img
Autor: mochilero de provincias
#34 México: Yucatán y Chiapas.
img
Gustavo Prieto | 18-05-2017 | 12:16| 0

Mérida, México

El bus me dejó a veinte minutos de mi hostal. Pensé en tomar un taxi, pero de nuevo mi mentalidad de mochilero-rata se impuso e hice el esfuerzo de ir callejeando bajo un  sol atroz. Mi opción de alojamiento no pudo ser mejor. La habitación compartida estaba vacía y, además, las instalaciones incluían una piscina y desayuno continental. Mérida era más grande que mi anterior ciudad visitada, Valladolid, pero el casco viejo se podía descubrir andando. Como cada domingo, la plaza principal se llenó de puestos de comida y eventos musicales. En esta ocasión grupos de danzas tradicionales mostraron sus dotes ante el público que, en general, era una mezcla de personas mayores y turistas. En el “Museo de la Ciudad” aprendí que Mérida fue la localidad más importante de la colonia española. La muestra está en una de sus calles más conocidas, el Paseo de Montejo, donde se reunían los aristócratas más importantes y ricos de la época aunque, hoy día, su legado ha quedado en manos de empresas y bancos. La ciudad es tranquila fuera del bullicio del centro, donde se concentran los mercados y puestos callejeros. Pero el mayor interés de acercarse a Mérida es porque a pocos kilómetros están las ruinas de Uxmal. Más restos mayas, aunque con menos visitas que Chichen Itza. De hecho, la comparación fue inevitable, pero aunque tienen semejanzas, las pirámides y la arquitectura del resto de complejos son diferentes, por lo que yo recomendaría visitar las dos ruinas y así tener un empacho Maya.

Ruinas de Palenque, México

Aunque, para empacho, está Palenque donde se encuentra, posiblemente, la ciudad maya más grande de todas. Después de mucho tiempo, volví a tomar un autobús nocturno para mal dormir. Crucé toda la península del Yucatán y me adentré en las montañas de Chiapas. Nada más bajar del vehículo, una ola de calor me dio la bienvenida y empecé a sudar. Durante mi estancia en esta pequeña localidad sufrí temperaturas de cuarenta grados. Insoportable. Sudaba sin hacer nada. Llegué temprano, pero más tarde​ que mis amigos italianos, con los que iba a compartir habitación para ahorrar gastos. Luca estaba preparado para salir cuando llegué al hotel. “¿A dónde vais?”, le pregunté. “A Palenque”. Coño, se iban sin mí. “Dadme unos minutos y estoy listo”. Buscamos la furgoneta que nos llevaba a las ruinas y en media hora estábamos en la puerta. “Hay un camino que nos puede llevar a las ruinas por detrás y entrar gratis”, dijo Luca, “tengo buena intuición”. Luca era más rata que yo, así que me fié de él, pero su intuición aquella mañana hizo aguas. Lo que él creía que era una ruta, en realidad era la otra puerta de entrada, junto al museo. Aprovechamos ya para verlo y para aprender un poco sobre la inmensa Palenque. El museo es bastante completo, pero como habíamos llegado un poco tarde, decidimos no entretenernos mucho y empezar con las ruinas, ya que el caminar por esas explanadas a pleno sol se hacía muy duro. Como empezamos por detrás, encontramos zonas solitarias y nos sentimos un poco Indiana Jones andando por los restos arqueológicos aptos al público, ya que hay más del doble ocultos bajo la selva. De hecho, muchos edificios han sido devorados por la madre naturaleza y puedes observar raíces abrazadas a las piedras. Cuando llegamos al palacio, nos encontramos con masas de gente haciendo selfies y miles de fotos que no volverán a ver en su puñetera vida. Nosotros hicimos lo mismo y, de pronto, un señor nos interrumpió. “Disculpen, ¿me pueden enseñar sus entradas?”. Se las enseñamos y el señor se mostraba incrédulo. “Ha habido un par de chavales que se han colado por la selva”, nos soltó mientras miraba las entradas escrupulosamente. Después de que se fue el inspector, miré a Luca y respiramos aliviados. Terminamos de ver el resto del recinto que, con mucho, es el más grande que había visto hasta la fecha. Sin lugar a dudas, Palenque fue el mejor recinto en cuanto a ruinas Mayas, y el más barato de todos. Eso sí, como ciudad, pueblo o lo que sea, no tiene nada interesante, así que el último día mis amigos se fueron a unas cascadas y yo busqué una piscina para superar aquella ola de calor.

San Cristóbal de las casas, México

San Cristóbal de las Casas iba a ser la despedida definitiva de mis amigos italianos. Yo ya me encontraba en la recta final de mi viaje y tenía que acelerar un poco. Nada más bajar del autobús ellos se fueron a la casa de su couchsurfing y yo… también esperaba al mío en la terminal, pero no tuve noticias de él y, como eran las once de la noche, me fui a buscar un hostal. A pesar de que me hayan confirmado alojarme en couchsurfing, tengo la suficiente experiencia para saber que a veces estas situaciones pasan y siempre tengo apuntados los nombres de un par de hostales. El primero estaba lleno, así que me alojé en el segundo. Al conectarme al wifi, vi el mensaje tardío de Diego, mi CS, y quedamos para el día siguiente. Me reuní con​ él en su casa para dejar mi mochila y después fuimos a buscar a una chica, también de España. Diego nos hizo de guía y nos llevó a un par de pueblos. El primero, Chamula, es conocido por las ceremonias en su turística iglesia. Por fuera no llama la atención, pero una vez dentro el edificio es diferente. No hay bancos para sentarse. Los laterales están repletos de santos, campanas, velas,  cuadros… no  hay hueco libre. En cualquier lado puedes adorar a alguien y el ambiente está ennegrecido por el humo de las velas. Al entrar, el suelo de gres está lleno de la pinocha de los pinos, por lo que es un tanto resbaladizo. Dimos una vuelta por dentro sorteando a la gente local que realizaba su ceremonia en cualquier lado. Limpiaban un poco una parte de la pinocha para sentarse y empezaban a pegar una hilera de velas finas. Algunos llevaban a un chamán que mataba a una gallina y bebía un refresco con gas para eructar, así expulsaba los malos espíritus. El día que fui había más turistas que gente rezando, pero mi anfitrión, Diego, nos aseguró que hay días que no sé puede ni entrar. Si no fuera por nosotros los visitantes, no ganarían tanto (ya que hay que pagar por entrar a verlo), pero estoy seguro de que las ceremonias serían más impactantes. Después de pasear por el mercadillo del pueblo y ver a un tipo que vendía polluelos de colores (tal cual), Diego nos llevó a otra localidad cercana donde conocía a una familia que vendía todo tipo de telas, vestidos y camisas típicas hechas a mano. En San Cristóbal de las Casas pude disfrutar de nuevos platos como el pozole, una sopa con maíz y carne; y saborear el café de Chiapas. El pueblo es muy turístico y el ambiente es muy agradable, aunque suene contradictorio. No lo encontré masificado ni vi hordas de turistas. No sé si no era la época, pero al menos pude adentrarme en mercadillos y pasear por las calles sin agobio.

Camino de la terminal de buses, mi taxista me preguntó de dónde era. “Está bien identificarse”, me soltó ante mi asombro, “el otro día hubo un asalto a una furgoneta turística en una camino cerca de aquí. Esperaban que fueran estadounidenses, pero se equivocaron, eran alemanes. No queremos a los yankis aquí”. Sonreí aliviado. “¿Quienes eran los asaltantes?”, pregunté. “Zapatistas”. Vaya, pensé, creí que ya habían desaparecido, pero no. La situación en la región de Chiapas ha mejorado y se ha reducido la violencia en los últimos años, pero todavía quedan vestigios de gente que, abanderada por unas siglas, sigue delinquiendo con el único fin de lucrarse bajo la amenaza de un arma.

_________________________________

Os recuerdo que podéis ver más fotos en mi cuenta de Instagram o en mi canal de Facebook.

Ver Post >
#33 México: Quintana Roo y el Yucatán
img
Gustavo Prieto | 14-05-2017 | 10:57| 0

Lago Bacalar, México

El taxista me llevó al centro de Chetumal y, como le comenté, no había podido cambiar dólares beliceños en la frontera, por lo que buscamos una casa de cambios; pero, debido a que era Viernes Santo, todas estaban cerradas. La única opción que tuve fue usar mis dólares (los yankis), que siempre llevo encima para situaciones como estas, y cambiarlos por pesos mexicanos en un banco. Una vez solucionado el tema económico, me metí en un colectivo (un taxi compartido) en el que me tocó una bestia humana sentada al lado que me tenía aprisionado contra la puerta sin poder moverme. Por suerte, el trayecto hasta Bacalar, mi destino, era corto. Allí busqué mi hospedaje: La Casa del Árbol, un hostal con jardín para poner mi tienda de campaña, en la que estuve tres noches. ¡La dueña fue tan amable que me cambió los dólares beliceños! “M’hijo, lo que quieras”, me decía.

Llegué cuando empezaba el largo fin de semana de la fiesta católica y los mexicanos también lo aprovecharon yendo al lago de Bacalar. El lago de los siete colores, lo llaman, aunque yo apenas vi tres diferentes. También hay cerca del pueblo cenotes, un término nuevo que aprendí y utilicé en varias ocasiones porque en toda la península del Yucatán hay más de mil. Los cenotes surgieron por un meteorito (según cuentan fue el que provocó la extinción de los dinosaurios), y ahora los turistas los disfrutamos gracias a que en esos enormes cenotes se han creado lagunas para bañarse. Al día siguiente de mi llegada a Bacalar, me hice amigo de unos mexicanos y compartimos un taxi que nos llevó a uno de ellos: el cenote azul. Allí estuvimos bañándonos toda la mañana. A la vuelta hicimos ‘ride’ (autoestop) hasta el pueblo. Camino del hostal descubrí con asombro cómo hablaban del narco con total naturalidad. “Mataron a un par de personas. El narco ha llegado a Cancún”, comentó uno. No sería la primera vez que escuchara más noticias sobre el narco. Por suerte, Bacalar era un pueblo tranquilo con mucho turismo local, gente vendiendo comida en la calle e, incluso, hasta las once de la noche la gente salía a dar un paseo sin problemas. Con el calor que hacía, los vecinos sacaban sillas fuera de sus casas para hablar, cenar o simplemente tomar el aire. Bacalar es un pueblo encantador.

Ruinas de Tulum, México

Noté que mi ruta se dirigía hacia la parte más turística de México nada más subir al bus que me llevaba a Tulum. Me tocó ir de pie ¡tres horas!. Era el bus económico que no te garantiza asiento. Fué lo único barato en esta zona, ya que el precio de los hostales era el doble de lo que había pagado en Bacalar. “Temporada alta”, me decían. Tulum no me agradó mucho, pero por suerte seguí deleitándome de la comida en puestos callejeros: tacos, sopes o tortas. En Tulum también había cenotes, ruinas y playa, pero como no había posibilidad de ir andando, dependía de los medios de transporte. De todas las opciones, me decanté por acercarme a las ruinas que se encuentran al lado de la costa. El día que decidí ir parece que también el pueblo entero había querido acompañarme. Echando un vistazo a la cantidad de grupos con guía, deduje que Tulum atraía al turismo de masas, aunque no entendí por qué. Las ruinas eran poco interesantes y la playa pública estaba llena de montañas de algas. No había hueco para bañarse sin pisar una alfombra de hojas secas en la orilla. También es cierto que la mayoría de grandes hoteles tienen acceso a la playa de forma privada. Por supuesto, en Tulum no faltaba la calle llena de restaurantes, bares y tiendas de recuerdos con las aceras limpias. Dos calles más abajo, cerca de un mercado, disfruté de la comida local con precios más asequibles.

¿Barco pirata en Cozumel?

Siguiendo la costa, las hordas de turistas enseñaban sus nucas rojas y acechaban, con multitud de maletas con ruedas, los buses, las playas, los bares y las calles. Había llegado a la playa del Carmen. Este suplicio lo quise pasar por una cuestión personal que, en cierto modo, me avergüenza contar. Quería conocer la isla de Cozumel y, no para hacer esnorquel o ver la barrera de coral, sino porque de pequeño jugué en mi ordenador Amstrad a una aventura gráfica que se titulaba ‘la diosa de Cozumel’. Tan simple como eso. Sabía que me exponía a una zona altamente turística e iba a estar a años luz de disfrutar del ambiente pero, a pesar de ello, pisar la isla me hacía ilusión. Mientras caminaba por sus calles, donde también estaba el típico barrio abarrotado de bares y restaurantes turísticos (hasta había un ‘Hard rock’), me imaginé la isla en tiempos de piratas y, como en el juego de mi adolescencia, había una única cantina en el pueblo donde los marineros se emborrachaban o buscaban pelea. Fuera, a pocas calles (no como ahora), me adentraba en la jungla en busca del misterio y la aventura tras la leyenda de la diosa de Cozumel. Tesoros escondidos en pleno siglo veintiuno. Sí, debería de haber planteado un proyecto similar al ayuntamiento de la localidad. Mis pensamientos se desvanecieron en seguida tras caer una tormenta que inundó varias calles y me llevó a refugiarme en el hostal.

Cuando desembarqué del ferry, que me alejó de mis recuerdos adolescentes, busqué la terminal y pregunté por el siguiente bus hacia Valladolid. “Éste sale ahora”, me dijo una chica. Perfecto. Esta vez el bus económico estaba vacío. En Valladolid me esperaba Graciela, de Couchsurfing, en un barrio un tanto alejado del centro. Vivía con dos gatos y un perro muy simpático con el que hice migas en poco tiempo. Su casa era minúscula, con una habitación sin amueblar, por lo que ésta vez me tocó dormir en el suelo con mi esterilla y mi saco. Aquel día quedé de nuevo con la pareja de italianos, Shila y Luca; esta vez para devolverles un móvil que se olvidaron en Guatemala y que yo, al seguir el mismo camino que ellos días después, pude recuperar. Valladolid también está rodeada de cenotes, pero mi visita se redujo al Chichen Itza, una de las ruinas mayas más conocidas del Yucatán. A pesar de que me advirtieron que iba a encontrar más hordas de turistas tuve suerte y, aunque sí hubo gente, el recorrido lo hice relajado; con mucho calor como era de suponer, pero disfrutando de cada rincón.

Chichén-Itzá, Valladolid, México

Graciela es de la capital, pero le gusta viajar, me dijo. También se ha cambiado de ciudad porque la cosa está muy fea. “No vayas a Veracruz”, me dijo, “es la zona más peligrosa de México”. Graciela es traductora, aunque lo que más le gusta es pintar, una actividad que ha dejado hace tiempo. Mi última noche en Valladolid fuimos a cenar y hablamos sobre los sueños y los viajes.

_________________________________

Os recuerdo que podéis ver más fotos en mi cuenta de Instagram o en mi canal de Facebook.

Ver Post >
#32 Viaje express por Belice
img
Gustavo Prieto | 05-05-2017 | 2:49| 0

Autobús camino a Belice

Pasé la frontera a Belice con el grupo del autobús. Había comprado un billete desde Flores, Guatemala, hasta la capital beliceña. Tuve que esperar un poco a que me sellaran el pasaporte, pero fue rápido y ordenado. Ya estaba en Belice. Después de ocho meses de viaje en Latinoamérica, pisaba por primera vez un país de habla inglesa. Me dirigí directamente a la capital para buscar un bote que me llevara a Caye Caulker, una isla pequeña cerca de una de las más importantes barreras de coral del mundo. Cuando el bote me dejó en la isla, y mientras caminaba por el muelle, un tipo me preguntó a dónde iba. Le dije que buscaba alojamiento barato y me indicó un hostal. Las calles de Caye Caulker eran de arena y, en vez de en coches, la gente se movía en bicicleta y en carros de golf. El hostal que me había comentado el tipo del muelle, aunque lleno de simpáticos gatos y perros, era un poco caro, por lo que me decanté por otro más económico donde pude poner mi tienda de campaña. Hice mis primeras compras en dólares de Belice y me di cuenta de lo caro que era todo y de que, al igual que en otras zonas caribeñas, como Bocas del Toro en Panamá, los chinos tenían el monopolio de los supermercados. No uno, si no todos los de la isla. Un contraste curioso y llamativo, sobre todo teniendo en cuenta que la mayoría de gente local eran negros con rastas. Al día siguiente de mi llegada, busqué un tour para hacer snorkel en el arrecife, pero en varias agencias me dijeron que necesitaban al menos un grupo de siete personas. Frustrado por mi búsqueda, me bañé un rato y, de vuelta a mi hostal, un tipo me preguntó si estaba interesado en hacer el tour al arrecife en ése mismo instante. ¡Bingo! En menos de media hora estaba con aletas y gafas de buzo puestas.

Costa Belicense

Mis primeras inmersiones me costaron bastante debido al oleaje, que me hizo tragar agua (no hay que olvidar que soy de provincias), pero poco a poco fui disfrutando del paisaje acuático. No sé cómo describir la cantidad de pececillos, plantas y vida que había en cada recoveco de rocas y coral. Era un universo acuático a medio metro de mí. Había que tener cuidado de no golpear el coral con las aletas. El tour consistía en eso y en ver a los tiburones, a los que, por desgracia, alimentaban con pescado para que los turistas pudiéramos hacer fotos y vídeos. Mal. Durante toda la mañana estuve sumergido en el mar y disfruté, a pesar de que tragué agua en varias ocasiones.

 

Tuve la oportunidad de quedarme una noche más por la isla, pero como ya saben los que me conocen, no soy de playa, así que me fui a conocer Orange Walk. Bueno, mi idea era enterarme de cómo visitar las ruinas mayas de Lamanai, ya que la información de Internet no era clara. Llegué a la capital, de nuevo en bote, y fui andando a la estación de buses. Crucé varias calles y canales que desprendían mal olor. Las casas bajas de tejados metálicos no ofrecían una visión agradable, ya que parecían guetos marginales. No me detuve mucho y, nada más llegar a la entrada de la estación, un bus salía camino de Orange Walk.

Orange Walk, Belice

Si la capital tenía poco interés, Orange Walk era lo menos interesante que he visitado en mi viaje. Pardiez, qué pueblo. Dejé atrás el bus que me dejó en una explanada a la que llamaban “terminal temporal” y donde no había nada de información, sólo un par de kioscos de bebidas y comida. Camino al hostal, un tipo me gritó desde el otro lado de la calle y me preguntó si estaba interesado en las ruinas de Lamanai. Me explicó que el tour costaba cincuenta dólares y mi mandíbula inferior rozó el suelo del susto. No había manera de hacerlo por mi cuenta porque el único bus que iba para allá salía los lunes (era jueves y de semana santa). El tour parecía interesante: un paseo en bote por el río viendo fauna y un paisaje agreste hasta llegar a las ruinas donde un guía te enseñaba los restos mayas. Pero no era para mí. En ese momento dudé entre la posibilidad de irme directamente a México o quedarme una noche allí para intentar descubrir aquel pueblo, y me decanté por lo segundo.

 

Seguí camino del hostal y ya pude observar lo poco agraciada que era aquella localidad. De hecho, no encontré ningún local para comer y tuve que hacerlo en el restaurante de mi alojamiento, que no era nada barato. En realidad, el hostal era un lodge situado en un lugar idílico junto al río y donde me permitieron acampar en su explanada. Bonito de día, porque a media tarde una jauría de mosquitos nos llevó a todos a refugiarnos dentro del restaurante. Mi noche tampoco fue para tirar cohetes. Me desperté con unas cuantas hormigas husmeando dentro de mi tienda y, debido a que estaba acampando en hierba, la humedad traspasó la tela y bien temprano me tuve que apresurar a colgar todo para que se secara antes de recoger.

Tour en Caye Caulker, Belice

La costa caribeña Belicense fue impresionante, pero tanto la capital como Orange Walk no me gustaron nada. Pensaba esto en el ‘school bus’ que me llevaba a la frontera. Los mismos trámites de siempre, pero esta vez tuve que pagar veinte dólares por salir de Belice. Acostumbrado a tanta frontera, no quise cambiar dinero allí, sino que preferí hacerlo en la parte de México, pero esta vez me equivoqué. El edificio mexicano era una infraestructura cercada, sin camiones, sin gente alrededor para vender comida ni para cambiar dinero… el cobrador del bus me dijo que nos esperaba fuera, sin embargo, cuando obtuve mi sello, había pasado media hora (o más) y a la salida no estaba el bus. Tampoco podía salir de allí a pie. Las autoridades mexicanas me llevaron a otra sala donde me registraron la mochila mientras yo echaba exabruptos al aire acordándome de la madre del conductor de bus que me había dejado tirado allí. ¿La solución? Sencilla: un taxi que me llevó a Chetumal, provincia de México. Pero eso es otra historia.

_________________________________

Os recuerdo que podéis ver más fotos en mi cuenta de Instagram o en mi canal de Facebook.

 

Ver Post >
#31 Guatemala: Mucho que ver. Mucho que hacer.
img
Gustavo Prieto | 28-04-2017 | 5:30| 0

Lago Atitlán con San Pedro de fondo. Guatemala.

El autobús me dejó en la frontera, un lugar similar en cualquier parte del mundo, donde sueles encontrar una larga fila de camiones esperando en la carretera. Tras salir de las oficinas de inmigración de El Salvador, crucé un puente y encontré una larga cuesta con puestos de ropa a cada lado, camino de las oficinas de Guatemala. Cuando llegué, no había gente esperando, por lo que nada más entrar me atendió una mujer que, echando un vistazo rápido a mi foto, me selló el pasaporte y me lo devolvió. ¿Ya? Ni el McDonald’s tarda tan poco, pensé. Sorprendido me dirigí a la salida donde encontré un ‘school bus’ de esos que tanto me gustan, que iba para Guatemala ciudad. Mi destino no era la capital sino… ¿Antigua o el lago Atitlán? La verdad es que no lo supe hasta que me bajé del bus.

Al final me decanté por ir al lago, ya que tenía que volver a Antigua para continuar mi ruta más tarde y, aunque en ese momento iba a ser un trayecto más largo, prefería hacerlo del tirón. En realidad, tampoco era mucho, si hubiera cogido el bus directo en vez de uno que me dejaba ‘camino de’ para tomar otro… Esto es lo que te venden los ayudantes de los buses para que compres su boleto. Les da igual mentir con tal de tener un pasajero más y, a pesar de que me repito a mí mismo como un mantra ‘no hagas caso a esos hijos de mala madre’, hay veces que caigo en su trampa. Cuando llegué al lago Atitlán había tomado siete buses en total y, como me dirigía a San Pedro, tuve que coger un bote para redondear la jornada. Llegué de noche y, como no tenía referencia alguna de hostales, uno de esos tipos que esperan a mochileros de provincias en el muelle, me llevó a uno que ofrecía las tres bes (bueno, bonito y barato). San Pedro me conquistó enseguida, más que nada porque era muy pequeño, tenía mercado y, aunque la cocina de mi hostal era absurdamente pequeña y con pocos utensilios, encontré una cafetera italiana, por lo que pude desayunar frente al lago cada mañana y degustar el café nicaragüense que llevaba como oro en paño en mi mochila. Durante mi estancia en San Pedro la niebla cubria todo el valle y no pude observar el volcán que teníamos al lado, pero disfruté de perderme por sus callejuelas repletas de mensajes religiosos en las paredes como “Jesús es tu camino”, y observar el inmenso lago desde otro punto de vista.

Antigua, Guatemala.

Pero si la llegada al lago fue memorable, la salida la superó con creces. Había tres opciones y tomé la más barata, como siempre, pero ésta vez salió mal; así que también fue un largo viaje hasta Antigua. Una ciudad que conocí por primera vez por una canción ​de Bunbury y que me pareció maravillosa. Me entretuve caminando por sus calles empedradas y descubriendo iglesias y edificios en ruinas. Además el ambiente era festivo. Celebraban la Semana Santa y todo estaba abarrotado de gente y de puestos callejeros que vendían comida, dulces, globos, jugos… De casualidad encontré un hostal en el que me permitieron acampar en el jardín, así que instalé mi tienda junto a otras dos donde dormían unos argentinos. El sitio era tranquilo, había poca gente, tenía cocina y estaba al lado del centro. Bueno, en realidad, todo estaba cerca porque Antigua es una ciudad pequeña y, cuando estuve, celebraban la Semana Santa ¡tres semanas antes del Jueves Santo!, Por lo que las calles estaban abarrotadas. Hay mucha pasión religiosa, tanta que, incluso, unos salvadoreños (también de provincias) que estaban alojados en el mismo hostal, iban de vacaciones todos los años a ver la Semana Santa de Antigua. Una de las mejores de Guatemala, según ellos.

Livingston, Guatemala.

Dejé esta encantadora ciudad, esta vez sí, en una de esas furgonetas turísticas que, más o menos, te llevan directo a tu destino. Y digo más o menos porque, en realidad, me dejaron en una terminal de la capital donde tomé otro bus, esta vez grande (¡y con baño!) hacia Río Dulce. El viaje fue largo pero cómodo. Llegamos ya de noche y yo, para variar, no tenía ninguna reserva y tampoco tenía referencia de ningún hostal; pero gracias a una mochilera irlandesa, que viajaba en el mismo bus, acabé en uno cerca del río. Al día siguiente cogimos el bote dirección Livingston, el único pueblo de Guatemala en el Caribe y al que solo se accede por el río. El paisaje de Río Dulce estaba repleto de bosques frondosos, muchas aves posadas en ramas a las orillas y hostales con su propio embarcadero. Livingston en cambio es similar a toda la zona caribeña que he visitado en Colombia, Panamá y Costa Rica, aunque aquí la mezcla de razas es muy pronunciada. También la cultura rastafari y la marihuana están en cada esquina. “Where are you from?”, me preguntó uno mientras paseaba. “De España”, le dije. Su rostro de simpático cambió. “Seguís siendo unos piratas”, me soltó sin tapujos. La explicación era muy vaga como para tomar en serio al loco ése.Por su expresión, estaba claro que no quería darme la bienvenida. Pasé dos días tranquilamente paseando de arriba a abajo por las tres calles que tiene la localidad, e hice amistad con un barcelonés con el que descubrí que teníamos una visión similar de diferentes aspectos de la vida.

Semuc Champey, Guatemala.

Mi viaje continuó hacia Lanquin, una pequeña localidad en el centro de Guatemala. El trayecto duró seis largas horas por una desastrosa carretera de tierra llena de baches y unos precipicios de postal, pero no aptos para pasarlos cerca con un coche. La intención de llegar a Lanquin  era visitar Semuc Champey, un entorno natural con manantiales y una increíble formación con la que la naturaleza de vez en cuando nos sorprende, ya que por debajo de esos manantiales ¡pasa un río! Nada más llegar a Lanquin, un grupo de muchachos me atosigó preguntando dónde iba. Les dije el nombre del hostal al que tenía pensado ir y me llevaron en una camioneta. Más que un hostal era un lodge con cabañas, restaurante y bar. El precio era asequible en habitación compartida, por lo que me quedé un par de noches para ver Semuc Champey y, como no había mucho más que hacer, me fui después a Flores en una mini furgoneta, en un viaje que duró ocho horas.

El vehículo era viejo y pequeño, pero el conductor se portó muy bien parando cada poco tiempo. Esto no fue ápice para desear llegar cuanto antes al destino. Ya en Flores y en plena Semana Santa me costó encontrar algo económico. Por suerte me uní a un par de guatemaltecos, y la primera noche estuvimos juntos en una calurosa y ruidosa habitación. Flores es una pequeña isla que pude recorrer varias veces en un día, incluso con tiempo para tomar una cerveza mientras veía a unos chavales jugar un partidazo de baloncesto callejero que ni la enebea, oiga. Tras el largo viaje, decidí no hacer nada al día siguiente y busqué con calma la mejor manera de ir a Tikal y decidir mi siguiente destino en Belice.

Tikal, Guatemala.

El complejo arqueológico de Tikal está a una hora de Flores y, como quería evitar las horas de mayor calor, me levanté a las cuatro de la mañana para entrar de los primeros y fue un acierto. Sabía que no iba a coger un guía, por lo que busqué una aplicación para el móvil de Tikal y encontré una audioguía (en inglés) muy buena y completa. Nada más entrar, el camino estaba tan solitario que me estremeció ver la jungla tan cerca. Estaba amaneciendo y los monos araña chillaban como locos mientras me dirigía a la gran plaza y esto, a un mochilero de provincias le acongoja. La gran plaza es el centro neurálgico de Tikal y, sin gente alrededor, saboreé cada rincón de aquellas pirámides y los restos que quedaban de algunos de los palacios. Es impresionante ver de cerca uno de esos monumentos que tantas veces había visto en fotos. Las distancias eran cortas entre edificios y me moví con tranquilidad. Muchos de ellos están aún en restauración, y algunos tienen unas escaleras de madera para disfrutar las vistas desde lo alto y ver la enorme jungla que envuelve aquella ciudad maya. El paseo fue muy agradable, en plena selva y con las ruinas de esta civilización que empezaba a conocer. Mientras me dirigía a la salida me topé con un guía que llevaba a más de treinta personas que no hacían ni puñetero caso a sus explicaciones. Pobre, pensé.

De Belice contaré poco en el próximo artículo porque fue una visita fugaz, no obstante fue impresionante hacer snorkel en uno de los corales más grandes del mundo.

 

_________________________________

 

Os recuerdo que podéis ver más fotos en mi cuenta de Instagram o en mi canal de Facebook.

Ver Post >
#30 El Salvador merece la pena.
img
Gustavo Prieto | 24-04-2017 | 4:22| 0

Suchitoto, El Salvador

Le vi comer un par de pupusas pequeñas, un plato barato comparado con el mío, que costaba el doble. Aún así tan solo me gasté un dólar. Sus pelos canosos y despeinados apenas le cubrían la calva. Su mirada perdida, seria, y sus movimientos enérgicos al comer, captaron mi atención sobre el resto de comensales; y pensé que quizás tuviera algo interesante que contar. No sé, intuición. Al día siguiente volvimos a encontrarnos, pero las mesas de la terraza estaban llenas, excepto la mía, donde sobraba sitio. Miró a varios lados y finalmente me pidió permiso para sentarse. No tardamos en entablar conversación. ‘’El gobierno me dice que no llego a la pensión porque no coticé lo suficiente’’, se quejaba mientras degustábamos, de nuevo, unas pupusas. ‘’Mis hijos me ayudaban desde Estados Unidos, pero la cosa está mal también para ellos’’. No faltaron los improperios hacia la corrupción de los políticos y pronto la conversación desembocó en la violencia del país y las maras, las pandillas que han provocado que El Salvador sea uno de los países con más homicidios en el mundo. ‘’Defienden el territorio, dicen…’’. Jorge cambió de tono al hablar de las maras y miraba de vez en cuando de reojo para observar el entorno. Incluso en ese pequeño pueblo donde estábamos, Suchitoto, había miembros de las maras; pero me aseguró, como otros tantos, que por suerte los han reducido y todo el centro es seguro.

No había que andar mucho para ver el centro del pueblo y comprobar que era una localidad agradable y tranquila. Fue un acierto empezar aquí mi andadura por este nuevo país. La frontera fue un trámite rápido e, incluso, ¡ni me pusieron sello! Tras recorrer la típica hilera de comerciantes y restaurantes, llegué a la terminal y me reencontré con los ‘school buses’. Los enormes vehículos con asientos incómodos y pequeños que tienen estos países de Centroamérica. Tuve que cambiar de bus en otro pueblo, ya que el que tomé desde la frontera iba directo a la capital, y llegué a Suchitoto a mediodía. Comprobé que las distancias en este país eran cortas y los precios irrisorios. Nada más bajar del bus me metí por una calle y un tipo me gritó a lo lejos: ‘’¡Bahía Blanca!’’. Era el hostal al que me dirigía. El hombre estaba a dos metros de la puerta bebiendo vodka con unos amigos y al entrar conmigo en el hostal el dueño le dió un dólar. ¡Cómo si hubiera hecho el trabajo de conseguirme el hospedaje! El hostal, además de barato, fue cómodo y me quedé un par de noches. No hice otra cosa que dar vueltas por el pueblo, visitar el lago que tienen al lado, uno de los más grandes del país; y comer pupusas. ¡Qué buenas estaban! Ésta es la comida típica. Son tortillas, como las mexicanas, rellenas de lo que quieras, pero en general las cocinaban con puré de frijoles y queso.

San Salvador, El Salvador

Desde Suchitoto fui a la capital en otro bus de esos baratos pero incómodos. No voy a negar que estuve inquieto durante varios días antes de ir a San Salvador, por el tema de la seguridad; pero tuve un anfitrión de Couchsurfing que me animó un poco. Llegué pronto y seguí las indicaciones de mi nuevo amigo, Rafael. Aún así, pregunté a algún pasajero que me ayudó a encontrar la parada donde tenía que tomar el bus urbano. ‘’Es fácil moverse por San Salvador’’, me dijo más tarde Rafael, ‘’muchos buses pasan por metrocentro’’. Cuando pasé por allí, comprobé que el metrocentro era un centro comercial gigante. Había mucha gente y también mucha seguridad privada portando metralletas o ‘recortadas’, fuese una farmacia o un restaurante de comida rápida. La inseguridad ciudadana no era un mal negocio para algunos.

La capital, como todas las de Centroamérica, no tenía nada reseñable; pero siempre hay algún museo interesante y, en este caso, encontré uno pequeño sobre la matanza de los indígenas en el 32. De hecho, este acontecimiento es recordado por muchos porque fue tal la aniquilación que apenas quedan descendientes. También había información sobre la guerra civil que duró alrededor de doce años. El museo era pequeño, pero bien aprovechado.

Volcán de Santa Ana, El Salvador

En San Salvador hay un volcán que no merece detallar porque era sólo un cráter que se veía desde un parque bien preparado, lleno de puestos de comida y de regalos; en cambio el que sí me impactó fue el de Santa Ana. La ciudad es como un gran pueblo con casas bajas, una imponente Iglesia y mercados callejeros alrededor de la terminal, enredándose como una madeja de gente y buses. Una locura que transcurre por varias calles. El resto de la localidad es más tranquila y es el punto de enlace para ir al volcán.

En un bus local llegamos varios turistas hasta la entrada, donde había más gente preparándose para empezar, pero la ruta no se puede hacer por tu cuenta, sino que hay que ir acompañado por un policía del parque Nacional. Dicen que por seguridad, pero la situación fue bastante ridícula porque el tipo empezó a andar y solo unos pocos pudimos seguir su ritmo, así que el resto del grupo podía perderse (o ser asaltado por un loco) que no se iba a enterar. Llegamos hasta el enorme cráter tras casi dos horas por un camino fácil, excepto los últimos metros, en que la subida se hizo más empinada. Un precipicio que termina en un lago que, como ya he visto en otras ocasiones, expulsa grandes cantidades de azufre. La parte más interesante de la cima de dicho volcán fue que, al darme la vuelta, tenía al otro lado el lago Coatepeque y otro volcán más. Impresionante.

Mural en Concepción de Ataco, El Salvador

Camino de Guatemala me esperaba la Ruta de las Flores, unos cuantos pueblos unidos por una carretera inundada de flores a ambos lados. Nada especial, pero fui a Juayua, una pequeña localidad con unas cascadas cercanas y donde, según indicaban en el hostal, hubieron tres asaltos en el último mes, así que necesitabas a un guía y a la policía. Por poco me lo pierdo porque el día que llegué el hostal estaba vacío y hacer la ruta sólo salía más caro, pero a la mañana siguiente, a punto de irme, un chaval me dijo que iba a ir a las cascadas con otro, así que aproveché y me fui con ellos y el guía, sin policía. Llegamos allí tras media hora y nos bañamos en las piscinas naturales que tenían bien preparadas. De hecho, estaban construyendo unos garitos cerca para vender comida, supuse. Concepción de Ataco es otro pueblo en la ruta a la frontera con mucho más encanto y lleno de grandes pinturas en los muros de sus calles. Con llamativos colores, sus murales destacan rincones de la localidad o simplemente muestran la vida rural de la zona. Muy bonito el ambiente y sus calles empedradas, esas no aptas para ir en sandalias.

Y llegué por fin a Guatemala, un país que esperaba con muchas ganas y que no me defraudaría.

_________________________________

Os recuerdo que podéis ver más fotos en mi cuenta de Instagram o en mi canal de Facebook.

Ver Post >
Sobre el autor Gustavo Prieto
Me apasiona escribir y viajar. No sé si en ese orden, pero es un buen cóctel que me motiva hoy en día. Estuve en Madrid un tiempo queriendo ser guionista de cine y lo que realmente me enganchó fueron los viajes. Escribí mucho y también hice mis pinitos en el mundo cinematográfico, pero como las ideas surgen de lo que uno vive, me fui a Manchester. Fue una gran experiencia que me curtió para emprender el viaje de mi vida. Ocho meses de mochilero de Europa a Asia. Solo hay una cosa que me motive, un nuevo reto y la próxima aventura es Sudamérica y la ruta Panamericana.

Últimos Comentarios

29-07-2016 | 06:47 en:
#01 Ruta Panamericana