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#29 Honduras no es país para mochileros
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Gustavo Prieto | 05-04-2017 | 17:52

Comayagua, Honduras

“Honduras no es país para mochileros”, pensé cuando llegué a Comayagua. No encontramos albergues por internet y cuando llegamos, preguntamos en uno que pedía cincuenta dólares por noche. Eran las seis de la tarde, ya había oscurecido, y había poca gente por la calle. Por suerte, el siguiente hostal nos salió por seis dólares a cada uno, compartiendo habitación. El hospedaje parecía un motel de carretera sacado de una película yanki. Las habitaciones daban directamente a la calle donde estaba el parking. Después dimos con un restaurante mexicano para cenar, el único que había abierto a esas horas. Descubrimos que Honduras era un poco más caro que Nicaragua, pero seguía teniendo precios asequibles, sobre todo en la comida, es decir, tenía precios para mochileros.

Comayagua es conocida como una de las más destacadas ciudades coloniales de Honduras, pero todo se reduce a un par de edificios y una iglesia con fachada blanca e interiores clásicos. No hay grandes avenidas sino calles estrechas, casas bajas y poca población, por lo que era imposible pasar desapercibidos. En el mercado una dependienta nos gritó “¿qué quieren los gringos?”. Cuando le pedí que no me llamara gringo porque sonaba despectivo, me contestó que eso es lo que era…(!) Lo cierto es que, aunque en Sudamérica ya me habían llamado gringo, en Honduras, el uso de ese apelativo se multiplicó por cien. No hubo día en que no me señalasen o se dirigieran a mí con tal mote. Comayaguas resumía un poco lo que íbamos a ver en una parte de éste país. La vestimenta de muchos hombres era sombrero de paja, cinturón con enorme chapa y botas de piel con una larga punta. No compartía el gusto por esta vestimenta, pero sí por la gastronomía mexicana que había en cada esquina. En Honduras preparan fajitas y las llaman ‘baleadas’. Baratas y nutritivas. Paseando por el centro encontramos una librería. Shila llevaba buscando una desde Nicaragua, así que se metió en esta a buscar algo para leer y, aunque no había​ muchos libros, la dependienta estaba orgullosa de tener la única librería de la ciudad. “Se ha perdido el hábito de leer en Centroamérica”, nos comentó, “tengo que traer los libros de México”.

 

Camino al lago de Yojoa, después de mucho tiempo, nos llovió y tuve que desempolvar el pantalón largo. Agradecí dormir con manta. Cerca del lago encontramos un pueblo minúsculo donde nos hospedamos en el hostal gringo por excelencia: buen servicio, restaurante caro, impuestos de turismo…, pero gracias a que, de nuevo, compartimos habitación, nos salió bien. No había más opciones de alojamiento en esta localidad, pero por suerte, sí había más opciones que los tours que ofrecían ellos. Como por ejemplo, el alquiler de un kayak en el lago… ellos lo vendían a diez dólares y en el pueblo a cinco. No cogimos el kayak, pero sí una barca para hacer un poco el ridículo. Estábamos los tres en la barca un poco apretados y los remos de madera apenas se sujetaban con una cuerda, por lo que no eran fijos y esto complicaba la tarea de remar. Son excusas, lo sé. ¿Qué se puede esperar de un mochilero de provincias? Desde el embarcadero tardamos bastante en llegar al lago, en cambio la vuelta fue mejor. Ya habíamos practicado y terminamos con la espalda ejercitada. ¡Qué sudores!

Tenía la idea de haber hecho el curso de Padi en Honduras pero, tras revisar los precios, ya había dejado de ser el sitio más económico del mundo. Las islas caribeñas son el destino más atractivo del país y los precios se han puesto por las nubes; por  lo que una vez descartado ese mágico lugar (reservado para otra ocasión), llegamos a la nueva terminal de autobuses de San Pedro de Sula. El edificio es grande con un montón de locales y restaurantes y allí cogimos el bus hacia las ruinas de Copán. Nos mintieron los del autobús y también hubo parte de confusión, ya que nos dijeron que llegaban hasta ‘la entrada’. “Pues bien”, pensamos, en la entrada del pueblo está bien. Pero resulta que ‘La Entrada’ es el nombre de otro pueblo, por lo que llegamos a esa localidad y allí tuvimos que coger otro bus.

 

Ruinas de Copán, Honduras

Cuando llegamos a las ruinas de Copán, que es el nombre del pueblo, estaban de fiestas, aunque por poco no lo celebran porque hubo un corte de luz que duró varias horas. Las ruinas en sí son el segundo destino turístico de Honduras, por lo que casi hay más gringos que locales. Como el recinto arqueológico está a poco más de un kilómetro del pueblo, salimos andando para allá con sumo cuidado, ya que era una bajada empedrada y el aspecto bucólico que da tener un suelo lleno de pedruscos es inversamente proporcional a la posibilidad de caminar por allí sin torcerse el tobillo. Nada más salir del pueblo una pareja que conducía una pick-up nos invitó a ir con ellos y nos dejaron en el parking. Tras pagar la entrada a precio de extranjero, nos separamos para ver las diferentes partes del lugar. No es muy grande, pero gracias a la colaboración (y dinero) del gobierno japonés está muy cuidado. También tienen un área de conservación de aves autóctonas como el loro (o algo parecido que tiene muchos colores y cara de loro). Después de un par de horas dando vueltas por allí, salimos de esa parte y nos dirigimos a otro complejo más lejos donde estaban las sepulturas. Como no había indicaciones, nos fuimos por otro camino y llegamos a la parte de atrás, donde no había puerta, así que teníamos dos opciones: dar la vuelta civilizadamente o saltar la valla. Saltamos sin muchos apuros y vimos más ruinas.

 

Gracias, Honduras

Luca y Shila decidieron descartar El Salvador y se fueron a Guatemala. Terminaron así tres semanas de viaje juntos. Con un poco de pena, me vi de nuevo viajando solo camino de un nuevo país. Antes de cruzar la frontera, paré en Gracias. El pueblo es conocido por su fortaleza y por tener cerca la cima más alta del país. Al llegar, busqué el hostal más económico y me metí en un antro donde las telarañas tenían más derechos comunitarios que yo. En la plaza del pueblo vi por primera vez una oficina de turismo y descubrí unas cuantas rutas alrededor de la montaña, pero descarté quedarme más tiempo porque quería ir hacia El Salvador.

 

La parte positiva de viajar en buses locales por estos países es que son baratos y, cuando te bajas de uno, ya hay otros que están preguntando dónde vas. Si no es su bus, te indican donde coger el tuyo. Por suerte en Honduras no me pedían más por ser gringo. No quedé cautivado por el recorrido que hice en este país, pero sí quedé prendado de sus burritos llamados ‘baleadas’. ¡Sin saber que en El Salvador me esperaban ‘las pupusas’!

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Sobre el autor Gustavo Prieto
Me apasiona escribir y viajar. No sé si en ese orden, pero es un buen cóctel que me motiva hoy en día. Estuve en Madrid un tiempo queriendo ser guionista de cine y lo que realmente me enganchó fueron los viajes. Escribí mucho y también hice mis pinitos en el mundo cinematográfico, pero como las ideas surgen de lo que uno vive, me fui a Manchester. Fue una gran experiencia que me curtió para emprender el viaje de mi vida. Ocho meses de mochilero de Europa a Asia. Solo hay una cosa que me motive, un nuevo reto y la próxima aventura es Sudamérica y la ruta Panamericana.

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