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Categoría: Brasil
#17 Río de Janeiro

Playa Ipanema, Río de Janeiro, Brasil

Abrí los ojos y ya estábamos entre grandes avenidas, tráfico y semáforos. Entramos en Río de Janeiro con mucha más facilidad que en Sao Paulo, pero seguía lloviendo. La lluvia… Hace unas semanas, mis amigas Aurora y Nany llegaron a Foz de Iguazú y les llovió a mares, y recuerdo haberles comentado que “la lluvia formaba parte del viaje…” ingenuo de mí. Aquí, cuando llueve, se cae el cielo. Tras salir de la rodoviária (en Brasil no es ni terminal ni estación), salté unos charcos y busqué el bus local troncal 2, tal cual me indicaron desde el hostal, y el tipo al volante nos llevó volando. Literalmente. El conductor estaba poseído por el espíritu de Ayrton Senna y fue pegando botes y cogiendo las curvas con velocidad. Gracias al gps supe dónde bajarme y caminé hasta el hostal. Llegué empapado. Eran las ocho de la mañana y tenía que esperar al checkin cuatro horas

Aquél día, gracias a que me hospedaba en el barrio la Lapa, cerca del centro, pude visitar la conocida escalera de Saleron construida a base de azulejos de todos los colores llamativos posibles. Después de callejear entre aceras empedradas, observé una masa de gente con paraguas y cámaras. A medida que subía la escalinata, el número de gente disminuyó y pude hacer alguna foto sin paraguas por el medio. Como seguía lloviendo, volví al hostal en el que el resto de gente, sin ganas de mojarse, se entretenía viendo la tele, leyendo o fumando.

No tenía muchas expectativas de Río de Janeiro, pero me sorprendió. La ciudad cuenta con numerosos atractivos desde montañas, playas, un ambiente musical extraordinario, museos…¡y hasta un lago!, pero la cara b de la ciudad, como su vecina Sao Paulo, está en el centro. Me seguía impactando la cantidad de gente que vive en la calle. El contraste es triste, ya que a varias paradas del metro estás en las playas de Ipanema y Copacabana, un conocido destino para tomar el sol, surfear y beberte el agua de un coco que te abren allí mismo. El día que me acerqué a su larga costa era festivo y el sol quemaba, por lo que fue un poco agobiante la cantidad de gente que había alrededor.

“¿España? ¿Barcelona o Madrid?”. La típica pregunta que te hacen en todo el mundo y no precisamente por saber de qué ciudad eres, sino de qué equipo de fútbol. Mi respuesta siempre ha sido la misma, Valladolid. Los brasileños son abiertos y más de una vez me he visto en la situación de estar esperando al autobús y alguien se pone a hablar conmigo. Lástima que no hablo portugués, porque cuando les soltaba que no falaba su idioma, se daban la vuelta. Tras varios días en el país había creado una mezcla de los dos idiomas para sobrevivir y, al final, la gente se atrevió a continuar una conversación.

Cristo Corcovado, Río de Janeiro, Brasil

Me despedí de Río de Janeiro visitando el Cristo del Corcovado. Subí de la forma más económica, un camino que sale desde un parque que parece una jungla, donde te avisan que hay animales como monos y alguna otra especie. Empecé a sudar muy pronto y, entre el calor y la humedad, mi camiseta se empapó. Estuve un rato sin ella, como Tarzán, pero sin músculos y, con la lengua fuera, llegué a la mitad del camino, la parte más difícil. Una familia subía con un niño a duras penas ayudándole en la ardua tarea. En ese tramo, hay una roca que hay que escalar con unas cadenas que han puesto para ayudarte. La última media hora, la inclinación es dura, pero es gratificante llegar andando al monumento patrimonio de la humanidad. Llegué chorreando a la puerta y pregunté sin fuerzas al guarda: “¿temporada alta o baja?”. “Baja”, contestó. Alcé los brazos en forma de victoria y el tipo sonrió. El precio de la entrada era la mitad, es decir, lo más barato que se puede visitar dicho monumento. El resto es más de lo mismo: un montón de turistas haciendo fotos con los brazos abiertos… por desgracia, aquel día estaba nublado y las vistas de la ciudad no fueron buenas. Incluso el Cristo llegó a cubrirse de nubes y cuando se despejaba la gente soltaba un alarido y empezaba a tomar fotos como si no hubiera un mañana.

Comiendo en Río de Janeiro, Brasil

A pesar de que los móviles nos han absorbido la vida y se ha perdido tanto contacto en cualquier parte del mundo, las salas de los hostales, en ocasiones, pueden ser una enciclopedia de vidas dispares, no comunes, concentradas en un solo sofá. Aunque llevo varios meses viajando, encuentro a otros mochileros que me dan envidia con el estilo de viaje que hacen o más bien diría con “su estilo de vida”, que se pasan varios meses trabajando en una ciudad y luego cambian a otra y así se pasan varios años sin destino. Errantes. ¿Alguien da más?

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#16 Iguazú. El espectáculo del agua.

Cataratas Iguazú

Llegué a primera hora a Foz de Iguazú. La frontera, de nuevo, fue un trámite fugaz. Camino al hostal, observé las casas amuralladas y con cable eléctrico. No era una, sino todas; y las que no, tenían alambres con cuchillas. Además, habían instalado cámaras de seguridad y un perro rondaba cada entrada, por lo que en muchas ocasiones, al pasar cerca, me mataban del susto. Me abrió la puerta el dueño del hostal y junto a la recepción observé el patio con una piscina que me alegró el día. El sol empezaba a calentar y ni siquiera eran las ocho. Me metí en la cama para dormir lo que no pude en el bus nocturno y, tras la siesta, me fui a las cataratas de Iguazú.

Desde la terminal de buses locales, tomé el que me llevaba al parque junto a otros turistas. Éramos de todas las edades y nacionalidades, pero teníamos en común el sopor de la temperatura. El calor junto a la humedad creaba una atmósfera asfixiante. Yo lucía mis brazos de ciclista, es decir, lo que cubría mi camiseta era piel blanca y los brazos morenos. Otros, como en las playas españolas, tenían la cara colorada. Cuando nos bajamos del bus, fuimos en fila a otras filas para comprar la entrada y volver a otra fila donde nos llevaban al inicio del sendero, donde había más filas. A pesar de la cantidad de gente que llega desde todas las partes del mundo, está muy bien organizado, incluso te avisan de los peligros de los animales salvajes del parque, aunque los turistas, que somos así, les hacemos fotos y, los más atrevidos, intentan acariciarles.

El sendero de la parte brasileña fue corto, pero el camino bordea las cataratas y casi todo el rato estás cubierto por arboleda que ayuda a protegerte del sol. Es un espectáculo de arcoiris, cataratas pequeñas, grandes, riachuelos, lagunas que se unen con otras, una enorme cantidad de agua que cae al vacío formando una explosión de alegría en nuestras caras… porque habría que vernos a todos con las cámaras y los selfies. Algunos ni siquiera ven la naturaleza, y no lo digo en vano, es que me fijaba adrede en algunas familias que llegaban, se ponían de espaldas, click y al siguiente mirador.

El colofón termina en la garganta del Diablo, una camino que se adentra en medio de la más grande catarata donde te empapas y, claro, también te venden chubasqueros de usar y tirar, pero con el calor que hacía te secas enseguida. En una hora terminé, con ganas de más, por lo que cuando volví al hostal y, tras intentar en vano llegar al cruce de las tres fronteras desde la parte brasileña, me fui con una chica alemana al Parque de Iguazú de Argentina. En esta parte se necesita más tiempo porque hay más senderos y, por lo tanto, más partes que ver. Tienen un tren que te lleva a la garganta del diablo, pero por la parte superior. Desde allí ves cómo viene la masa de agua y cae estrepitosamente. De nuevo, mi cara fue de asombro. Uno observa aquello como si fuera de otro mundo, algo tan insólito y de tanta magnitud que firma seguir viajando para ver estas maravillas que tenemos en nuestro planeta.

Cuiritiba, Brasil

En Foz de Iguazú decidí ir hacia río de Janeiro, pero ya no tenía mucho tiempo. Mi pareja viene en diciembre para pasar las Navidades juntos y me tenía que planificar todo un mes para estar en La Paz el día de su llegada. Camino a la ciudad del carnaval paré en Cuiritiba y Sao Paulo, y me gustó más la primera. La ciudad, capital de la región de Paraná, una extensión mayor que toda la península Ibérica, es un símbolo dentro de Brasil de ciudad organizada, limpia y de progreso, aunque como me dijo mi amigo Helton, quien me alojó durante un par de días, “es una ciudad europea con brasileños”. El atractivo de la ciudad es la multiculturalidad gracias a la cantidad de colonias, comunidades, inmigrantes y demás familias que se instalaron durante años en sus barrios, por eso tienen la plaza España, el monumento japonés y, lo más turístico, sus parques: está el alemán, el italiano, el ucraniano… ¿Y Sao Paulo? No, no me gustó.

Las dos horas de atasco que nos tiramos parados nada más entrar me dieron una mala impresión y, después, no tuve una buena experiencia, porque al final es eso: cada uno vive su viaje en función de cómo le ha ido.  Aunque he de reconocer que la historia de la ciudad es interesante, ya que conserva muy bien edificios de más de cien años en el barrio de la República; sus calles, llenas de gente durmiendo a la intemperie o con tiendas de camping, demuestran una falta absoluta de humanidad. Es como si se les hubiera ido de las manos y no hubiesen podido adaptarse al crecimiento de la población. Es una situación muy triste.

 

Muro en Sao Paulo

Los días que pasé en Sao Paulo me llovieron y, como tenía mis playeros con un agujero en la suela, me compré unos nuevos dándole los viejos a un hombre que dormía en la calle. Algo le ayudaría, pensé. También sufrí una alergia a algo. Y digo a ‘algo’ porque no supe si fueron chinches o un alimento en mal estado lo que me provocó un sarpullido por la zona de los riñones, brazos y piernas. Por suerte llegué a Río de Janeiro recuperado para disfrutar de una de las ciudades más interesantes que he visitado en mi viaje.

 

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Música para éste artículo: Clara Nunes – para sempre clara.

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Sobre el autor Gustavo Prieto
Me apasiona escribir y viajar. No sé si en ese orden, pero es un buen cóctel que me motiva hoy en día. Estuve en Madrid un tiempo queriendo ser guionista de cine y lo que realmente me enganchó fueron los viajes. Escribí mucho y también hice mis pinitos en el mundo cinematográfico, pero como las ideas surgen de lo que uno vive, me fui a Manchester. Fue una gran experiencia que me curtió para emprender el viaje de mi vida. Ocho meses de mochilero de Europa a Asia. Solo hay una cosa que me motive, un nuevo reto y la próxima aventura es Sudamérica y la ruta Panamericana.

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#01 Ruta Panamericana