img
Categoría: Bolivia
#20 Despedida de Bolivia

 

Tienda cholitas, La Paz, Bolivia.

En Iquique tuve el síndrome del extranjero, es decir, en tan solo una mañana tuve que negociar el precio en varias ocasiones, y cansa. Es agotador estar todo el rato pendiente de que no te tomen por una billetera andante. El mismo trayecto de bus me lo querían vender por el doble. El desayuno me lo servían con menos ingredientes. Total, es extranjero, no se dará cuenta…

Cuando llegué a La Paz, estuve varios días que me costaba respirar. Lo más probable es que fuera la altitud. Llegar desde Iquique, a nivel del mar, en menos de un día, al cuerpo no le da tiempo a adaptarse. Las calles empinadas se hacen más duras de lo habitual y esa ciudad es solo de subidas y bajadas. En el hostal me esperaba mi amiga Aurora, con la que empecé a viajar desde entonces.

La Paz es un oxímoron. No hay descanso en esta ciudad asentada en un valle. Tan solo la calle principal es llana. Si sales de allí, bien por la izquierda, bien por la derecha, hay que subir cuestas. El tráfico estresa. Claxon, contaminación y un montón de gente en la calle. Además, era el inicio de las Navidades y todo el mundo vendía o compraba algo. Los ‘trufis’, furgonetas para ocho pasajeros, son la mejor manera de moverse por la ciudad. Una vez que conoces el destino, paras a una de ellas, montas y le dices al conductor que te deje donde quieras. El sistema funciona rápido y no tienes que ir a ninguna ‘parada’, y por tan solo dos bolivianos (apenas unos céntimos de euro) vas a cualquier parte de la ciudad. Pero en los últimos años han construido una mejor manera para subir a los barrios más altos: el teleférico.

La Paz, Bolivia

Yo no soy muy partidario de las alturas, pero Aurora se divirtió tanto con las alturas como con mi miedo. Una vez arriba las vistas son impresionantes. En una ocasión, decidimos bajar andando por las miles de escaleras y en el camino nos encontramos con una familia en las puertas de su casa tomando cerveza. En cuanto les dijimos que éramos españoles nos invitaron a un trago y se hicieron una foto con nosotros. “No hay turistas por aquí”. Cierto, el barrio no tiene buena fama. Dimos una vuelta por las plazas principales, alguna calle turística, como la de las Brujas, donde hay todo tipo de ropas y mochilas hechas con lana de alpaca, y también productos para curar cualquier mal de ojo. Incluso hay personas que te leen el futuro con las hojas de coca, un producto que es legal tanto en Bolivia como en Perú. Se mastica para extraer el jugo y ayuda a aliviar el mal de altura o sirve para mantenerte despierto. Mis problemas respiratorios no mejoraron con la hoja, ni masticándola ni en infusión.

Desde La Paz, nos fuimos a Copacabana, el pueblo que está en el lago Titicaca y es base para visitar la famosa isla del Sol. El trayecto de tres horas sale desde La Paz por el barrio El Alto, que como su nombre indica, está en la parte superior de la ciudad. Esta zona está un poco abandonada, con calles de tierra y casas de ladrillo, tal cual. En los muros de las calles se pueden leer mensajes tales como “ladrón pillado, será ahorcado”. El resto del camino va por una carretera, más o menos sin incidencias hasta que, a menos de una hora del destino, hay que bajarse del bus para montar en una barca que te cruza una parte del lago Titicaca. El bus también es transportado en un barco especial para vehículos y después sigue el trayecto hasta Copacabana.

 

Copacabana, Bolivia

Nada más bajar del autobús, en una de las plazas de Copacabana, nos abordaron dos personas para que nos alojáramos en sus hostales. “Aquí tienes mi tarjeta, hermano”, me soltó una argentina que nos ofrecía hospedaje por tres euros. Copacabana es un pueblo con dos plazas y dos calles turísticas. Es tan manejable y acogedor que enseguida te sientes como en casa. Como siempre, Aurora y yo buscamos el mercado central donde pudimos desayunar y comer por precios razonables.

Al día siguiente, visitamos la isla del Sol. El bote tarda dos horas en llegar a la parte norte, donde un guía local te da la bienvenida, te acompaña a pagar la entrada del norte y visitas el pueblo y las ruinas preincas. Según la historia del lugar, es donde nació el sol y era habitual la práctica de rituales. Es por ésta razón por la que creen que la isla tiene buenas “energías”. Después de darle la propina al buen hombre, Aurora y yo seguimos el camino hasta la parte sur. La isla, que nos recordaba a las Baleares, se recorre en no más de tres horas. Durante el recorrido, nos juntamos con una pareja de simpáticos vascos con los que llegamos al otro pueblo, buscamos alojamiento barato y cenamos trucha, un plato típico del lugar.

 

La isla del Sol, Bolivia

Después de unos días relajados, Aurora cruzó la frontera a Perú y yo volví a La Paz a reencontrarme con Agar, mi pareja, con la que repetiría el mismo camino. Pero el impacto de llegar por avión a los casi cuatro mil metros de altitud de la ciudad es mayor y Agar tuvo dolores de cabeza durante varios días. Tan solo con las pastillas para ‘montañeros’ se pudo recuperar ya en Copacabana, desde la cual tomamos rumbo a Arequipa, Perú, para reunirnos con Aurora y pasar la Nochebuena en esta interesante ciudad colonial.

____________________________

Os recuerdo que podéis ver más fotos en mi cuenta de Instagram o en mi canal de Facebook.

Ver Post >
#19 De Uyuni a San Pedro de Atacama

Salar de Uyuni, Bolivia

Nada más bajar del autobús, varias mujeres me atosigaron con panfletos y ofertas del tour de Uyuni. El sol calentaba y tenía hambre. Cuando tengo hambre, no puedo pensar. Recogí mi mochila y mientras me alejaba, una mujer me seguía insistiendo en su agencia. Cogí el folleto y le mentí, “iré más tarde, ahora necesito un hostal”. Me costó encontrar un alojamiento económico. Me metí en una habitación triple donde vi dos mochilas más, luego conocí a sus propietarios: una valenciana y un francés. Después de dejar el peso, comí en un puesto callejero y ya sí, con el estómago lleno, me fui en busca de la mejor oferta. Un par de horas más tarde, me encontraba en un local bebiendo un jugo de maracuyá. La dueña del local se tomaba un café con una amiga y las interrumpí. “¿Conocéis las agencias de los tours?” Como viajo solo, hay veces que es difícil tomar decisiones, sobre todo cuando hay mucho dinero en juego. Prácticamente todas las agencias tienen el mismo recorrido, varía el poder bañarte en las termas por la noche o por el día. Como es lógico, la primera opción es la más cara. La amiga de la camarera (o como dicen aquí, mesonera) me dió su opinión y le agradecí el gesto. “Bueno”, le dije mientras pagaba mi consumición, “creo que ya me he decidido. Muchas gracias por sus consejos”.

Al día siguiente, me encontraba en un cuatro por cuatro con cinco personas más que habían contratado el mismo tour con diferentes agencias. Por suerte, yo había pagado menos que ellos. Así funciona el negocio. Luego está tener la suerte de que te toque un buen conductor que explique algo y dé observaciones durante el trayecto. Nuestro conductor fue generoso y compartió sus conocimientos sobre el terreno. El tour duró tres días y, para mí, terminaba en San Pedro de Atacama. Empezamos en el cementerio de trenes y cuando llegamos al aparcamiento, nos dimos cuenta de la magnitud de turistas que hacen ese tour, ya que había más de una docena de todoterrenos.

Cementerio de trenes, Uyuni, Bolivia

Antes de entrar en el salar de Uyuni, nos llevaron a un pueblo donde hay una calle llena de puestos de artesanía: todo tipo de ropa, collares, imanes, gorros, etc… Una oportunidad para ir conociendo a los demás mochileros: una pareja de alemanes, dos amigos australianos y un italiano, que iba a ser mi compañero de habitación durante las siguientes dos noches. Tras dejar el pueblo, comenzó el auténtico paisaje árido del salar. Paramos en la entrada para observar un par de charcos que desprendían un olor desagradable. “Los compuestos químicos que tienen producen ese olor”, nos comentó Abraham, el conductor. Más adelante, el camino estaba lleno de agujeros y paramos cerca de uno. Abraham se arremangó y se agachó en uno de esos huecos. Estaba lleno de agua. Rebuscó en la cavidad para buscar piedras de sal. “La gente viene aquí a buscar grandes piedras para luego venderlas”. Después se lavó el brazo con agua porque el del salar te deja la piel blanca y pica después de unos minutos. Seguimos el trayecto para hacer las típicas fotos divertidas del Salar y visitamos una de las múltiples islas que hay en este mágico lugar. Estaba llena de cactus enormes, según nos contaron, con más de cien años. Antes de finalizar el día, disfrutamos del atardecer en este paisaje inolvidable.

Llama Boliviana (o Alpaca, no sé distinguirlas)

Después de un primer día tan impresionante, todo fue a menos. El segundo día recuerdo los desiertos de arena y los animales. Pude observar flamencos, un zorro, llamas, guanacos y un conejo extraño. El tour es demasiado cómodo porque te llevan a los miradores o a las zonas más interesantes con el coche, por lo que estuvimos bajando y subiendo del vehículo constantemente. Algunos trayectos eran un poco largos, pero no más de una hora. Tanto el alojamiento como la comida fueron de muy buena calidad, por lo que comparado con los relatos de otros viajeros de hace años, parece que ha mejorado mucho. El tercer y último día fue más corto porque a primera hora nos tenían que dejar en la frontera. Lo más interesante fueron los géiser ya que por mi parte era la primera vez que los veía tan de cerca, por lo que mereció la pena el madrugón.

Geizher

Cuando llegas a San Pedro de Atacama, el espectáculo no termina, sino que empieza de nuevo. Aunque la mitad de los paisajes son similares a los que ya había visto, aún encontré lugares tan mágicos como el valle de la luna. En la frontera, un tipo me dio un folleto de un hostal y, como me convencía el precio, fuí allí. Mientras me acomodaba, escuché una voz familiar. Era Liz, la mochilera danesa que conocí en Samaipata semanas antes. Nos dimos un abrazo fuerte y me invitó a unirme a su excursión a la garganta del diablo. Como acababa de llegar, me dieron una hora para organizarme y nos fuimos. Alquilamos unas bicicletas y salimos del pueblo a mediodía. No recuerdo haberme divertido tanto en mucho tiempo. La garganta del diablo está muy cerca del pueblo, pero en San Pedro de Atacama hace mucho calor. Sudamos a chorros y tuvimos que descansar bastantes veces, pero mereció la pena. Para rematar la reunión, también estaban en el pueblo la pareja de Samaipata, Gustavo y Alexandra. Entre el buen ambiente del hostal, del pueblo y el reencuentro con los amigos disfruté mucho. Al día siguiente, de nuevo, nos fuimos un grupo de ocho al valle de la luna, también en bicicleta. El camino es más largo y duro, pero lo que nos esperaba en el lugar es inolvidable. Tanto el desierto como las formaciones rocosas del sitio lo hacen único. San Pedro de Atacama no me decepcionó, sino que me apasionó y me dejó un grato recuerdo.

Desierto Atacama

Tras varios días de intensos tours, coches, bicicletas, fotos y paisajes espectaculares, me fui a la costa Chilena, a Iquique, para no hacer nada. Y lo disfruté con mucho gusto. Me despedí de Chile, como dicen los toreros por la puerta grande.

____________________________

Os recuerdo que podéis ver más fotos en mi cuenta de Instagram o en mi canal de Facebook.

Ver Post >
#18 Primeros pasos por Bolivia

Bosque de Helechos, Samaipata, Bolivia

“¿Conoces el tren de la muerte?”, pregunté a mi colega de asiento. “Solo salen los domingos”, me soltó. El autobús que nos llevaba a Bolivia pasó las dos fronteras y paró. “Tenemos que ir primero a la frontera brasileña”. Habíamos pasado más de veinte horas juntos, así que ya éramos casi como amigos. Nos habíamos contado lo que todos nos contamos la primera vez que te conoces: de dónde eres, si tienes familia y para donde vas. Los dos íbamos a Santa Cruz, al igual que cuatro chavales más. “¿Sabes algo del tren de la muerte?”. Todos iban a coger el bus, nadie quería saber nada de trenes. Uno de ellos se quedó con las maletas y mochilas y el resto fuimos a que nos sellaran los pasaportes. No había mucha gente por suerte. Me fui a la aduana de Bolivia, rellené un papel verde con mis datos y cuando el oficial vio mi pasaporte me dijo que la fecha del sello brasileño estaba mal. “¿Qué mas da?”, le solté. Me habían puesto el sello de cinco días antes y el oficial de Bolivia no me quiso tramitar la entrada con otra fecha. Me fui de nuevo a la oficina brasileña para terminar de una vez los engorrosos papeleos. De vuelta a por la mochila, el resto de chicos me estaban esperando. Cambié mis últimos reales brasileños y nos fuimos los cinco apretujados en un taxi hasta la terminal de autobuses. Todos ellos eran bolivianos que trabajaban en Sao Paulo. Algunos se volvían a su país y otros estaban de visita. Mientras esperábamos la salida del autobus, di una vuelta por el pueblo fronterizo. Había un mercado y gente vendiendo comida en cada esquina. Mi primer paso por este país fue probar el majadito, un plato típico de la zona con arroz, carne, huevo y plátano frito, que me costó un euro y medio. Descubrí la estación de trenes a pocas cuadras de la terminal y me acerqué solo para comprobar que los chicos, el taxista, y otras tantas personas más que pregunté, tenían razón: el tren salía los domingos y era viernes. No estaba dispuesto a esperar dos días en ese pueblo por el puñetero tren. Me uní con mis nuevos compañeros de viaje y bebimos latas de cerveza hasta que salió nuestro autobús. Diez horas después, llegamos a Santa Cruz.

Después de dormir dos noches seguidas en el autobús, me alojé en un hostal con piscina para relajarme y no hacer nada. Santa Cruz es una de las ciudades más importantes de Bolivia y, de hecho, tiene un aeropuerto internacional con vuelos directos a España. Estuve solo un día para disfrutar más tiempo en Samaipata. Un pueblo encantador al que llegué en taxi junto a una pareja, Gustavo y Alexandra; un costarricense muy cómico llamado Randy; y un boliviano que nos explicó la situación de su país.

¿Por qué hay pintadas sobre “Evo sí” o “Evo no”?. El chico nos explicó que Evo Morales quiso modificar la constitución para que los presidentes del gobierno pudieran estar más de ocho años, por lo que hizo un referéndum; pero la población, viendo la posibilidad de que pudiera ganar las elecciones y continuar al frente, decidió votar en contra. “Son la gente indígena la que vota a Evo”, nos dijo el chaval, muy crítico con la política medioambiental del gobierno.

En Samaipata la pareja, Randy y yo nos fuimos a un hostal muy barato. Estuvimos tres días e hicimos juntos un tour para conocer un parque cercano lleno de enormes helechos. Nunca había visto un helecho que creciera como un árbol y midiera más de dos metros. El guía era un hombre mayor que había sido el primero en la zona. Muy peculiar. “Si no hay turismo, me voy a mi huerto”, nos comentaba con naturalidad mientras cortaba con su sable las ramas que molestaban en el camino. En el grupo también vinieron Liz, una chica de Dinamarca, y Luc, de Canadá, a quienes les íbamos traduciendo las anécdotas que nos contaba el buen hombre. Cuando nos sentamos a comer en plena montaña, nos relató su experiencia como guía en la ruta del Ché Guevara, ya que cerca de Samaipata se encontraba Santa Cruz de la Sierra, lugar donde le capturaron, y a ochenta kilómetros al sur, en la Higuera, le mataron. En dos ocasiones fue el guía, e incluso el actor, en varios documentales que rodaron sobre la vida del legendario Ché. Samaipata me encantó, disfruté del mercado donde compraba aguacates, mangos y tomates, o los puestos donde comíamos por un euro y medio o desayunábamos con jugos frescos. “¿Con agua o leche?”, nos preguntaban. El pueblo era acogedor, tanto es así que en el hostal vivía un hombre jubilado de Estados Unidos que llevaba allí tres meses. “Hay buen tiempo y buena hierba”, me decía entre risas. Otro chaval vivía cerca del pueblo en una comuna de extranjeros que habían comprado terrenos muy baratos hacía unos años. “Aquí hay trabajo de lo que quieras”, me comentaba mientras tomábamos té, “ayudas a unos en el campo, a otros en el taller…”. De hecho algunos jóvenes, con un rollo de hippies desfasados, vivían en un camping cercano y se buscaban la vida en la plaza del pueblo tocando algún instrumento o vendiendo pulseras de cuero (este tipo de chavales los encontraría a lo largo del país). El último día conocí a un valenciano que trabajaba por temporadas en Sudamérica. “Siete años llevo viviendo así”, me dijo cuando le pregunté sobre cómo era vivir de esa manera.

Sucre, Bolivia

Mi manera de vivir de momento era seguir ahorrando y Bolivia me lo facilitaba. Después de Chile y Argentina, por fin sentía que estaba mochileando por Sudamérica, primero por los precios y segundo porque coincidía con más gente en la misma ruta, como la pareja de Gustavo y Alexandra, que iban a Sucre al igual que yo. Debido a que la flota (así es como llaman a los autobuses en este país) nos cobraba lo mismo que desde Santa Cruz, nos recomendaron que, en vez de comprar el billete, fuéramos a la carretera y parásemos el bus que fuera hacia Sucre. Hicimos todo eso y en el primero que llegó nos metimos. Apenas nos dio tiempo a regatear el precio. Los conductores siempre llevan dos personas más, casi siempre chavales menores de edad, que te sueltan por la ventanilla la ciudad donde van. “¿Cuánto cuesta?”, le pregunté. “Sesenta”. Apenas pregunté a la pareja, los chavales nos estaban metiendo las mochilas. Accedí al bus y el conductor me pidió el dinero de mala manera. “Setenta”. “No, sesenta, me ha dicho tu compañero”. Así funciona todo el rato, si pueden sacar más, mejor. En Bolivia hay que pagar por el uso de la terminal, por ir al baño… no hay precios a la vista. Hoy te cobran seis y mañana ocho.

Mi primer día en Sucre fue un flashback de mi anterior viaje. Llevaba varias semanas con molestias en una muela y aquel día el dolor se hizo más intenso, por lo que a media tarde fui al dentista y me dijeron que tenían que desvitalizarla. El problema es que el tratamiento duraba varios días, así que tuve que estar casi una semana allí. La mejor parte es que me reencontraba con mis amigas, Aurora y Nany, que llevaban viajando por Sudamérica desde octubre y no habíamos coincidido, por lo que pudimos conocer Sucre en profundidad. Por suerte, es una ciudad muy interesante, sobre todo para los que nos gusta la historia. En la Casa de la libertad está el Museo de la Independencia y allí está la sala donde se firmó la independencia de Bolivia.

Debido a mi problema dental, Gustavo y Alexandra, siguieron camino y yo seguí mi viaje solo hacia Potosí, una ciudad en la que me planteé por primera vez un dilema ético. ¿Es ético hacer un tour a unas minas donde trabajan y se juegan la vida a diario? Parece ser que en Potosí es lo más habitual y todos van allí a visitar las minas. Es un tour casi obligado, pero yo lo evité. Me imaginaba yendo a las minas de carbón en Asturias y no me convencía. Por suerte, está el museo de la moneda donde te explican el drama que se vivió allí durante el Imperio español y la situación que viven actualmente los mineros, una vida dura. Mi visita a Potosí fue corta, pero la supe exprimir al máximo con el tour que ofrece la oficina de turismo. Una visita que hacen por la ciudad y termina en lo alto de un mirador donde se divisa toda la ciudad y su imponente colina.

Potosí, Bolivia

“Uyuni saleeee…” De ese modo te reciben cuando llegas a la terminal que, como ya he dicho, pagas por entrar y pagas por usar el baño. No es mucho, un boliviano o dos, por lo que siempre hay que tener monedas en el bolsillo. Mientras esperé el bus (la flota), me ofrecieron empanadas, helados y hasta pasatiempos. Más tarde, el conductor hizo paradas durante el camino, cualquier persona que lo solicite en la carretera para, incluso si está lleno. Si no hay asiento, aunque sea una mujer mayor, se sentará en el pasillo. Dejará su carga al lado, un manto de colorines, y seguiremos el camino.

Hay algo en común en todas las ciudades de este país: los mercados. Allí puedes comprar fruta, carne, pan, incluso enormes pasteles, aunque lo más interesante son los puestos de comida y zumos naturales. Con precios tan económicos que puedes desayunar o comer por dos euros.

____________________________

Os recuerdo que podéis ver más fotos en mi cuenta de Instagram o en mi canal de Facebook.

Ver Post >
Sobre el autor Gustavo Prieto
Me apasiona escribir y viajar. No sé si en ese orden, pero es un buen cóctel que me motiva hoy en día. Estuve en Madrid un tiempo queriendo ser guionista de cine y lo que realmente me enganchó fueron los viajes. Escribí mucho y también hice mis pinitos en el mundo cinematográfico, pero como las ideas surgen de lo que uno vive, me fui a Manchester. Fue una gran experiencia que me curtió para emprender el viaje de mi vida. Ocho meses de mochilero de Europa a Asia. Solo hay una cosa que me motive, un nuevo reto y la próxima aventura es Sudamérica y la ruta Panamericana.

Últimos Comentarios

29-07-2016 | 06:47 en:
#01 Ruta Panamericana