PACO VARONA

Esta es una historia triste y sin final feliz. Es la odisea de mi amigo Paco Varona, un trabajador de la administración al que la panda de golfos que nos gobierna y representa está cambiando su futuro y el de varios millones más. Él ronda ahora los sesenta tacos y es personal laboral de un organismo muy conocido en la región y que, a veces, ha sido gobernado por algunos de los personajes más memos e indeseables que conozco. Panchito trabaja desde hace casi medio siglo en ese sitio, donde entró de botones y acabó, por ahora, de chupatintas en el registro poniendo sellos de entrada y salida y anotando con pulcritud el asunto de los mismos. Jamás fue expedientado, nunca estuvo de baja prolongada ni dejó de cumplir escrupulosamente su horario y las órdenes que recibiera. Tras medio siglo de servicio, su sueldo llega con dificultad a los 1200 euros, que sin los recortes sumarían otros doscientos más.

Cuando coincidimos juntos en ese organismo, Panchito fue represaliado por la jefa que soportamos a la vez, una muchacha tan abulto como inculta, que provenía del PSOE, el partido por el que Varona habría dado la vida. La represión de esta chiquita consistió en quitarle un complemento de 8000 pesetas al mes (50 euros), menos de lo que costaban los caramelos y el agua embotellada que consumía, sin pagar, ella en su despacho. A pesar de la ruindad, Panchito siguió asistiendo a las asambleas del partido y pegando con fe los carteles de cada campaña, en lugar de habérselos estampado en la geta a la lideresa, después de habérsela embadurnado de engrudo hecho con mocos.

Pues bien, este Varona, que es mi Panchito, es ahora uno de los responsables de la pésima situación económica por la que atraviesa este país llamado España, tantas veces dirigido por los más incompetentes del corral. Él tiene la culpa de ser un lastre para la Administración al que hay que recortar otro poco los putos 1200 euros que se lleva a casa, quitándole, además, días de vacaciones, la paga extra de Navidad, la posibilidad de jubilarse a los 64 años y amenazándole con implantar la jornada partida. Ni que decir tiene que la analfabeta funcional que lo represalió ha vuelto a su puesto de trabajo con el mayor nivel económico autorizado, aunque supongo que seguirá sin haber leído un libro ni mejorar un ápice su ignorancia y ramplonería. Eso es pasar por la vida haciendo el mal a los demás y tratándose bien a sí misma.

Y ahí sigue Panchito: poniendo sellos, fichando todos los días a la hora señalada, temiendo que otros recortes le dejen sin pan para comer, aguantando el tirón, echando cuentas de lo que no podrá comprar o hacer en Navidad cuando le roben la paga, y confiando en unas siglas políticas cuyos responsables se portaron con él como los cerdos con las margaritas: a mordiscos. Pobre amigo, uno de los muchos funcionarios convertidos en diana de los hachazos que estos carniceros jamás se dan a sí mismos.

EL CARETO DE RAJOY

Observando la cara de perplejidad que se le ha puesto al señor presidente del Gobierno mientras escucho las memeces que dice para justificar los hachazos que nos está metiendo a todos menos a los defraudadores, pienso que no nos merecemos unos gobernantes como los que nos han tocado en suerte. Escuchando las razones del señor Rajoy para subir el IVA, eliminar pagas extras y reducir prestaciones por desempleo, concluyo que nuestros dirigentes, además de mentirosos y taimados, no tienen agallas para contarnos toda la verdad. Quizá sea mi afición a enredar con asuntos relacionados con la comunicación lo que me hace suponer que lo más agradecido en tiempos duros es que salgan de sus huras y, tras plantear el escenario real que nos espera, pidan sacrificios, que para eso estamos, coño, para dar la vida por ellos y por la patria. Faltaría más. Viendo cómo balbucea y le tiembla el morrillo a nuestro amado dirigente, se me ocurren algunas fórmulas para salir airoso de un trance como éste. La más sencilla de todas es aparecer en la tele a la hora de mayor audiencia y decir: ‘Señores y señores: llegué al gobierno con un programa que no puedo llevar a cabo, prometiendo no subir el IVA ni recortar derechos. Ante la imposibilidad de cumplir lo escrito, voy a cambiarlo todo de arriba abajo haciendo lo siguiente (y aquí se desgranan las medidas), para lograr (y aquí se cuentan los beneficios esperados), que tardarán equis años o siglos en dar sus frutos. Buenas noches y buena suerte’.

Me da rabia que algunas de las medidas que ha ido tomando el Gobierno estaban cantadas de antemano, a pesar de lo cual siguieron negándolas hasta el último momento, en un ejercicio de cinismo que me recuerda mucho, salvando el abismo, la cerrazón del señor Aznar con la autoría de los atentados del 11-M o la de Felipe González con la corrupción rampante o el GAL. Rememorando cómo abandonaron el Gobierno y la Historia los dos últimos citados, me sumo al refrán que dice que nadie escarmienta en cabeza ajena, lo que no le libra, añado yo, de salir por la puerta de los pavos. Lo malo de este asunto no es que pase lo que está pasando, sino que lo sepamos todos antes de que suceda sin que el máximo dirigente haya tenido el valor de contárnoslo.

Pero como no soy rencoroso, además de pagar lo que me exijan, hoy termino regalando al presidente dos frases. Una, de José Luis Sampedro, que en respuesta a la pregunta sobre lo que más le sorprende de esta crisis dijo: “la desvergüenza de nuestra clase política y económica”. La otra es de Josep Ramoneda, que opina que “la verdadera responsabilidad del gobernante en tiempos de crisis es hablar a los ciudadanos como personas […] porque la cobardía no genera credibilidad”.

(Y un ruego a los diputados peperos que estaban el miércoles en el Congreso: no hace falta que lloren tras escuchar los recortes como hizo la ministra italiana Fornero, pero, hombre, no aplaudan).

UNA DE CELTAS

Aunque no soy propenso a la melancolía, tan adecuada para románticos y Borbones, seis meses largos después de las últimas elecciones generales sigo ignorando por qué me pongo contento cuando la prima de riesgo se sitúa por debajo de los 400 puntos y balbuceo mirando el Ibex 35. Yo, que era consciente de que la llegada del actual Gobierno no iba a arreglar por sí misma los graves problemas que nos aquejan desde hace la tira, sigo escuchando taciturno las noticias económicas, que han desplazado por completo a todas las demás. Es deprimente observar que los medios informativos han dejado de hablar de ciencia, de inventos, de lugares paradisiacos, de descubrimientos de la medicina, para estar todo el santo día alimentándonos de bancos centrales, Fondo Monetario Internacional, la mencionada prima o las aterradoras cifras del paro, incluso cuando bajan. Dado que no soy ni poeta ni Borbón, creo que la melancolía me puede porque durante años la realidad no nos ha dado un puto respiro.

Pero lo más frustrante es tener la sensación de que el destino de mi posible jubilación, de las cuatro perras que tengo en el banco, del porvenir de mis descendientes y hasta la recogida de basuras, dependen de factores que no controlo, de gentucilla que ignoro dónde se mete y cómo ha logrado que el único banco que ha crecido en España haya sido el de Alimentos. No obstante, hay veces en las que me entra la euforia escuchando a pensadores y expertos diciendo que la salida del túnel es posible si todos nos ponemos a tirar del carro en la misma dirección. Entonces digo, venga, Canta, arriba, vamos a por ellos, que son pocos y cobardes, y seguro que arrimando el hombro salimos adelante porque España es una gran nación. Y aunque el discurso de estos animadores me suena al que hacen los jefazos militares antes de entrar en combate para que la tropa, lejos de soltar un tiro al arengador y echarse a correr, se ponga patriótica y salvadora para ir al matadero, intento ponerme manos a la obra. Así, mi civilidad me impide coger una baja por depresión para que el sistema de salud no se vaya a tomar por culo; apenas pienso en la jubilación tras seguir cotizando desde hace medio siglo; y he dejado de pasar por delante de la caja de ahorros por no encontrarme con un furgón policial que impida entrar a los cartilleros como yo.

Pero cuando veo que mis esfuerzos son baldíos porque nada frena la sangría de noticias malas seguidas de otras peores, entonces me acuerdo de esa canción de Los Celtas Cortos que habla de un currela al que ‘se la trae floja lo que diga el telediario y los boletines oficiales’, y cuyo estribillo refleja perfectamente mi impotencia para resolver males, ni haciendo fuerzas ni sin hacerlas. Como dicen mis paisanos “¿Qué voy a hacer yo / qué puedo hacer yo / de quién debo defenderme / si no conozco enemigo?”. Mi abatimiento es de tal calibre que ni fuerzas tengo para tararearla.

JUBILADO BERNARDINO

El día de mi cumpleaños recibí por correo electrónico una felicitación que en realidad era un enlace a una página de Youtube, cuyo contenido me ha hecho reír y llorar casi al mismo tiempo y que voy a compartir con ustedes, que se merecen este regalo por la paciencia que tienen. El vídeo (http://www.youtube.com/watch?v=jsKrbcvMVcc) se titula ‘El jubilado’ y es un monólogo creado por Rafael Mendizábal e interpretado por Bernardino Oliva, dos personajes tan desconocidos para mí como el misterio de la Santísima Trinidad o la formación en el espacio de los agujeros negros. En poco más de nueve minutos, Bernardino va desgranando su experiencia como jubilado, después de haberme saludado antes con un jovial “¡hola, Paco!” y darme su “más sincera enhorabuena porque la historia que te voy a contar puede ser la tuya, la mía y posiblemente la de todos”. La historia es la aventura de la jubilación que, visto el panorama que refleja el vídeo, lejos de ser jubilosa parece más bien aterradora.

Así, el señor Oliva, que exhibe una salud de hierro según va contando su experiencia de jubilata, empieza recordando sus 30 años de trabajo en el banco (“sin una sola baja laboral”) y la emoción que sintió cuando el director de la sucursal le entregó el reloj con que despiden a los que dejan de trabajar, no sin antes referirse a lo mucho que sentía “tener que prescindir de usted, una persona tan trabajadora y eficaz”. Este momentazo había llegado después de que Bernardino sintiera la presión de los millones de parados que parecían decirle a todas horas ¡jubílate!, y hasta los razonamientos de sus hijos que le repetían la misma cantinela para que pudiera tener más tiempo para estar con su señora “y poder ir a los viajes del Imserso”. Aunque no me apetece reventarles la historia, empecé a descojonarme antes de llegar al minuto 2, cuando el protagonista recuerda su primer día de jubilado y la primera escaramuza con la parienta, que se encuentra de pronto con un señor que va de un lado a otro de la casa sin tener nada que hacer. Las aventuras posteriores de nuestro héroe como niñera de sus nietos a los que acompaña a la escuela, jardinero del chalé de sus hijos o asiduo caminante callejero, van minando su moral y la de un servidor, que prefiere volver a casa ‘matao’ de currar antes que descansar de esas maneras.

Antes de decidirme a escribir este artículo, hice correr el vídeo de Bernardino entre algunos amigos con los que me cambio este tipo de cosas. Belén, una avispada periodista que ‘goza’ de la jubilación desde hace casi tres años, terminó de rematarme cuando pintó al jubilado-tipo como alguien que patea el barrio diariamente “durante una hora, no por hacer deporte sino porque sobra en casa”. Después de reírnos con las aventuras del jubilado de Youtube y a punto de echarnos a llorar, ambos llegamos a la misma conclusión: es mejor quedarse tullido en casa que “salir a andar”. Fijo.

¿HAY ALGUIEN AHÍ?

Creo, sinceramente, que el problema más grave que estamos sufriendo los españoles es la falta de ilusión y de liderazgo, que nos hace pasar el día rascándonos las pupas con una teja hablando de la puta prima de riesgo, las fluctuaciones de la Bolsa y la cerrazón de la canciller alemana. Para empezar, dudo mucho que Ángela Merkel sea la verdadera responsable de nuestros males, aunque no está mal buscar culpables, incluso falsos. Me cuesta creer que esa señora logre el triste record de hacer desgraciados a montones de europeos, empezando por los 79 millones de ellos que viven en el umbral de la pobreza y que, por tanto, no consumen productos alemanes, entre otros. Creo que muchos gobernantes españoles  y del resto de Europa necesitan a esta dirigente con cara de perro pachón para ocultar sus propios errores y dejaciones.

Por hablar solamente de nuestro país, faltan líderes democráticos aptos para ilusionar a la ciudadanía apelando a su capacidad para salir adelante como pueblo, y aunque no es santo de mi devoción me he releído el famoso discurso de Winston Churchill repitiendo aquello de “No tengo nada más que ofrecer que sangre, esfuerzo, lágrimas y sudor”. Pero lo grandioso de aquella arenga no es la ‘oferta’, sino la invitación a luchar: “En este tiempo me siento autorizado para reclamar la ayuda de todas las personas y decir: Venid, pues, y vayamos juntos adelante con nuestras fuerzas unidas”. Ya sé que Rajoy no es Churchill, aunque ambos fumen puros, pero no me negarán que la clamorosa falta de liderazgo es tan perjudicial para la moral como para la economía. Alguien tiene que decirnos ¡adelante, juntos saldremos de esta! Aunque solo sea porque somos muchos los que aún cotizamos y pagamos impuestos y porque todavía hay científicos que continúan investigando, médicos que siguen curando, albañiles con ganas de poner ladrillos, empresarios que contratan, fontaneros que desatrancan o periodistas que cuentan lo que ven y dicen lo que piensan. Porque, a pesar de los recortes, nuestra seguridad social sigue funcionando; porque hacer una carrera es más barato que en otros países; porque somos un pueblo que sabe salir…, si le saben dirigir y emocionar, como demostraron los gaditanos durante los casi tres años que duró su asedio; como demostraron nuestros padres en un mundo sin calefacción, ni aire acondicionado, ni coche, ni vacaciones, ni gran cosa para comer.

¿Dónde están los líderes? ¿Cómo es posible que todos nuestros dirigentes vivan acochinados y no haya nadie del gobierno o la oposición que salga a infundirnos un poco de esperanza, que es el combustible que mueve el mundo? ¿Hay alguien ahí capaz de ilusionarnos? ¿Hay alguien que además del discurso de Churchill sea capaz de repetir aquella frase de Martin Luther King: “Si supiera que el mundo se acaba mañana, yo, hoy todavía, plantaría un árbol”? Visto lo visto, me temo que no. Estamos más solos que la una.

EL GUATEQUE

Incluso ahora, que acabamos de engañar a Europa y llevarnos a la buchaca 100.000 millones por la cara, nos hemos puesto sombríos y más discutidores de lo que ya somos. Hablamos de todo, de economía internacional y casera, de las primas de riesgo, del diferencial entre Italia y España, de fondos billonarios, de intervenciones de rescate que parecen regalos caídos del cielo, y en nada y menos tiramos de solución. En los bares y cafeterías, en las terrazas, en el ascensor y en los descansos del currelo opinamos de recortes, de Grecia, de pensiones, de Portugal, de fusiones bancarias, de Italia, de subida de impuestos, de Bruselas, de céntimo sanitario, de Alemania. Sabemos de todo y tenemos soluciones para casi cualquier contingencia, aunque los que cortan el bacalao nos presten la misma atención que Putin a las viudas de Astorga. Todo ello, naturalmente, sin tener ni zorra idea: ni nosotros, ni los que dirigen el cotarro.

Esta es, posiblemente, la razón por la que nos hemos puesto taciturnos, lúgubres y ceñudos, aunque muy expertos en bancos centrales, daciones y activos y conocedores de la vida y milagros de gente tan rara (y peligrosa) como Christine Lagarde, Mario Draghi, Ben Bernanke o Dominique Strauss-Kahn, un putero del copón de la baraja. Sabemos de cosas complejas más que cualquier otra generación, sin tener conocimientos suficientes y como si fuéramos protagonistas de esta peli en lugar de ser meros espectadores a los que el acomodador les birla la cartera según van entrando a oscuras en la sala. Pero saber de tanto sin saber de nada, nos convierte un día en parlanchines de bar con soluciones para todo, y al siguiente en cazurros enmudecidos incapaces no ya de adivinar el futuro sino el presente más inmediato.

Por un lado, me gustaría que en este momento nuestro estado cotidiano fuera de cabreo generalizado, el propio de ciudadanos a quienes los perros de las finanzas van mordisqueando las canillas y que aún conservan cierta capacidad para revolverse y soltarle una patada en los hocicos a los perseguidores. Sin embargo, nada de esto sucede, ni siquiera a mí, que predico acciones y me conformo con poner a caldo a los gestores mientras miro de reojo si sigue encendida la luz de la oficina de ‘mi’ caja de ahorros o si me han pagado la nómina, señales inequívocas de que las cosas no me van del todo mal mientras sucedan. Pero como nada cambia, anuncio desde aquí a mis contertulios que he tomado dos decisiones: dejar de discutir en las tabernas sobre las buenas y malas fórmulas que están aplicando los gestores de la cosa pública; y empezar a pasar de todo mientras organizo para el próximo fin de semana un guateque donde bailemos juntos al ritmo de los vinilos de Adamo, Los Pekenikes, Cecilia, Los Brincos y Nino Bravo y de paso arrimar cebolleta, que buena falta nos hace. Lo único que me frena es que no sé dónde puse la aguja de repuesto para el picú.

A MOVER EL CULO

Los que somos culillo de mal asiento hacemos varias cosas a la vez, lo que significa no hacer bien ninguna. Por ejemplo, ahora me ha dado por leer libros de dos en dos, lo que me impide terminar ninguno porque me agobian y porque acabo confundiendo personajes que saltan de un texto a otro como las pulgas perrunas. Sin embargo, esta semana me he parado en uno titulado ‘Reacciona’ escrito por ocho pensadores españoles y prologado por Stéphane Hessel, el autor de ‘Indignaos’ que hizo furor el año pasado. Su lectura me coincidió con un debate en la tele para hablar del futuro profesional que tienen nuestros hijos si siguen anclados a Castilla y León, que ya estaba mortecina antes de que comenzara este funeral, y ahora ni te cuento.

Siguiendo mi costumbre de soltar lo primero que se me ocurre, dije en aquella tertulia que lo que deberíamos hacer es preguntar a nuestros hijos de qué piensan comer cuando sean mayores y estén en edad de ir a la cola del Inem, si es que todavía existe. Lo que proponía era que los padres sentaran al retoño y le dijeran algo así como ‘a ver, Antoñito, hijo, dado que tus viejos no son ricos y tú no has encontrado acomodo laboral con treinta añazos, ¿de qué piensas vivir cuando cobremos la pensión de mierda que nos espera o la espichemos?’. También propuse que los sociólogos husmearan en los botellones o reuniones lúdicas de la muchachada para descubrir si alguno de ellos aspira a un trabajo decente o todos juntos se toman unas birras para celebrar que fulanito ha encontrado un curre temporal de reponedor en Carrefour. Para rematar la faena televisiva solté un mitin diciendo que en Castilla y León y en Tombuctú el futuro es de los jóvenes y que deberían ser ellos los que estuvieran francamente acojonados con el panorama que tienen por delante. Cuando salí del plató lo hice convencido de haber dicho, una vez más, un montón de tonterías.

Sin embargo, al toparme con el libro citado, concluí que los tontos del culo son ellos si no apencan rápidamente y luchan por un mañana que no nos pertenece. Ya en el prólogo me encontré con un lúcido José Luis Sampedro hablando de la formación que han recibido nuestros hijos, convertidos en “súbditos” por culpa de una enseñanza orientada a formar “consumidores, que son los que interesan a los dominantes”. O esa otra perla según la cual “el sistema reclama un cambio profundo que los jóvenes deberán acometer mejor que los mayores atrapados aún en el pasado”. Pensé que si Sampedro (el escritor, no el del cielo) podía decir estas cosas a sus 85 tacos, bien podría yo mantener mi teoría de preguntar por su porvenir a los interesados, que son todos aquellos que ahora tienen veinte, treinta años.

Yo seré culo de mal asiento, pero si ellos no mueven el suyo en busca de cosas más productivas que el último modelo de móvil, lo van a tener crudísimo. Y los papaítos sin recursos no podremos hacer nada.

LA GUERRA DE GILA

El mes que viene se cumplen once años de la muerte de Miguel Gila, el humorista que sorteó con éxito la censura y dijo algunas cosas que incluso ahora seguirían molestando. El aniversario coincide con la entrada en vigor de una de las medidas de ahorro más absurdas y surrealistas que se ha sacado de la manga este Gobierno: la eliminación en los cuarteles del almuerzo gratuito, que a partir de ahora tendrán que pagar a medias el Ministerio de Defensa y los comensales, que no son otros que los soldados. O sea, se acabó el rancho gratis, y el que quiera alimentarse que lo pague a escote o que se lleve la comida en un tupperware, la fiambrera de siempre pero dicho en extranjero. El anuncio de la medida también coincide en el tiempo con la celebración, en Valladolid, del Día de las Fuerzas Armadas, a cuyos miembros queremos y respetamos mucho por su abnegada labor, lo que no nos impide exigirles que se rasquen el bolso en vez de venir al cuartel a ponerse morados a alubias de primero y pollo al ajillo de plato principal.

No me quiero imaginar el filón que habría sacado Gila de esta idiotez para ahorrar 15 millones de euros que se sumarán al desembolso de esos otros 20.000 millones que se necesitan para reflotar Bankia, moribunda tras una lamentable gestión que no ha llevado al trullo a ninguno de sus gestores. Tiene gracia que hayamos nacionalizado un banco en ruinas para que no se nos vean las miserias financieras y estemos privatizando la manutención del Ejército, que por su naturaleza no debería perder, ni en plena crisis, el carácter de Nacional. Según he leído, la medida afectará a todo el que vista de uniforme, desde la Guardia Real a la Unidad Militar de Emergencias, sin que la efectividad de ambas merme en la misma proporción que la manduca.

Si viviera el humorista, estaría preparando un diálogo de aquellos englobados en el capítulo dedicado a la guerra en el que preguntaba al enemigo cuándo iban a avanzar y cuántos soldados pensaban venir, por temor a que no hubiera balas para tantos, por lo que “nosotros las disparamos y ustedes se las reparten”. Incluso siendo gracioso este sketch, me quedo con esa llamada a la fábrica de armas para reclamar que seis de los dos cañones han llegado sin agujero, lo que les obliga a disparar con el proyectil por fuera, de tal manera que “al mismo tiempo que uno aprieta el gatillo, el otro corre con la bala”. De paso, Gila aprovecha el teléfono para lamentarse de la falta de paracaidistas, “que solo valen para una vez porque para ahorrar los estamos tirando sin nada, a pelo”.

Menos mal que como ha dicho en un bando el alcalde de Valladolid, las Fuerzas Armadas son la “más espléndida contribución a la solidaridad y la cooperación internacionales”, por lo que pidió a la ciudadanía “que no escatime esfuerzos en demostrar su complicidad y reconocimiento hacia la labor que desempeñan”. Donde no hay rancho, que haya cariño.

RECORTES Y BANQUILLO

Hablando de las restricciones sanitarias a inmigrantes pobres (a los ricos les importan un carajo las penurias de este asolado país), mantuve una encendida charla con un grupo de profesionales entre los que había un par de médicos. El debate se acaloró al recordar el contenido de una carta abierta titulada “Espero no estar nunca en su pellejo” firmada por alguien que trabaja en un hospital público atendiendo a enfermos de sida. El texto, desgarrador, revelaba que de los mil pacientes que tenía a su cargo el firmante, unos 150 son inmigrantes, ninguno de los cuales “han hecho turismo sanitario, y la mayoría ni siquiera sabía que estaban infectados” cuando llegaron a España a trabajar. Federico Pulido Ortega, que es el responsable de la misiva, recordaba a los lectores que “muchos perderán la tarjeta sanitaria y el tratamiento retroviral en agosto” si se llevan a cabo los recortes anunciados por la ministra de Sanidad. “Serán los elegidos para morir por el bien de los españoles”, añadía el suscribiente, antes de lamentar “la hipocresía de una sociedad donde el derecho a la vida es solo para algunos”.

Hasta que alguien puso sobre la mesa la carta de Pulido, los temas estrella de la charla eran el copago de las medicinas, las privatizaciones hospitalarias más o menos encubiertas y las inasibles listas de espera. Pero en ese momento la cosa se puso seria porque empezamos a hablar de muertos por falta de atención, fallecidos con familia y con nombre y apellidos condenados a morir como perros por culpa de una decisión administrativa que el Consejo General de la Abogacía ha señalado como posiblemente inconstitucional. Por si acaso quedaba alguna duda, los abogados que forman parte de esta institución recordaban que la atención sanitaria, además de ser un derecho constitucional, está amparada “en la Declaración Universal de los Derechos Humanos, el Pacto Internacional de Derechos Sociales, la Convención Internacional sobre la eliminación de todas las formas de discriminación racial y la Convención Internacional sobre la eliminación de todas las formas de discriminación”. Atentos, que el tema es gordo.

Menos mal que a pesar de algunos recortes insensatos (y quizá inconstitucionales) quedan personas dotadas de sentido común, tal y como sucedió con los dos médicos que animaban el debate y que al unísono dijeron: yo no lo haré. No dejaré de atender a ningún enfermo que llegue a mi hospital, lo diga el gerente, el celador, el jefe de servicio, la ministra o el coño del Carmen. Yo, remachaba el otro galeno participante, he sido educado para curar a las personas, con cartilla del seguro y sin ella, y no asumiré la responsabilidad penal y moral que podría acarrearme no atender a un paciente porque lo diga el Gobierno.

Puestas así las cosas, ¿creen descartable que los políticos que aprueban estas normas acaben un día en el banquillo de los acusados? Tiempo al tiempo.

MANOS ARRIBA

El martes pasado leí que el ministerio de Hacienda que dirige Cristóbal Montoro iba a intervenir las cuentas de 2000 ayuntamientos y diputaciones, incapaces de sanear sus presupuestos y adaptarlos a la realidad de un país que ya no puede permitirse determinados fastos. Decir que el número total de municipios afectados por ese problemilla de no tener parné ni para mandar cantar a un ciego representa el 25 por ciento de todos los que hay en España, da idea de la magnitud del despilfarro y despelote económico en que han estado sumidas casi todas las administraciones de la patria, desde la Judicial, con su presidente a la cabeza cargando al erario público estancias particulares en hoteles horteras, hasta el más pequeño de nuestros municipios empeñado en tener de todo, como Washington. Pero no crean que se trata de una injerencia inadmisible en la tan cacareada independencia municipal; que va, que va. Según la información de que dispongo, no es el señor ministro el que va de meticón sino los ayuntamientos, “incapaces de hacer frente a los requerimientos de estabilidad presupuestaria fijados para 2012”. O sea, que estos ineptos se lo han gastado a manos llenas y ahora no saben pilotar el barco que hace más agua que el Titanic, lo que aprovechan para endilgar la culpa al gobierno central (¡pobrecito!) y lanzar un mensaje a sus vecinos: si no fuera porque estamos intervenidos… Y aquí tenemos a uno de cada cuatro ayuntamientos españoles dejándose mangonear para poder pagar a sus proveedores y no correr el riesgo de que les echen al pilón después de haberles apedreado concienzudamente.

Para refrescarme la memoria sobre las fechorías más llamativas de esta fauna, he tecleado en Google la frase ‘despilfarros municipales España’ y ‘solamente’ me han salido 671.000 historias de obras faraónicas, asesores bien pagados, tranvías que no funcionan (o que sí lo hacen, aunque sobren), sueldos al personal político, pabellones varios, conciertos de grandes –y caras—figuras internacionales, puentes por doquier, torneos de todo tipo o ese medio millón de euracos invertidos por la Diputación de Jaén para montar un museo sobre las caras de Bélmez. Manda huevos. Exclamación, por cierto, que bien podría servir para la gestión que como alcalde hizo el hoy ministro de Justicia, Alberto Ruiz Gallardón, que en un informe elaborado por el partido de Rosa Díaz aparece como el mayor gastador de toda España, con un 38% del total de lo despilfarrado. No mandaré más huevos, que estos caballeros son muy capaces de quedarse la cesta y venderlo todo.

Sin embargo, lo más bochornoso de este espectáculo de dilapidación de los dineros públicos es que ninguno de ellos acabará saliendo del edificio municipal con las manos en alto y la Guardia Civil a su espalda apuntándoles con el naranjero reglamentario. Si al menos nos dieran ese placer, habría servido de algo el pastón que se han fundido.

El Norte de Castilla

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