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#24 Una tarde bebiendo café colombiano
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Gustavo Prieto | 17-02-2017 | 23:22

Bebiendo café en un local de Bogotá

“Un tinto, por favor”, pido al camarero. “A sus órdenes”, me contesta inclinando su cabeza. Mientras espero el tinto, que es como llaman al café en Colombia cuando se sirve sin leche, escribo este artículo. A pedir un tinto me he acostumbrado, pero a la respuesta del camarero no. Parece un saludo marcial o un criado. El local es estrecho y tiene el mobiliario de madera avejentada. Una camarera coloca las sillas de una mesa enfrente de mi y recoge un par de servilletas usadas. Se olvida de mirar la parte de abajo, en el suelo, donde hay un papel y un palillo. La verdad es que tiene más interés en hablar por teléfono que en limpiar, pero me equivoco: es capaz de fregar mientras habla con el aparato en la oreja. Sigo observando en vano el papel y el palillo por si se percata. Me ponen el tinto en la mesa con un azucarillo y al darle las gracias me vuelve a responder con calidez: “para servirle”. Encima de la mesa que tengo enfrente, en la que debajo permanece intacto aquel papel estrujado y su amigo el solitario palillo, hay un espejo con un marco de un dorado oxidado. Hace juego con el resto de decoración: un teléfono con dial, un cartel metálico y oxidado, y una estantería llena de vasos de diferentes modelos. Todo retro, pero sin pretensiones de vanguardia. Da la sensación de que aquellos objetos encajaran con el lugar. Me pregunto si el hidalgo papel junto a su cilindro fino y menudo forman parte del decorado. Escribo estimulado por la cafeína en un archivo que no publicaré en el blog. Es una reflexión más sobre mí, del oficio de escritor, de viajar de una manera u otra, o de echar de menos a Agar.

 

El robo del viaje me dejó trastocado, recuerdo ante la taza de tinto. Sentía que había perdido la confianza viajando solo. Abrumado y triste en un hostal vacío de Otavalo me acosté pronto y dormí alrededor de doce horas. Me desperté pronto al día siguiente y decidí ir a ver la laguna de Cuicocha. De camino, el taxista me preguntó si iba a caminar por el sendero del lago. ‘No sabía nada al respecto’, le contesté. ‘Son cinco horas’, me dijo. Resoplé, pero al llegar allí a las nueve de la mañana y no tener nada mejor que hacer empecé a caminar y seguir el sendero. Hubo tramos de subida que me hicieron respirar hondo, sudar y latir el corazón hasta el límite de tener que parar. El día amaneció nublado y la bruma cubría los dos islotes del lago. La caminata me sirvió para volver a la realidad, para disfrutar de viajar que era por lo que estaba allí. Acabé exhausto, pero listo para proseguir hacia la frontera colombiana.

Laguna Cuicocha

Las puertas del local estaban abiertas de par en par, ya que hacía buen tiempo en Bogotá. Terminé mi tinto y pedí otro. “A la orden”. La gente pasaba por la entrada fugazmente y yo seguía escribiendo. Pensé en la parte positiva. Tenía medio libro escrito sobre la ruta Panamericana. Ese era un motivo de alegría que me reconfortaba un poco. Fijé mi mirada en el papel y el trozo de madera hasta quedar desenfocado por el recuerdo.

Santuario de las Lajas

Llegué de noche a Ipiales, la primera ciudad colombiana, y pensé en quedarme en algún hostal cercano a la terminal de autobuses para visitar al día siguiente el Santuario de las Lajas; pero una familia local que viajaba en la misma furgoneta, me ofreció ir con ellos a verlo y compartir gastos del taxi, y acepté. Eran las siete de la tarde y la noche era muy cerrada. De no ser por las farolas, no se vería nada. Fue tan rápida la decisión que me fui con la mochila a cuestas y al ver la cantidad de escaleras que había hasta el edificio tragué saliva. Estaba iluminado con una mecánica de colores que variaban cada treinta segundos. Esta técnica tan moderna destaca cada rincón, ventana y columna de la arquitectura exterior. Sin duda crea una atmósfera más atractiva. Más si cabe en este lugar de peregrinación que se sustenta encima de un río y rodeado de naturaleza. Para la familia que me acompañaba era la tercera visita, ya que ellos no eran de allí, sino de un pueblo cercano a la selva y, aprovechando que tienen un familiar en el pueblo, volvieron para admirar lo que para ellos es “un referente en su país”. Algo similar a lo que es para muchos españoles la catedral de Santiago de Compostela. Tras regresar a la terminal, volví a dormir en un bus nocturno hasta Popayán, la ciudad blanca.

¿Cuántos tintos podría tomar sin empezar a temblar? En cierto modo, aquel café con buen gusto no dejaba de ser más que un café americano. Entre una reflexión y otra pensaba en la vuelta. Si la planificación salía bien, volvería a finales de Junio, pero me daba vértigo pensar en ello. En frente tenía toda Centroamérica, México… muchos kilómetros. Volví a la realidad y me levanté. El local seguía sin más clientes y yo estaba muy a gusto en mi mesa de la esquina, junto a la puerta. “¿Me puede poner otro tinto, por favor?”. Esta vez no escuché un ‘a la orden’. Tan solo una inclinación de la cabeza de la camarera, que ya no tenía el teléfono en la mano.

Cartel Volcán Purace

Al salir del autobús en la terminal de Popayán me monté en un taxi y le dije que me llevara al hostal más barato. Cuando estoy con el móvil soy incapaz de no mirar hostales y, aunque no reservo, al menos tengo una información previa. Bueno, hoy día con Internet en cualquier lado también se puede obtener, pero ya que iba a estar unos días sin móvil (hasta que me comprara otro), volví a disfrutar de viajar como en épocas anteriores. Eran casi las siete de la mañana y desperté al personal del hostal y, para colmo, estaba lleno. Me indicó en un mapa otro hospedaje y me fui para allá. Efectivamente, comprobé que el centro histórico de Popayán tiene las paredes blancas, con farolillos junto a sus ventanas y las calles estaban muy bien cuidadas. El hostal era muy básico, pero lo regentaba una mujer mayor muy simpática que me invitó al primer café colombiano. Llevaba mucho tiempo en Suramérica y por fin bebía un buen café. Al llegar a primera hora, pude disfrutar de la ciudad, pero se me hizo demasiado pequeña. Con poca información al respecto, al día siguiente decidí irme a Purace. Un minúsculo pueblo cercano a un Parque Nacional con avistamientos de cóndores y un volcán. De nuevo, la dueña del hospedaje era una mujer mayor que me indicó que al ser domingo no iba a tener muchas posibilidades de unirme a algún grupo para reducir gastos, como le indiqué al principio, sino que lo tendría que hacer por mi cuenta; pero como mi presupuesto era reducido le dije que no importaba. “Me quedaré descansando en el pueblo”. La mujer lamentó que estuviera en su pueblo y no fuera a ver el parque, por lo que me propuso no pagarle el hospedaje y así ahorraba para hacer el tour con el guía. Aunque aún me parecía caro el recorrido, la oferta me hizo sentirme mal y acepté. Pero el plan cambió a las dos horas. Llegaron dos nuevos clientes, Iñaki, de Bilbao, y Richard, un alemán, que venían a recorrer el parque por su cuenta, así que me uní a ellos y casi llegamos a la cima del volcán, pero el frío y el viento pudo con nosotros.

Empezó a anochecer en Bogotá y decidí terminar de escribir por ese día. Sorbí el último trago de café hasta dejar los posos y fui a pagar.

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Os recuerdo que podéis ver más fotos en mi cuenta de Instagram o en mi canal de Facebook.

Sobre el autor Gustavo Prieto
Me apasiona escribir y viajar. No sé si en ese orden, pero es un buen cóctel que me motiva hoy en día. Estuve en Madrid un tiempo queriendo ser guionista de cine y lo que realmente me enganchó fueron los viajes. Escribí mucho y también hice mis pinitos en el mundo cinematográfico, pero como las ideas surgen de lo que uno vive, me fui a Manchester. Fue una gran experiencia que me curtió para emprender el viaje de mi vida. Ocho meses de mochilero de Europa a Asia. Solo hay una cosa que me motive, un nuevo reto y la próxima aventura es Sudamérica y la ruta Panamericana.

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