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Categoría: Belice
#32 Viaje express por Belice

Autobús camino a Belice

Pasé la frontera a Belice con el grupo del autobús. Había comprado un billete desde Flores, Guatemala, hasta la capital beliceña. Tuve que esperar un poco a que me sellaran el pasaporte, pero fue rápido y ordenado. Ya estaba en Belice. Después de ocho meses de viaje en Latinoamérica, pisaba por primera vez un país de habla inglesa. Me dirigí directamente a la capital para buscar un bote que me llevara a Caye Caulker, una isla pequeña cerca de una de las más importantes barreras de coral del mundo. Cuando el bote me dejó en la isla, y mientras caminaba por el muelle, un tipo me preguntó a dónde iba. Le dije que buscaba alojamiento barato y me indicó un hostal. Las calles de Caye Caulker eran de arena y, en vez de en coches, la gente se movía en bicicleta y en carros de golf. El hostal que me había comentado el tipo del muelle, aunque lleno de simpáticos gatos y perros, era un poco caro, por lo que me decanté por otro más económico donde pude poner mi tienda de campaña. Hice mis primeras compras en dólares de Belice y me di cuenta de lo caro que era todo y de que, al igual que en otras zonas caribeñas, como Bocas del Toro en Panamá, los chinos tenían el monopolio de los supermercados. No uno, si no todos los de la isla. Un contraste curioso y llamativo, sobre todo teniendo en cuenta que la mayoría de gente local eran negros con rastas. Al día siguiente de mi llegada, busqué un tour para hacer snorkel en el arrecife, pero en varias agencias me dijeron que necesitaban al menos un grupo de siete personas. Frustrado por mi búsqueda, me bañé un rato y, de vuelta a mi hostal, un tipo me preguntó si estaba interesado en hacer el tour al arrecife en ése mismo instante. ¡Bingo! En menos de media hora estaba con aletas y gafas de buzo puestas.

Costa Belicense

Mis primeras inmersiones me costaron bastante debido al oleaje, que me hizo tragar agua (no hay que olvidar que soy de provincias), pero poco a poco fui disfrutando del paisaje acuático. No sé cómo describir la cantidad de pececillos, plantas y vida que había en cada recoveco de rocas y coral. Era un universo acuático a medio metro de mí. Había que tener cuidado de no golpear el coral con las aletas. El tour consistía en eso y en ver a los tiburones, a los que, por desgracia, alimentaban con pescado para que los turistas pudiéramos hacer fotos y vídeos. Mal. Durante toda la mañana estuve sumergido en el mar y disfruté, a pesar de que tragué agua en varias ocasiones.

 

Tuve la oportunidad de quedarme una noche más por la isla, pero como ya saben los que me conocen, no soy de playa, así que me fui a conocer Orange Walk. Bueno, mi idea era enterarme de cómo visitar las ruinas mayas de Lamanai, ya que la información de Internet no era clara. Llegué a la capital, de nuevo en bote, y fui andando a la estación de buses. Crucé varias calles y canales que desprendían mal olor. Las casas bajas de tejados metálicos no ofrecían una visión agradable, ya que parecían guetos marginales. No me detuve mucho y, nada más llegar a la entrada de la estación, un bus salía camino de Orange Walk.

Orange Walk, Belice

Si la capital tenía poco interés, Orange Walk era lo menos interesante que he visitado en mi viaje. Pardiez, qué pueblo. Dejé atrás el bus que me dejó en una explanada a la que llamaban “terminal temporal” y donde no había nada de información, sólo un par de kioscos de bebidas y comida. Camino al hostal, un tipo me gritó desde el otro lado de la calle y me preguntó si estaba interesado en las ruinas de Lamanai. Me explicó que el tour costaba cincuenta dólares y mi mandíbula inferior rozó el suelo del susto. No había manera de hacerlo por mi cuenta porque el único bus que iba para allá salía los lunes (era jueves y de semana santa). El tour parecía interesante: un paseo en bote por el río viendo fauna y un paisaje agreste hasta llegar a las ruinas donde un guía te enseñaba los restos mayas. Pero no era para mí. En ese momento dudé entre la posibilidad de irme directamente a México o quedarme una noche allí para intentar descubrir aquel pueblo, y me decanté por lo segundo.

 

Seguí camino del hostal y ya pude observar lo poco agraciada que era aquella localidad. De hecho, no encontré ningún local para comer y tuve que hacerlo en el restaurante de mi alojamiento, que no era nada barato. En realidad, el hostal era un lodge situado en un lugar idílico junto al río y donde me permitieron acampar en su explanada. Bonito de día, porque a media tarde una jauría de mosquitos nos llevó a todos a refugiarnos dentro del restaurante. Mi noche tampoco fue para tirar cohetes. Me desperté con unas cuantas hormigas husmeando dentro de mi tienda y, debido a que estaba acampando en hierba, la humedad traspasó la tela y bien temprano me tuve que apresurar a colgar todo para que se secara antes de recoger.

Tour en Caye Caulker, Belice

La costa caribeña Belicense fue impresionante, pero tanto la capital como Orange Walk no me gustaron nada. Pensaba esto en el ‘school bus’ que me llevaba a la frontera. Los mismos trámites de siempre, pero esta vez tuve que pagar veinte dólares por salir de Belice. Acostumbrado a tanta frontera, no quise cambiar dinero allí, sino que preferí hacerlo en la parte de México, pero esta vez me equivoqué. El edificio mexicano era una infraestructura cercada, sin camiones, sin gente alrededor para vender comida ni para cambiar dinero… el cobrador del bus me dijo que nos esperaba fuera, sin embargo, cuando obtuve mi sello, había pasado media hora (o más) y a la salida no estaba el bus. Tampoco podía salir de allí a pie. Las autoridades mexicanas me llevaron a otra sala donde me registraron la mochila mientras yo echaba exabruptos al aire acordándome de la madre del conductor de bus que me había dejado tirado allí. ¿La solución? Sencilla: un taxi que me llevó a Chetumal, provincia de México. Pero eso es otra historia.

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Sobre el autor Gustavo Prieto
Me apasiona escribir y viajar. No sé si en ese orden, pero es un buen cóctel que me motiva hoy en día. Estuve en Madrid un tiempo queriendo ser guionista de cine y lo que realmente me enganchó fueron los viajes. Escribí mucho y también hice mis pinitos en el mundo cinematográfico, pero como las ideas surgen de lo que uno vive, me fui a Manchester. Fue una gran experiencia que me curtió para emprender el viaje de mi vida. Ocho meses de mochilero de Europa a Asia. Solo hay una cosa que me motive, un nuevo reto y la próxima aventura es Sudamérica y la ruta Panamericana.

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