img
#30 El Salvador merece la pena.
img
Gustavo Prieto | 24-04-2017 | 02:22

Suchitoto, El Salvador

Le vi comer un par de pupusas pequeñas, un plato barato comparado con el mío, que costaba el doble. Aún así tan solo me gasté un dólar. Sus pelos canosos y despeinados apenas le cubrían la calva. Su mirada perdida, seria, y sus movimientos enérgicos al comer, captaron mi atención sobre el resto de comensales; y pensé que quizás tuviera algo interesante que contar. No sé, intuición. Al día siguiente volvimos a encontrarnos, pero las mesas de la terraza estaban llenas, excepto la mía, donde sobraba sitio. Miró a varios lados y finalmente me pidió permiso para sentarse. No tardamos en entablar conversación. ‘’El gobierno me dice que no llego a la pensión porque no coticé lo suficiente’’, se quejaba mientras degustábamos, de nuevo, unas pupusas. ‘’Mis hijos me ayudaban desde Estados Unidos, pero la cosa está mal también para ellos’’. No faltaron los improperios hacia la corrupción de los políticos y pronto la conversación desembocó en la violencia del país y las maras, las pandillas que han provocado que El Salvador sea uno de los países con más homicidios en el mundo. ‘’Defienden el territorio, dicen…’’. Jorge cambió de tono al hablar de las maras y miraba de vez en cuando de reojo para observar el entorno. Incluso en ese pequeño pueblo donde estábamos, Suchitoto, había miembros de las maras; pero me aseguró, como otros tantos, que por suerte los han reducido y todo el centro es seguro.

No había que andar mucho para ver el centro del pueblo y comprobar que era una localidad agradable y tranquila. Fue un acierto empezar aquí mi andadura por este nuevo país. La frontera fue un trámite rápido e, incluso, ¡ni me pusieron sello! Tras recorrer la típica hilera de comerciantes y restaurantes, llegué a la terminal y me reencontré con los ‘school buses’. Los enormes vehículos con asientos incómodos y pequeños que tienen estos países de Centroamérica. Tuve que cambiar de bus en otro pueblo, ya que el que tomé desde la frontera iba directo a la capital, y llegué a Suchitoto a mediodía. Comprobé que las distancias en este país eran cortas y los precios irrisorios. Nada más bajar del bus me metí por una calle y un tipo me gritó a lo lejos: ‘’¡Bahía Blanca!’’. Era el hostal al que me dirigía. El hombre estaba a dos metros de la puerta bebiendo vodka con unos amigos y al entrar conmigo en el hostal el dueño le dió un dólar. ¡Cómo si hubiera hecho el trabajo de conseguirme el hospedaje! El hostal, además de barato, fue cómodo y me quedé un par de noches. No hice otra cosa que dar vueltas por el pueblo, visitar el lago que tienen al lado, uno de los más grandes del país; y comer pupusas. ¡Qué buenas estaban! Ésta es la comida típica. Son tortillas, como las mexicanas, rellenas de lo que quieras, pero en general las cocinaban con puré de frijoles y queso.

San Salvador, El Salvador

Desde Suchitoto fui a la capital en otro bus de esos baratos pero incómodos. No voy a negar que estuve inquieto durante varios días antes de ir a San Salvador, por el tema de la seguridad; pero tuve un anfitrión de Couchsurfing que me animó un poco. Llegué pronto y seguí las indicaciones de mi nuevo amigo, Rafael. Aún así, pregunté a algún pasajero que me ayudó a encontrar la parada donde tenía que tomar el bus urbano. ‘’Es fácil moverse por San Salvador’’, me dijo más tarde Rafael, ‘’muchos buses pasan por metrocentro’’. Cuando pasé por allí, comprobé que el metrocentro era un centro comercial gigante. Había mucha gente y también mucha seguridad privada portando metralletas o ‘recortadas’, fuese una farmacia o un restaurante de comida rápida. La inseguridad ciudadana no era un mal negocio para algunos.

La capital, como todas las de Centroamérica, no tenía nada reseñable; pero siempre hay algún museo interesante y, en este caso, encontré uno pequeño sobre la matanza de los indígenas en el 32. De hecho, este acontecimiento es recordado por muchos porque fue tal la aniquilación que apenas quedan descendientes. También había información sobre la guerra civil que duró alrededor de doce años. El museo era pequeño, pero bien aprovechado.

Volcán de Santa Ana, El Salvador

En San Salvador hay un volcán que no merece detallar porque era sólo un cráter que se veía desde un parque bien preparado, lleno de puestos de comida y de regalos; en cambio el que sí me impactó fue el de Santa Ana. La ciudad es como un gran pueblo con casas bajas, una imponente Iglesia y mercados callejeros alrededor de la terminal, enredándose como una madeja de gente y buses. Una locura que transcurre por varias calles. El resto de la localidad es más tranquila y es el punto de enlace para ir al volcán.

En un bus local llegamos varios turistas hasta la entrada, donde había más gente preparándose para empezar, pero la ruta no se puede hacer por tu cuenta, sino que hay que ir acompañado por un policía del parque Nacional. Dicen que por seguridad, pero la situación fue bastante ridícula porque el tipo empezó a andar y solo unos pocos pudimos seguir su ritmo, así que el resto del grupo podía perderse (o ser asaltado por un loco) que no se iba a enterar. Llegamos hasta el enorme cráter tras casi dos horas por un camino fácil, excepto los últimos metros, en que la subida se hizo más empinada. Un precipicio que termina en un lago que, como ya he visto en otras ocasiones, expulsa grandes cantidades de azufre. La parte más interesante de la cima de dicho volcán fue que, al darme la vuelta, tenía al otro lado el lago Coatepeque y otro volcán más. Impresionante.

Mural en Concepción de Ataco, El Salvador

Camino de Guatemala me esperaba la Ruta de las Flores, unos cuantos pueblos unidos por una carretera inundada de flores a ambos lados. Nada especial, pero fui a Juayua, una pequeña localidad con unas cascadas cercanas y donde, según indicaban en el hostal, hubieron tres asaltos en el último mes, así que necesitabas a un guía y a la policía. Por poco me lo pierdo porque el día que llegué el hostal estaba vacío y hacer la ruta sólo salía más caro, pero a la mañana siguiente, a punto de irme, un chaval me dijo que iba a ir a las cascadas con otro, así que aproveché y me fui con ellos y el guía, sin policía. Llegamos allí tras media hora y nos bañamos en las piscinas naturales que tenían bien preparadas. De hecho, estaban construyendo unos garitos cerca para vender comida, supuse. Concepción de Ataco es otro pueblo en la ruta a la frontera con mucho más encanto y lleno de grandes pinturas en los muros de sus calles. Con llamativos colores, sus murales destacan rincones de la localidad o simplemente muestran la vida rural de la zona. Muy bonito el ambiente y sus calles empedradas, esas no aptas para ir en sandalias.

Y llegué por fin a Guatemala, un país que esperaba con muchas ganas y que no me defraudaría.

_________________________________

Os recuerdo que podéis ver más fotos en mi cuenta de Instagram o en mi canal de Facebook.

Sobre el autor Gustavo Prieto
Me apasiona escribir y viajar. No sé si en ese orden, pero es un buen cóctel que me motiva hoy en día. Estuve en Madrid un tiempo queriendo ser guionista de cine y lo que realmente me enganchó fueron los viajes. Escribí mucho y también hice mis pinitos en el mundo cinematográfico, pero como las ideas surgen de lo que uno vive, me fui a Manchester. Fue una gran experiencia que me curtió para emprender el viaje de mi vida. Ocho meses de mochilero de Europa a Asia. Solo hay una cosa que me motive, un nuevo reto y la próxima aventura es Sudamérica y la ruta Panamericana.

Últimos Comentarios

29-07-2016 | 06:47 en:
#01 Ruta Panamericana