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#27 Costa Rica. Tendré que volver.
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Gustavo Prieto | 09-03-2017 | 20:43

Foto de pose en Puerto viejo, Costa Rica

Me encuentro en la tesitura de recordar (esta vez con café nicaragüense en mano) uno de los primeros países que dejo atrás sin haber visto mucho. De hecho, si hubiera decidido gastar los ahorros en ver los tres parques interesantes de Costa Rica, mi viaje habría terminado antes, así que no esperéis mucha ”Pura vida” en este cuaderno de bitácora, sino un ligero vistazo.

El cambio entre Sudamérica y Centroamérica es considerable. Apenas hay una selva entre Colombia y Panamá, pero parece que están mucho más lejos. Para empezar, en estos países hay que pagar por entrar en su territorio (¡o por salir! Llama la atención que, como despedida, te cobren). Es una especie de visado, pero sin serlo. Los precios de Panamá y Costa Rica son muy elevados y la cultura estadounidense inunda sus calles. ¿Dónde está el alma de éstos países? Parece que los dólares se la comieron. Es una pena que me pillaran a mitad de camino, sobre todo por Costa Rica. El país del logo “Pura vida” está repleto de naturaleza, pero como me dijo un amigo costarricense: “hasta yo soy un gringo aquí”. Para colmo, Costa Rica, que tiene las cervezas del supermercado a más de un euro, no tiene buenas conexiones entre sus ciudades más turísticas y los autobuses dejan mucho que desear.

Llegué a Puerto Viejo por la tarde, debido a que tuve que esperar en la frontera más de una hora a que el autobús se llenara. El paisaje del recorrido era verde: selva y bosque por doquier. En éste pueblo caribeño, famoso por sus costas, me instalé en un hostal con mi tienda de campaña. Hacía mucho que no la volvía a abrir y agradecí poder ahorrar algo de dinero y sentirme un poco libre de las habitaciones compartidas. El lugar era enorme, quizás demasiado para las escasas instalaciones que tenía, pero el ambiente era bueno. El mismo hospedaje tenía acceso al mar, aunque había muchas piedras en la playa. De nuevo, me encontraba en un lugar similar a Bocas del Toro. Un pueblo artificial, lleno de restaurantes y tiendas turísticas. Como entrada a Costa Rica no fue mala la decisión, pero en mi pereza mental y anímica, descarté el parque Nacional de Cahuita, cercano a Puerto Viejo. Por lo visto merecía la pena, como más tarde me contaron mis amigos Gustavo y Alexandra, una pareja con la que coincidí en Bolivia y con los que me reencontré aquí. Cenamos juntos y nos pusimos al día de nuestros respectivos viajes. Ellos habían recorrido bastante, incluso habían viajado a Nicaragua para ahorrar algo ante los precios abusivos de este país.

Volcán Poás, Alajuela, Costa Rica

Tras echar un vistazo al mapa, decidí atravesarlo en diagonal, descartando el sur por ser lo más caro y la costa pacífica por ser playa y surferos; y aprovechando que el centro tenía varios volcanes para visitar. El primero era el Poás, cerca de San José, la capital; y para allá me fui en un autobús pequeño durante casi cuatro horas. Con tan solo una parada al principio y una carretera sinuosa, el trayecto se hizo largo.Y yo preguntándome dónde coño estaba esa pura vida… ¿por qué tienen transportes tan malos siendo un país caro? Durante el trayecto, descarté la capital porque no me atraía nada, así que cuando llegué a la terminal pregunté por el autobús a Alajuela, un pueblo más cercano al volcán Poás. “No sé, pregunte al señor del baño”, me contestó una mujer que vendía boletos. Efectivamente, el señor que estaba sentado en una silla todo el día y cobrando menos de cincuenta céntimos por usar el urinario, conocía mejor la ciudad. Llegué justo a tiempo para coger el transporte que me llevó al pueblo. Comí algo en el mercado, jugo incluido, y me instalé en un hostal.

El Volcán Poás es un destino sencillo porque no hay que hacer ningún esfuerzo. El autobús local nos dejó en el parking, tras pagar quince dólares, tuve que andar durante veinte minutos por un pequeño sendero asfaltado hasta el cráter de este volcán. Un parque temático con baños, cafetería y tienda de regalos. Me hizo ilusión porque era el primer volcán que veía activo o casi. Un pequeño lago inunda la superficie y se ven fumarolas que expulsan azufre, por eso aconsejan no estar más de veinte minutos allí. Dentro del parque hay otro cráter con una laguna formada y rodeada por maleza y bosque. En el camino hay ardillas que te persiguen pidiendo algo para comer.

 

Volcán Arenal, La Fortuna, Costa Rica

Visto y no visto me ponía rumbo de nuevo, en uno de esos buses locales pequeños e incómodos, a La Fortuna. Un viaje de cuatro horas con paradas en todos los pueblos por los que pasamos. El calor apretaba y las ventanas no fueron suficientes para ventilar el interior. Una de esas paradas fue en una estación de autobuses y salí corriendo. ¿Me da tiempo para el baño?. Cinco minutos. Dios, ¿es que la gente aquí no mea? Si mi vejiga pudiera salir a pasear, daría un par de hostias a muchos conductores de medio mundo. Llegamos a La Fortuna, un pueblo pequeño a las faldas del volcán Arenas. Otro más, pero éste no se puede ascender, aún así hay tours a pie, a caballo, termas, tirolinas… en fin, todo tipo de actividades para no aburrirse y sacar el dinero al turista. ¿Hay algo gratis en éste pueblo? Gracias a la información de mis amigos visité unas termas naturales donde tuve la compañía de fauna local buscando comida; y otro río donde poder bañarse sin tener que asustar a la cartera.

Descansé unos días, pero estaba incómodo por no poder visitar más sitios. Hablé con mi amigo Tico para quedar, pero por motivos de trabajo no pudimos vernos, así que cancelé la visita y me puse rumbo a Liberia, una ciudad en plena ruta Panamericana cerca de la frontera nicaragüense. Me alojé en un hostal al lado de la terminal, donde también había un supermercado y sitios para comer. No tuve que moverme mucho. En el hostal coincidí con una pareja de españoles: él surfero, ella bailarina. Llevaban varios meses entre el sur de Nicaragua, Costa Rica y Bocas del Toro, Panamá. Una diagonal perfecta para surfistas, como me explicaron. Yo por mi parte, me interesé en ir a un parque cercano, por llevarme algo más de Costa Rica, pero no había transporte local. Un parque Nacional que cobra quince dólares por entrar y que no tiene cómo llegar. La única opción es pagar un taxi privado que cobra veinte dólares. Si decidía gastar esa burrada de dinero, tenía que sumar el del hostal, así que decidí irme del país al día siguiente.

 

Tanto ahorrar y ahorrar para llegar a la frontera y que me cobraran ocho dólares por salir de Costa Rica y doce por entrar en Nicaragua… Por suerte, este último país tiene una vida más asequible.

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Sobre el autor Gustavo Prieto
Me apasiona escribir y viajar. No sé si en ese orden, pero es un buen cóctel que me motiva hoy en día. Estuve en Madrid un tiempo queriendo ser guionista de cine y lo que realmente me enganchó fueron los viajes. Escribí mucho y también hice mis pinitos en el mundo cinematográfico, pero como las ideas surgen de lo que uno vive, me fui a Manchester. Fue una gran experiencia que me curtió para emprender el viaje de mi vida. Ocho meses de mochilero de Europa a Asia. Solo hay una cosa que me motive, un nuevo reto y la próxima aventura es Sudamérica y la ruta Panamericana.

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