Para un incorrecto como yo, pocas situaciones habrá más apetecibles que dedicar la columna a hablar de la bronca montada tras la quema de fotos de la Familia Real en plena calle y las reacciones políticas y judiciales que el tema ha suscitado. Con este panorama, lo que me pide el cuerpo es entrar el trapo y dejar escrito lo que pienso sobre los incendiarios, la autoridad que ordena a la policía su detención, el fiscal que pide 15 meses de cárcel por el delito, y los politiquillos de turno que siempre saben sacar tajada de cualquier desvarío. Pero decido que no voy entrar a esa franela porque no estoy seguro de que sepa morderme la lengua, cosa que no me vendría mal hacer de vez en cuando. Además, la edad me permite relativizar las cosas y no creerme todo lo que sale en los medios informativos, que dejaron de ser serios cuando permitieron que gente como yo colaborara en algunos de ellos. Por otro lado, tengo muy claro que, por mucho que se esfuercen o voceen pirómanos, políticos, jueces y fiscales, ellos no son los verdaderos reyes del mambo, porque en este momento los auténticos protagonistas son los que manejan los hilos del mercado inmobiliario y los que han estado prestando dinero para comprar millones de pisos hipotecando el resto de sus vidas.
Escribo estas líneas después de leer en un periódico que la llamada “deuda del ladrillo” ya supera el billón de euros, que debe ser, duro arriba, duro abajo, el Producto Interior Bruto de todo el Estado español y sus derrochonas autonomías. La noticia, que me parece bastante grave, es aligerada gracias a la viñeta publicada en este mismo diario por mi admirado Sansón, en la que mientras el marido cuelga en el balcón una pancarta regalando el piso, la mujer le dice: creo que no deberíamos rebajarlo más.
Ya sé que es tabú hablar del pinchazo de la burbuja inmobiliaria, frase que no gusta a nadie, ni a los políticos encargados de gestionar la economía, ni a los banqueros de finos modales, corbata de Armani y sonrisa de tiburón con un objetivo único: recuperar su dinero, que es mucho más seguro que embargar pisos. Pero algo malo tiene que haber sucedido para que la suma de lo que deben las familias españolas, las inmobiliarias y las constructoras valga tanto como toda España, incluyendo las minas, las fábricas de escabeche, los olivares, los comercios de fajas, las viñas y las tiendas de ultramarinos.
Esta sería una buena razón para salir a la calle a quemar fotos y a pedir al fiscal que metiera mano a los responsables del desaguisado, que seguramente no tendrán rostro. Humano por lo menos.

