes, no sólo para acompañar a la carne, sino como base de las ensaladas de verduras (similares a nuestra ‘ensaladilla rusa’), aliñadas con mayonesa y hapukoor. Los pepinillos (lo bastante grandes como para tener sabor a pepino) son también habituales de estas ensaladas. Las especias normalmente se consumen frescas. El condimento favorito de los estonios es el eneldo. Lo usan en todo tipo de platos, y sin duda es el elemento más distintivo del ‘sabor estonio’. También se usan mucho el perejil y el tomillo.

A los estonios les gusta mucho consumir sus propios productos. Normalmente, todos los que tienen un jardín suficientemente grande, o una casa de campo, cultivan fresas y todo tipo de bayas para su propio consumo. Por supuesto, se guarda parte para elaborar todo tipo de mermeladas, compotas y conservas caseras, para el largo invierno, en el que todos estos productos escasean.

Las crêpes (pannkook) son un típico desayuno (especialmente de domingo, cuando hay tiempo de prepararlas :) ), se rellenan de mermelada, cremas diversas o incluso huevas de pescado con cebolla y eneldo. Otro desayuno habitual de estas latitudes son las gachas de avena.

La influencia rusa se ha dejado notar también. Los famosos ‘pelmenis’ son bastante populares: baratos, fáciles de preparar y nutritivos. Son pequeñas empanadillas de carne, similares a los ravioli o los tortellini italianos, pero más grandes. Normalmente están rellenos de carne o de patata, y aunque tradicionalmente se preparan hervidos, en Estonia es muy frecuente freírlos. Otros platos rusos habituales en Estonia son la soljanka (‘sopa campesina’) y el boršš (sopa de remolacha).

Finalmente, existe la tradición de comer una sopa especial de guisantes y carne de cerdo el día del Vastlapäev, que coincide con nuestro martes de Carnaval y que en Estonia se celebra masivamente lanzándose en trineo por las laderas.

Palju õnne sünnipäevaks!

O sea, cumpleaños feliz. Sí, hoy me hago un año más viejo. Lo de cumplir años en el extranjero no es raro para mí (es una ventaja de haber nacido en pleno verano). El año pasado tocó en Belgrado, y por cierto, fue el día más caluroso en la ciudad desde que existen registros de temperatura (44 ºC a la sombra, riquísimos). Hoy hace mucho mejor, 22 ºC y solecito. Como a partir de cierta edad cumplir años deprime más que alegra, al menos está bien hacerlo cada año en un sitio distinto :)

Al estar unido a casa gracias al cordón umbilical de Internet, tampoco tengo demasiada morriña, pero se echa de menos tomar unas jarras de calimocho con los habituales (claro que muchos de ellos están de vacaciones también, desperdigados por ahí). Pero bueno, por aquí también habrá ocasión de celebrarlo y tomar unas cervezas.

Como prólogo a las celebraciones, ayer disfruté de una hora de masaje en el Swissôtel de Tallinn… sí, a veces también tiene su gracia sentirse millonario por unos minutos :D

El Norte de Castilla

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