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Categoría: Argentina
#16 Iguazú. El espectáculo del agua.

Cataratas Iguazú

Llegué a primera hora a Foz de Iguazú. La frontera, de nuevo, fue un trámite fugaz. Camino al hostal, observé las casas amuralladas y con cable eléctrico. No era una, sino todas; y las que no, tenían alambres con cuchillas. Además, habían instalado cámaras de seguridad y un perro rondaba cada entrada, por lo que en muchas ocasiones, al pasar cerca, me mataban del susto. Me abrió la puerta el dueño del hostal y junto a la recepción observé el patio con una piscina que me alegró el día. El sol empezaba a calentar y ni siquiera eran las ocho. Me metí en la cama para dormir lo que no pude en el bus nocturno y, tras la siesta, me fui a las cataratas de Iguazú.

Desde la terminal de buses locales, tomé el que me llevaba al parque junto a otros turistas. Éramos de todas las edades y nacionalidades, pero teníamos en común el sopor de la temperatura. El calor junto a la humedad creaba una atmósfera asfixiante. Yo lucía mis brazos de ciclista, es decir, lo que cubría mi camiseta era piel blanca y los brazos morenos. Otros, como en las playas españolas, tenían la cara colorada. Cuando nos bajamos del bus, fuimos en fila a otras filas para comprar la entrada y volver a otra fila donde nos llevaban al inicio del sendero, donde había más filas. A pesar de la cantidad de gente que llega desde todas las partes del mundo, está muy bien organizado, incluso te avisan de los peligros de los animales salvajes del parque, aunque los turistas, que somos así, les hacemos fotos y, los más atrevidos, intentan acariciarles.

El sendero de la parte brasileña fue corto, pero el camino bordea las cataratas y casi todo el rato estás cubierto por arboleda que ayuda a protegerte del sol. Es un espectáculo de arcoiris, cataratas pequeñas, grandes, riachuelos, lagunas que se unen con otras, una enorme cantidad de agua que cae al vacío formando una explosión de alegría en nuestras caras… porque habría que vernos a todos con las cámaras y los selfies. Algunos ni siquiera ven la naturaleza, y no lo digo en vano, es que me fijaba adrede en algunas familias que llegaban, se ponían de espaldas, click y al siguiente mirador.

El colofón termina en la garganta del Diablo, una camino que se adentra en medio de la más grande catarata donde te empapas y, claro, también te venden chubasqueros de usar y tirar, pero con el calor que hacía te secas enseguida. En una hora terminé, con ganas de más, por lo que cuando volví al hostal y, tras intentar en vano llegar al cruce de las tres fronteras desde la parte brasileña, me fui con una chica alemana al Parque de Iguazú de Argentina. En esta parte se necesita más tiempo porque hay más senderos y, por lo tanto, más partes que ver. Tienen un tren que te lleva a la garganta del diablo, pero por la parte superior. Desde allí ves cómo viene la masa de agua y cae estrepitosamente. De nuevo, mi cara fue de asombro. Uno observa aquello como si fuera de otro mundo, algo tan insólito y de tanta magnitud que firma seguir viajando para ver estas maravillas que tenemos en nuestro planeta.

Cuiritiba, Brasil

En Foz de Iguazú decidí ir hacia río de Janeiro, pero ya no tenía mucho tiempo. Mi pareja viene en diciembre para pasar las Navidades juntos y me tenía que planificar todo un mes para estar en La Paz el día de su llegada. Camino a la ciudad del carnaval paré en Cuiritiba y Sao Paulo, y me gustó más la primera. La ciudad, capital de la región de Paraná, una extensión mayor que toda la península Ibérica, es un símbolo dentro de Brasil de ciudad organizada, limpia y de progreso, aunque como me dijo mi amigo Helton, quien me alojó durante un par de días, “es una ciudad europea con brasileños”. El atractivo de la ciudad es la multiculturalidad gracias a la cantidad de colonias, comunidades, inmigrantes y demás familias que se instalaron durante años en sus barrios, por eso tienen la plaza España, el monumento japonés y, lo más turístico, sus parques: está el alemán, el italiano, el ucraniano… ¿Y Sao Paulo? No, no me gustó.

Las dos horas de atasco que nos tiramos parados nada más entrar me dieron una mala impresión y, después, no tuve una buena experiencia, porque al final es eso: cada uno vive su viaje en función de cómo le ha ido.  Aunque he de reconocer que la historia de la ciudad es interesante, ya que conserva muy bien edificios de más de cien años en el barrio de la República; sus calles, llenas de gente durmiendo a la intemperie o con tiendas de camping, demuestran una falta absoluta de humanidad. Es como si se les hubiera ido de las manos y no hubiesen podido adaptarse al crecimiento de la población. Es una situación muy triste.

 

Muro en Sao Paulo

Los días que pasé en Sao Paulo me llovieron y, como tenía mis playeros con un agujero en la suela, me compré unos nuevos dándole los viejos a un hombre que dormía en la calle. Algo le ayudaría, pensé. También sufrí una alergia a algo. Y digo a ‘algo’ porque no supe si fueron chinches o un alimento en mal estado lo que me provocó un sarpullido por la zona de los riñones, brazos y piernas. Por suerte llegué a Río de Janeiro recuperado para disfrutar de una de las ciudades más interesantes que he visitado en mi viaje.

 

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Música para éste artículo: Clara Nunes – para sempre clara.

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#15 ¿Por qué Paraguay?

Asunción, Paraguay

No encontraba información en blogs de viajes sobre la capital paraguaya y los que hablaban de Asunción era para decir que no tenía ningún interés. De hecho, cuando llegué al hostal, descubrí que la mayoría de la gente hospedada estaba viviendo allí, nadie hacía turismo en la capital… Unos eran voluntarios, otros estudiantes y un belga que estaba montando su empresa… ¡En Paraguay! ¿Qué hacía yo allí?, me decían algunos locales. Por dios, así no se progresa… o quizás ese es el plan. Bien es sabido que el turismo de masas no hace más que perjudicar al entorno. Pero no estaba mucho para pensar ni reflexionar si merecía la pena ir a esta capital o no. Estaba resfriado, se me resbalan los mocos como un grifo que gotea y necesitaba descansar.

 

Tras dejar Buenos Aires, me dirigí a Rosario donde me esperaba Cristian, un amigo que conocí en Manchester y que estaba a punto de ser papá. Su mujer, Claudia, tenía un barrigón considerable y, de hecho, al siguiente día de mi llegada se fueron al hospital. Aproveché para visitar la ciudad donde nació Ernesto Che Guevara y Messi. Qué contrastes. De hecho, hay mas devoción por el segundo. La casa del Che, o al menos donde se crió, es privada y, según me explicó la dependienta de una frutería de enfrente, “solo la abren para diplomáticos”. Pardiez, pensé yo, hasta dónde hemos llegado. El río Paraná riega las orillas de la ciudad y han aprovechado para crear playas artificiales y un paseo con jardines y restaurantes. Además han restaurado varios edificios antiguos, como el astillero y varias fábricas de pienso para construir apartamentos, hoteles y salas de exposiciones. Siguiendo todas estas modernidades llegué a la plaza de la bandera. Lo más conocido de Rosario, pero no había bandera, la estarían lavando… El monumento y la escalinata, digna del “Acorazado Potemkin”, parece que el arquitecto haya sido poseído por un soviético. Por el resto de la ciudad hay que andar con cuidado porque los pasos de peatones, aunque están dibujados en la carretera, pasan desapercibidos para los conductores. Después de evitar que me atropellaran varias veces, hice frenar a un taxista que me miró con cara de pocos amigos mientras le explicaba, gesticulando con mis brazos, lo que era un paso de peatones. En cambio por las noches los coches desaparecen. Y no es broma. Las calles se vacían, parece la época de los cuarenta. “La gente paga un garage”, me explicaba Cristian, “las noches son peligrosas y roban los coches”. La naturalidad pasmosa con la que me contó algo así alguien que vive en esa ciudad, me daba escalofríos.

Rosario, Argentina

Después de varios días en los que mis amigos me trataron como de la familia, les comenté que me iba a Paraguay, pero a dedo. Claudia, como si lo hubiera hecho durante toda la vida, me organizó el viaje. “Mi padre te puede dejar en un peaje, no te preocupes”. Y así fue. Hizo madrugar a su padre para llevarme a treinta kilómetros de la ciudad. La temperatura era idónea, cielo despejado, pero ni dios me paraba. Tardé toda la mañana para llegar hasta Santa Fé, allí me dejó un simpático hombre que iba en furgoneta. Estaba en pleno scalextric de la salida y entrada de un montón de gente, eran las dos de la tarde y a lo lejos divisé un grupo de chavales. Estaba a las afueras de la ciudad. Otro grupo también pasó cerca. “¿A hacer dedo?”, me soltó uno. Yo asentí, acongojado, y cruzaron la carretera. Me di cuenta entonces de que iban a pescar. A pesar de eso, la zona no me gustaba nada, por lo que hice un cartel buscando un coche hacia el norte. Paró un tipo que iba hasta Formosa. Eso eran más de setecientos kilómetros, por lo que íbamos a llegar a la noche. “Necesito hablar con alguien durante el camino, sino me duermo”, me comentó cuando paró. Por una parte me acercaba a la frontera de Paraguay, pero por otra tendría que buscar un alojamiento a la noche en una ciudad que desconocía. “Bien, yo voy hasta allá, pero siempre y cuando me ayudes a buscar hostal”. Él asintió con la boca llena. Llevaba en un lado coca para masticar. “Yo coqueo”, me soltó, “para no dormirme”. Ya me habían hablado de estas plantas algunos camioneros argentinos sobre sus efectos. El viaje fue largo y a medida que avanzaban las horas dejamos de hablar. Solo escuchábamos la cuecas paraguayas en bucle que se convirtieron en una pesadilla. La última hora fue horrible. No podía más con la música. Llegamos a su ciudad y me soltó que me llevaba a coger el bus a Asunción. “No, no quiero ir a Paraguay de noche ¿No me puedes llevar a un hostal?”. Supongo que el cansancio y la coca le hicieron dejar de pensar. “Puedes armar tu carpa ahí en esa estación”. No tenía otra opción. Salí un poco de mal humor del coche, le agradecí el gesto de dejarme allí y me fui a la gasolinera. Pasé entre unos camiones y un par de mujeres en tanga, que me saludaron, y pregunté al tipo que trabajaba allí. “Sí, buscate una esquina por ahí. La zona es tranquila”. Busqué entre varios camiones un hueco y monté mi tienda. La primera hora estuve algo inquieto y unos perros me asustaron, hasta uno intentó mear en mi tienda, pero como vi su sombra le asusté y se fue.

Al día siguiente, por suerte, estaba al lado de donde salían los autobuses hasta la frontera. Un hombre mayor que iba en el bus me hizo de guía, “Yo también voy para allá, ven conmigo”. Le seguí entre la maraña de camiones aparcados, coches, gente vendiendo ropa, cinturones, comida, zumos… Cambié unos pesos argentinos y me sellaron el pasaporte con una velocidad pasmosa. En poco tiempo estaba en un autobús local junto al buen hombre. Nada más arrancar, empecé a disfrutar del ambiente. Cada minuto subía alguien vendiendo de todo, ahí probé mi primer zumo de piña natural. No solo hubo gente vendiendo, sino que también unos chavales se marcaron un rap improvisado. Tras un largo camino, llegué al centro de Asunción, el mercado central cuatro. El caos se había apoderado de aquella zona en la que habían desaparecido las aceras por diminutos puestos de venta. La gente se movía con avidez y los coches se apelotonaban en la carretera. El sol apretaba, pero me sentía bien. Por un momento, me recordó a Nepal. Salí de allí preguntando a varios locales y conseguí localizar el hostal.

 

Estuve varios días en este hostal con piscina y dando vueltas por una ciudad con muchos contrastes. Era imposible encontrar una acera en condiciones, pero en cambio descubrí mucho arte urbano en sus paredes y en salas de exposiciones. Parece como que la juventud marcada por las tendencias de internet, más moderna y globalizada, intentara sacar la cabeza en una sociedad mal organizada, con desigualdades, edificios abandonados y un gobierno estancado en el pasado. Pero bueno, tampoco soy quien para juzgar una ciudad que apenas pasé de puntillas. Tan solo soy un simple mochilero de provincias.

Graffiti en Asunción, Paraguay

 

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#13 Buenos Aires

 

Edificio del Congreso, Buenos Aires, Argentina.

El cine Gaumont está en un lateral de la plaza del Congreso, donde se sitúa el inmenso edificio gubernamental. En mitad del parque hay una placa del kilómetro cero un poco escondida. Antes, la entrada al cine costaba ocho pesos, me dijo mi amiga Sofi, ahora son treinta. En pocos meses había subido más del triple. Comentamos la situación del país mientras desayunábamos. Me he recorrido los supermercados más económicos como el DIA y, aún así, los precios son más elevados que en España. ¡Hasta hacerse un bocadillo de jamón con queso es caro! Endika vive con Sofi en un apartamento pequeño en el centro del barrio de San Telmo. Endika es de Bilbao y sabe de lo que habla. Tras viajar por medio mundo se asentó en la capital argentina. “Cuando llegué, era asequible, pero ahora… no sé si podré seguir el próximo año”. Endika es actor y trabajo en lo que puede. El cambio de gobierno ha incrementado el precio, debido a la famosa inflación, pero los sueldos siguen igual que antes.

Aún así, Buenos Aires no para. Entrar a primera hora por carretera es una pesadilla. El tráfico en algunas calles es lento tanto en la carretera como en las aceras. “¿Por dónde está el metro?”, pregunto a un policía que me mira extrañado (aquí lo llaman subte). No me hizo falta mucho tiempo para sentirme como en casa.

Graffiti en el barrio San Telmo, Buenos Aires, Argentina.

San Telmo me atrapó, pero también ayudó a que aquella atmósfera fuese perfecta que llegué en fin de semana y el sol relucía en cada esquina. Nada más caminar por sus calles, me sentí bien. Las calles adoquinadas, los graffitis en las paredes, los edificios altos, antiguos, unos coloniales otros modernos, otros viejos, los bares y terrazas… no tardé en sentir aquello familiar. Mi primera impresión fue como si caminaba por La Latina de Madrid o por Lavapiés, pero no, un graffiti me anunciaba que estaba en ‘San Telmo’.

“Vete por esta calle hasta el canal y no salgas de ella”. Sofi me explicaba cómo llegar al famoso “Caminito” del barrio la Boca para no perderme y evitar zonas ‘bravas’, como ella llamaba a cualquier lugar poco recomendado para un mochilero de provincias. Era sábado, por lo que iba a estar lleno de turistas que llegan en autobuses hasta la misma calle. El lugar es famoso por sus casas de colores y ya está. Reconstruyeron unas cuantas chabolas en salas de arte, bares, restaurantes y crearon un par de calles dentro del barrio en un rincón lleno de imaginación. Los artesanos y artistas, desconozco si viven cerca de allí o se han aprovechado del tirón turístico, venden sus cuadros, esculturas, bailan tango o incluso está por ahí un tipo que se parece a Maradona para hacerse fotos por una propina. Los ‘buscavidas’ se reúnen en aquellas coloridas y bulliciosas calles, salir de allí todo es gris, vacío, tiendas que venden con la verja bajada. Alguna asociación coordina ayudas a sus vecinos, según leí en su puerta. Tan solo osé pasear por una calle fuera de las indicaciones que me había indicado mi amiga. Estaba sugestionado con tanta precaución.

El Caminito en Boca, Buenos Aires, Argentina.

Caminar y caminar es lo que hice en la capital argentina, aunque es tan grande que era inevitable tomar el subte. La plaza de mayo, conocida por las madres y abuelas que siguen buscando a sus familiares desaparecidos durante la dictadura, también se convierte en el centro para otro tipo de protestas. Unas vallas metálicas de la policía protegen la casa rosada. Caminé por una perpendicular que me llevaba hasta la plaza del Congreso. En el camino encuentras bares ilustres, unos conocidos por el tango otros por escritores. El barrio de San Telmo tiene muchos de estos lugares, también está la plaza Dorriego, donde los domingos hay un mercadillo de antigüedades (como el rastro en Madrid).

Una chica que iba en bicicleta se paró a mi lado para preguntarme por un bar. Al oír mi acento, enseguida preguntó “¿de donde sos?”. “Espero que disfrutes de Buenos Aires”. Los porteños están orgullosos de su ciudad y sonríen cuando les digo que me recuerda a Madrid. “¿Has estado en Palermo? ¿el jardín botánico? En la plaza de Francia hay artesanos..”, me dicen y yo recuerdo a Calamaro esperando en la plaza Francia. “En la calle corrientes hay conciertos”… Es domingo y Buenos Aires no para. Aproveché entre semana para visitar Uruguay, pero volví de nuevo el siguiente fin de semana para celebrar mi cumpleaños. Además de los mercadillos, era la noche de los museos. ¿Cómo me iba a llevar mal recuerdo de esta ciudad?

Protestas en Plaza Mayo, Buenos Aires, Argentina

Me quedé con un buen sabor de boca de la ciudad y su gente, pero lo que más recordaré serán los atardeceres. Cuando el sol caía, la luz penetraba por sus calles perfectamente alineadas y paseaba entre calles grises y cromadas como si se tratara de un lienzo cuadriculado.

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Música para éste artículo: Las pastillas del abuelo – Rompecabezas del amor.

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#12 La Ruta 3: Costa Atlántica

Panadería de los famosos en Tolhuin, Argentina.

Camino Ushuaia Martín me llevó a una cafetería- panadería muy conocida debido a que el dueño se hizo fotos con los famosos que paraban por allí y tiene el establecimiento lleno de cuadros. También había una esquina homenajeando al doctor Favaloro con una figura de cera sentada en una mesa. Junto a él, había una silla vacía para hacerse una foto con él, según indicaba un cartel. “¿No sabes quién es? Es famosísimo”, me soltó Martín incrédulo. Días mas tarde, un camionero me contó de casualidad que él era de Jacinto Araus, el mismo pueblo del doctor Favaloro. La historia del hombre que inventó el bypass en Estados Unidos es dramática. Tras unos años, volvió a su pueblo natal a fundar una asociación dedicada al corazón para ayudar a la gente más pudiente, pero no logró el suficiente apoyo institucional y, para llamar la atención, se disparó en el corazón. Hoy día, esa Asociación se mantiene gracias a sus amigos y familiares.

Miraba el mapa y sentía vértigo. Más de tres mil kilómetros me quedaban hasta Buenos Aires, con una parada oficial en Puerto Madryn. El resto de paradas formaban parte del viaje. Uno de larga duración. El primer paso: salir de la isla de fuego, me lo había regalado Martín. Después de haber cobrado a sus clientes, volvía a Ríos Gallegos, su casa, y me esperaba para ir en su coche y, además, me había ofrecido su oficina para dormir una noche. De nuevo, tuvimos que pasar la frontera chilena, la carretera de ripio, el ferry y, otra vez, la frontera hacia Argentina. Parecía una gymkana que nos retrasaba su vuelta a casa y mi comienzo de viaje hacia el norte. Como era viernes, nos encontramos con una larga cola de camiones y coches esperando cruzar el estrecho de Magallanes. “La concha de su madre”, Martin se desesperaba al ver que en el primer ferry que llegó no pudimos entrar. El trayecto dura veinte minutos, pero debido a la cantidad de vehículos podría detenernos allí una hora. Tuvimos suerte y pronto nos encontrábamos cerca de Argentina tras seis hora de trayecto. Pero nuestro destino nos jugó una mala jugada. Los Carabineros de la frontera nos pararon. “Señor, iba a noventa por una carretera de cuarenta”, le dijo el oficial que solicitó la documentación del coche. “¿Qué me pueden hacer?”, me preguntó Martín mientras esperábamos el veredicto. Las leyes chilenas son estrictas. Le quitaron el carnet de conducir y tenía que ir a Punta Arenas a pagar la multa. “Me mataste. Yo vivo de esto… No sea malo…” Las súplicas de Martín no sirvieron de nada. Llegamos a Ríos Gallegos cabizbajos. Compré algo en el supermercado La Anónima y preparé el somier que tenía Martín en la oficina. Después de todo el día en el coche dormí a pierna suelta.

Camino Comodoro Rivadavia, un punto intermedio hasta llegar a Puerto madryn, descubrí una gran cantidad de petroleras y minas por la ruta tres. “Las minas son como una pequeña ciudad. La gente trabaja en tres turnos. Nunca para. Tras catorce días de trabajo, otros catorce los descansan. Viven aquí y tienen todo gratis. Salas de juego, restaurantes y gimnasio”. Pedro es camionero de una compañía de transporte que trabaja para las minas. Lleva material desde Mendoza hasta el sur de Argentina. Tanto las minas como las petroleras también son un núcleo importante para los pueblos cercanos. De hecho, pasé por algún pueblo fantasma debido al cierre de la mina. Un concejal que me llevó gran parte del camino, logró presionar a la petrolera para que ayudara al pueblo y les construyera un cine. El único del pueblo. Gracias a eso, el coste de las entradas eran económicas e, incluso, tenían proyecciones en 3D. “Comodoro es grande y picante. Hay que tener cuidado por la noche”, me comentó el conductor de una furgoneta. “¿Y algún camping cercano?”. Sin duda preguntar a los locales es la mejor forma de moverse, pero las tecnologías también ayudan. Maps.me es una aplicación que te descargas los mapas para no tener que depender de la red. De ese modo, pude hallar aquel camping municipal en una urbanización de enormes casas que competían entre ellas por ser la más exuberante. El colmo del lugar se lo llevaba un colegio que tenía la forma de un castillo. Supongo que sería para incentivar a los docentes.

Ballena austral en Puerto Pirámides, Argentina.

Cuando llegué a Puerto Madryn, seguía lloviendo y no paró hasta dos días después. No me importó. Llevaba mil kilómetros de carretera a mis espaldas y estaba cansado. Aproveché a lavar la ropa y pasear por la playa. El centro de la ciudad de Puerto madryn está bien cuidado, no así su periferia que tuve que caminar por sus calles sin asfaltar donde se concentraban grandes charcos y tierra embarrada. Aquél día confirmé que mis playeros eran de mala calidad. Mi zapato izquierdo tenía un agujero y se colaba el agua, por lo que ya no podía jugar a cruzar los charcos por el medio. Ahora tenía que hacer malabares para evitarlos.

“No hay colectivos para las zonas protegidas, solo puedes ir con un tour”. Efectivamente, solo si tienes dinero puedes entrar en la zona de avistaje de ballenas. Tras el descanso y enterarme de las posibilidades que ofrecía la ciudad, me fui a Puerto Pirámides a ver las ballenas. Un día antes estuve a punto de acoplarme a una pareja de franceses que iban a alquilar un coche y recorrer la península Valdés, pero las carreteras de ripio estaban intratables y las cerraron. Puerto pirámides no tiene puerto, son dos calles repletas de hostales, restaurantes y agencias que te llevan a ver las ballenas. “El precio es de mil ciento cincuenta”, me dice el tipo. “Ya, es el mismo precio que el resto ¿Cuál es la diferencia? ¿por qué os tengo que elegir a vosotros?”, le pregunté con ganas de tocarle la moral. “Porque somos más simpáticos”. Me fui de allí y contraté el tour con la compañía de enfrente. Como salimos en dos horas aproveché para comer y dar dos vueltas por la calle. No había nada que hacer más que ver la cantidad de turistas ilusionados que bajaban de las embarcaciones. Llegamos en masa, soltamos los ahorros y a otra cosa. Y sin duda lo merece. Cuando estaba en la embarcación, el instructor nos comentó que íbamos a ver a la ballena en su hábitat natural, por lo que llevaría tiempo y había que esperar a ver cómo el enorme mamífero reaccionaba ante nuestra presencia. “Paciencia, porque es un animal muy sociable”. Y así fue. La ballena austral va a la península Valdés a aparearse y a criar a sus descendientes. Nuestra amiga estaba enseñando a respirar a su cría y pasó por la embarcación tan cerca que casi la tocamos. “Va a pasar para el otro lado”, exclamé en una ocasión como un niño nervioso. El agua era cristalina y la enorme masa del animal asomó sus costras y escupió el agua por su orificio nasal. Tras la madre, su descendiente hizo lo propio a su lado, imitando el gesto para deleite de los pasajeros que soltamos exclamaciones de asombro.

Puerto Madero, Buenos Aires, Argentina.

Aquella noche recordé lo bien que duerme un niño tras haber pasado el día de los reyes magos. Los nervios se apaciguan y la satisfacción del recuerdo me hizo olvidar que tenía otros mil kilómetros hasta Buenos Aires.

 

Música para éste artículo: Divididos – ¿qué ves?

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#11 El fin del mundo: Ushuaia.

 

El Gauchito Gil

A lo largo de la carretera, puedes encontrar pequeñas casetas del tamaño de una de perro con medio centenar de botellas de agua. Cuenta la leyenda que la Difunta correa murió de sed y el hijo sobrevivió porque se amamantó de ella muerta… también está el Gauchito Gil, que protege a los conductores. Son también casetas, esta vez rojas, rodeadas de banderas del mismo color. Fueron personas reales que la gente les atribuyen milagros y, sus creyentes, que son muchos, les dedican este homenaje en las cunetas de las carreteras del sur de Chile y Argentina. Esto es lo poco que tienen en común entre estas dos naciones. El camionero que me llevó hasta Punta Arenas se quejó a un Carabinero de la frontera por el trato de la policía argentina, ya que les solicitaban muchos papeles y perdían demasiado tiempo. Al día siguiente, los Carabineros formaron una caravana de camiones argentinos. “No olvidamos que Chile apoyó a los ingleses en la guerra de las Maldivas”, me explicaba mi amigo de couchsurfing en Ushuaia.

Antes de cumplir mi sueño de ir a bordo de un enorme camión, estaba cerca en la frontera haciendo dedo. Empezó a llover con fuerza y un Carabinero me invitó a esperar en su cabina donde trabajaba. Al menos había calefacción. El oficial tenía apenas veinticinco años y vivía cerca de allí, me dijo. “Estoy en servicio las veinticuatro horas del día y los trescientos sesenta y cinco días del año”, me soltó de carrerilla y con firme convicción como cuando un niño suelta la tabla de multiplicar. “Ya, pero ¿cual es su horario normal?”, le insistí. Él me quería dejar claro que estaba al servicio del ciudadano y, sobre todo, al de su superior, puesto que si en su día libre le llamaba tenía que ir a trabajar. No obstante, una jornada normal era de doce horas de ocho de la mañana a ocho de la tarde y al día siguiente hacía turno de noche, también de doce horas, después descansaba (siempre y cuando no le necesitara su superior) y volvía a hacer el mismo horario. Tras coger confianza, me invitó a una manzana. Mientras, yo intentaba buscar un coche que me llevara a mi próximo destino, Punta Arenas, pero a veces la conversación se animaba y dejaba que pasaran algunos coches. Llovía y hacía viento. Cada vez que salía a poner mi dedo en alto, me calaba y luego volvía al radiador de la garita. En una de esas, el mismo Carabinero, paró a un autobús de línea que iba vacío y le preguntó si me llevaba, pero “no podía”. El chico se sintió fatal y me confesó que creía en el karma, que la gente que hace algo malo (como era el caso de ese autobusero por no recogerme, según él) algún día la vida se lo iba a devolver. Me dejó estupefacto. Lo soltó, como si yo fuese su amigo de cervezas, y también me confesó que quería dejar todo y viajar, como yo… los coches pasaban fuera, seguía lloviendo y yo veía que aquello se me iba de las manos. Quería seguir hablando con el Carabinero, pero me quedaban más de doscientos kilómetros de viaje. De pronto, vimos un camión. Los dos salimos, él se puso sus guantes blancos y ordenó parar al conductor. Yo esperaba a unos metros entre avergonzado y sonriendo con cara de pena, para caerle bien al camionero. Y aceptó llevarme.

Llegué a Punta Arenas y seguía lloviendo. “Es la ciudad donde se puede ver las cuatro estaciones del año en un día”, te comenta la gente local. Pero ese día solo se mostraba una tormenta de agua que inundó las calles. El camionero tenía que dejar la carga primero y después me llevó hasta la misma puerta del hostal. Me despedí de él y llamé al timbre, pero nadie abrió. Me fui a otro que tenía apuntado. “No tengo camas, vete a uno más arriba. Suerte”. Llegué al hostal Independencia. El tipo que me abrió la puerta pronto me cayó simpático. “Deja la mochila, tranquilo, tengo camas”. Me sentí como en casa. Tras darme un mapa, me indicó todo lo que necesita un mochilero: supermercado, sitios de interés, bancos, estaciones de bus… y el wifi. También me comentó que podía ir a ver el Pingüino Rey. No era en tour, porque él no trabajaba con agencias, sino que conocía a un tipo que transportaba a gente hasta el Parque. Solo tenía que ir hasta Porvenir, la ciudad al otro lado del estrecho de Magallanes. Los gastos eran en el transporte, aún así, salía por cincuenta euros.

El Pingüino Rey

Al día siguiente crucé el estrecho de Magallanes en un ferry enorme y al llegar al puerto estaba Juan, el conductor, esperando. Tenía cara de niño empollón, con gafas y buenos modales. Llenó su furgoneta amarilla con más mochileros que andaban buscando a alguien en el puerto que los llevara al parque por poco dinero. La verdad, Juan era la única opción para llegar allí, el resto eran tours ya contratados o gente que había alquilado un coche. Estaba a ciento veinte kilómetros de la ciudad por una carretera de tierra. El trayecto fue largo. Llegamos a un descampado, cerca del mar donde había instaladas varias casetas de obra. Nos dieron una charla del servicio de observación que hacían allí y nos llevaron a una distancia prudente, rodeada de cuerdas y un muro de madera para evitar asustar al animal. Bueno y allí estaban. Un grupo de veinte Pingüinos Rey. Parados. Andando de esa manera tan graciosa que tienen de un lado a otro y alguno gritando… o lo que hagan los Pingüinos cuando expulsan esos sonidos que vete tu a saber si no se estarán riendo de aquel grupo de mochileros haciéndose selfies desde la distancia y con cara de “eh, mira, estoy viendo Pingüinos”. En definitiva, el largo recorrido hasta ver a este pajarraco se hizo algo pesado. Todo un día para estar viéndoles durante quince minutos. ¡Pero si ni siquiera se metieron en el agua!

Dejé Punta Arenas para ir al verdadero fin del mundo: Ushuaia. Un largo camino que hice en dos días. Recorrí la larga costa del estrecho de Magallanes en varios coches antes de llegar al ferry. Al otro lado, Martín, un porteño que vivía en Ríos Gallegos me levantó. “Ni al pedo llegas a Ushuaia. Vente conmigo a Río Grande, compartimos habitación y vemos el partido juntos. Mañana yo voy para allá y te llevo”. Martín me convenció. Todavía faltaban muchos kilómetros y teníamos que pasar la frontera también. Íbamos por una carretera de tierra golpeando los bajos con piedras. “¿Para qué los chilenos van a asfaltar la carretera que lleva a Argentina?”. De nuevo, escuchaba el mismo argumento…

Recorrí cada esquina de Río Grande gracias a que Martín tenía que hacer unos cobros a sus clientes. Como muchas ciudades de la Patagonia, son en su mayoría cabañas y pisos bajos, de cuatro plantas. Tejados de metal y rancheras de alta cilindrada aparcadas en la puerta. Según me dijo Martín, Río grande tenía muchas fábricas y la población tenía plata. Al final del día, tal como me había comentado Martín, compramos algo para cenar y vimos el partido de Argentina, que perdió contra Paraguay. (Empiezo a pensar que soy gafe, porque los partidos que vi en Chile, tampoco ganó). Al día siguiente, nos fuimos a Ushuaia, por el camino Martín paró en cada mirador. “Te hago una foto aquí”, me decía ilusionado. Sin duda merecía mucho el trayecto por carretera, ya que a partir de Tolhuin cambió de un paisaje desértico a montañas y lagos. Incluso, en ese pueblo, también hay una parada turística. “La panadería de los famosos”, que se ha hecho conocida porque el dueño fue haciéndose fotos con actores, futbolistas y gente conocida que paraba por allí. Llegamos a Ushuaia, el fin del mundo (dicen) y una de las ciudades más al sur del planeta. Símbolo del principio o el final de muchos viajes.

Ushuaia

En mi caso, llevaba casi dos meses mochileando. Ushuaia se convertía en eso, un símbolo, porque no hice ningún tour navegando por sus mares (mi idea era ir a ver ballenas a Puerto Madryn). Desde el puerto salen todo tipo de barcos para visitar las islas más cercanas, incluso para ir a la Antártida. La población de casi cien mil habitantes se concentran entre una cordillera de montañas y el puerto marítimo. Hay mucho que ver en los alrededores como el Parque Nacional de Tierra del fuego, lagos y glaciares. Sin duda alguna, en el fin del mundo hay mucho que ver.

Música de este post: Las pelotas - Víctimas del cielo.

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#10 ¡Que empiece el espectáculo!

 

Fritz roy, Chalten, Argentina

“Dos días al año puedes encontrar el cielo así de despejado”, me decía mi compañero de ruta. Empecé el recorrido del Fitz roy a las ocho de la mañana y a los pocos kilómetros me había unido a una pareja de argentinos. Abogada y médico.”Estaba en buena compañía”, les bromeé. El camino tenía señalado cada kilómetro, un detalle que ayudaba a seguir el camino. Con una leve subida al principio, una ruta plana en general y los últimos mil metros con una escalera muy picada de piedras, nieve y barro, pero con un final espléndido. El espectáculo de la laguna congelada y el monte fritz roy sin nubes detrás ni viento fue un regalo.

Días atrás había llegado, tras 500 km a dedo, a Puerto río tranquilo, tanto el puerto como el pueblo se ajustaban al nombre. Las calles habían sido diseñadas como una cuadrícula, todas las cabañas iban ordenadas, aunque con los pocos habitantes de la localidad era imposible perderse. Cuando me dejaron en mitad de la carretera austral a las seis de la tarde, me propuse dormir en Villa del cerro Castillo, pero pasó un coche y me dijo que iba directo a mi destino. No me lo pensé, aunque iba a llegar tarde. De nuevo, la hospitalidad chilena se mostró. Cuando llegamos al pueblo, el chico que me traía saludó a un amigo. “¿Tienes algún tour para mañana pronto?”. El chico fue a hacer una consulta. “A las nueve”. Perfecto. Tenía tour para ver las cavernas de mármol, después el chico me llevó a un hostal. “Diez lucas con desayuno”. Perfecto. Le agradecí su amabilidad con un fuerte apretón de manos y me instalé. A la mañana siguiente me uní al tour que tenía apalabrado y nos llevaron en una lancha a motor a las conocidas cuevas del mármol. Según el guía, eran únicas en el mundo. Me llamó la atención cómo estaban esculpidas por el mar y repito, esculpidas, porque al acercarnos a ellas es lo que parecía. Todas las paredes parecían talladas por un humano. Dimos varias vueltas alrededor mientras el guía se ganaba el sueldo. “La catedral…el elefante…la cabeza de perro…etc…” El paseo terminó y eran las once… en aquel minúsculo pueblo. Me dijeron que el bus pasaba a las dos de la tarde, así que no dudé ni un momento. Compré comida para el día y me puse a la salida a buscar un coche en dirección a la frontera argentina. Mi idea era dormir aquella noche en Los Antiguos, pero el destino quiso otra cosa.

Tras varios coches que me iban a dejando en pueblos igual de pequeños, que tenían su encanto, su gallo loco y algún perro callejero que se me acercaba a buscar comida, paró un todoterreno de esos que cuestan saber si son coches o camiones. Era Cristián y su compañera de trabajo que volvían de un fin de semana en la montaña. “¿fin de semana?”, pensé. No sería (ni será) la primera vez que me pase que perdía la noción de la semana. También había perdido el número de veces que había resumido mi vida y relatado mi viaje a la gente que me recogía en el camino. De esa manera, empezaba a romper el hielo y pronto la conversación variaba y comenzaba la confianza. El viaje era largo y realmente impresionante porque recorría la costa del enorme lago General Carrera (llamado así en la parte Chilena, pero en la parte argentina lo llaman “Buenos Aires”). En definitiva, que esa confianza dio lugar a la conversación sobre mi alojamiento. “¿Qué vas a hacer?”, me preguntó Cristian, ya que eran las tres de la tarde, y, como le dije que me daba igual buscar hostal en la parte Chilena o en la argentina, me soltó en bromas “¿Sabes cocinar?”. Cristian es odontólogo y vive en Chile chico desde hace un par de años. Es la última ciudad antes de la frontera, por esa razón no dudé ni un segundo la invitación de quedarme en su casa. Me sentí tan bien en su casa, que me quedé dos noches. Ese encuentro llegó en ese punto de inflexión viajando en el que necesito lavar ropa, escribir, publicar, editar el blog (que tantos quebraderos de cabeza me da por hacerlo con un móvil) y, ya de paso, aproveché para cortar mis melenas y mi barba. Entre otras cosas, porque me dijeron que podría parecer israelí y, debido a que llegan en masas en verano con resultados no muy buenos, podría perjudicarme en el autostop. No podía quejarme. Con melenas y sin ellas me había ido mejor de lo que esperaba. Cuando decidí emprender mi viaje, con pena, por lo bien que me había tratado Cristian, llegué a Chaltén en el mismo día. “¿En serio?”, me preguntaba incrédulo Cristián. En efecto, me había recorrido setecientos kilómetros en un día. Los últimos conductores eran una pareja de italianos que pasaban su luna de miel por tierras patagónicas.

Todavía recuerdo lo que me dijo Gazel en Concon, cerca de Valparaíso, “Chile es mas caro que Argentina”… Desde luego que ahora mismo no. Parece que la moneda fluctuó para hacerme el viaje mas caro de lo necesario. Tanto es así que hay productos en el supermercado mas caros que en España. Los autobuses de línea son más caros que en Chile y los tours… bueno, eso ni me acerco a verlos. Por suerte en el Chaltén todas las rutas son gratuitas,aunque como tenía pendiente el parque de la torres del Paine, decidí solo acercarme a ver el Fitz Roy. El camino es sencillo durante los primeros nueve kilómetros, pero el último es una auténtica escalera de piedras, barro y hielo. Al poco de empezar me había unido a una simpática pareja de argentinos con los que entablé una larga conversación durante las cuatro horas de trayecto. Él era un experto senderista que se había recorrido un montón de rutas tanto en Argentina como en su país vecino, Chile, por eso no daba crédito al buen tiempo que teníamos. Ni frío, ni calor y, sobre todo, ni viento. Al llegar a la cima y ver el monte Fritz Roy con total claridad casi nos emocionamos. La laguna estaba helada, algunos intrépidos caminaron por la orilla, yo estaba cansado y sentado en frente de aquella maravilla me dispuse a comer. A la vuelta nos vinimos arriba y, en vez de hacer la ruta normal, nos desviamos para añadir dos horas más al trayecto y ver unas lagunas que había cerca. El camino era largo y con la mitad del camino poco atractivo. Llegué exhausto al pueblo donde me despedí de la pareja.

 

Glaciar Perito Moreno, Calafate, Argentina.

Al día siguiente, con agujetas, volví a la carretera. Al poco tiempo estaba por la ruta 40 camino Calafate con un argentino que instalaba paneles solares. Me dejó cerca del centro tras un largo recorrido por esas llanuras desérticas en las que campan a sus anchas los Guanacos, algún zorro y armadillos. Darío me alojó durante dos noches. Cuando le dije que el precio del autobús para ver el Glaciar del Perito Moreno eran 27 euros me soltó “yo haría dedo”. No me lo había planteado puesto que era un lugar tan turístico que no creía que tuviera oportunidad, pero me aventuré. Tenía tiempo y, a malas, al día siguiente iría en bus. Al día siguiente estaba en la carretera desde las ocho de la mañana… pasaron dos horas y no había tenido suerte, hasta que un hombre que pasaba por allí me sugirió ir a una rotonda a un kilómetro más adelante. Una hora después, paró un autobús de línea. “Sube, rápido”, me soltó el conductor. Me subí sin pensarlo. “¿Vas al Perito Moreno?”, le dije con timidez nada mas subir. Por supuesto que iba. Era el encargado de la línea que llevaba el vehículo para otro compañero, porque se les había estropeado el otro autobús. Eran ochenta kilómetros de trayecto. “Yo te llevo al Parque, pero luego ya te buscas la vida”, me soltó. Claro, pensé, qué más podía pedir. Cuando llegamos a la entrada del parque, el conductor le comentó al guardaparques el motivo de su visita. Llevaba más de diez años en la compañía, por lo que le conocían de sobra. El tipo le dio el visto bueno y arrancó. Nada mas perder la entrada, soltó una carcajada. “Te zafaste”. Exacto. Me zafé de no pagar la entrada. Le pregunté ingenuamente si no me la iban a pedir, pero me dijo que estaba en Argentina… De ese modo vi uno de los mayores espectáculos que he tenido en frente de mí en mucho tiempo. El Glaciar está vivo. Tan solo hay que estar allí, observar y esperar. Cruje como una tormenta y, de pronto, cae una trozo al agua rompiendo la quietud y sacando el griterío de la gente que esperaba ese momento cámara en mano. No voy a negar que yo también sonreía al verlo y me sentía pletórico.

El viaje llegaba a un punto de inflexión muy esperado. El Parque de las torres del Paine. Cuando llegué a Puerto Natales, salió dentro de mí el mochilero de provincias que soy. Sí, reconozco que, a pesar de llevar mochila, no soy un experto en las artes de llevar el equipo completo de camping. Nunca había estado cocinando con gas y, aunque había leído un montón de veces cómo era la ruta dela W en el parque, me sentía un auténtico pardillo. Tuve que informarme bien de cómo recorrer el circuito, qué equipo iba a necesitar y cuánta comida iba a tener que cargar. No voy a hablar de todos los detalles para llevar a cabo esta aventura, tan solo contaré que nada más empezar a ver las opciones veía que llevar a cabo el circuito de la W en cinco días tenía que gastar más de lo que esperaba. El autobús que te lleva al parque, el Catamaran (que más tarde supe que se podía evitar), la entrada al parque (que no sirve para mucho, ya que con el dinero que piden, 25 euros, no se ve reflejado en el parque) camping, comida, alquiler de equipo… dediqué un día para comprar y tener todo atado para estar aislado durante casi una semana en el Parque. Mi alma de mochilero de provincias estaba en plenitud. No lo niego que fue un poco quebradero de cabezas, entre otras cosas, porque había un día de casi ocho horas de caminata con la mochila en los hombros. Me llovió, apenas dormí por el frío, me perdí, volví a encontrarme, sudé mucho, mucho y mucho, tenía dolores en la espalda y en las rodillas, salió el sol, escuché música, sonreí como un niño metiéndome entre el barro, tuve mucho tiempo para pensar, reflexionar, mi vida, mi gente, mi pasado, mi futuro… hice una meditación durante cinco días hasta que por fin, el último día llegué a ver las famosas Torres del Paine.

Torres del Paine, Puerto Natales, Chile

Tras cinco días sin poderme duchar, llegué al hostal exhausto. Había logrado hacer la ruta de la W. Me sentía satisfecho, ya podía continuar mi viaje y, por fin, después de mucho tiempo. Me iba a levantar en el camino un camionero. Iba por la carretera del fin del mundo hacia Puerto Natales con la músiquilla de Loquillo en la cabeza…

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Sobre el autor Gustavo Prieto
Me apasiona escribir y viajar. No sé si en ese orden, pero es un buen cóctel que me motiva hoy en día. Estuve en Madrid un tiempo queriendo ser guionista de cine y lo que realmente me enganchó fueron los viajes. Escribí mucho y también hice mis pinitos en el mundo cinematográfico, pero como las ideas surgen de lo que uno vive, me fui a Manchester. Fue una gran experiencia que me curtió para emprender el viaje de mi vida. Ocho meses de mochilero de Europa a Asia. Solo hay una cosa que me motive, un nuevo reto y la próxima aventura es Sudamérica y la ruta Panamericana.

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