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Fecha: abril, 2017
#31 Guatemala: Mucho que ver. Mucho que hacer.
Gustavo Prieto 28-04-2017 | 5:30 | 0

Lago Atitlán con San Pedro de fondo. Guatemala.

El autobús me dejó en la frontera, un lugar similar en cualquier parte del mundo, donde sueles encontrar una larga fila de camiones esperando en la carretera. Tras salir de las oficinas de inmigración de El Salvador, crucé un puente y encontré una larga cuesta con puestos de ropa a cada lado, camino de las oficinas de Guatemala. Cuando llegué, no había gente esperando, por lo que nada más entrar me atendió una mujer que, echando un vistazo rápido a mi foto, me selló el pasaporte y me lo devolvió. ¿Ya? Ni el McDonald’s tarda tan poco, pensé. Sorprendido me dirigí a la salida donde encontré un ‘school bus’ de esos que tanto me gustan, que iba para Guatemala ciudad. Mi destino no era la capital sino… ¿Antigua o el lago Atitlán? La verdad es que no lo supe hasta que me bajé del bus.

Al final me decanté por ir al lago, ya que tenía que volver a Antigua para continuar mi ruta más tarde y, aunque en ese momento iba a ser un trayecto más largo, prefería hacerlo del tirón. En realidad, tampoco era mucho, si hubiera cogido el bus directo en vez de uno que me dejaba ‘camino de’ para tomar otro… Esto es lo que te venden los ayudantes de los buses para que compres su boleto. Les da igual mentir con tal de tener un pasajero más y, a pesar de que me repito a mí mismo como un mantra ‘no hagas caso a esos hijos de mala madre’, hay veces que caigo en su trampa. Cuando llegué al lago Atitlán había tomado siete buses en total y, como me dirigía a San Pedro, tuve que coger un bote para redondear la jornada. Llegué de noche y, como no tenía referencia alguna de hostales, uno de esos tipos que esperan a mochileros de provincias en el muelle, me llevó a uno que ofrecía las tres bes (bueno, bonito y barato). San Pedro me conquistó enseguida, más que nada porque era muy pequeño, tenía mercado y, aunque la cocina de mi hostal era absurdamente pequeña y con pocos utensilios, encontré una cafetera italiana, por lo que pude desayunar frente al lago cada mañana y degustar el café nicaragüense que llevaba como oro en paño en mi mochila. Durante mi estancia en San Pedro la niebla cubria todo el valle y no pude observar el volcán que teníamos al lado, pero disfruté de perderme por sus callejuelas repletas de mensajes religiosos en las paredes como “Jesús es tu camino”, y observar el inmenso lago desde otro punto de vista.

Antigua, Guatemala.

Pero si la llegada al lago fue memorable, la salida la superó con creces. Había tres opciones y tomé la más barata, como siempre, pero ésta vez salió mal; así que también fue un largo viaje hasta Antigua. Una ciudad que conocí por primera vez por una canción ​de Bunbury y que me pareció maravillosa. Me entretuve caminando por sus calles empedradas y descubriendo iglesias y edificios en ruinas. Además el ambiente era festivo. Celebraban la Semana Santa y todo estaba abarrotado de gente y de puestos callejeros que vendían comida, dulces, globos, jugos… De casualidad encontré un hostal en el que me permitieron acampar en el jardín, así que instalé mi tienda junto a otras dos donde dormían unos argentinos. El sitio era tranquilo, había poca gente, tenía cocina y estaba al lado del centro. Bueno, en realidad, todo estaba cerca porque Antigua es una ciudad pequeña y, cuando estuve, celebraban la Semana Santa ¡tres semanas antes del Jueves Santo!, Por lo que las calles estaban abarrotadas. Hay mucha pasión religiosa, tanta que, incluso, unos salvadoreños (también de provincias) que estaban alojados en el mismo hostal, iban de vacaciones todos los años a ver la Semana Santa de Antigua. Una de las mejores de Guatemala, según ellos.

Livingston, Guatemala.

Dejé esta encantadora ciudad, esta vez sí, en una de esas furgonetas turísticas que, más o menos, te llevan directo a tu destino. Y digo más o menos porque, en realidad, me dejaron en una terminal de la capital donde tomé otro bus, esta vez grande (¡y con baño!) hacia Río Dulce. El viaje fue largo pero cómodo. Llegamos ya de noche y yo, para variar, no tenía ninguna reserva y tampoco tenía referencia de ningún hostal; pero gracias a una mochilera irlandesa, que viajaba en el mismo bus, acabé en uno cerca del río. Al día siguiente cogimos el bote dirección Livingston, el único pueblo de Guatemala en el Caribe y al que solo se accede por el río. El paisaje de Río Dulce estaba repleto de bosques frondosos, muchas aves posadas en ramas a las orillas y hostales con su propio embarcadero. Livingston en cambio es similar a toda la zona caribeña que he visitado en Colombia, Panamá y Costa Rica, aunque aquí la mezcla de razas es muy pronunciada. También la cultura rastafari y la marihuana están en cada esquina. “Where are you from?”, me preguntó uno mientras paseaba. “De España”, le dije. Su rostro de simpático cambió. “Seguís siendo unos piratas”, me soltó sin tapujos. La explicación era muy vaga como para tomar en serio al loco ése.Por su expresión, estaba claro que no quería darme la bienvenida. Pasé dos días tranquilamente paseando de arriba a abajo por las tres calles que tiene la localidad, e hice amistad con un barcelonés con el que descubrí que teníamos una visión similar de diferentes aspectos de la vida.

Semuc Champey, Guatemala.

Mi viaje continuó hacia Lanquin, una pequeña localidad en el centro de Guatemala. El trayecto duró seis largas horas por una desastrosa carretera de tierra llena de baches y unos precipicios de postal, pero no aptos para pasarlos cerca con un coche. La intención de llegar a Lanquin  era visitar Semuc Champey, un entorno natural con manantiales y una increíble formación con la que la naturaleza de vez en cuando nos sorprende, ya que por debajo de esos manantiales ¡pasa un río! Nada más llegar a Lanquin, un grupo de muchachos me atosigó preguntando dónde iba. Les dije el nombre del hostal al que tenía pensado ir y me llevaron en una camioneta. Más que un hostal era un lodge con cabañas, restaurante y bar. El precio era asequible en habitación compartida, por lo que me quedé un par de noches para ver Semuc Champey y, como no había mucho más que hacer, me fui después a Flores en una mini furgoneta, en un viaje que duró ocho horas.

El vehículo era viejo y pequeño, pero el conductor se portó muy bien parando cada poco tiempo. Esto no fue ápice para desear llegar cuanto antes al destino. Ya en Flores y en plena Semana Santa me costó encontrar algo económico. Por suerte me uní a un par de guatemaltecos, y la primera noche estuvimos juntos en una calurosa y ruidosa habitación. Flores es una pequeña isla que pude recorrer varias veces en un día, incluso con tiempo para tomar una cerveza mientras veía a unos chavales jugar un partidazo de baloncesto callejero que ni la enebea, oiga. Tras el largo viaje, decidí no hacer nada al día siguiente y busqué con calma la mejor manera de ir a Tikal y decidir mi siguiente destino en Belice.

Tikal, Guatemala.

El complejo arqueológico de Tikal está a una hora de Flores y, como quería evitar las horas de mayor calor, me levanté a las cuatro de la mañana para entrar de los primeros y fue un acierto. Sabía que no iba a coger un guía, por lo que busqué una aplicación para el móvil de Tikal y encontré una audioguía (en inglés) muy buena y completa. Nada más entrar, el camino estaba tan solitario que me estremeció ver la jungla tan cerca. Estaba amaneciendo y los monos araña chillaban como locos mientras me dirigía a la gran plaza y esto, a un mochilero de provincias le acongoja. La gran plaza es el centro neurálgico de Tikal y, sin gente alrededor, saboreé cada rincón de aquellas pirámides y los restos que quedaban de algunos de los palacios. Es impresionante ver de cerca uno de esos monumentos que tantas veces había visto en fotos. Las distancias eran cortas entre edificios y me moví con tranquilidad. Muchos de ellos están aún en restauración, y algunos tienen unas escaleras de madera para disfrutar las vistas desde lo alto y ver la enorme jungla que envuelve aquella ciudad maya. El paseo fue muy agradable, en plena selva y con las ruinas de esta civilización que empezaba a conocer. Mientras me dirigía a la salida me topé con un guía que llevaba a más de treinta personas que no hacían ni puñetero caso a sus explicaciones. Pobre, pensé.

De Belice contaré poco en el próximo artículo porque fue una visita fugaz, no obstante fue impresionante hacer snorkel en uno de los corales más grandes del mundo.

 

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#30 El Salvador merece la pena.
Gustavo Prieto 24-04-2017 | 4:22 | 0

Suchitoto, El Salvador

Le vi comer un par de pupusas pequeñas, un plato barato comparado con el mío, que costaba el doble. Aún así tan solo me gasté un dólar. Sus pelos canosos y despeinados apenas le cubrían la calva. Su mirada perdida, seria, y sus movimientos enérgicos al comer, captaron mi atención sobre el resto de comensales; y pensé que quizás tuviera algo interesante que contar. No sé, intuición. Al día siguiente volvimos a encontrarnos, pero las mesas de la terraza estaban llenas, excepto la mía, donde sobraba sitio. Miró a varios lados y finalmente me pidió permiso para sentarse. No tardamos en entablar conversación. ‘’El gobierno me dice que no llego a la pensión porque no coticé lo suficiente’’, se quejaba mientras degustábamos, de nuevo, unas pupusas. ‘’Mis hijos me ayudaban desde Estados Unidos, pero la cosa está mal también para ellos’’. No faltaron los improperios hacia la corrupción de los políticos y pronto la conversación desembocó en la violencia del país y las maras, las pandillas que han provocado que El Salvador sea uno de los países con más homicidios en el mundo. ‘’Defienden el territorio, dicen…’’. Jorge cambió de tono al hablar de las maras y miraba de vez en cuando de reojo para observar el entorno. Incluso en ese pequeño pueblo donde estábamos, Suchitoto, había miembros de las maras; pero me aseguró, como otros tantos, que por suerte los han reducido y todo el centro es seguro.

No había que andar mucho para ver el centro del pueblo y comprobar que era una localidad agradable y tranquila. Fue un acierto empezar aquí mi andadura por este nuevo país. La frontera fue un trámite rápido e, incluso, ¡ni me pusieron sello! Tras recorrer la típica hilera de comerciantes y restaurantes, llegué a la terminal y me reencontré con los ‘school buses’. Los enormes vehículos con asientos incómodos y pequeños que tienen estos países de Centroamérica. Tuve que cambiar de bus en otro pueblo, ya que el que tomé desde la frontera iba directo a la capital, y llegué a Suchitoto a mediodía. Comprobé que las distancias en este país eran cortas y los precios irrisorios. Nada más bajar del bus me metí por una calle y un tipo me gritó a lo lejos: ‘’¡Bahía Blanca!’’. Era el hostal al que me dirigía. El hombre estaba a dos metros de la puerta bebiendo vodka con unos amigos y al entrar conmigo en el hostal el dueño le dió un dólar. ¡Cómo si hubiera hecho el trabajo de conseguirme el hospedaje! El hostal, además de barato, fue cómodo y me quedé un par de noches. No hice otra cosa que dar vueltas por el pueblo, visitar el lago que tienen al lado, uno de los más grandes del país; y comer pupusas. ¡Qué buenas estaban! Ésta es la comida típica. Son tortillas, como las mexicanas, rellenas de lo que quieras, pero en general las cocinaban con puré de frijoles y queso.

San Salvador, El Salvador

Desde Suchitoto fui a la capital en otro bus de esos baratos pero incómodos. No voy a negar que estuve inquieto durante varios días antes de ir a San Salvador, por el tema de la seguridad; pero tuve un anfitrión de Couchsurfing que me animó un poco. Llegué pronto y seguí las indicaciones de mi nuevo amigo, Rafael. Aún así, pregunté a algún pasajero que me ayudó a encontrar la parada donde tenía que tomar el bus urbano. ‘’Es fácil moverse por San Salvador’’, me dijo más tarde Rafael, ‘’muchos buses pasan por metrocentro’’. Cuando pasé por allí, comprobé que el metrocentro era un centro comercial gigante. Había mucha gente y también mucha seguridad privada portando metralletas o ‘recortadas’, fuese una farmacia o un restaurante de comida rápida. La inseguridad ciudadana no era un mal negocio para algunos.

La capital, como todas las de Centroamérica, no tenía nada reseñable; pero siempre hay algún museo interesante y, en este caso, encontré uno pequeño sobre la matanza de los indígenas en el 32. De hecho, este acontecimiento es recordado por muchos porque fue tal la aniquilación que apenas quedan descendientes. También había información sobre la guerra civil que duró alrededor de doce años. El museo era pequeño, pero bien aprovechado.

Volcán de Santa Ana, El Salvador

En San Salvador hay un volcán que no merece detallar porque era sólo un cráter que se veía desde un parque bien preparado, lleno de puestos de comida y de regalos; en cambio el que sí me impactó fue el de Santa Ana. La ciudad es como un gran pueblo con casas bajas, una imponente Iglesia y mercados callejeros alrededor de la terminal, enredándose como una madeja de gente y buses. Una locura que transcurre por varias calles. El resto de la localidad es más tranquila y es el punto de enlace para ir al volcán.

En un bus local llegamos varios turistas hasta la entrada, donde había más gente preparándose para empezar, pero la ruta no se puede hacer por tu cuenta, sino que hay que ir acompañado por un policía del parque Nacional. Dicen que por seguridad, pero la situación fue bastante ridícula porque el tipo empezó a andar y solo unos pocos pudimos seguir su ritmo, así que el resto del grupo podía perderse (o ser asaltado por un loco) que no se iba a enterar. Llegamos hasta el enorme cráter tras casi dos horas por un camino fácil, excepto los últimos metros, en que la subida se hizo más empinada. Un precipicio que termina en un lago que, como ya he visto en otras ocasiones, expulsa grandes cantidades de azufre. La parte más interesante de la cima de dicho volcán fue que, al darme la vuelta, tenía al otro lado el lago Coatepeque y otro volcán más. Impresionante.

Mural en Concepción de Ataco, El Salvador

Camino de Guatemala me esperaba la Ruta de las Flores, unos cuantos pueblos unidos por una carretera inundada de flores a ambos lados. Nada especial, pero fui a Juayua, una pequeña localidad con unas cascadas cercanas y donde, según indicaban en el hostal, hubieron tres asaltos en el último mes, así que necesitabas a un guía y a la policía. Por poco me lo pierdo porque el día que llegué el hostal estaba vacío y hacer la ruta sólo salía más caro, pero a la mañana siguiente, a punto de irme, un chaval me dijo que iba a ir a las cascadas con otro, así que aproveché y me fui con ellos y el guía, sin policía. Llegamos allí tras media hora y nos bañamos en las piscinas naturales que tenían bien preparadas. De hecho, estaban construyendo unos garitos cerca para vender comida, supuse. Concepción de Ataco es otro pueblo en la ruta a la frontera con mucho más encanto y lleno de grandes pinturas en los muros de sus calles. Con llamativos colores, sus murales destacan rincones de la localidad o simplemente muestran la vida rural de la zona. Muy bonito el ambiente y sus calles empedradas, esas no aptas para ir en sandalias.

Y llegué por fin a Guatemala, un país que esperaba con muchas ganas y que no me defraudaría.

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#29 Honduras no es país para mochileros
Gustavo Prieto 05-04-2017 | 7:52 | 0

Comayagua, Honduras

“Honduras no es país para mochileros”, pensé cuando llegué a Comayagua. No encontramos albergues por internet y cuando llegamos, preguntamos en uno que pedía cincuenta dólares por noche. Eran las seis de la tarde, ya había oscurecido, y había poca gente por la calle. Por suerte, el siguiente hostal nos salió por seis dólares a cada uno, compartiendo habitación. El hospedaje parecía un motel de carretera sacado de una película yanki. Las habitaciones daban directamente a la calle donde estaba el parking. Después dimos con un restaurante mexicano para cenar, el único que había abierto a esas horas. Descubrimos que Honduras era un poco más caro que Nicaragua, pero seguía teniendo precios asequibles, sobre todo en la comida, es decir, tenía precios para mochileros.

Comayagua es conocida como una de las más destacadas ciudades coloniales de Honduras, pero todo se reduce a un par de edificios y una iglesia con fachada blanca e interiores clásicos. No hay grandes avenidas sino calles estrechas, casas bajas y poca población, por lo que era imposible pasar desapercibidos. En el mercado una dependienta nos gritó “¿qué quieren los gringos?”. Cuando le pedí que no me llamara gringo porque sonaba despectivo, me contestó que eso es lo que era…(!) Lo cierto es que, aunque en Sudamérica ya me habían llamado gringo, en Honduras, el uso de ese apelativo se multiplicó por cien. No hubo día en que no me señalasen o se dirigieran a mí con tal mote. Comayaguas resumía un poco lo que íbamos a ver en una parte de éste país. La vestimenta de muchos hombres era sombrero de paja, cinturón con enorme chapa y botas de piel con una larga punta. No compartía el gusto por esta vestimenta, pero sí por la gastronomía mexicana que había en cada esquina. En Honduras preparan fajitas y las llaman ‘baleadas’. Baratas y nutritivas. Paseando por el centro encontramos una librería. Shila llevaba buscando una desde Nicaragua, así que se metió en esta a buscar algo para leer y, aunque no había​ muchos libros, la dependienta estaba orgullosa de tener la única librería de la ciudad. “Se ha perdido el hábito de leer en Centroamérica”, nos comentó, “tengo que traer los libros de México”.

 

Camino al lago de Yojoa, después de mucho tiempo, nos llovió y tuve que desempolvar el pantalón largo. Agradecí dormir con manta. Cerca del lago encontramos un pueblo minúsculo donde nos hospedamos en el hostal gringo por excelencia: buen servicio, restaurante caro, impuestos de turismo…, pero gracias a que, de nuevo, compartimos habitación, nos salió bien. No había más opciones de alojamiento en esta localidad, pero por suerte, sí había más opciones que los tours que ofrecían ellos. Como por ejemplo, el alquiler de un kayak en el lago… ellos lo vendían a diez dólares y en el pueblo a cinco. No cogimos el kayak, pero sí una barca para hacer un poco el ridículo. Estábamos los tres en la barca un poco apretados y los remos de madera apenas se sujetaban con una cuerda, por lo que no eran fijos y esto complicaba la tarea de remar. Son excusas, lo sé. ¿Qué se puede esperar de un mochilero de provincias? Desde el embarcadero tardamos bastante en llegar al lago, en cambio la vuelta fue mejor. Ya habíamos practicado y terminamos con la espalda ejercitada. ¡Qué sudores!

Tenía la idea de haber hecho el curso de Padi en Honduras pero, tras revisar los precios, ya había dejado de ser el sitio más económico del mundo. Las islas caribeñas son el destino más atractivo del país y los precios se han puesto por las nubes; por  lo que una vez descartado ese mágico lugar (reservado para otra ocasión), llegamos a la nueva terminal de autobuses de San Pedro de Sula. El edificio es grande con un montón de locales y restaurantes y allí cogimos el bus hacia las ruinas de Copán. Nos mintieron los del autobús y también hubo parte de confusión, ya que nos dijeron que llegaban hasta ‘la entrada’. “Pues bien”, pensamos, en la entrada del pueblo está bien. Pero resulta que ‘La Entrada’ es el nombre de otro pueblo, por lo que llegamos a esa localidad y allí tuvimos que coger otro bus.

 

Ruinas de Copán, Honduras

Cuando llegamos a las ruinas de Copán, que es el nombre del pueblo, estaban de fiestas, aunque por poco no lo celebran porque hubo un corte de luz que duró varias horas. Las ruinas en sí son el segundo destino turístico de Honduras, por lo que casi hay más gringos que locales. Como el recinto arqueológico está a poco más de un kilómetro del pueblo, salimos andando para allá con sumo cuidado, ya que era una bajada empedrada y el aspecto bucólico que da tener un suelo lleno de pedruscos es inversamente proporcional a la posibilidad de caminar por allí sin torcerse el tobillo. Nada más salir del pueblo una pareja que conducía una pick-up nos invitó a ir con ellos y nos dejaron en el parking. Tras pagar la entrada a precio de extranjero, nos separamos para ver las diferentes partes del lugar. No es muy grande, pero gracias a la colaboración (y dinero) del gobierno japonés está muy cuidado. También tienen un área de conservación de aves autóctonas como el loro (o algo parecido que tiene muchos colores y cara de loro). Después de un par de horas dando vueltas por allí, salimos de esa parte y nos dirigimos a otro complejo más lejos donde estaban las sepulturas. Como no había indicaciones, nos fuimos por otro camino y llegamos a la parte de atrás, donde no había puerta, así que teníamos dos opciones: dar la vuelta civilizadamente o saltar la valla. Saltamos sin muchos apuros y vimos más ruinas.

 

Gracias, Honduras

Luca y Shila decidieron descartar El Salvador y se fueron a Guatemala. Terminaron así tres semanas de viaje juntos. Con un poco de pena, me vi de nuevo viajando solo camino de un nuevo país. Antes de cruzar la frontera, paré en Gracias. El pueblo es conocido por su fortaleza y por tener cerca la cima más alta del país. Al llegar, busqué el hostal más económico y me metí en un antro donde las telarañas tenían más derechos comunitarios que yo. En la plaza del pueblo vi por primera vez una oficina de turismo y descubrí unas cuantas rutas alrededor de la montaña, pero descarté quedarme más tiempo porque quería ir hacia El Salvador.

 

La parte positiva de viajar en buses locales por estos países es que son baratos y, cuando te bajas de uno, ya hay otros que están preguntando dónde vas. Si no es su bus, te indican donde coger el tuyo. Por suerte en Honduras no me pedían más por ser gringo. No quedé cautivado por el recorrido que hice en este país, pero sí quedé prendado de sus burritos llamados ‘baleadas’. ¡Sin saber que en El Salvador me esperaban ‘las pupusas’!

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Sobre el autor Gustavo Prieto
Me apasiona escribir y viajar. No sé si en ese orden, pero es un buen cóctel que me motiva hoy en día. Estuve en Madrid un tiempo queriendo ser guionista de cine y lo que realmente me enganchó fueron los viajes. Escribí mucho y también hice mis pinitos en el mundo cinematográfico, pero como las ideas surgen de lo que uno vive, me fui a Manchester. Fue una gran experiencia que me curtió para emprender el viaje de mi vida. Ocho meses de mochilero de Europa a Asia. Solo hay una cosa que me motive, un nuevo reto y la próxima aventura es Sudamérica y la ruta Panamericana.

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#01 Ruta Panamericana