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#33 México: Quintana Roo y el Yucatán
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Gustavo Prieto | 14-05-2017 | 20:58

Lago Bacalar, México

El taxista me llevó al centro de Chetumal y, como le comenté, no había podido cambiar dólares beliceños en la frontera, por lo que buscamos una casa de cambios; pero, debido a que era Viernes Santo, todas estaban cerradas. La única opción que tuve fue usar mis dólares (los yankis), que siempre llevo encima para situaciones como estas, y cambiarlos por pesos mexicanos en un banco. Una vez solucionado el tema económico, me metí en un colectivo (un taxi compartido) en el que me tocó una bestia humana sentada al lado que me tenía aprisionado contra la puerta sin poder moverme. Por suerte, el trayecto hasta Bacalar, mi destino, era corto. Allí busqué mi hospedaje: La Casa del Árbol, un hostal con jardín para poner mi tienda de campaña, en la que estuve tres noches. ¡La dueña fue tan amable que me cambió los dólares beliceños! “M’hijo, lo que quieras”, me decía.

Llegué cuando empezaba el largo fin de semana de la fiesta católica y los mexicanos también lo aprovecharon yendo al lago de Bacalar. El lago de los siete colores, lo llaman, aunque yo apenas vi tres diferentes. También hay cerca del pueblo cenotes, un término nuevo que aprendí y utilicé en varias ocasiones porque en toda la península del Yucatán hay más de mil. Los cenotes surgieron por un meteorito (según cuentan fue el que provocó la extinción de los dinosaurios), y ahora los turistas los disfrutamos gracias a que en esos enormes cenotes se han creado lagunas para bañarse. Al día siguiente de mi llegada a Bacalar, me hice amigo de unos mexicanos y compartimos un taxi que nos llevó a uno de ellos: el cenote azul. Allí estuvimos bañándonos toda la mañana. A la vuelta hicimos ‘ride’ (autoestop) hasta el pueblo. Camino del hostal descubrí con asombro cómo hablaban del narco con total naturalidad. “Mataron a un par de personas. El narco ha llegado a Cancún”, comentó uno. No sería la primera vez que escuchara más noticias sobre el narco. Por suerte, Bacalar era un pueblo tranquilo con mucho turismo local, gente vendiendo comida en la calle e, incluso, hasta las once de la noche la gente salía a dar un paseo sin problemas. Con el calor que hacía, los vecinos sacaban sillas fuera de sus casas para hablar, cenar o simplemente tomar el aire. Bacalar es un pueblo encantador.

Ruinas de Tulum, México

Noté que mi ruta se dirigía hacia la parte más turística de México nada más subir al bus que me llevaba a Tulum. Me tocó ir de pie ¡tres horas!. Era el bus económico que no te garantiza asiento. Fué lo único barato en esta zona, ya que el precio de los hostales era el doble de lo que había pagado en Bacalar. “Temporada alta”, me decían. Tulum no me agradó mucho, pero por suerte seguí deleitándome de la comida en puestos callejeros: tacos, sopes o tortas. En Tulum también había cenotes, ruinas y playa, pero como no había posibilidad de ir andando, dependía de los medios de transporte. De todas las opciones, me decanté por acercarme a las ruinas que se encuentran al lado de la costa. El día que decidí ir parece que también el pueblo entero había querido acompañarme. Echando un vistazo a la cantidad de grupos con guía, deduje que Tulum atraía al turismo de masas, aunque no entendí por qué. Las ruinas eran poco interesantes y la playa pública estaba llena de montañas de algas. No había hueco para bañarse sin pisar una alfombra de hojas secas en la orilla. También es cierto que la mayoría de grandes hoteles tienen acceso a la playa de forma privada. Por supuesto, en Tulum no faltaba la calle llena de restaurantes, bares y tiendas de recuerdos con las aceras limpias. Dos calles más abajo, cerca de un mercado, disfruté de la comida local con precios más asequibles.

¿Barco pirata en Cozumel?

Siguiendo la costa, las hordas de turistas enseñaban sus nucas rojas y acechaban, con multitud de maletas con ruedas, los buses, las playas, los bares y las calles. Había llegado a la playa del Carmen. Este suplicio lo quise pasar por una cuestión personal que, en cierto modo, me avergüenza contar. Quería conocer la isla de Cozumel y, no para hacer esnorquel o ver la barrera de coral, sino porque de pequeño jugué en mi ordenador Amstrad a una aventura gráfica que se titulaba ‘la diosa de Cozumel’. Tan simple como eso. Sabía que me exponía a una zona altamente turística e iba a estar a años luz de disfrutar del ambiente pero, a pesar de ello, pisar la isla me hacía ilusión. Mientras caminaba por sus calles, donde también estaba el típico barrio abarrotado de bares y restaurantes turísticos (hasta había un ‘Hard rock’), me imaginé la isla en tiempos de piratas y, como en el juego de mi adolescencia, había una única cantina en el pueblo donde los marineros se emborrachaban o buscaban pelea. Fuera, a pocas calles (no como ahora), me adentraba en la jungla en busca del misterio y la aventura tras la leyenda de la diosa de Cozumel. Tesoros escondidos en pleno siglo veintiuno. Sí, debería de haber planteado un proyecto similar al ayuntamiento de la localidad. Mis pensamientos se desvanecieron en seguida tras caer una tormenta que inundó varias calles y me llevó a refugiarme en el hostal.

Cuando desembarqué del ferry, que me alejó de mis recuerdos adolescentes, busqué la terminal y pregunté por el siguiente bus hacia Valladolid. “Éste sale ahora”, me dijo una chica. Perfecto. Esta vez el bus económico estaba vacío. En Valladolid me esperaba Graciela, de Couchsurfing, en un barrio un tanto alejado del centro. Vivía con dos gatos y un perro muy simpático con el que hice migas en poco tiempo. Su casa era minúscula, con una habitación sin amueblar, por lo que ésta vez me tocó dormir en el suelo con mi esterilla y mi saco. Aquel día quedé de nuevo con la pareja de italianos, Shila y Luca; esta vez para devolverles un móvil que se olvidaron en Guatemala y que yo, al seguir el mismo camino que ellos días después, pude recuperar. Valladolid también está rodeada de cenotes, pero mi visita se redujo al Chichen Itza, una de las ruinas mayas más conocidas del Yucatán. A pesar de que me advirtieron que iba a encontrar más hordas de turistas tuve suerte y, aunque sí hubo gente, el recorrido lo hice relajado; con mucho calor como era de suponer, pero disfrutando de cada rincón.

Chichén-Itzá, Valladolid, México

Graciela es de la capital, pero le gusta viajar, me dijo. También se ha cambiado de ciudad porque la cosa está muy fea. “No vayas a Veracruz”, me dijo, “es la zona más peligrosa de México”. Graciela es traductora, aunque lo que más le gusta es pintar, una actividad que ha dejado hace tiempo. Mi última noche en Valladolid fuimos a cenar y hablamos sobre los sueños y los viajes.

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Sobre el autor Gustavo Prieto
Me apasiona escribir y viajar. No sé si en ese orden, pero es un buen cóctel que me motiva hoy en día. Estuve en Madrid un tiempo queriendo ser guionista de cine y lo que realmente me enganchó fueron los viajes. Escribí mucho y también hice mis pinitos en el mundo cinematográfico, pero como las ideas surgen de lo que uno vive, me fui a Manchester. Fue una gran experiencia que me curtió para emprender el viaje de mi vida. Ocho meses de mochilero de Europa a Asia. Solo hay una cosa que me motive, un nuevo reto y la próxima aventura es Sudamérica y la ruta Panamericana.

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