Esta es una historia triste y sin final feliz. Es la odisea de mi amigo Paco Varona, un trabajador de la administración al que la panda de golfos que nos gobierna y representa está cambiando su futuro y el de varios millones más. Él ronda ahora los sesenta tacos y es personal laboral de un organismo muy conocido en la región y que, a veces, ha sido gobernado por algunos de los personajes más memos e indeseables que conozco. Panchito trabaja desde hace casi medio siglo en ese sitio, donde entró de botones y acabó, por ahora, de chupatintas en el registro poniendo sellos de entrada y salida y anotando con pulcritud el asunto de los mismos. Jamás fue expedientado, nunca estuvo de baja prolongada ni dejó de cumplir escrupulosamente su horario y las órdenes que recibiera. Tras medio siglo de servicio, su sueldo llega con dificultad a los 1200 euros, que sin los recortes sumarían otros doscientos más.
Cuando coincidimos juntos en ese organismo, Panchito fue represaliado por la jefa que soportamos a la vez, una muchacha tan abulto como inculta, que provenía del PSOE, el partido por el que Varona habría dado la vida. La represión de esta chiquita consistió en quitarle un complemento de 8000 pesetas al mes (50 euros), menos de lo que costaban los caramelos y el agua embotellada que consumía, sin pagar, ella en su despacho. A pesar de la ruindad, Panchito siguió asistiendo a las asambleas del partido y pegando con fe los carteles de cada campaña, en lugar de habérselos estampado en la geta a la lideresa, después de habérsela embadurnado de engrudo hecho con mocos.
Pues bien, este Varona, que es mi Panchito, es ahora uno de los responsables de la pésima situación económica por la que atraviesa este país llamado España, tantas veces dirigido por los más incompetentes del corral. Él tiene la culpa de ser un lastre para la Administración al que hay que recortar otro poco los putos 1200 euros que se lleva a casa, quitándole, además, días de vacaciones, la paga extra de Navidad, la posibilidad de jubilarse a los 64 años y amenazándole con implantar la jornada partida. Ni que decir tiene que la analfabeta funcional que lo represalió ha vuelto a su puesto de trabajo con el mayor nivel económico autorizado, aunque supongo que seguirá sin haber leído un libro ni mejorar un ápice su ignorancia y ramplonería. Eso es pasar por la vida haciendo el mal a los demás y tratándose bien a sí misma.
Y ahí sigue Panchito: poniendo sellos, fichando todos los días a la hora señalada, temiendo que otros recortes le dejen sin pan para comer, aguantando el tirón, echando cuentas de lo que no podrá comprar o hacer en Navidad cuando le roben la paga, y confiando en unas siglas políticas cuyos responsables se portaron con él como los cerdos con las margaritas: a mordiscos. Pobre amigo, uno de los muchos funcionarios convertidos en diana de los hachazos que estos carniceros jamás se dan a sí mismos.

