YA NO HAY LOCOS

El próximo miércoles hace 128 años que nació en Tábara, Zamora, León Felipe, poeta muerto fuera de España, un país que ahora se encuentra en proceso de transformación de sus estructuras a base de tijeretazos. Me consuela pensar que la crisis nos va a obligar a cambiarlo todo, desde la forma de representación de los ciudadanos, a los sindicatos, los partidos políticos, el sistema financiero y el copón de la baraja. Pero mientras espero un mundo mejor, rezo para que los cambios que necesitamos afecten también, y sobre todo, a uno de los estamentos más peligrosos para la estabilidad democrática de un país como el nuestro. Me refiero a la Justicia. De ella se han ocupado, generalmente para mal, desde Séneca (‘Nada se parece tanto a la injusticia como la justicia tardía’), hasta Quevedo (‘Hacen menos daño los delincuentes que un mal juez’), y otros muchos a lo largo de los tiempos. Aprovechando que últimamente los togados han recibido las del pulpo, aparezco yo para darles otro poquito de candela como uno más de todos esos ciudadanos normalitos que soportan sus desmanes con la cara resignada a que nos la partan con el mazo.

Leí este invierno unas declaraciones del señor Martín Granizo, fiscal superior del Tribunal Superior de Justicia regional, afirmando que “con una administración judicial única y más cercana, el servicio mejoraría”, sin aclararnos qué entiende él por cercana y a cuántos ciudadanos ha preguntado su opinión sobre el particular. A pesar de mis reticencias hacia ese gremio, reconozco que en muchos juzgados trabajan en condiciones vergonzosas para manejar asuntos tan vitales como la libertad y demás derechos de los españoles. Pero me gustaría que alguno de los que forman parte del Sistema Judicial reconocieran, por una vez, que varios de los suyos no dan ni golpe o que determinados colegas tienen escrita la sentencia en la cabeza mucho antes de que empiece el juicio. Yo les invito a que reflexionen sobre algo que se repite en los pasillos de los juzgados cuando alguien que espera turno se encuentra con un abogado amigo que no conoce ni remotamente el caso. La conversación suele ser, más o menos, de este tipo: ¿Qué haces por aquí? Tengo un juicio por un accidente. ¿Y qué Juzgado te ha tocado? El número Tal. Date por jodido. Así de simple y así de duro.

Con este panorama no creo que se extrañen del poco respeto y el mucho miedo que les tiene la sociedad, que paga sus salarios y soporta sus desplantes. De la misma sociedad de la que salió León Felipe, autor de un verso titulado ‘Ya no hay locos’, del que he extraído estas pocas estrofas: “Si no es ahora, ahora que la justicia vale menos, infinitamente menos / que el orín de los perros; / si no es ahora, ahora que la justicia tiene menos, infinitamente menos categoría que el estiércol”.

(Señores de la toga, mediten; y si quieren emplumar a alguien, preguntan en Tábara por la dirección del autor).

 

 

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El Norte de Castilla

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