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#28 Nicaragua me reconcilió con el viaje
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Gustavo Prieto | 24-03-2017 | 01:31| 0

Isla de Ometepe, Nicaragua

En las fronteras de Centroamérica se lo montan bien. No te piden dinero directamente ni te insinúan nada porque eres “gringo” y, por lo tanto, te sale dinero por las orejas. No. Tan sólo te exigen “oficialmente” el dinero. Les pagas e incluso te dan un ticket. Todo está dentro de lo establecido… hasta que miras el ticket. Entonces te das cuenta de que, si has pagado ocho, está escrito siete o, peor aún, te pasa como en Nicaragua, donde hay que pagar once y en el papel pone uno. No hay mordida, no hay tragedia, no hay escándalos… ¿para qué? Hagámoslo oficial y sin dramas. Te robo un poco que para eso eres un turista con euros. Como me dijo un taxista: “un aporte turístico…”

“A Rivas por cinco dólares”, me dijo otro en la frontera nicaragüense. “Prefiero el bus”, contesté. “No hay”, me mintió. Más adelante lo encontré. Era un ‘school bus’, los vehículos que usan los escolares en Estados Unidos y que luego venden de segunda mano a Centroamérica. Me senté junto a una mujer y le pregunté por el precio del bus. “Veinte” (60 céntimos de euro). Al poco rato subieron tres alemanes y el revisor vino a pedirnos dos dólares por el boleto. Yo me negué, a pesar de que me insistió, y se fue. Llegamos a Rivas y, de nuevo, los taxis me pedían más del doble. Por suerte, un tipo que había venido conmigo en el mismo autobús me dijo que le acompañara y buscó un taxi para los dos. Llegué al puerto de San Jorge para montar en un barco hacia la isla de Ometepe. Mientras esperaba, me encontré con Shila y Luca, los dos italianos con los que crucé las islas de San Blas en Panamá. Llegaron junto a una pareja de gallegos con los que pasamos los siguientes días.

La isla está situada en el lago Nicaragua, el más grande del país. Es turística, entre otras cosas, por los dos volcanes: el Maderas y el Concepción, pero no está masificado. También hay playas y pequeñas villas donde encuentras proyectos ecológicos. Vamos, que lo tiene todo. Como me dijo Nacho, un madrileño afincado allí, “es un buen sitio para descansar”. Y tanto que lo fue. Está situado en mitad de Centroamérica y es ideal para los que estamos en un largo viaje por el continente americano. El bote que nos llevó a la isla estaba en las últimas, navegaba torcido y en cada oleaje la montaña de maletas que estaban en la superficie se balanceaban de un lado a otro. Una vez instalados, el primer paseo fue para ver el atardecer en la punta Jesús María. Una pequeña playa que se ha hecho conocida y, por eso, cobran un dólar por pasar, pero he de reconocer que ver caer el sol a un lado y el inmenso volcán Concepción al otro impresiona. Al día siguiente, nos fuimos al otro lado de la isla, que tiene forma de ocho, y nos alojamos en un hostal “eco-dólar”. Sí, de estos modernos que plantan sus lechugas y reciclan, pero cobran como si estuvieran en el centro de Berlín. Sí, esos que tienen a un montón de voluntarios que ni siquiera necesitan hablar el idioma del país. Unos durmieron en habitación privada, otros en hamacas y yo monté mi tienda en una parcela bastante alejada del resto de amigos. Fuera de este eco-bio-hostal conocimos a Nacho, que tiene un restaurante donde comimos un pedazo de bocadillo de tortilla española que nos llenó de satisfacción. Nos trató tan bien que fue nuestro punto de encuentro y donde pasábamos largas sobremesas charlando. Sobre todo, tras subir el volcán Maderas, que terminamos todos con agujetas. Casi ocho horas de recorrido en una ruta donde había abundantes piedras y barro. El día fue entretenido y el cráter, ya convertido en laguna, es espectacular. La cima es una extensa manta de bosque verde. Casi una semana en la isla de Ometepe que pareció un mes.

 

Granada, Nicaragua

A pesar de que no nos queríamos ir, llegó el día de despedirnos de los gallegos, y yo seguí con Lucas y Shila a Granada, una ciudad colonial bañada por el mismo lago de la isla de Ometepe, aunque cuando llegas y das una vuelta por sus calles nadie diría que es una ciudad, porque solo hay casas bajas. Ni un edificio alto. Esto es habitual en el resto del país, como más tarde pude comprobar. La ciudad es muy pequeña, pero lo más interesante está fuera. Entre Masaia y Granada están el volcán Masaia y la laguna de Apoyo. El volcán atrae a los turistas porque se puede visitar por la noche para ver el reflejo de la lava, pero como nosotros éramos pobres nos fuimos de día a ver el enorme humo que expulsa. Nada bueno para la salud porque es azufre y de hecho te recomiendan que estés solo quince minutos. Entre el volcán, el lago y el mercado artesanal de Masai tuvimos un curso intensivo de buses escolares y discusiones con los cobradores. Así, para entretenernos.

Como va siendo tónica en mi viaje, las capitales de Centroamérica no me interesan y si puedo las evito; y así nos paramos en Managua solo para cambiar de furgoneta e ir a León, otra ciudad colonial al otro lado de Nicaragua, pero más pequeña que Granada y más barata. Hay más volcanes alrededor (por un módico precio en tour) y cerca había un pueblo con playa (cero interés), así que pasé el día internacional de la mujer paseando por el centro y descubrí con satisfacción cómo enfrente de la histórica catedral un grupo de mujeres, incluidas muchas extranjeras (lo sé porque todas eran rubias) reclamaban no sólo el derecho de igualdad, si no que denunciaban la impunidad del gobierno. Algunas de ellas relataron algunos sucesos que ponían los pelos de punta.

 

León, Nicaragua

Nos desplazamos al norte, dejando atrás la carretera Panamericana para llegar a una aldea cercana a Somoto, donde teníamos interés en visitar el cañón que atraviesa el río Coco. El tour lo hicimos con Marco Antonio, un lugareño de avanzada edad al que le gustaba más la cerveza que los dólares, porque sin insistir mucho nos rebajó el precio. No esperaba mucho, pero reconozco que me lo pasé como un niño, ya que el recorrido en su mayoría es nadando por el río, y disfruté de las vistas del cañón desde dentro. No hay otra manera de verlo si no es mojándose. En algunas zonas, los más valientes pudieron saltar desde alturas que daban vértigo. Efectivamente, con esto corroboro que yo no lo hice e igualmente disfruté muchísimo. Después del tour descubrimos el ‘saque’ de Marco Antonio bebiendo cebada… Quizás porque no hay mucho más que hacer en aquella aldea.

 

Cañón de Somoto, Nicaragua

Sin lugar a dudas Nicaragua fue una grata sorpresa y me reavivó las ganas de viajar tras pasar por los anteriores países de Centroamérica. Nicaragua es barato, la gente es muy simpática y tienen buen café. ¿Qué más se puede pedir? Quizás  unos autobuses cómodos para personas adultas y no para niños, por favor…

 

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#27 Costa Rica. Tendré que volver.
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Gustavo Prieto | 09-03-2017 | 20:43| 0

Foto de pose en Puerto viejo, Costa Rica

Me encuentro en la tesitura de recordar (esta vez con café nicaragüense en mano) uno de los primeros países que dejo atrás sin haber visto mucho. De hecho, si hubiera decidido gastar los ahorros en ver los tres parques interesantes de Costa Rica, mi viaje habría terminado antes, así que no esperéis mucha ”Pura vida” en este cuaderno de bitácora, sino un ligero vistazo.

El cambio entre Sudamérica y Centroamérica es considerable. Apenas hay una selva entre Colombia y Panamá, pero parece que están mucho más lejos. Para empezar, en estos países hay que pagar por entrar en su territorio (¡o por salir! Llama la atención que, como despedida, te cobren). Es una especie de visado, pero sin serlo. Los precios de Panamá y Costa Rica son muy elevados y la cultura estadounidense inunda sus calles. ¿Dónde está el alma de éstos países? Parece que los dólares se la comieron. Es una pena que me pillaran a mitad de camino, sobre todo por Costa Rica. El país del logo “Pura vida” está repleto de naturaleza, pero como me dijo un amigo costarricense: “hasta yo soy un gringo aquí”. Para colmo, Costa Rica, que tiene las cervezas del supermercado a más de un euro, no tiene buenas conexiones entre sus ciudades más turísticas y los autobuses dejan mucho que desear.

Llegué a Puerto Viejo por la tarde, debido a que tuve que esperar en la frontera más de una hora a que el autobús se llenara. El paisaje del recorrido era verde: selva y bosque por doquier. En éste pueblo caribeño, famoso por sus costas, me instalé en un hostal con mi tienda de campaña. Hacía mucho que no la volvía a abrir y agradecí poder ahorrar algo de dinero y sentirme un poco libre de las habitaciones compartidas. El lugar era enorme, quizás demasiado para las escasas instalaciones que tenía, pero el ambiente era bueno. El mismo hospedaje tenía acceso al mar, aunque había muchas piedras en la playa. De nuevo, me encontraba en un lugar similar a Bocas del Toro. Un pueblo artificial, lleno de restaurantes y tiendas turísticas. Como entrada a Costa Rica no fue mala la decisión, pero en mi pereza mental y anímica, descarté el parque Nacional de Cahuita, cercano a Puerto Viejo. Por lo visto merecía la pena, como más tarde me contaron mis amigos Gustavo y Alexandra, una pareja con la que coincidí en Bolivia y con los que me reencontré aquí. Cenamos juntos y nos pusimos al día de nuestros respectivos viajes. Ellos habían recorrido bastante, incluso habían viajado a Nicaragua para ahorrar algo ante los precios abusivos de este país.

Volcán Poás, Alajuela, Costa Rica

Tras echar un vistazo al mapa, decidí atravesarlo en diagonal, descartando el sur por ser lo más caro y la costa pacífica por ser playa y surferos; y aprovechando que el centro tenía varios volcanes para visitar. El primero era el Poás, cerca de San José, la capital; y para allá me fui en un autobús pequeño durante casi cuatro horas. Con tan solo una parada al principio y una carretera sinuosa, el trayecto se hizo largo.Y yo preguntándome dónde coño estaba esa pura vida… ¿por qué tienen transportes tan malos siendo un país caro? Durante el trayecto, descarté la capital porque no me atraía nada, así que cuando llegué a la terminal pregunté por el autobús a Alajuela, un pueblo más cercano al volcán Poás. “No sé, pregunte al señor del baño”, me contestó una mujer que vendía boletos. Efectivamente, el señor que estaba sentado en una silla todo el día y cobrando menos de cincuenta céntimos por usar el urinario, conocía mejor la ciudad. Llegué justo a tiempo para coger el transporte que me llevó al pueblo. Comí algo en el mercado, jugo incluido, y me instalé en un hostal.

El Volcán Poás es un destino sencillo porque no hay que hacer ningún esfuerzo. El autobús local nos dejó en el parking, tras pagar quince dólares, tuve que andar durante veinte minutos por un pequeño sendero asfaltado hasta el cráter de este volcán. Un parque temático con baños, cafetería y tienda de regalos. Me hizo ilusión porque era el primer volcán que veía activo o casi. Un pequeño lago inunda la superficie y se ven fumarolas que expulsan azufre, por eso aconsejan no estar más de veinte minutos allí. Dentro del parque hay otro cráter con una laguna formada y rodeada por maleza y bosque. En el camino hay ardillas que te persiguen pidiendo algo para comer.

 

Volcán Arenal, La Fortuna, Costa Rica

Visto y no visto me ponía rumbo de nuevo, en uno de esos buses locales pequeños e incómodos, a La Fortuna. Un viaje de cuatro horas con paradas en todos los pueblos por los que pasamos. El calor apretaba y las ventanas no fueron suficientes para ventilar el interior. Una de esas paradas fue en una estación de autobuses y salí corriendo. ¿Me da tiempo para el baño?. Cinco minutos. Dios, ¿es que la gente aquí no mea? Si mi vejiga pudiera salir a pasear, daría un par de hostias a muchos conductores de medio mundo. Llegamos a La Fortuna, un pueblo pequeño a las faldas del volcán Arenas. Otro más, pero éste no se puede ascender, aún así hay tours a pie, a caballo, termas, tirolinas… en fin, todo tipo de actividades para no aburrirse y sacar el dinero al turista. ¿Hay algo gratis en éste pueblo? Gracias a la información de mis amigos visité unas termas naturales donde tuve la compañía de fauna local buscando comida; y otro río donde poder bañarse sin tener que asustar a la cartera.

Descansé unos días, pero estaba incómodo por no poder visitar más sitios. Hablé con mi amigo Tico para quedar, pero por motivos de trabajo no pudimos vernos, así que cancelé la visita y me puse rumbo a Liberia, una ciudad en plena ruta Panamericana cerca de la frontera nicaragüense. Me alojé en un hostal al lado de la terminal, donde también había un supermercado y sitios para comer. No tuve que moverme mucho. En el hostal coincidí con una pareja de españoles: él surfero, ella bailarina. Llevaban varios meses entre el sur de Nicaragua, Costa Rica y Bocas del Toro, Panamá. Una diagonal perfecta para surfistas, como me explicaron. Yo por mi parte, me interesé en ir a un parque cercano, por llevarme algo más de Costa Rica, pero no había transporte local. Un parque Nacional que cobra quince dólares por entrar y que no tiene cómo llegar. La única opción es pagar un taxi privado que cobra veinte dólares. Si decidía gastar esa burrada de dinero, tenía que sumar el del hostal, así que decidí irme del país al día siguiente.

 

Tanto ahorrar y ahorrar para llegar a la frontera y que me cobraran ocho dólares por salir de Costa Rica y doce por entrar en Nicaragua… Por suerte, este último país tiene una vida más asequible.

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#26 Panamá: la peor frontera y los kuna-dólar nos dieron la bienvenida.
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Gustavo Prieto | 06-03-2017 | 02:23| 0

Muelle de Capurganá, Colombia

En anteriores capítulos de Mochilero de provincias… Antes de montar en el bote de Turbo a Capurganá (todo esto es Colombia), nos pesaron las mochilas y nos obligaron a pagar exceso de diez kilos. ¿Por qué? Porque es así… Unos tipos en el muelle, antes de embarcar, te quitan tu mochila, con autoridad y sin modales, y te exigen de las mismas formas el dinero. Yo no tenía que pagar mucho, pero me escaqueé gracias a que otro mochilero llevaba 25 kilos y todos se frotaron las manos mientras se olvidaban de mí. El viaje en bote fue algo brusco y duró cuatro horas. Una mujer tuvo un ataque de ansiedad y, según me contó otro pasajero, murió al día siguiente. Son trayectos a mar abierto y los botes saltan de ola en ola, chocando en plancha contra el mar. A pesar de que hizo buen tiempo y el oleaje no fue duro, los botes van a mucha velocidad y chocas y saltas. La mejor opción es ponerse el salvavidas en la espalda para proteger tus riñones del asiento de madera. El trayecto desde Capurganá a Puerto Obaldia (Panamá) también tuvo golpes y saltos, pero fueron solo cuarenta y cinco minutos.

Los trámites de la frontera panameña no son complicados, a priori… Cuando llegamos a Puerto Obaldia los militares nos revisaron el equipaje con un perro (no lo vi muy bien entrenado, la verdad. No sé si fue efectivo). Después fuimos a inmigración y… “el sistema estaba caído”. En definitiva, no tenían Internet y no podía sellar el pasaporte. Tuvimos que esperar varias horas y, para cuando se arregló, la única embarcación ya había salido y tuvimos que dormir allí. Para mi sorpresa, al no tener billete de salida del país (yo quería salir por tierra a Costa Rica) me dieron sólo diez días por ser “tránsito”. En esa tarde lidiamos con varias personas para salir al día siguiente, bien en barco, bien en un vuelo chárter.

San Blas, Panamá

Puerto Obaldia es minúsculo. No hay carretera por donde salir, sino una enorme selva que cualquier inmigrante tiene que cruzar con un guía (larga historia que relataré en mis memorias tras una charla con un cubano). “Entonces, ¿De qué vive la gente?”, pregunté al vendedor de una tienda (solo hay dos en el pueblo). “Eso me pregunto yo, porque aquí todo el mundo compra y del turismo solo viven cuatro”, soltó encogiéndose de hombros. Que cada uno saque sus conclusiones, yo ya hice las mías. Pero para ser cuatro personas que viven del turismo nos dieron bastante por saco.

Al día siguiente (un día menos de mis diez), mis amigas argentinas y yo tuvimos que batallar con tonos déspotas, postureo y con contestaciones como “si quieres lo pagas o si no, no haber venido”.  En tan solo una calle, donde se concentra inmigración y los supuestos dueños de botes, ocurría todo. Nos decían unos precios abultados, nos mentían y, no sé cómo, surgió el bote por un precio justo. Pero no salía para nuestro destino, Cartí; sino a Cadelonia, una isla donde nos prometieron que había más botes… ¿adivinais qué? Nos mintieron.

Teníamos bote, estábamos listos… No. Había que dar tres fotocopias a inmigración antes de salir. De acuerdo, yo tengo. Pero no estaban hechas como el señor quería. “¿En serio no te valen?”, le dije sonriendo. “Si quieres salir en el bote, me las traes así”, sentenció. Discutí con la mujer de las fotocopias por un malentendido. Estaba harto de esa gente. No me había sentido tan mal tratado en ninguna frontera en mi vida (y por suerte he cruzado muchas). De pronto, una señora que salió de la nada, nos dijo que teníamos que pagar veinte dólares por impuesto de los indígenas Kuna y a ella dos dólares por tasas del puerto. ¿Puerto? ¡Si es un muelle! Ya lo habíamos tenido que pagar en Turbo y Capurganá. No nos sorprendía, pero estábamos tan hartos que no le pagamos, pero del impuesto de los Kuna no nos libramos…

A los “Kuna-dólar”, como más tarde los apode, los conocimos en Caledonia. El bote tardó una hora en llegar y, como era lógico, no había más embarcaciones para salir a Cartí. “Os podéis quedar en mi casa”, nos ofreció el ‘kuna-jefe-dólar’, “por quince dólares la noche”. Nos miramos entre nosotros y negociamos por diez dólares y la comida incluida. Estábamos en una mini isla llena de casas, de hecho, no había hueco para más construcciones. Dependiamos de los Kuna-dólar. Nos quedamos allí las argentinas, una pareja de italianos, Trevor (la historia de este hombre con su moto en un carguero, también la relataré en mis memorias) y un servidor. ¿Y qué se podía hacer en una isla como esa? ¿Ir a una playa?. “Os llevo en mi bote por cinco dólares”, nos comentó el kuna-jefe-dólar’, “pero la playa pertenece a una familia y hay que pagarle un dólar por persona”. He de reconocer que nunca había estado en una isla desierta y exclusiva para mí, así que la experiencia no fue en balde.

Un día menos.

Sin contar con ello, habíamos estado con estos modernos “indígenas” que han sabido proteger su territorio y sacar partido gracias al turismo. El bote salió a las seis de la mañana porque nos esperaban siete horas de trayecto hasta Cartí. El primer punto de salida por tierra hasta la ciudad de Panamá. Ni qué  decir que fue largo recorrer todo el territorio de San Blas, aunque espectacular ver tanta isla, tanto grande como pequeña (dicen que hay más de trescientas). Llegamos a tierra con cierto mareo y tomamos rumbo a la capital. De camino, la policía nos pararon dos veces para pedirnos el pasaporte.

Ciudad de Panamá

Por fin, después de mucho tiempo, llegamos a la capital de Panamá, que no tiene alma, se la tragó el capitalismo yanki, pero nos sentimos a gusto de estar en tierra y libres. Sin depender de barqueros huraños. El área donde nos hospedamos estaba rodeada de rascacielos y un montón de bancos. Del casco viejo tampoco merece la pena nada. Es una ciudad que solo atrae al turismo para hacer puente entre San Blas y Bocas del Toro, las zonas más turísticas del país. Me hubiera gustado parar en alguna ciudad entre medias, pero mis días se volatilizaban, así que seguí la ruta con Paula y Eva hasta Bocas del Toro.

Los días pasaron sin hacer nada en la isla de Colón, una de las más importantes de Boca del Toro. Me gusta el mar y bañarme, pero un día. Más, se convierte en picaduras de mosquito o sol- fuego en la nuca… además, los lugares con playa como este son de fiesta o de deportes como el surf, y yo no tengo ni dinero para esas fiestas y ni puñetera idea de surfear. Además, ni me atrae.

Sin darme cuenta, mi ruta había empezado por Centroamérica. Suramérica quedaba atrás, con grandes recuerdos.

 

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#25 Colombia: Del eje cafetero a la costa caribeña
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Gustavo Prieto | 23-02-2017 | 01:05| 0

Bosque de las palmeras, Salento, Colombia

“El patrón empezó por esta ruta”, me dijo mi compañero de butaca. “¿Pablo Escobar? ¿Solo hubo un patrón?”, pregunté con ingenuidad. “Patrones ha habido muchos, pero ‘el patrón’ es él”. Mientras llegaba a Medellín, recordé esta frase de un tipo con el crucé la frontera de Colombia. La ciudad de Pablo Escobar aún le recuerda y se pueden conseguir camisetas con su cara como las de ‘el Ché Guevara’. La ciudad es un valle similar a La paz. Montañas a cada lado y con un único eje central llano por donde transcurren las vías principales junto al metro, que es exterior, como una columna vertebral. Había quedado con Leo, mi amigo de Couchsurfing, en la biblioteca de su barrio. Un lugar auténtico y al que no se me hubiera ocurrido ir si no fuera por ésta invitación. “En la época del narco”, me explicaba Leo, “en mi barrio había toque de queda a las 8 de la tarde y no se podía salir”. Llegar a su casa fue duro, era cuesta arriba y mi mochila parecía que la estaban empujando al suelo porque me pesaba más de lo normal. “Las cosas han cambiado, pero el tráfico de drogas sigue vigente”, sentenció.

Tras dejar Popayán y el mal tiempo en Purace, estuve en Salento, un pueblo muy turístico en plena ruta cafetera. El lugar tiene múltiples opciones para disfrutar y la más importante era una ruta de cinco horas por el valle de Cocora con el bosque de las palmeras. Enormes y únicas en su especie. El camino pasa de un claro a un bosque frondoso junto al río. Un camino sencillo y entretenido con mucha gente transitándolo. La otra particularidad de Salento es visitar fincas cafeteras donde te explican el proceso del café y, por supuesto, termina bebiendo un café.

Plaza Botero, Medellín, Colombia

En Medellín, mi amigo tuvo tiempo libre y me pudo llevar a recorrer las zonas más turísticas de la ciudad (y otras no tanto). He de reconocer que la ciudad me sorprendió gratamente y descubrí su responsabilidad ecológica con múltiples parques, incluido el jardín botánico, y una cultura arraigada por cuidar el medio ambiente. Después de fotografiar a múltiples especies de mariposas, seguimos el paseo por las universidades donde Leo me indicó en qué lugar podía  beber un buen jugo de frutas, barato y riquísimo. “A partir de aquí, todo es más caro”, me dijo mientras disfrutaba de mi jugo de maracuya con leche. Efectivamente, entrábamos en el casco viejo y el bullicio incrementó notablemente. Las calles eran estrechas, llenas de comercios, gente por doquier, buscavidas de todo tipo, quienes arrastraban un carro lleno de bebidas o quien vendía jugos, como vaticinó Leo, más caros. La jungla de cualquier ciudad latinoamericana. Pasamos por una calle de bares uno junto a otro, lleno de gente mayor, todos hombres, charlando, tomando un café. Apacibles. Leo me indicó que aquellos inocentes ancianos estaban comerciando, bien tierras o droga. Me lo dijo como quien señala la catedral de la ciudad. Atravesamos varios mercadillos callejeros y llegamos a la plaza donde Botero tiene una muestra de esculturas de su última etapa artística, es decir, la más famosa. Personajes gordos con ojos diminutos (una vaga definición en realidad de un artista del que pude indagar más en Bogotá). Después de comer, subimos a un pequeño cerro desde donde se avistaba la ciudad y se puede contemplar la cantidad de gente que se mueve en Medellín. El recorrido lo terminamos en el teleférico para observar el barrio donde se crió Leo. Una masa de casas apiladas en escalones destacando el ladrillo en su exterior. Parece ser que rematar la fachada y pintarla supone un pago extra de impuestos (!) Curiosidades a parte, Medellín fue una ciudad muy interesante.

Antes de ir hacia la capital, me acerqué a la localidad de Guatapé entusiasmado por las fotos que destacan el efecto colateral de haber creado una presa hidráulica. Un montón de islotes que, para desgracia mía, solo se observan desde lo alto del Peñón. Y digo desgracia porque el precio por subir los más de seiscientos escalones se salía de mi presupuesto, así que decidí dar una vuelta por el pueblo que se ha convertido en una atracción y no solo para extranjeros. Las múltiples actividades que hay alrededor del lago acoge los fines de semana a miles de medillenses.

Plaza de Bolívar, Bogotá, Colombia.

Bogotá, como cualquier capital latinoamericana, no tiene buena fama ni fuera ni dentro del país. Recuerdo lo mal que me hablaron de Buenos Aires, La Paz, Lima… así una y otra vez cuando contaba mi idea de ir a la capital del país. Pero Bogotá iba más allá y si no hubiera sido porque tenía interés en sus museos quizás la hubiera obviado. Cada vez me gustan menos las ciudades grandes y por eso descarté Cali, pero por Bogotá tenía que pasar. En concreto, por su aeropuerto, ya que mi siguiente destino era Panamá. Un país al que sólo se puede llegar por aire o por mar y, aunque contemplé la primera opción todo el rato, en el último momento decidí pasar a Panamá por mar; y ya de paso visitar Cartagena de Indias, aprovechando los vuelos de bajo coste de la compañía Viva Colombia, que salían al mismo precio que el bus, pero que te ahorraba más de quince horas de trayecto. Mientras llegaba el día del vuelo, disfruté de los museos de Bogotá, que era lo único que me interesó de una masificada ciudad en la que ir en su famosa línea de autobuses locales, el transmilenio, es como entrar en una lata de sardinas, a empujones y con las dudas de ser robado en cualquier momento (de hecho, me rajaron la mochila un poco, no lo suficiente, aún llevándola delante entre mis brazos). En cambio entrar en sus museos es estar en una burbuja a años luz de la locura de fuera. Como indiqué anteriormente, en el museo de Botero descubrí al artista desde sus inicios, gracias a la guía del museo que, al no unirse nadie más, me hizo un recorrido a mi gusto explicándome los primeros trabajos en los que Picasso fue su primera y más destacada influencia. Tanto fue así que Botero estuvo viviendo en España durante un tiempo.

El otro museo fue el más conocido de la ciudad: el museo del oro. De nuevo, me uní a la guía que ofrece el propio centro gratuitamente y recorrimos el extenso tesoro que alberga en sus cuatro plantas. Sin duda, estuve entretenido esos días en la capital, aunque volví a descartar una visita que tenía pensado hacer, la catedral de sal de Zipaquirá ¿Adivináis por qué?

Viva Colombia es una compañía nueva de bajo coste que, como es la que menos paga, cuando se retrasan los vuelos o surge algún problema, ellos son los últimos en salir, así que mi vuelo se retrasó como vaticinó una pareja con la que compartí taxi hasta el centro. Llegué de noche y discutí con el taxista por cobrarme de más, para variar. La primera impresión fue turbia. Las calles desangeladas, poco iluminadas, sucias y con todos los locales cerrados con rejas metálicas. Los precios eran abusivos, el doble que en el resto del país. De día tampoco me sorprendió ni me dejé impresionar por la mayoría de halagos que recibe esta ciudad. De hecho, recuerdo que un amigo me dijo que no me iba a gustar. “No es una ciudad para ti”. Efectivamente, no lo era. El turismo masificado, los restaurantes, hoteles, tiendas de todo tipo… ellos son los que tienen el casco viejo conservado con múltiples colores, balcones y flores colgando en cada esquina, pero al salirse de allí, inunda la decadencia, la basura y la suciedad. El caos del tráfico atraviesa sus calles principales y te libras de esa vorágine si entras en la parte maquillada para el turismo. No puedo obviar la historia de la ciudad, que es lo más interesante del lugar. Si os interesa, echad un vistazo a la anécdota del capitán español Blas de Lezo. Su estatua es ignorada por la mayoría de gente que va directa al inmenso mamotreto que es el castillo.

Cartagena de Indias, Colombia.

Dejé Cartagena y empezó mi periplo hacia la frontera. Las indicaciones que tenía eran de las guías de hace unos años, aunque como esperaba, las horas y precios eran diferentes. Cruzar la frontera por mar me iba a salir más caro que por avión, pero la aventura merecía la pena. Llegué a Turbo de noche después de varios autobuses y anécdotas (a un chico le bajaron su maleta en otro lado y tuvieron que ir a buscarla mientras al resto nos pagaron un taxi hasta nuestro destino). Pasé una noche en un antro y a la mañana siguiente fui a por el bote que me llevaba a Capurganá, pero debido al clima se canceló y tuve que buscar otro hostal. Encontré uno cerca del puerto donde me hice amigo del dueño enseguida. Se llamaba John, pero era colombiano. Como teníamos poco que hacer, charlamos largo y tendido en su terraza observando el panorama de la plaza que al anochecer se llenaba de emprendedores vendiendo jugos, comida, portando mercancía en moto o en carros. La vida en las calles de Turbo era frenética, mientras John me contaba cuando tuvo que huir del pueblo por las amenazas del narco.

Salí al día siguiente hasta Capurganá y, como tenía previsto, pasé una noche allí. Muy temprano tenía que coger un bote hasta Puerto Obaldía, Panamá, pero necesitaban un mínimo de cuatro personas para que saliese, por suerte conocí a Eva y Paula, dos argentinas que iban a pasar la frontera por mar como yo. El cuarto era Trevor, un canadiense que sufrió su peor pesadilla para transportar su moto, aunque la pesadilla también la vivimos nosotros en la frontera.

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#24 Una tarde bebiendo café colombiano
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Gustavo Prieto | 17-02-2017 | 23:22| 0

Bebiendo café en un local de Bogotá

“Un tinto, por favor”, pido al camarero. “A sus órdenes”, me contesta inclinando su cabeza. Mientras espero el tinto, que es como llaman al café en Colombia cuando se sirve sin leche, escribo este artículo. A pedir un tinto me he acostumbrado, pero a la respuesta del camarero no. Parece un saludo marcial o un criado. El local es estrecho y tiene el mobiliario de madera avejentada. Una camarera coloca las sillas de una mesa enfrente de mi y recoge un par de servilletas usadas. Se olvida de mirar la parte de abajo, en el suelo, donde hay un papel y un palillo. La verdad es que tiene más interés en hablar por teléfono que en limpiar, pero me equivoco: es capaz de fregar mientras habla con el aparato en la oreja. Sigo observando en vano el papel y el palillo por si se percata. Me ponen el tinto en la mesa con un azucarillo y al darle las gracias me vuelve a responder con calidez: “para servirle”. Encima de la mesa que tengo enfrente, en la que debajo permanece intacto aquel papel estrujado y su amigo el solitario palillo, hay un espejo con un marco de un dorado oxidado. Hace juego con el resto de decoración: un teléfono con dial, un cartel metálico y oxidado, y una estantería llena de vasos de diferentes modelos. Todo retro, pero sin pretensiones de vanguardia. Da la sensación de que aquellos objetos encajaran con el lugar. Me pregunto si el hidalgo papel junto a su cilindro fino y menudo forman parte del decorado. Escribo estimulado por la cafeína en un archivo que no publicaré en el blog. Es una reflexión más sobre mí, del oficio de escritor, de viajar de una manera u otra, o de echar de menos a Agar.

 

El robo del viaje me dejó trastocado, recuerdo ante la taza de tinto. Sentía que había perdido la confianza viajando solo. Abrumado y triste en un hostal vacío de Otavalo me acosté pronto y dormí alrededor de doce horas. Me desperté pronto al día siguiente y decidí ir a ver la laguna de Cuicocha. De camino, el taxista me preguntó si iba a caminar por el sendero del lago. ‘No sabía nada al respecto’, le contesté. ‘Son cinco horas’, me dijo. Resoplé, pero al llegar allí a las nueve de la mañana y no tener nada mejor que hacer empecé a caminar y seguir el sendero. Hubo tramos de subida que me hicieron respirar hondo, sudar y latir el corazón hasta el límite de tener que parar. El día amaneció nublado y la bruma cubría los dos islotes del lago. La caminata me sirvió para volver a la realidad, para disfrutar de viajar que era por lo que estaba allí. Acabé exhausto, pero listo para proseguir hacia la frontera colombiana.

Laguna Cuicocha

Las puertas del local estaban abiertas de par en par, ya que hacía buen tiempo en Bogotá. Terminé mi tinto y pedí otro. “A la orden”. La gente pasaba por la entrada fugazmente y yo seguía escribiendo. Pensé en la parte positiva. Tenía medio libro escrito sobre la ruta Panamericana. Ese era un motivo de alegría que me reconfortaba un poco. Fijé mi mirada en el papel y el trozo de madera hasta quedar desenfocado por el recuerdo.

Santuario de las Lajas

Llegué de noche a Ipiales, la primera ciudad colombiana, y pensé en quedarme en algún hostal cercano a la terminal de autobuses para visitar al día siguiente el Santuario de las Lajas; pero una familia local que viajaba en la misma furgoneta, me ofreció ir con ellos a verlo y compartir gastos del taxi, y acepté. Eran las siete de la tarde y la noche era muy cerrada. De no ser por las farolas, no se vería nada. Fue tan rápida la decisión que me fui con la mochila a cuestas y al ver la cantidad de escaleras que había hasta el edificio tragué saliva. Estaba iluminado con una mecánica de colores que variaban cada treinta segundos. Esta técnica tan moderna destaca cada rincón, ventana y columna de la arquitectura exterior. Sin duda crea una atmósfera más atractiva. Más si cabe en este lugar de peregrinación que se sustenta encima de un río y rodeado de naturaleza. Para la familia que me acompañaba era la tercera visita, ya que ellos no eran de allí, sino de un pueblo cercano a la selva y, aprovechando que tienen un familiar en el pueblo, volvieron para admirar lo que para ellos es “un referente en su país”. Algo similar a lo que es para muchos españoles la catedral de Santiago de Compostela. Tras regresar a la terminal, volví a dormir en un bus nocturno hasta Popayán, la ciudad blanca.

¿Cuántos tintos podría tomar sin empezar a temblar? En cierto modo, aquel café con buen gusto no dejaba de ser más que un café americano. Entre una reflexión y otra pensaba en la vuelta. Si la planificación salía bien, volvería a finales de Junio, pero me daba vértigo pensar en ello. En frente tenía toda Centroamérica, México… muchos kilómetros. Volví a la realidad y me levanté. El local seguía sin más clientes y yo estaba muy a gusto en mi mesa de la esquina, junto a la puerta. “¿Me puede poner otro tinto, por favor?”. Esta vez no escuché un ‘a la orden’. Tan solo una inclinación de la cabeza de la camarera, que ya no tenía el teléfono en la mano.

Cartel Volcán Purace

Al salir del autobús en la terminal de Popayán me monté en un taxi y le dije que me llevara al hostal más barato. Cuando estoy con el móvil soy incapaz de no mirar hostales y, aunque no reservo, al menos tengo una información previa. Bueno, hoy día con Internet en cualquier lado también se puede obtener, pero ya que iba a estar unos días sin móvil (hasta que me comprara otro), volví a disfrutar de viajar como en épocas anteriores. Eran casi las siete de la mañana y desperté al personal del hostal y, para colmo, estaba lleno. Me indicó en un mapa otro hospedaje y me fui para allá. Efectivamente, comprobé que el centro histórico de Popayán tiene las paredes blancas, con farolillos junto a sus ventanas y las calles estaban muy bien cuidadas. El hostal era muy básico, pero lo regentaba una mujer mayor muy simpática que me invitó al primer café colombiano. Llevaba mucho tiempo en Suramérica y por fin bebía un buen café. Al llegar a primera hora, pude disfrutar de la ciudad, pero se me hizo demasiado pequeña. Con poca información al respecto, al día siguiente decidí irme a Purace. Un minúsculo pueblo cercano a un Parque Nacional con avistamientos de cóndores y un volcán. De nuevo, la dueña del hospedaje era una mujer mayor que me indicó que al ser domingo no iba a tener muchas posibilidades de unirme a algún grupo para reducir gastos, como le indiqué al principio, sino que lo tendría que hacer por mi cuenta; pero como mi presupuesto era reducido le dije que no importaba. “Me quedaré descansando en el pueblo”. La mujer lamentó que estuviera en su pueblo y no fuera a ver el parque, por lo que me propuso no pagarle el hospedaje y así ahorraba para hacer el tour con el guía. Aunque aún me parecía caro el recorrido, la oferta me hizo sentirme mal y acepté. Pero el plan cambió a las dos horas. Llegaron dos nuevos clientes, Iñaki, de Bilbao, y Richard, un alemán, que venían a recorrer el parque por su cuenta, así que me uní a ellos y casi llegamos a la cima del volcán, pero el frío y el viento pudo con nosotros.

Empezó a anochecer en Bogotá y decidí terminar de escribir por ese día. Sorbí el último trago de café hasta dejar los posos y fui a pagar.

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#23 Ecuador. Un constante cambio de planes.
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Gustavo Prieto | 09-02-2017 | 17:28| 0

Baño con tortugas marinas en Ñuro, Perú.

Después de la selva peruana, nuestro destino quiso que cambiaran los planes, como siempre. Nuestra primera idea fue ir a Chachapollas (sí, ese es el nombre, yo también hice la gracia) y subir hacia Jaén para pasar la frontera a Ecuador; pero cuando llegamos a la terminal de Tarapotos, la primera ciudad que pisamos tras pasar cuatro días en barco, no había billetes a Chachapollas. Mientras pensábamos quedarnos una noche allí, me encontré con María, una mochilera valenciana con la que coincidí en Uyuni. “El paso por Jaén está fatal por las lluvias”, me dijo. “Hay derrumbamientos y no se puede pasar. Yo he cambiado de planes y me voy a Piura”. Ya habíamos sufrido derrumbamientos en las carreteras camino a Pucalpa y nos demoraron más de seis horas, así que confiamos en la información de María y decidimos ir a Piura… pero tampoco había billetes. Tarapotos es el centro neurálgico de la zona para salir hacia otros puntos de Perú y esos días estaban los buses llenos. ¿Qué otras opciones teníamos? Chiclayo.

¿Y qué hay en Chiclayo?, me preguntó Aurora que quería ir a la playa como si no hubiera un mañana. Playa y las Tumbas Reales de Sipán. Llegamos en un bus nocturno, como otras tantas veces en nuestra ruta por Perú. Por la mañana, encontramos una ciudad poco turística, sin gringos ni mochileros y, por lo tanto, no encontramos hostales baratos. Nos metimos en uno que me hizo el favor de rebajarme la habitación si me quedaba dos noches. A priori, esa era la idea, pero los planes también cambiaron. A pesar de que el hostal no era lo que buscábamos, encontramos el tan ansiado Mercado Central donde desayunamos jugos y sandwiches. Nos informamos de cómo ir a la playa y a las tumbas reales, y de cómo salir de allí hacia Ecuador. No recuerdo cómo, pero al final Aurora me convenció para pasar por Máncora, al norte de Perú, un pueblo famoso por las playas, por lo que redujimos nuestra estancia en Chiclayo.

En un día descartamos la playa de Chiclayo, pero no el museo de los señores de Sipán. Esta civilización preínca estuvo por los alrededores de esta zona y, cuando excavaron en unas pirámides cercanas, que más bien parecían unas montañitas de arena, encontraron tumbas a cascoporro con un montón de oro. Tal magnitud de huesos, joyas, armas, y esas cosas que encuentran los Indiana Jones de turno, fueron metidos en el museo de Lambayaque, un pueblo a quince minutos de Chiclayo. El museo es enorme y tiene mucha información sobre esta civilización, por lo que después de ilustrarnos durante dos horas, salimos a tomarnos un jugo de frutas naturales. ¡Qué vicio! No me canso de decir que los jugos son una delicia en Sudamérica.

Mientras disfrutamos del jugo, decidimos ir a Máncora (bueno, Aurora me convenció), así que descartamos las playas de Chiclayo y al día siguiente nos fuimos del hostal. La mujer me miró con cara de pocos amigos, ya que esperaba que estuviéramos dos noches. Nos fuimos a Piura y allí cogimos otro autobús hasta Máncora. La primera noche la pasamos de Couchsurfing, aunque nos sorprendió encontrar que en realidad era un “hostal familiar”, como nos dijo Yola, la dueña de este peculiar hospedaje. Por fin estábamos en la tan ansiada playa que tanto quería Aurora y allí nos fuimos, nos bañamos y nos quemamos. Máncora es un pueblo pequeño y muy turístico, y no solo por las playas, sino por un puerto cercano donde se acercan las tortugas marinas que más tarde llegan a las islas Galápagos, así que para dejar la playa y descansar nuestras delicada piel de urbanita fuimos a bañarnos con las tortuguitas.

Puente roto, Cuenca (Ecuador) (Foto: Aurora)

Después de dos días, nos despedimos de Perú y pasamos a Ecuador, en concreto a Cuenca. Nuestra primera idea era estar entre quince o veinte días en este país, pero de nuevo los planes cambiaron sobre la marcha. En Ecuador aprendimos a manejarnos con los dólares americanos, una moneda de similar valor que el euro, por lo que el cambio era fácil. También descubrimos que los precios eran un poco diferentes, mientras los hostales no bajaban de los ocho dólares, los menús del día estaban entre dos y tres dólares. También tenían mercado central donde encontramos precios populares y bebidas diferentes al país vecino. Cuenca, la primera ciudad que nos daba la bienvenida en Ecuador, nos decepcionó. Es Patrimonio de la Humanidad… y estuvimos paseando por los alrededores y no vimos mucho que destacara. Más allá de la calle larga que iba paralela al río y terminaba en las ruinas de Pumapungo, que suena bien pero no tiene mucho, Cuenca es una ciudad normal, muy tranquila, limpia y con gente educada Al día siguiente, me fui a lo que es el mayor recinto arqueológico de todo Ecuador: Ingapirca. Después de más de dos horas de viaje, la visita fue también decepcionante. El recinto era pequeño, aunque el tour de cuarenta minutos estuvo interesante, pero no era para tanto. Quizás lo más destacable era el camino por la sierra y los pueblitos que recorría el bus por las montañas, llenas de vacas y niebla. Muy parecido a la tierra de Aurora, Asturias.

Ese mismo camino lo recorrimos hacia Baños, el lugar por excelencia de Ecuador para practicar todo tipo de deportes de aventura. En esa localidad, Aurora iba a reunirse con unas amigas que estaban de vacaciones y ese encuentro nos cambió de nuevo la ruta. Descartamos hacer rafting para unirnos a su viaje en furgoneta. Visitamos el famoso columpio del fin del mundo (famoso por una fotografía de National Geographic), unas cascadas cercanas al pueblo donde hicieron tirolina y, camino Quito, llegamos al parque del Cotopaxi, pero estaba cerrado. Aún así, observamos el tamaño descomunal del volcán Cotopaxi con la cima cubierta de nubes. Espectacular.

Debido a esta decisión de unirnos al grupo y viajar a Quito nos perdimos la laguna de Quilotoa que se encuentra dentro de un volcán, pero el encuentro mereció la pena y tanto a Aurora como a mí, nos vino bien. Ya en la capital ecuatoriana las cosas volvieron a cambiar. Según mi ruta, me encontraba en la mitad del recorrido y tenía dudas sobre el viaje. Estaba cansado y necesitaba pensar. Llevaba tiempo preguntándome si merecía la pena la ruta Panamericana entera o ver menos países con el mismo presupuesto, exprimiendo más cada rincón. Aurora por su parte, decidió, tras una larga conversación con su pareja, volver a España esa misma semana. Así, de pronto, Quito nos sirvió para reflexionar a los dos. La capital no nos decepcionó. El centro histórico está muy cuidado, hay mucha vida en la calle y, aunque hay que pagar en todas las iglesias importantes, el paseo por sus intrincadas calles, algunas de subidas y bajadas, merece la pena. También tuvimos la oportunidad de ver al presidente Correa en un cambio de guardia (algo normal que hace cada lunes, siempre y cuando esté por la ciudad) y visitamos el famoso parque del monumento de la mitad del mundo (una tontá que cuesta tres dólares y medio).

Monumento Mitad del mundo (Foto: Aurora)

Aurora y yo nos despedimos visitando Otavalo, una pequeña ciudad a tres horas de Quito famosa por su mercado artesanal, que como llegamos en un día lluvioso, no tuvimos la oportunidad de ver en todo su esplendor. Pero como eran unos días de cambios, la peor parte me la llevé yo al salir de Quito. Nos metimos en un bus local y entre empujones me quitaron el móvil. Ni me enteré. La despedida de Aurora, el robo y la soledad me acompañaron aquella larga tarde de Otavalo. Un día gris lo tiene cualquiera.

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#22 Norte de Perú. De la selva a la playa
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Gustavo Prieto | 08-02-2017 | 17:22| 0

***Actualizado con fotos de mi compi de viajes Aurora, alias Eterna viajera***

Atardecer en Lima, mientras en España celebraban el nuevo año (Foto: Aurora)

“Las pasadas Navidades hubo dos asaltos”, nos decía nuestro conductor mientras serpenteabamos un camino lleno de baches y con un acantilado al lado. “¿Y la policía no hace nada?”, pregunté ingenuo de mí. “Te corta la carretera a las ocho, por eso quiero llegar antes…”. Bien, pensé yo, así que nos lleva como un kamikaze japonés para evitar la seguridad policial y cruzar una zona de asaltantes. Me quedo mucho más tranquilo, me dije. “Los asaltantes tienen armas de alto calibre y la policía se acongoja”. No hubo asaltantes, pero sí lluvia y niebla y la velocidad del conductor suicida no reducía. “Mataron a dos conductores por negarse a parar”, insistió con el tema, que para más angustia tenía cumbia en la radio, así que zanje la conversación. “¿No tendrás un poco de rock and roll?”. El tipo asintió, cambió el pendrive de la radio y el viaje mejoró.

“Vamos al mercadillo”, le dije a Agar. Teníamos que comer algo y, excepto el hostal, el resto de gastos tenían que ajustarse al bolsillo mochilero, por lo que buscamos algún local en la zona. Encontramos el típico bar peruano con menú económico. Tenía un entrante, un segundo y refresco. Nos sirvieron una enorme sopa con pasta italiana flotando. La multitud de especias, que no supe distinguir, lo hacía delicioso, pero con tantos ingredientes nos llenó antes del plato principal que, de nuevo, constaba de cantidades desorbitadas. Sobre todo de arroz. Tuvimos que preguntar antes qué era cada uno de los desconocidos nombres del menú y si tenían de todo, porque es normal encontrarse con que se les termina alguno de los platos (incluso van a comprar algún ingrediente mientras te atienden). Después de pagar y con el estómago lleno, la encantadora camarera nos indicó cómo llegar al centro de Lima en transporte público.

La capital peruana es enorme, agobiante y poco interesante comparando con lo que tiene el resto del país. Disfrutamos del ceviche en un mercado central, paseamos por el parque del amor y vimos una hermosa puesta de sol mientras comíamos las uvas (eran las seis de la tarde cuando finalizaba el año en España); turisteamos en sus barrios modernos y limpios como Miraflores y Barranco y nos despedimos del dos mil dieciséis junto a otros mochileros en el hostal. Me despedí con pena de Agar, y Aurora y yo continuamos el viaje hacia el norte. Por primera vez pasaba por la carretera Panamericana y, desviándonos hacia la cordillera, llegamos a Huaraz.

Esta pequeña ciudad es el centro neurálgico para visitar diferentes lagunas y practicar senderismo en plena cordillera peruana. Llegamos en temporada baja y, por suerte, los precios estaban a la mitad. Como éramos los únicos mochileros, casi se peleaban por nosotros. Nos instalamos en un hostal y salimos a desayunar. Probamos los sándwiches de una mujer que tenía su puesto en la calle y decidimos que al día siguiente teníamos que ir a otro lado. Uno donde servían los jugos con fruta fresca, porque nos apasionan, y en Perú hay en cada esquina por un par de euros (aunque si lo quieres con leche cuesta más). En los restaurantes peruanos también sirven cervezas y en uno de ellos un par de tipos muy pasados nos invitaron a beber con ellos. La charla fue larga y en ocasiones graciosa, como cuando el tipo soltó que en Perú tenían un concurso de televisión Patrimonio de la Humanidad… Ese fue el momento en el que tuve que tirar de Aurora del brazo para largarnos de allí.

Laguna Llanganuco (Foto: Aurora)

Al día siguiente visitamos la laguna Llanganuco, aunque como estábamos en un tour, primero nos llevaron a probar un helado artesanal en Carhuaz y el campo santo de Yungay. El antiguo pueblo que fue devastado debido a un terremoto y, en consecuencia, al derrumbamiento de la cordillera. Una auténtica masacre que ocurrió en los setenta. Antes de entrar al parque nacional, Aurora y yo comimos el conocido plato de Cuy, un animal parecido a la cobaya que no me resultó exquisito. Ya en la laguna disfrutamos de un paseo por los alrededores y nos sorprendimos del color turquesa de su agua. Un paisaje impactante.

En Huaraz decidimos cambiar el rumbo de nuestro viaje que, en principio, continuaba al norte, a Trujillo, para posteriormente ir a Yurimaguas donde tendríamos que coger el barco para Iquitos. Si seguíamos el plan, el viaje de vuelta sería el mismo y elegimos ir hacia Pucalpa para cambiar de paisajes, y llegar también en barco por el sur de Iquitos, pero nuestro destino quiso meternos en una aventura inesperada. El principal percance fueron los dos derrumbamientos que hubo en la carretera. Uno de ellos nos retuvo más de ocho horas parados. Una ocasión que los vendedores ambulantes no perdieron y llegaron en motocarro con comidas y bebidas para los cientos de personas que estuvimos allí parados. La peor parte se la llevó la carretera y los alrededores de la selva, ya que los peruanos no tienen pudor para arrojar toda la basura, plásticos, papeles e incluso botellas de cristal al suelo, aunque sea en plena selva. Tras varios medios de transporte, uno de ellos una larga carrera con un conductor suicida por la carretera llena de baches, con lluvia, con niebla… como si todos los males se juntaran para provocarnos una úlcera estomacal de los nervios que pasamos; llegamos a Pucalpa, pero el barco que nos tenía que llevar a Iquitos había partido. A pesar de que nos recorrimos todos los puertos y preguntado barco por barco, no iba a salir ninguno hasta dentro de cuatro días. Después de echar cuentas salía más barato coger el avión y en una hora llegamos a Iquitos.

Choza donde dormimos en la selva amazónica (Foto: Aurora)

Esta ciudad dicen que es la única a la que se puede llegar por aire o por río, ya que de momento no hay carreteras que acceden a ella. Aún así, es tan grande que necesitan vehículos y, de nuevo, el motocarro es el que más abunda en sus pobladas y ruidosas calles. El centro de la ciudad es viejo y tiene un estilo decadente y deshabitado que recuerda a la Habana, pero a Iquitos se va para visitar la selva y el Amazonas, y gracias a Aurora conseguimos contactar por Couchsurfing con Enrique, un sueco aficionado a la ayahuasca que vivía en un pequeño pueblo selvático.

La afición a este alucinógeno le llevó a Enrique a contactar con un chamán y comenzar a construir su casa en plena selva. Aurora y yo seguimos las instrucciones para llegar a su casa: tomamos una barca desde Iquitos hasta el pueblo y desde allí fuimos por un camino embarrado, debido a que era época de lluvias, hasta la casa que, en realidad, era una enorme choza de madera diáfana con grandes ventanas cubiertas por mosquiteras. En una parte estaba la cocina y en el resto del espacio había colchonetas y hamacas. Aurora y yo cogimos un colchón cada uno y pusimos nuestra mosquitera. Enrique tenía a tres invitados más, Luca, un italiano que vivía con él y daba clases de inglés en el pueblo, y dos mochileras nerviosas porque iban a tener la primera sesión de ayahuasca. Ni Aurora ni yo la probamos porque cada “sesión” costaba unos treinta euros. La decisión de cuántas sesiones necesitabas era del chamán que previamente te hacía un rito y, según lo que él veía, te recomendaba… cada sesión dura de dos a tres horas depende de la persona, al igual si lo vomitas o no y si ves dragones o no.

Hamacas en barco a Yurimaguas (Foto: Aurora)

La estancia en plena selva en la casa de Enrique fue más de lo que esperaba. Incluso los mosquitos fueron vehementes y no se aprovecharon de la sangre de éste mochilero de provincias. He de reconocer que soy demasiado urbanita para vivir como vive Enrique en una casa sin luz, (aunque tiene un generador de gasolina que usa de vez en cuando, ya que le consume tres litros por hora) y depende del agua que le traen de la ciudad. Tras los dos días, nos despedimos y volvimos a coger la barca a motor, el único medio de transporte para salir del pueblo y ya en Iquitos subimos al enorme barco de carga que nos llevaría durante cuatro días a Yurimaguas, durmiendo en hamacas y comiendo “arroz con” tantas veces que nos hizo repudiarlo durante los siguientes días.

 

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MÚSICA: Indochine (aunque no es un grupo peruano, obviamente, esta canción sonó mientras el kamikaze nos llevaba por esa carretera inmunda)

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#21 Navidades en Machu Pichu
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Gustavo Prieto | 25-01-2017 | 21:52| 0

Machu Picchu, Cusco, Perú

El veintiocho de diciembre visitamos una de las siete maravillas del mundo: el Machu Picchu. Era la mejor inocentada de mi vida. Difícil superar estas Navidades, aunque hubiera estado redondo haber bajado al pueblo y haber disfrutado de una cena familiar. No voy a negar que después de cinco meses de viaje, echo de menos mi provincia; pero la visita de Agar me reconfortó en esos días que, en nuestra cultura, hemos creado especiales y, vayas donde vayas, se celebra de una manera u otra, aunque sea solo para dar la bienvenida al nuevo año.

Arequipa, Perú

En Arequipa celebramos la Nochebuena en el hostal, en el que tuvieron la deferencia de invitarnos a una cena a todos los huéspedes. La ciudad tiene las calles lineales, como una cuadrícula, al menos el centro, que es la parte más cuidada. Casas antiguas, coloniales, iglesias, monasterios y una enorme catedral que destaca en la Plaza de Armas. Una plaza, como la plaza mayor en España, que está en todas las ciudades del país. Fuera de la ciudad está el valle del Colca, famoso por su avistaje de cóndores, aunque su mejor época es en junio, por lo que no vimos ni siquiera una pluma del ave. En cambio el valle impresiona por su profundidad y su extensión. Como todos los tours, te llevan a un mercado artesanal, te puedes hacer fotos con alpacas y te invitan a entrar en un restaurante caro. Por entonces, ya comprobamos que en Perú es más barato unirse a uno de estos tours que hacerlo por tu cuenta.

 

Cañón del Colca, Arequipa, Perú

Tras unos días en esta espléndida ciudad, volvimos a coger un bus nocturno, algo habitual en nuestro viaje, y llegamos a Cusco, el ombligo del mundo, según los Incas. La ciudad de Cusco está en el valle sagrado y es base para visitar el conocido Machu Picchu, y un montón de sitios más. Una vez instalados en el hostal, nos fuimos a lidiar con los comerciantes que te asaltan en la calle para que contrates un tour, viaje, hostal, guía… porque todos venden de todo y a precios similares. Si sales de las cuatro calles turísticas, se puede disfrutar de Cusco. De nuevo, esta ciudad mantiene un centro con edificios históricos y muchas iglesias de una magnitud increíble. Parece ser que aquí la colonización fue a base de la evangelización de sus habitantes.

Uno de los modos más económicos de llegar a Aguascalientes, o como lo llaman ahora, el pueblo de Machu Picchu (como si necesitarán más publicidad), es tomar una furgoneta que te lleva a la hidroeléctrica. Desde allí, andas durante tres horas por un cómodo camino al lado de la vía del ferrocarril. Un tren que cuesta carísimo y que cuando pasa va pitando para avisar a la cantidad de gente que camina por sus vías. El paisaje es pura naturaleza: ríos, selva, cascadas, y algún animal que se deja ver, aunque no hay muchos. Cuando llegamos al pueblo, estábamos tan cansados que cenamos y nos acostamos pronto, entre otras cosas porque queríamos salir a las cinco de la mañana. Como es época de lluvias, nos levantamos con una tromba descomunal y mis ganas de subir andando se desvanecieron. Cogimos el bus solo de ida y el estómago empezó a darnos vueltas de la emoción. Íbamos a visitar uno de los monumentos más famosos del mundo. Yo he tenido la suerte de visitar cinco de los siete (aunque ahora creo que son nueve), pero no he sentido lo mismo en el resto. Ni siquiera la cantidad de gente que había en la entrada te quitaba los nervios. Nos unimos a un guía que nos iba a acompañar las primeras horas y pasamos el control.

En función del guía, lo primero que visitas son las casas de los habitantes del complejo arqueológico. Unas construcciones que mantienen la mayoría de su arquitectura original. Sigues por unos caminos acordonados y aparece la famosa montaña al fondo, Huayna Picchu, junto al valle. En nuestro caso, la niebla iba y venía, creando una atmósfera bucólica. La ciudad es enorme, sin explicaciones o sin haber leído nada del lugar es difícil distinguir muchas zonas, como la casa del ‘mandamás’, que se diferencia porque tiene las piedras mejor dispuestas y pulidas, entre otras cosas. Después está la plaza principal, el observatorio de los “chamanes”  y el lugar donde practicaban los rituales. Pero no voy a mentir si digo que lo que más esperábamos era subir al mirador donde se toma la fotografía que todos tenemos en mente cuando pensamos en el Machu Picchu. Allí tuvimos tiempo para explayarnos y gastar la batería de las cámaras. Agar y yo bajamos las miles de escaleras desde la entrada del recinto hasta las vías del tren y desde allí continuamos el trayecto de vuelta a las furgonetas, donde nos esperaba Aurora, que decidió volver en tren; y tras seis horas de viaje volvimos a Cusco a descansar, emocionados y todavía sin digerir aquella experiencia. (Por cierto, a mitad de este camino, hay una mujer que vende unas deliciosas, jugosas y dulces piñas que nos alegró la vuelta).

 

Llama en Machu Picchu

El viaje de Agar terminaba tras la Nochevieja, que la pasamos en Lima. Con alegría, rabia y tristeza me despedía de ella y, aunque me había dado buenas energías para continuar mi travesía, también me hacía reflexionar sobre si realmente merecía la pena esta locura de viaje, tan largo y lejos de mi familia.

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#20 Despedida de Bolivia
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Gustavo Prieto | 17-01-2017 | 14:15| 0

 

Tienda cholitas, La Paz, Bolivia.

En Iquique tuve el síndrome del extranjero, es decir, en tan solo una mañana tuve que negociar el precio en varias ocasiones, y cansa. Es agotador estar todo el rato pendiente de que no te tomen por una billetera andante. El mismo trayecto de bus me lo querían vender por el doble. El desayuno me lo servían con menos ingredientes. Total, es extranjero, no se dará cuenta…

Cuando llegué a La Paz, estuve varios días que me costaba respirar. Lo más probable es que fuera la altitud. Llegar desde Iquique, a nivel del mar, en menos de un día, al cuerpo no le da tiempo a adaptarse. Las calles empinadas se hacen más duras de lo habitual y esa ciudad es solo de subidas y bajadas. En el hostal me esperaba mi amiga Aurora, con la que empecé a viajar desde entonces.

La Paz es un oxímoron. No hay descanso en esta ciudad asentada en un valle. Tan solo la calle principal es llana. Si sales de allí, bien por la izquierda, bien por la derecha, hay que subir cuestas. El tráfico estresa. Claxon, contaminación y un montón de gente en la calle. Además, era el inicio de las Navidades y todo el mundo vendía o compraba algo. Los ‘trufis’, furgonetas para ocho pasajeros, son la mejor manera de moverse por la ciudad. Una vez que conoces el destino, paras a una de ellas, montas y le dices al conductor que te deje donde quieras. El sistema funciona rápido y no tienes que ir a ninguna ‘parada’, y por tan solo dos bolivianos (apenas unos céntimos de euro) vas a cualquier parte de la ciudad. Pero en los últimos años han construido una mejor manera para subir a los barrios más altos: el teleférico.

La Paz, Bolivia

Yo no soy muy partidario de las alturas, pero Aurora se divirtió tanto con las alturas como con mi miedo. Una vez arriba las vistas son impresionantes. En una ocasión, decidimos bajar andando por las miles de escaleras y en el camino nos encontramos con una familia en las puertas de su casa tomando cerveza. En cuanto les dijimos que éramos españoles nos invitaron a un trago y se hicieron una foto con nosotros. “No hay turistas por aquí”. Cierto, el barrio no tiene buena fama. Dimos una vuelta por las plazas principales, alguna calle turística, como la de las Brujas, donde hay todo tipo de ropas y mochilas hechas con lana de alpaca, y también productos para curar cualquier mal de ojo. Incluso hay personas que te leen el futuro con las hojas de coca, un producto que es legal tanto en Bolivia como en Perú. Se mastica para extraer el jugo y ayuda a aliviar el mal de altura o sirve para mantenerte despierto. Mis problemas respiratorios no mejoraron con la hoja, ni masticándola ni en infusión.

Desde La Paz, nos fuimos a Copacabana, el pueblo que está en el lago Titicaca y es base para visitar la famosa isla del Sol. El trayecto de tres horas sale desde La Paz por el barrio El Alto, que como su nombre indica, está en la parte superior de la ciudad. Esta zona está un poco abandonada, con calles de tierra y casas de ladrillo, tal cual. En los muros de las calles se pueden leer mensajes tales como “ladrón pillado, será ahorcado”. El resto del camino va por una carretera, más o menos sin incidencias hasta que, a menos de una hora del destino, hay que bajarse del bus para montar en una barca que te cruza una parte del lago Titicaca. El bus también es transportado en un barco especial para vehículos y después sigue el trayecto hasta Copacabana.

 

Copacabana, Bolivia

Nada más bajar del autobús, en una de las plazas de Copacabana, nos abordaron dos personas para que nos alojáramos en sus hostales. “Aquí tienes mi tarjeta, hermano”, me soltó una argentina que nos ofrecía hospedaje por tres euros. Copacabana es un pueblo con dos plazas y dos calles turísticas. Es tan manejable y acogedor que enseguida te sientes como en casa. Como siempre, Aurora y yo buscamos el mercado central donde pudimos desayunar y comer por precios razonables.

Al día siguiente, visitamos la isla del Sol. El bote tarda dos horas en llegar a la parte norte, donde un guía local te da la bienvenida, te acompaña a pagar la entrada del norte y visitas el pueblo y las ruinas preincas. Según la historia del lugar, es donde nació el sol y era habitual la práctica de rituales. Es por ésta razón por la que creen que la isla tiene buenas “energías”. Después de darle la propina al buen hombre, Aurora y yo seguimos el camino hasta la parte sur. La isla, que nos recordaba a las Baleares, se recorre en no más de tres horas. Durante el recorrido, nos juntamos con una pareja de simpáticos vascos con los que llegamos al otro pueblo, buscamos alojamiento barato y cenamos trucha, un plato típico del lugar.

 

La isla del Sol, Bolivia

Después de unos días relajados, Aurora cruzó la frontera a Perú y yo volví a La Paz a reencontrarme con Agar, mi pareja, con la que repetiría el mismo camino. Pero el impacto de llegar por avión a los casi cuatro mil metros de altitud de la ciudad es mayor y Agar tuvo dolores de cabeza durante varios días. Tan solo con las pastillas para ‘montañeros’ se pudo recuperar ya en Copacabana, desde la cual tomamos rumbo a Arequipa, Perú, para reunirnos con Aurora y pasar la Nochebuena en esta interesante ciudad colonial.

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#19 De Uyuni a San Pedro de Atacama
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Gustavo Prieto | 03-01-2017 | 18:21| 0

Salar de Uyuni, Bolivia

Nada más bajar del autobús, varias mujeres me atosigaron con panfletos y ofertas del tour de Uyuni. El sol calentaba y tenía hambre. Cuando tengo hambre, no puedo pensar. Recogí mi mochila y mientras me alejaba, una mujer me seguía insistiendo en su agencia. Cogí el folleto y le mentí, “iré más tarde, ahora necesito un hostal”. Me costó encontrar un alojamiento económico. Me metí en una habitación triple donde vi dos mochilas más, luego conocí a sus propietarios: una valenciana y un francés. Después de dejar el peso, comí en un puesto callejero y ya sí, con el estómago lleno, me fui en busca de la mejor oferta. Un par de horas más tarde, me encontraba en un local bebiendo un jugo de maracuyá. La dueña del local se tomaba un café con una amiga y las interrumpí. “¿Conocéis las agencias de los tours?” Como viajo solo, hay veces que es difícil tomar decisiones, sobre todo cuando hay mucho dinero en juego. Prácticamente todas las agencias tienen el mismo recorrido, varía el poder bañarte en las termas por la noche o por el día. Como es lógico, la primera opción es la más cara. La amiga de la camarera (o como dicen aquí, mesonera) me dió su opinión y le agradecí el gesto. “Bueno”, le dije mientras pagaba mi consumición, “creo que ya me he decidido. Muchas gracias por sus consejos”.

Al día siguiente, me encontraba en un cuatro por cuatro con cinco personas más que habían contratado el mismo tour con diferentes agencias. Por suerte, yo había pagado menos que ellos. Así funciona el negocio. Luego está tener la suerte de que te toque un buen conductor que explique algo y dé observaciones durante el trayecto. Nuestro conductor fue generoso y compartió sus conocimientos sobre el terreno. El tour duró tres días y, para mí, terminaba en San Pedro de Atacama. Empezamos en el cementerio de trenes y cuando llegamos al aparcamiento, nos dimos cuenta de la magnitud de turistas que hacen ese tour, ya que había más de una docena de todoterrenos.

Cementerio de trenes, Uyuni, Bolivia

Antes de entrar en el salar de Uyuni, nos llevaron a un pueblo donde hay una calle llena de puestos de artesanía: todo tipo de ropa, collares, imanes, gorros, etc… Una oportunidad para ir conociendo a los demás mochileros: una pareja de alemanes, dos amigos australianos y un italiano, que iba a ser mi compañero de habitación durante las siguientes dos noches. Tras dejar el pueblo, comenzó el auténtico paisaje árido del salar. Paramos en la entrada para observar un par de charcos que desprendían un olor desagradable. “Los compuestos químicos que tienen producen ese olor”, nos comentó Abraham, el conductor. Más adelante, el camino estaba lleno de agujeros y paramos cerca de uno. Abraham se arremangó y se agachó en uno de esos huecos. Estaba lleno de agua. Rebuscó en la cavidad para buscar piedras de sal. “La gente viene aquí a buscar grandes piedras para luego venderlas”. Después se lavó el brazo con agua porque el del salar te deja la piel blanca y pica después de unos minutos. Seguimos el trayecto para hacer las típicas fotos divertidas del Salar y visitamos una de las múltiples islas que hay en este mágico lugar. Estaba llena de cactus enormes, según nos contaron, con más de cien años. Antes de finalizar el día, disfrutamos del atardecer en este paisaje inolvidable.

Llama Boliviana (o Alpaca, no sé distinguirlas)

Después de un primer día tan impresionante, todo fue a menos. El segundo día recuerdo los desiertos de arena y los animales. Pude observar flamencos, un zorro, llamas, guanacos y un conejo extraño. El tour es demasiado cómodo porque te llevan a los miradores o a las zonas más interesantes con el coche, por lo que estuvimos bajando y subiendo del vehículo constantemente. Algunos trayectos eran un poco largos, pero no más de una hora. Tanto el alojamiento como la comida fueron de muy buena calidad, por lo que comparado con los relatos de otros viajeros de hace años, parece que ha mejorado mucho. El tercer y último día fue más corto porque a primera hora nos tenían que dejar en la frontera. Lo más interesante fueron los géiser ya que por mi parte era la primera vez que los veía tan de cerca, por lo que mereció la pena el madrugón.

Geizher

Cuando llegas a San Pedro de Atacama, el espectáculo no termina, sino que empieza de nuevo. Aunque la mitad de los paisajes son similares a los que ya había visto, aún encontré lugares tan mágicos como el valle de la luna. En la frontera, un tipo me dio un folleto de un hostal y, como me convencía el precio, fuí allí. Mientras me acomodaba, escuché una voz familiar. Era Liz, la mochilera danesa que conocí en Samaipata semanas antes. Nos dimos un abrazo fuerte y me invitó a unirme a su excursión a la garganta del diablo. Como acababa de llegar, me dieron una hora para organizarme y nos fuimos. Alquilamos unas bicicletas y salimos del pueblo a mediodía. No recuerdo haberme divertido tanto en mucho tiempo. La garganta del diablo está muy cerca del pueblo, pero en San Pedro de Atacama hace mucho calor. Sudamos a chorros y tuvimos que descansar bastantes veces, pero mereció la pena. Para rematar la reunión, también estaban en el pueblo la pareja de Samaipata, Gustavo y Alexandra. Entre el buen ambiente del hostal, del pueblo y el reencuentro con los amigos disfruté mucho. Al día siguiente, de nuevo, nos fuimos un grupo de ocho al valle de la luna, también en bicicleta. El camino es más largo y duro, pero lo que nos esperaba en el lugar es inolvidable. Tanto el desierto como las formaciones rocosas del sitio lo hacen único. San Pedro de Atacama no me decepcionó, sino que me apasionó y me dejó un grato recuerdo.

Desierto Atacama

Tras varios días de intensos tours, coches, bicicletas, fotos y paisajes espectaculares, me fui a la costa Chilena, a Iquique, para no hacer nada. Y lo disfruté con mucho gusto. Me despedí de Chile, como dicen los toreros por la puerta grande.

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Sobre el autor Gustavo Prieto
Me apasiona escribir y viajar. No sé si en ese orden, pero es un buen cóctel que me motiva hoy en día. Estuve en Madrid un tiempo queriendo ser guionista de cine y lo que realmente me enganchó fueron los viajes. Escribí mucho y también hice mis pinitos en el mundo cinematográfico, pero como las ideas surgen de lo que uno vive, me fui a Manchester. Fue una gran experiencia que me curtió para emprender el viaje de mi vida. Ocho meses de mochilero de Europa a Asia. Solo hay una cosa que me motive, un nuevo reto y la próxima aventura es Sudamérica y la ruta Panamericana.

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