Un juez ha condenado al alcalde de Segovia a una multa de 2000 euros y a leer la sentencia en un Pleno municipal por llamar a un concejal del PP las siguientes lindezas: “golfo, delincuente, sinvergüenza, corrupto, cretino, mezquino e idiota”. Leyendo semejante retahíla, lo primero que pensé fue que no es tan caro desahogarse a conciencia. El día que yo acabe llamando hijoputa a alguien (o hijaputa, depende del sexo del agraviado/a), espero que me condenen a menos pena porque solo es un insulto y no siete seguidos como los de este regidor, al que solamente le faltó ciscarse en los muertos de su oponente. Y además, espero hacerle entender al juez que me siente en el banquillo que llamar eso a alguien no es un insulto sino la constatación de un hecho relacionado con el oficio que ejerce la madre del agraviado/a.
No obstante, los exabruptos del alcalde segoviano me sirvieron para reflexionar sobre cómo han cambiado los insultos en España, que de unos años a esta parte han crecido tanto en rotundidad que ahora casi ninguno tiene contenido. Creo que es más doloroso llamar a alguien carapijo, tontopolla, pelele o mentecato que cabrón o fascista porque puede darse la circunstancia de que estos dos últimos no sean vejaciones sino un asuntillo familiar en el primer caso y determinada militancia política en el otro. Mi amigo Félix, un gran policía de La Seca muerto prematuramente, decía que la diferencia entre hijo de puta e hijoputa era que en el primer caso se trataba de alguien cuya madre se dedicaba al comercio carnal; y en el otro, la actitud del ricachón que para evitar que los niños pobres del barrio jugaran a la tanga en una finca abandonada de su propiedad, rodeaba la misma con una valla altísima y ponía trozos de cristales arriba para que se cortaran los deditos. Como ninguno de mis enemigos tiene finca ni coloca cristales, prefiero tirar del léxico utilizado por el señor alcalde para llamarles cosas sencillas como: inculto, baboso, lameculos, mugroso, memo, cretino, vago, gilí, tarugo, cipote y lamerón, insultos más dolorosos que los que hasta hace poco se consideraban potentes.
Por cierto: esos que me leen con lupa suponiendo que me paso el día pensando en sus progenitores, que sepan que no es del todo cierto, aunque reconozco que hago vudú de vez en cuando. Lo que sí es verdad es que les recomiendo que cuando quieran saber quién es su verdadero padre miren los nombres que aparecen en los cheques que lleva su madre a casa. No obstante, voy a esperar un poco a que mejore mi liquidez porque no es cuestión de endeudarse por llamar a cada uno por su nombre. Y espero que los jueces apliquen idéntico baremo que para el caso de Segovia si en vez de a un concejal es a los togados a quienes alguien les dice eso de “golfo, delincuente, sinvergüenza, corrupto, cretino, mezquino e idiota”. Claro que a lo mejor hay que ser alcalde para que te hagan descuento. ¡Será por dinero!

