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#25 Colombia: Del eje cafetero a la costa caribeña
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Gustavo Prieto | 23-02-2017 | 01:05

Bosque de las palmeras, Salento, Colombia

“El patrón empezó por esta ruta”, me dijo mi compañero de butaca. “¿Pablo Escobar? ¿Solo hubo un patrón?”, pregunté con ingenuidad. “Patrones ha habido muchos, pero ‘el patrón’ es él”. Mientras llegaba a Medellín, recordé esta frase de un tipo con el crucé la frontera de Colombia. La ciudad de Pablo Escobar aún le recuerda y se pueden conseguir camisetas con su cara como las de ‘el Ché Guevara’. La ciudad es un valle similar a La paz. Montañas a cada lado y con un único eje central llano por donde transcurren las vías principales junto al metro, que es exterior, como una columna vertebral. Había quedado con Leo, mi amigo de Couchsurfing, en la biblioteca de su barrio. Un lugar auténtico y al que no se me hubiera ocurrido ir si no fuera por ésta invitación. “En la época del narco”, me explicaba Leo, “en mi barrio había toque de queda a las 8 de la tarde y no se podía salir”. Llegar a su casa fue duro, era cuesta arriba y mi mochila parecía que la estaban empujando al suelo porque me pesaba más de lo normal. “Las cosas han cambiado, pero el tráfico de drogas sigue vigente”, sentenció.

Tras dejar Popayán y el mal tiempo en Purace, estuve en Salento, un pueblo muy turístico en plena ruta cafetera. El lugar tiene múltiples opciones para disfrutar y la más importante era una ruta de cinco horas por el valle de Cocora con el bosque de las palmeras. Enormes y únicas en su especie. El camino pasa de un claro a un bosque frondoso junto al río. Un camino sencillo y entretenido con mucha gente transitándolo. La otra particularidad de Salento es visitar fincas cafeteras donde te explican el proceso del café y, por supuesto, termina bebiendo un café.

Plaza Botero, Medellín, Colombia

En Medellín, mi amigo tuvo tiempo libre y me pudo llevar a recorrer las zonas más turísticas de la ciudad (y otras no tanto). He de reconocer que la ciudad me sorprendió gratamente y descubrí su responsabilidad ecológica con múltiples parques, incluido el jardín botánico, y una cultura arraigada por cuidar el medio ambiente. Después de fotografiar a múltiples especies de mariposas, seguimos el paseo por las universidades donde Leo me indicó en qué lugar podía  beber un buen jugo de frutas, barato y riquísimo. “A partir de aquí, todo es más caro”, me dijo mientras disfrutaba de mi jugo de maracuya con leche. Efectivamente, entrábamos en el casco viejo y el bullicio incrementó notablemente. Las calles eran estrechas, llenas de comercios, gente por doquier, buscavidas de todo tipo, quienes arrastraban un carro lleno de bebidas o quien vendía jugos, como vaticinó Leo, más caros. La jungla de cualquier ciudad latinoamericana. Pasamos por una calle de bares uno junto a otro, lleno de gente mayor, todos hombres, charlando, tomando un café. Apacibles. Leo me indicó que aquellos inocentes ancianos estaban comerciando, bien tierras o droga. Me lo dijo como quien señala la catedral de la ciudad. Atravesamos varios mercadillos callejeros y llegamos a la plaza donde Botero tiene una muestra de esculturas de su última etapa artística, es decir, la más famosa. Personajes gordos con ojos diminutos (una vaga definición en realidad de un artista del que pude indagar más en Bogotá). Después de comer, subimos a un pequeño cerro desde donde se avistaba la ciudad y se puede contemplar la cantidad de gente que se mueve en Medellín. El recorrido lo terminamos en el teleférico para observar el barrio donde se crió Leo. Una masa de casas apiladas en escalones destacando el ladrillo en su exterior. Parece ser que rematar la fachada y pintarla supone un pago extra de impuestos (!) Curiosidades a parte, Medellín fue una ciudad muy interesante.

Antes de ir hacia la capital, me acerqué a la localidad de Guatapé entusiasmado por las fotos que destacan el efecto colateral de haber creado una presa hidráulica. Un montón de islotes que, para desgracia mía, solo se observan desde lo alto del Peñón. Y digo desgracia porque el precio por subir los más de seiscientos escalones se salía de mi presupuesto, así que decidí dar una vuelta por el pueblo que se ha convertido en una atracción y no solo para extranjeros. Las múltiples actividades que hay alrededor del lago acoge los fines de semana a miles de medillenses.

Plaza de Bolívar, Bogotá, Colombia.

Bogotá, como cualquier capital latinoamericana, no tiene buena fama ni fuera ni dentro del país. Recuerdo lo mal que me hablaron de Buenos Aires, La Paz, Lima… así una y otra vez cuando contaba mi idea de ir a la capital del país. Pero Bogotá iba más allá y si no hubiera sido porque tenía interés en sus museos quizás la hubiera obviado. Cada vez me gustan menos las ciudades grandes y por eso descarté Cali, pero por Bogotá tenía que pasar. En concreto, por su aeropuerto, ya que mi siguiente destino era Panamá. Un país al que sólo se puede llegar por aire o por mar y, aunque contemplé la primera opción todo el rato, en el último momento decidí pasar a Panamá por mar; y ya de paso visitar Cartagena de Indias, aprovechando los vuelos de bajo coste de la compañía Viva Colombia, que salían al mismo precio que el bus, pero que te ahorraba más de quince horas de trayecto. Mientras llegaba el día del vuelo, disfruté de los museos de Bogotá, que era lo único que me interesó de una masificada ciudad en la que ir en su famosa línea de autobuses locales, el transmilenio, es como entrar en una lata de sardinas, a empujones y con las dudas de ser robado en cualquier momento (de hecho, me rajaron la mochila un poco, no lo suficiente, aún llevándola delante entre mis brazos). En cambio entrar en sus museos es estar en una burbuja a años luz de la locura de fuera. Como indiqué anteriormente, en el museo de Botero descubrí al artista desde sus inicios, gracias a la guía del museo que, al no unirse nadie más, me hizo un recorrido a mi gusto explicándome los primeros trabajos en los que Picasso fue su primera y más destacada influencia. Tanto fue así que Botero estuvo viviendo en España durante un tiempo.

El otro museo fue el más conocido de la ciudad: el museo del oro. De nuevo, me uní a la guía que ofrece el propio centro gratuitamente y recorrimos el extenso tesoro que alberga en sus cuatro plantas. Sin duda, estuve entretenido esos días en la capital, aunque volví a descartar una visita que tenía pensado hacer, la catedral de sal de Zipaquirá ¿Adivináis por qué?

Viva Colombia es una compañía nueva de bajo coste que, como es la que menos paga, cuando se retrasan los vuelos o surge algún problema, ellos son los últimos en salir, así que mi vuelo se retrasó como vaticinó una pareja con la que compartí taxi hasta el centro. Llegué de noche y discutí con el taxista por cobrarme de más, para variar. La primera impresión fue turbia. Las calles desangeladas, poco iluminadas, sucias y con todos los locales cerrados con rejas metálicas. Los precios eran abusivos, el doble que en el resto del país. De día tampoco me sorprendió ni me dejé impresionar por la mayoría de halagos que recibe esta ciudad. De hecho, recuerdo que un amigo me dijo que no me iba a gustar. “No es una ciudad para ti”. Efectivamente, no lo era. El turismo masificado, los restaurantes, hoteles, tiendas de todo tipo… ellos son los que tienen el casco viejo conservado con múltiples colores, balcones y flores colgando en cada esquina, pero al salirse de allí, inunda la decadencia, la basura y la suciedad. El caos del tráfico atraviesa sus calles principales y te libras de esa vorágine si entras en la parte maquillada para el turismo. No puedo obviar la historia de la ciudad, que es lo más interesante del lugar. Si os interesa, echad un vistazo a la anécdota del capitán español Blas de Lezo. Su estatua es ignorada por la mayoría de gente que va directa al inmenso mamotreto que es el castillo.

Cartagena de Indias, Colombia.

Dejé Cartagena y empezó mi periplo hacia la frontera. Las indicaciones que tenía eran de las guías de hace unos años, aunque como esperaba, las horas y precios eran diferentes. Cruzar la frontera por mar me iba a salir más caro que por avión, pero la aventura merecía la pena. Llegué a Turbo de noche después de varios autobuses y anécdotas (a un chico le bajaron su maleta en otro lado y tuvieron que ir a buscarla mientras al resto nos pagaron un taxi hasta nuestro destino). Pasé una noche en un antro y a la mañana siguiente fui a por el bote que me llevaba a Capurganá, pero debido al clima se canceló y tuve que buscar otro hostal. Encontré uno cerca del puerto donde me hice amigo del dueño enseguida. Se llamaba John, pero era colombiano. Como teníamos poco que hacer, charlamos largo y tendido en su terraza observando el panorama de la plaza que al anochecer se llenaba de emprendedores vendiendo jugos, comida, portando mercancía en moto o en carros. La vida en las calles de Turbo era frenética, mientras John me contaba cuando tuvo que huir del pueblo por las amenazas del narco.

Salí al día siguiente hasta Capurganá y, como tenía previsto, pasé una noche allí. Muy temprano tenía que coger un bote hasta Puerto Obaldía, Panamá, pero necesitaban un mínimo de cuatro personas para que saliese, por suerte conocí a Eva y Paula, dos argentinas que iban a pasar la frontera por mar como yo. El cuarto era Trevor, un canadiense que sufrió su peor pesadilla para transportar su moto, aunque la pesadilla también la vivimos nosotros en la frontera.

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Os recuerdo que podéis ver más fotos en mi cuenta de Instagram o en mi canal de Facebook.

Sobre el autor Gustavo Prieto
Me apasiona escribir y viajar. No sé si en ese orden, pero es un buen cóctel que me motiva hoy en día. Estuve en Madrid un tiempo queriendo ser guionista de cine y lo que realmente me enganchó fueron los viajes. Escribí mucho y también hice mis pinitos en el mundo cinematográfico, pero como las ideas surgen de lo que uno vive, me fui a Manchester. Fue una gran experiencia que me curtió para emprender el viaje de mi vida. Ocho meses de mochilero de Europa a Asia. Solo hay una cosa que me motive, un nuevo reto y la próxima aventura es Sudamérica y la ruta Panamericana.

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