Siempre que he ido de vacaciones a un apartamento, el dueño ha estado presente tanto el día que llegaba como cuando me iba. En la primera ocasión, juntos revisábamos el material que me alquilaban, desde el estado de los colchones hasta el número de vasos que había en la alacena, tras lo cual se firmaba un papel dando por bueno lo que había dentro. A la salida, durante la segunda inspección, yo tenía que demostrar al casero que todos los vasos estaban íntegros y que aún existía el chisquero de la cocina, pues en caso contrario él me descontaba las mermas de la fianza que había depositado. Aunque no lo parezca, en los hoteles también controlan; tanto, que una vez casi perdemos el avión porque un tontaina de la excursión se llevó una percha; y la otra, me puse colorado como un tomate porque en la factura de un parador me cobraron la toalla de baño que me llevaba en la maleta. Otro tontaina. Digamos, pues, que lo que hace el dueño es una doble auditoría, al entrar y al salir el inquilino para garantizar que no ha roto nada y que no se lleva el albornoz.
Pienso que estos mecanismos tan efectivos deberían aplicarse cuando hay que recibir y dejar un cargo público, de tal manera que el saliente debe pagar los platos rotos y el entrante empezar con la vajilla íntegra. Con ese sistema evitaríamos broncas tan penosas como la de Castilla La Mancha sobre las cuentas que tiene que entregar al PP el PSOE, al que se le acabaron las vacaciones el 22 de mayo. Incluso estando acostumbrado a escuchar improperios lanzados por nuestra inefable clase política, los de esta vez me parecen indecentes. Así, un día sale un pollo por la tele jurando por sus muertos que el gobierno regional está en quiebra y al rato aparece otro (de distinto collar, pero de una camada parecida) para desmentirlo ro-tun-da-men-te, que es como se desmienten estas cosas. En el medio, estamos todos los demás, que somos, casualmente, los que hemos pagado el apartamento, los vasos nuevos, los rotos y los que se hayan llevado de recuerdo.
No sé a ustedes, pero a mí me importa poquísimo esa bronca tan teatral, y lo único que quiero es que el que sale pague los desperfectos. Para mayor seguridad de que nos los cobraremos, propongo que hagamos con ellos lo que hacen con nosotros cuando dirigen administraciones o empresas públicas: exigir un aval, personal o del partido del inquilino, para reparar destrozos posteriores Así, ni ellos tendrían necesidad de llamarse puta ni nosotros de sentir la vergüenza de sospechar que hemos sido estafados por unos señores que hace tiempo dejaron de merecer nuestro respeto.
(El martes comenzó en Islandia, capital Reikiavik, el juicio contra el ex primer ministro conservador islandés Geeir H. Haarde por su gestión de la crisis, que también sentará en el banquillo a varios banqueros. Hay días en los que a uno no le queda más remedio que admitir que Dios es misericordioso).

