LÍBRANOS DEL MAL

A mí, la jubilación no me da miedo, y cuando llegue pienso tomármela como una oportunidad para no volver a ver a algunos idiotas y dedicar el tiempo sobrante a fisgar en las obras públicas, a visitar exposiciones y a ir a esas conferencias que no se las come ni Magú, salvo que Magú también esté jubilado. Es más, ni siquiera me da palo que el día que me jubile me regalen una placa (aunque ahora, que no tengo empresa, no sé quién lo hará), o me den algún premio, aunque lo tengo crudo porque soy periodista de cuchara, de esos que a falta de formación son clasificados en el apartado de autodidactas. En todo caso, ruego encarecidamente que si me dan un premio que sea en metálico y se dejen de reconocimientos genéricos, que no está el horno para bollos.

Es más, ni siquiera me aterra que por culpa de la edad me tenga que levantar tres veces a mear cada noche. Lo que me da miedo, tirando a pánico, es que los años me conviertan en un palizas de tres de pares de huevos que va contando a todo Dios lo que fue y ya no es, lo que pudo haber sido y no fue. Y lo cuento en un momento muy especial: son las 18 horas del viernes y vengo de comer con un señor que me ha citado para contarme que es cuñado de Fraga, vecino de Suárez, compañero de carrera de García Lorca, que compartió colegio mayor con Licinio de la Fuente, hizo la mili con Queipo y participó en un concurso de ventosidades con Gregorio López Bravo. Que emparentó con Solís, se casó con una prima segunda de Felipe (González, supongo), compartió pupitre con un cuñado político de Neruda y conoce la vida y milagros de Javier Solana, que a mi me parece un vainas. Durante tres horas, tres, he escuchado sus aventuras al frente de Coalición Nacionalista Ponferradina, su pase al Partido Liberal de Palizas, luego fusionado con la UCD, y finalmente su militancia en el PDS alemán hasta que sea llamado por Rosa Díez, que esa sí que los tiene bien puestos. Vengo reventado, literalmente, de tanta historia y muy acojonado pensando que igual dentro de dos o tres años voy contando a quien me quiera escuchar aquél día que toque, de refilón, el culo a una princesa europea, me mamé hasta las patas con un secretario de Estado o participé en un concurso de eructos con un alcalde democrático, que por cierto me dio una paliza de campeonato.

No quiero contar historias sino retirarme con dignidad; odio tener que decir que en mis tiempos las cosas eran así o asá, o contar aquella vez que comí en casa de un obispo que se puso morado a langosta. Como yo. Prefiero levantarme tres veces a mear que convertirme en un lastre para amigos y vecinos. Señor, líbrales a ellos de este sufrimiento y córtame la lengua antes de que consiga aburrir a las putas ovejas, que no tienen culpa de que yo haya sido un señor que una vez salvé la democracia a tiros, aquél día en el que Adolfo y yo íbamos juntos, metralleta en mano, y llegó Alfonso (Guerra) y me ordenó defender el flanco sur, mientras Gutiérrez Mellado se liaba a tiros con los del Este y mi cuñado montaba una trinchera ayudado por Pablo Iglesias, y etcétera, etcétera, etcétera. Si alguna vez caigo en eso, sugiéranme un buen médico, una cuerda para ahorcarme o indíquenme dónde hay obras en las que pueda fisgar…

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El Norte de Castilla

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