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Categoría: Chile
#20 Despedida de Bolivia

 

Tienda cholitas, La Paz, Bolivia.

En Iquique tuve el síndrome del extranjero, es decir, en tan solo una mañana tuve que negociar el precio en varias ocasiones, y cansa. Es agotador estar todo el rato pendiente de que no te tomen por una billetera andante. El mismo trayecto de bus me lo querían vender por el doble. El desayuno me lo servían con menos ingredientes. Total, es extranjero, no se dará cuenta…

Cuando llegué a La Paz, estuve varios días que me costaba respirar. Lo más probable es que fuera la altitud. Llegar desde Iquique, a nivel del mar, en menos de un día, al cuerpo no le da tiempo a adaptarse. Las calles empinadas se hacen más duras de lo habitual y esa ciudad es solo de subidas y bajadas. En el hostal me esperaba mi amiga Aurora, con la que empecé a viajar desde entonces.

La Paz es un oxímoron. No hay descanso en esta ciudad asentada en un valle. Tan solo la calle principal es llana. Si sales de allí, bien por la izquierda, bien por la derecha, hay que subir cuestas. El tráfico estresa. Claxon, contaminación y un montón de gente en la calle. Además, era el inicio de las Navidades y todo el mundo vendía o compraba algo. Los ‘trufis’, furgonetas para ocho pasajeros, son la mejor manera de moverse por la ciudad. Una vez que conoces el destino, paras a una de ellas, montas y le dices al conductor que te deje donde quieras. El sistema funciona rápido y no tienes que ir a ninguna ‘parada’, y por tan solo dos bolivianos (apenas unos céntimos de euro) vas a cualquier parte de la ciudad. Pero en los últimos años han construido una mejor manera para subir a los barrios más altos: el teleférico.

La Paz, Bolivia

Yo no soy muy partidario de las alturas, pero Aurora se divirtió tanto con las alturas como con mi miedo. Una vez arriba las vistas son impresionantes. En una ocasión, decidimos bajar andando por las miles de escaleras y en el camino nos encontramos con una familia en las puertas de su casa tomando cerveza. En cuanto les dijimos que éramos españoles nos invitaron a un trago y se hicieron una foto con nosotros. “No hay turistas por aquí”. Cierto, el barrio no tiene buena fama. Dimos una vuelta por las plazas principales, alguna calle turística, como la de las Brujas, donde hay todo tipo de ropas y mochilas hechas con lana de alpaca, y también productos para curar cualquier mal de ojo. Incluso hay personas que te leen el futuro con las hojas de coca, un producto que es legal tanto en Bolivia como en Perú. Se mastica para extraer el jugo y ayuda a aliviar el mal de altura o sirve para mantenerte despierto. Mis problemas respiratorios no mejoraron con la hoja, ni masticándola ni en infusión.

Desde La Paz, nos fuimos a Copacabana, el pueblo que está en el lago Titicaca y es base para visitar la famosa isla del Sol. El trayecto de tres horas sale desde La Paz por el barrio El Alto, que como su nombre indica, está en la parte superior de la ciudad. Esta zona está un poco abandonada, con calles de tierra y casas de ladrillo, tal cual. En los muros de las calles se pueden leer mensajes tales como “ladrón pillado, será ahorcado”. El resto del camino va por una carretera, más o menos sin incidencias hasta que, a menos de una hora del destino, hay que bajarse del bus para montar en una barca que te cruza una parte del lago Titicaca. El bus también es transportado en un barco especial para vehículos y después sigue el trayecto hasta Copacabana.

 

Copacabana, Bolivia

Nada más bajar del autobús, en una de las plazas de Copacabana, nos abordaron dos personas para que nos alojáramos en sus hostales. “Aquí tienes mi tarjeta, hermano”, me soltó una argentina que nos ofrecía hospedaje por tres euros. Copacabana es un pueblo con dos plazas y dos calles turísticas. Es tan manejable y acogedor que enseguida te sientes como en casa. Como siempre, Aurora y yo buscamos el mercado central donde pudimos desayunar y comer por precios razonables.

Al día siguiente, visitamos la isla del Sol. El bote tarda dos horas en llegar a la parte norte, donde un guía local te da la bienvenida, te acompaña a pagar la entrada del norte y visitas el pueblo y las ruinas preincas. Según la historia del lugar, es donde nació el sol y era habitual la práctica de rituales. Es por ésta razón por la que creen que la isla tiene buenas “energías”. Después de darle la propina al buen hombre, Aurora y yo seguimos el camino hasta la parte sur. La isla, que nos recordaba a las Baleares, se recorre en no más de tres horas. Durante el recorrido, nos juntamos con una pareja de simpáticos vascos con los que llegamos al otro pueblo, buscamos alojamiento barato y cenamos trucha, un plato típico del lugar.

 

La isla del Sol, Bolivia

Después de unos días relajados, Aurora cruzó la frontera a Perú y yo volví a La Paz a reencontrarme con Agar, mi pareja, con la que repetiría el mismo camino. Pero el impacto de llegar por avión a los casi cuatro mil metros de altitud de la ciudad es mayor y Agar tuvo dolores de cabeza durante varios días. Tan solo con las pastillas para ‘montañeros’ se pudo recuperar ya en Copacabana, desde la cual tomamos rumbo a Arequipa, Perú, para reunirnos con Aurora y pasar la Nochebuena en esta interesante ciudad colonial.

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#19 De Uyuni a San Pedro de Atacama

Salar de Uyuni, Bolivia

Nada más bajar del autobús, varias mujeres me atosigaron con panfletos y ofertas del tour de Uyuni. El sol calentaba y tenía hambre. Cuando tengo hambre, no puedo pensar. Recogí mi mochila y mientras me alejaba, una mujer me seguía insistiendo en su agencia. Cogí el folleto y le mentí, “iré más tarde, ahora necesito un hostal”. Me costó encontrar un alojamiento económico. Me metí en una habitación triple donde vi dos mochilas más, luego conocí a sus propietarios: una valenciana y un francés. Después de dejar el peso, comí en un puesto callejero y ya sí, con el estómago lleno, me fui en busca de la mejor oferta. Un par de horas más tarde, me encontraba en un local bebiendo un jugo de maracuyá. La dueña del local se tomaba un café con una amiga y las interrumpí. “¿Conocéis las agencias de los tours?” Como viajo solo, hay veces que es difícil tomar decisiones, sobre todo cuando hay mucho dinero en juego. Prácticamente todas las agencias tienen el mismo recorrido, varía el poder bañarte en las termas por la noche o por el día. Como es lógico, la primera opción es la más cara. La amiga de la camarera (o como dicen aquí, mesonera) me dió su opinión y le agradecí el gesto. “Bueno”, le dije mientras pagaba mi consumición, “creo que ya me he decidido. Muchas gracias por sus consejos”.

Al día siguiente, me encontraba en un cuatro por cuatro con cinco personas más que habían contratado el mismo tour con diferentes agencias. Por suerte, yo había pagado menos que ellos. Así funciona el negocio. Luego está tener la suerte de que te toque un buen conductor que explique algo y dé observaciones durante el trayecto. Nuestro conductor fue generoso y compartió sus conocimientos sobre el terreno. El tour duró tres días y, para mí, terminaba en San Pedro de Atacama. Empezamos en el cementerio de trenes y cuando llegamos al aparcamiento, nos dimos cuenta de la magnitud de turistas que hacen ese tour, ya que había más de una docena de todoterrenos.

Cementerio de trenes, Uyuni, Bolivia

Antes de entrar en el salar de Uyuni, nos llevaron a un pueblo donde hay una calle llena de puestos de artesanía: todo tipo de ropa, collares, imanes, gorros, etc… Una oportunidad para ir conociendo a los demás mochileros: una pareja de alemanes, dos amigos australianos y un italiano, que iba a ser mi compañero de habitación durante las siguientes dos noches. Tras dejar el pueblo, comenzó el auténtico paisaje árido del salar. Paramos en la entrada para observar un par de charcos que desprendían un olor desagradable. “Los compuestos químicos que tienen producen ese olor”, nos comentó Abraham, el conductor. Más adelante, el camino estaba lleno de agujeros y paramos cerca de uno. Abraham se arremangó y se agachó en uno de esos huecos. Estaba lleno de agua. Rebuscó en la cavidad para buscar piedras de sal. “La gente viene aquí a buscar grandes piedras para luego venderlas”. Después se lavó el brazo con agua porque el del salar te deja la piel blanca y pica después de unos minutos. Seguimos el trayecto para hacer las típicas fotos divertidas del Salar y visitamos una de las múltiples islas que hay en este mágico lugar. Estaba llena de cactus enormes, según nos contaron, con más de cien años. Antes de finalizar el día, disfrutamos del atardecer en este paisaje inolvidable.

Llama Boliviana (o Alpaca, no sé distinguirlas)

Después de un primer día tan impresionante, todo fue a menos. El segundo día recuerdo los desiertos de arena y los animales. Pude observar flamencos, un zorro, llamas, guanacos y un conejo extraño. El tour es demasiado cómodo porque te llevan a los miradores o a las zonas más interesantes con el coche, por lo que estuvimos bajando y subiendo del vehículo constantemente. Algunos trayectos eran un poco largos, pero no más de una hora. Tanto el alojamiento como la comida fueron de muy buena calidad, por lo que comparado con los relatos de otros viajeros de hace años, parece que ha mejorado mucho. El tercer y último día fue más corto porque a primera hora nos tenían que dejar en la frontera. Lo más interesante fueron los géiser ya que por mi parte era la primera vez que los veía tan de cerca, por lo que mereció la pena el madrugón.

Geizher

Cuando llegas a San Pedro de Atacama, el espectáculo no termina, sino que empieza de nuevo. Aunque la mitad de los paisajes son similares a los que ya había visto, aún encontré lugares tan mágicos como el valle de la luna. En la frontera, un tipo me dio un folleto de un hostal y, como me convencía el precio, fuí allí. Mientras me acomodaba, escuché una voz familiar. Era Liz, la mochilera danesa que conocí en Samaipata semanas antes. Nos dimos un abrazo fuerte y me invitó a unirme a su excursión a la garganta del diablo. Como acababa de llegar, me dieron una hora para organizarme y nos fuimos. Alquilamos unas bicicletas y salimos del pueblo a mediodía. No recuerdo haberme divertido tanto en mucho tiempo. La garganta del diablo está muy cerca del pueblo, pero en San Pedro de Atacama hace mucho calor. Sudamos a chorros y tuvimos que descansar bastantes veces, pero mereció la pena. Para rematar la reunión, también estaban en el pueblo la pareja de Samaipata, Gustavo y Alexandra. Entre el buen ambiente del hostal, del pueblo y el reencuentro con los amigos disfruté mucho. Al día siguiente, de nuevo, nos fuimos un grupo de ocho al valle de la luna, también en bicicleta. El camino es más largo y duro, pero lo que nos esperaba en el lugar es inolvidable. Tanto el desierto como las formaciones rocosas del sitio lo hacen único. San Pedro de Atacama no me decepcionó, sino que me apasionó y me dejó un grato recuerdo.

Desierto Atacama

Tras varios días de intensos tours, coches, bicicletas, fotos y paisajes espectaculares, me fui a la costa Chilena, a Iquique, para no hacer nada. Y lo disfruté con mucho gusto. Me despedí de Chile, como dicen los toreros por la puerta grande.

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#11 El fin del mundo: Ushuaia.

 

El Gauchito Gil

A lo largo de la carretera, puedes encontrar pequeñas casetas del tamaño de una de perro con medio centenar de botellas de agua. Cuenta la leyenda que la Difunta correa murió de sed y el hijo sobrevivió porque se amamantó de ella muerta… también está el Gauchito Gil, que protege a los conductores. Son también casetas, esta vez rojas, rodeadas de banderas del mismo color. Fueron personas reales que la gente les atribuyen milagros y, sus creyentes, que son muchos, les dedican este homenaje en las cunetas de las carreteras del sur de Chile y Argentina. Esto es lo poco que tienen en común entre estas dos naciones. El camionero que me llevó hasta Punta Arenas se quejó a un Carabinero de la frontera por el trato de la policía argentina, ya que les solicitaban muchos papeles y perdían demasiado tiempo. Al día siguiente, los Carabineros formaron una caravana de camiones argentinos. “No olvidamos que Chile apoyó a los ingleses en la guerra de las Maldivas”, me explicaba mi amigo de couchsurfing en Ushuaia.

Antes de cumplir mi sueño de ir a bordo de un enorme camión, estaba cerca en la frontera haciendo dedo. Empezó a llover con fuerza y un Carabinero me invitó a esperar en su cabina donde trabajaba. Al menos había calefacción. El oficial tenía apenas veinticinco años y vivía cerca de allí, me dijo. “Estoy en servicio las veinticuatro horas del día y los trescientos sesenta y cinco días del año”, me soltó de carrerilla y con firme convicción como cuando un niño suelta la tabla de multiplicar. “Ya, pero ¿cual es su horario normal?”, le insistí. Él me quería dejar claro que estaba al servicio del ciudadano y, sobre todo, al de su superior, puesto que si en su día libre le llamaba tenía que ir a trabajar. No obstante, una jornada normal era de doce horas de ocho de la mañana a ocho de la tarde y al día siguiente hacía turno de noche, también de doce horas, después descansaba (siempre y cuando no le necesitara su superior) y volvía a hacer el mismo horario. Tras coger confianza, me invitó a una manzana. Mientras, yo intentaba buscar un coche que me llevara a mi próximo destino, Punta Arenas, pero a veces la conversación se animaba y dejaba que pasaran algunos coches. Llovía y hacía viento. Cada vez que salía a poner mi dedo en alto, me calaba y luego volvía al radiador de la garita. En una de esas, el mismo Carabinero, paró a un autobús de línea que iba vacío y le preguntó si me llevaba, pero “no podía”. El chico se sintió fatal y me confesó que creía en el karma, que la gente que hace algo malo (como era el caso de ese autobusero por no recogerme, según él) algún día la vida se lo iba a devolver. Me dejó estupefacto. Lo soltó, como si yo fuese su amigo de cervezas, y también me confesó que quería dejar todo y viajar, como yo… los coches pasaban fuera, seguía lloviendo y yo veía que aquello se me iba de las manos. Quería seguir hablando con el Carabinero, pero me quedaban más de doscientos kilómetros de viaje. De pronto, vimos un camión. Los dos salimos, él se puso sus guantes blancos y ordenó parar al conductor. Yo esperaba a unos metros entre avergonzado y sonriendo con cara de pena, para caerle bien al camionero. Y aceptó llevarme.

Llegué a Punta Arenas y seguía lloviendo. “Es la ciudad donde se puede ver las cuatro estaciones del año en un día”, te comenta la gente local. Pero ese día solo se mostraba una tormenta de agua que inundó las calles. El camionero tenía que dejar la carga primero y después me llevó hasta la misma puerta del hostal. Me despedí de él y llamé al timbre, pero nadie abrió. Me fui a otro que tenía apuntado. “No tengo camas, vete a uno más arriba. Suerte”. Llegué al hostal Independencia. El tipo que me abrió la puerta pronto me cayó simpático. “Deja la mochila, tranquilo, tengo camas”. Me sentí como en casa. Tras darme un mapa, me indicó todo lo que necesita un mochilero: supermercado, sitios de interés, bancos, estaciones de bus… y el wifi. También me comentó que podía ir a ver el Pingüino Rey. No era en tour, porque él no trabajaba con agencias, sino que conocía a un tipo que transportaba a gente hasta el Parque. Solo tenía que ir hasta Porvenir, la ciudad al otro lado del estrecho de Magallanes. Los gastos eran en el transporte, aún así, salía por cincuenta euros.

El Pingüino Rey

Al día siguiente crucé el estrecho de Magallanes en un ferry enorme y al llegar al puerto estaba Juan, el conductor, esperando. Tenía cara de niño empollón, con gafas y buenos modales. Llenó su furgoneta amarilla con más mochileros que andaban buscando a alguien en el puerto que los llevara al parque por poco dinero. La verdad, Juan era la única opción para llegar allí, el resto eran tours ya contratados o gente que había alquilado un coche. Estaba a ciento veinte kilómetros de la ciudad por una carretera de tierra. El trayecto fue largo. Llegamos a un descampado, cerca del mar donde había instaladas varias casetas de obra. Nos dieron una charla del servicio de observación que hacían allí y nos llevaron a una distancia prudente, rodeada de cuerdas y un muro de madera para evitar asustar al animal. Bueno y allí estaban. Un grupo de veinte Pingüinos Rey. Parados. Andando de esa manera tan graciosa que tienen de un lado a otro y alguno gritando… o lo que hagan los Pingüinos cuando expulsan esos sonidos que vete tu a saber si no se estarán riendo de aquel grupo de mochileros haciéndose selfies desde la distancia y con cara de “eh, mira, estoy viendo Pingüinos”. En definitiva, el largo recorrido hasta ver a este pajarraco se hizo algo pesado. Todo un día para estar viéndoles durante quince minutos. ¡Pero si ni siquiera se metieron en el agua!

Dejé Punta Arenas para ir al verdadero fin del mundo: Ushuaia. Un largo camino que hice en dos días. Recorrí la larga costa del estrecho de Magallanes en varios coches antes de llegar al ferry. Al otro lado, Martín, un porteño que vivía en Ríos Gallegos me levantó. “Ni al pedo llegas a Ushuaia. Vente conmigo a Río Grande, compartimos habitación y vemos el partido juntos. Mañana yo voy para allá y te llevo”. Martín me convenció. Todavía faltaban muchos kilómetros y teníamos que pasar la frontera también. Íbamos por una carretera de tierra golpeando los bajos con piedras. “¿Para qué los chilenos van a asfaltar la carretera que lleva a Argentina?”. De nuevo, escuchaba el mismo argumento…

Recorrí cada esquina de Río Grande gracias a que Martín tenía que hacer unos cobros a sus clientes. Como muchas ciudades de la Patagonia, son en su mayoría cabañas y pisos bajos, de cuatro plantas. Tejados de metal y rancheras de alta cilindrada aparcadas en la puerta. Según me dijo Martín, Río grande tenía muchas fábricas y la población tenía plata. Al final del día, tal como me había comentado Martín, compramos algo para cenar y vimos el partido de Argentina, que perdió contra Paraguay. (Empiezo a pensar que soy gafe, porque los partidos que vi en Chile, tampoco ganó). Al día siguiente, nos fuimos a Ushuaia, por el camino Martín paró en cada mirador. “Te hago una foto aquí”, me decía ilusionado. Sin duda merecía mucho el trayecto por carretera, ya que a partir de Tolhuin cambió de un paisaje desértico a montañas y lagos. Incluso, en ese pueblo, también hay una parada turística. “La panadería de los famosos”, que se ha hecho conocida porque el dueño fue haciéndose fotos con actores, futbolistas y gente conocida que paraba por allí. Llegamos a Ushuaia, el fin del mundo (dicen) y una de las ciudades más al sur del planeta. Símbolo del principio o el final de muchos viajes.

Ushuaia

En mi caso, llevaba casi dos meses mochileando. Ushuaia se convertía en eso, un símbolo, porque no hice ningún tour navegando por sus mares (mi idea era ir a ver ballenas a Puerto Madryn). Desde el puerto salen todo tipo de barcos para visitar las islas más cercanas, incluso para ir a la Antártida. La población de casi cien mil habitantes se concentran entre una cordillera de montañas y el puerto marítimo. Hay mucho que ver en los alrededores como el Parque Nacional de Tierra del fuego, lagos y glaciares. Sin duda alguna, en el fin del mundo hay mucho que ver.

Música de este post: Las pelotas - Víctimas del cielo.

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#10 ¡Que empiece el espectáculo!

 

Fritz roy, Chalten, Argentina

“Dos días al año puedes encontrar el cielo así de despejado”, me decía mi compañero de ruta. Empecé el recorrido del Fitz roy a las ocho de la mañana y a los pocos kilómetros me había unido a una pareja de argentinos. Abogada y médico.”Estaba en buena compañía”, les bromeé. El camino tenía señalado cada kilómetro, un detalle que ayudaba a seguir el camino. Con una leve subida al principio, una ruta plana en general y los últimos mil metros con una escalera muy picada de piedras, nieve y barro, pero con un final espléndido. El espectáculo de la laguna congelada y el monte fritz roy sin nubes detrás ni viento fue un regalo.

Días atrás había llegado, tras 500 km a dedo, a Puerto río tranquilo, tanto el puerto como el pueblo se ajustaban al nombre. Las calles habían sido diseñadas como una cuadrícula, todas las cabañas iban ordenadas, aunque con los pocos habitantes de la localidad era imposible perderse. Cuando me dejaron en mitad de la carretera austral a las seis de la tarde, me propuse dormir en Villa del cerro Castillo, pero pasó un coche y me dijo que iba directo a mi destino. No me lo pensé, aunque iba a llegar tarde. De nuevo, la hospitalidad chilena se mostró. Cuando llegamos al pueblo, el chico que me traía saludó a un amigo. “¿Tienes algún tour para mañana pronto?”. El chico fue a hacer una consulta. “A las nueve”. Perfecto. Tenía tour para ver las cavernas de mármol, después el chico me llevó a un hostal. “Diez lucas con desayuno”. Perfecto. Le agradecí su amabilidad con un fuerte apretón de manos y me instalé. A la mañana siguiente me uní al tour que tenía apalabrado y nos llevaron en una lancha a motor a las conocidas cuevas del mármol. Según el guía, eran únicas en el mundo. Me llamó la atención cómo estaban esculpidas por el mar y repito, esculpidas, porque al acercarnos a ellas es lo que parecía. Todas las paredes parecían talladas por un humano. Dimos varias vueltas alrededor mientras el guía se ganaba el sueldo. “La catedral…el elefante…la cabeza de perro…etc…” El paseo terminó y eran las once… en aquel minúsculo pueblo. Me dijeron que el bus pasaba a las dos de la tarde, así que no dudé ni un momento. Compré comida para el día y me puse a la salida a buscar un coche en dirección a la frontera argentina. Mi idea era dormir aquella noche en Los Antiguos, pero el destino quiso otra cosa.

Tras varios coches que me iban a dejando en pueblos igual de pequeños, que tenían su encanto, su gallo loco y algún perro callejero que se me acercaba a buscar comida, paró un todoterreno de esos que cuestan saber si son coches o camiones. Era Cristián y su compañera de trabajo que volvían de un fin de semana en la montaña. “¿fin de semana?”, pensé. No sería (ni será) la primera vez que me pase que perdía la noción de la semana. También había perdido el número de veces que había resumido mi vida y relatado mi viaje a la gente que me recogía en el camino. De esa manera, empezaba a romper el hielo y pronto la conversación variaba y comenzaba la confianza. El viaje era largo y realmente impresionante porque recorría la costa del enorme lago General Carrera (llamado así en la parte Chilena, pero en la parte argentina lo llaman “Buenos Aires”). En definitiva, que esa confianza dio lugar a la conversación sobre mi alojamiento. “¿Qué vas a hacer?”, me preguntó Cristian, ya que eran las tres de la tarde, y, como le dije que me daba igual buscar hostal en la parte Chilena o en la argentina, me soltó en bromas “¿Sabes cocinar?”. Cristian es odontólogo y vive en Chile chico desde hace un par de años. Es la última ciudad antes de la frontera, por esa razón no dudé ni un segundo la invitación de quedarme en su casa. Me sentí tan bien en su casa, que me quedé dos noches. Ese encuentro llegó en ese punto de inflexión viajando en el que necesito lavar ropa, escribir, publicar, editar el blog (que tantos quebraderos de cabeza me da por hacerlo con un móvil) y, ya de paso, aproveché para cortar mis melenas y mi barba. Entre otras cosas, porque me dijeron que podría parecer israelí y, debido a que llegan en masas en verano con resultados no muy buenos, podría perjudicarme en el autostop. No podía quejarme. Con melenas y sin ellas me había ido mejor de lo que esperaba. Cuando decidí emprender mi viaje, con pena, por lo bien que me había tratado Cristian, llegué a Chaltén en el mismo día. “¿En serio?”, me preguntaba incrédulo Cristián. En efecto, me había recorrido setecientos kilómetros en un día. Los últimos conductores eran una pareja de italianos que pasaban su luna de miel por tierras patagónicas.

Todavía recuerdo lo que me dijo Gazel en Concon, cerca de Valparaíso, “Chile es mas caro que Argentina”… Desde luego que ahora mismo no. Parece que la moneda fluctuó para hacerme el viaje mas caro de lo necesario. Tanto es así que hay productos en el supermercado mas caros que en España. Los autobuses de línea son más caros que en Chile y los tours… bueno, eso ni me acerco a verlos. Por suerte en el Chaltén todas las rutas son gratuitas,aunque como tenía pendiente el parque de la torres del Paine, decidí solo acercarme a ver el Fitz Roy. El camino es sencillo durante los primeros nueve kilómetros, pero el último es una auténtica escalera de piedras, barro y hielo. Al poco de empezar me había unido a una simpática pareja de argentinos con los que entablé una larga conversación durante las cuatro horas de trayecto. Él era un experto senderista que se había recorrido un montón de rutas tanto en Argentina como en su país vecino, Chile, por eso no daba crédito al buen tiempo que teníamos. Ni frío, ni calor y, sobre todo, ni viento. Al llegar a la cima y ver el monte Fritz Roy con total claridad casi nos emocionamos. La laguna estaba helada, algunos intrépidos caminaron por la orilla, yo estaba cansado y sentado en frente de aquella maravilla me dispuse a comer. A la vuelta nos vinimos arriba y, en vez de hacer la ruta normal, nos desviamos para añadir dos horas más al trayecto y ver unas lagunas que había cerca. El camino era largo y con la mitad del camino poco atractivo. Llegué exhausto al pueblo donde me despedí de la pareja.

 

Glaciar Perito Moreno, Calafate, Argentina.

Al día siguiente, con agujetas, volví a la carretera. Al poco tiempo estaba por la ruta 40 camino Calafate con un argentino que instalaba paneles solares. Me dejó cerca del centro tras un largo recorrido por esas llanuras desérticas en las que campan a sus anchas los Guanacos, algún zorro y armadillos. Darío me alojó durante dos noches. Cuando le dije que el precio del autobús para ver el Glaciar del Perito Moreno eran 27 euros me soltó “yo haría dedo”. No me lo había planteado puesto que era un lugar tan turístico que no creía que tuviera oportunidad, pero me aventuré. Tenía tiempo y, a malas, al día siguiente iría en bus. Al día siguiente estaba en la carretera desde las ocho de la mañana… pasaron dos horas y no había tenido suerte, hasta que un hombre que pasaba por allí me sugirió ir a una rotonda a un kilómetro más adelante. Una hora después, paró un autobús de línea. “Sube, rápido”, me soltó el conductor. Me subí sin pensarlo. “¿Vas al Perito Moreno?”, le dije con timidez nada mas subir. Por supuesto que iba. Era el encargado de la línea que llevaba el vehículo para otro compañero, porque se les había estropeado el otro autobús. Eran ochenta kilómetros de trayecto. “Yo te llevo al Parque, pero luego ya te buscas la vida”, me soltó. Claro, pensé, qué más podía pedir. Cuando llegamos a la entrada del parque, el conductor le comentó al guardaparques el motivo de su visita. Llevaba más de diez años en la compañía, por lo que le conocían de sobra. El tipo le dio el visto bueno y arrancó. Nada mas perder la entrada, soltó una carcajada. “Te zafaste”. Exacto. Me zafé de no pagar la entrada. Le pregunté ingenuamente si no me la iban a pedir, pero me dijo que estaba en Argentina… De ese modo vi uno de los mayores espectáculos que he tenido en frente de mí en mucho tiempo. El Glaciar está vivo. Tan solo hay que estar allí, observar y esperar. Cruje como una tormenta y, de pronto, cae una trozo al agua rompiendo la quietud y sacando el griterío de la gente que esperaba ese momento cámara en mano. No voy a negar que yo también sonreía al verlo y me sentía pletórico.

El viaje llegaba a un punto de inflexión muy esperado. El Parque de las torres del Paine. Cuando llegué a Puerto Natales, salió dentro de mí el mochilero de provincias que soy. Sí, reconozco que, a pesar de llevar mochila, no soy un experto en las artes de llevar el equipo completo de camping. Nunca había estado cocinando con gas y, aunque había leído un montón de veces cómo era la ruta dela W en el parque, me sentía un auténtico pardillo. Tuve que informarme bien de cómo recorrer el circuito, qué equipo iba a necesitar y cuánta comida iba a tener que cargar. No voy a hablar de todos los detalles para llevar a cabo esta aventura, tan solo contaré que nada más empezar a ver las opciones veía que llevar a cabo el circuito de la W en cinco días tenía que gastar más de lo que esperaba. El autobús que te lleva al parque, el Catamaran (que más tarde supe que se podía evitar), la entrada al parque (que no sirve para mucho, ya que con el dinero que piden, 25 euros, no se ve reflejado en el parque) camping, comida, alquiler de equipo… dediqué un día para comprar y tener todo atado para estar aislado durante casi una semana en el Parque. Mi alma de mochilero de provincias estaba en plenitud. No lo niego que fue un poco quebradero de cabezas, entre otras cosas, porque había un día de casi ocho horas de caminata con la mochila en los hombros. Me llovió, apenas dormí por el frío, me perdí, volví a encontrarme, sudé mucho, mucho y mucho, tenía dolores en la espalda y en las rodillas, salió el sol, escuché música, sonreí como un niño metiéndome entre el barro, tuve mucho tiempo para pensar, reflexionar, mi vida, mi gente, mi pasado, mi futuro… hice una meditación durante cinco días hasta que por fin, el último día llegué a ver las famosas Torres del Paine.

Torres del Paine, Puerto Natales, Chile

Tras cinco días sin poderme duchar, llegué al hostal exhausto. Había logrado hacer la ruta de la W. Me sentía satisfecho, ya podía continuar mi viaje y, por fin, después de mucho tiempo. Me iba a levantar en el camino un camionero. Iba por la carretera del fin del mundo hacia Puerto Natales con la músiquilla de Loquillo en la cabeza…

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#09 Chacarera de un mochilero

Ruta 40 Argentina

 

Me comía el bocadillo a ratos. Cuando veía acercarse un coche, lo guardaba y me limpiaba los morros, no sea que me quedara alguna miga en la barba (ya de un mes), levantaba el dedo y ponía cara de cachorro abandonado, pero ni por esas. Tuve suerte y brillaba el sol con un suave viento frío. Estaba en un punto indeterminado de la famosa ruta cuarenta argentina. La última persona que me levantó (como dicen aquí) era una mujer flacucha que iba con sus dos hijas pequeñas atrás. “Voy a recoger a mi marido, te dejo por acá, seguro que alguien te levanta”. No llegó a la media hora. Paró una furgoneta que la conducía Graciela. A su lado iba su hijo con unos cascos de música blancos. “Voy a Esquel”, me dijo ella. Acepté, pensando en buscar un camping en aquella zona, pero al final dormí en una cabaña de su chacra (casa de campo)  en Corcovado durante dos días.

Días antes había cruzado la frontera de Argentina y en la estación de autobuses de Bariloche había comprobado que bajar hasta Los Antiguos en autobús era caro. Nahuel, mi amigo de couchsurfing, me aconsejó sin apuros que hiciera dedo. Me separaban mil kilómetros hasta allá. Mientras tanto, pasé dos noches en lo que llaman la Suiza Argentina: San Carlos de Bariloche. No tenía muchas esperanzas en esta localidad, porque era la referencia para esquiar, un deporte que no practico, y además era cara. En cierto modo, no me equivocaba, aunque también hay actividades gratuitas y se puede disfrutar sin gastar mucho.

El cerro Campanario es una de ellas, tiene una subida en teleférico y andando. El camino está bien señalizado entre el bosque y, aunque es corto, tiene inclinaciones duras. Descansé varias veces antes de alcanzar la cima desde donde se puede disfrutar unas vistas de casi 360º de los lagos y montañas que rodean a Bariloche. Solo por esa panorámica, merece la pena venir aquí. Tiene tantos rincones, playas, montañas decoradas con nieve, bosques de diferentes colores, en definitiva, el fuerte viento me hizo soltar alguna lágrima, pero tampoco me hubiera importado reconocer que había llorado de la emoción.

Tras bajar connuna enorme sonrisa me fui al cruce del kilómetro dieciocho, que es la manera que tienen de guiarse los locales, hice dedo y me recogió una mujer. “Voy a la colonia Suiza”, le dije. “Subí. Trabajo allí. Doy clases de Mapuche”. Estuve mucho tiempo buscando información sobre los Mapuches en Chile y el destino me regaló con este encuentro al otro lado de la frontera. Además de enseñar la lengua Mapuche era cantante. “Los Mapuches en Argentina fueron asesinados, me contaba Anahi, fue un genocidio similar al de los judíos en la época nazi”. La charla fue corta al igual que mi paseo por la colonia Suiza debido a que solo dos días por semana había feria (mercado). A la vuelta, camino a Bariloche me recogieron en un todoterreno tres hermanos muy simpáticos. Como no tenía mucho que hacer almorcé con ellos.

“El negüen es el espíritu que habita en las piedras, los árboles, en definitiva, en todos los seres vivos”. Con esta idea que me comentó Anahi un día antes me fui a las afueras de Bariloche por donde pasaba la ruta cuarenta. Me levantaron cuatro y el último era Graciela, que iba con su hijo que llevaba unos cascos de música blancos. “Voy a Esquel”, me dijo. En realidad, iba allí a visitar a su familia, luego se dirigía a su chacra en Corcovado porque tenía que plantar unos árboles. No lo pensé dos veces y le pregunté que si necesitaba ayuda, me iba con ella y aceptó. Durante el camino, Graciela, de origen Mapuche, me iba explicando el conflicto que tienen su comunidad con el gobierno por querer recuperar su territorio. “No lo queremos por poseer la tierra, sino porque nuestra cultura tiene unos ritos y unas creencias y tienen que ser en las zonas donde nuestros antepasados se criaron”.

Estuve en Esquel unas horas y me acerqué a la plaza del pueblo donde celebraban el día del estudiante. Música de percusión, danza africana y, de pronto, la plaza se llenó con la gente que empezó a bailar las chacareras. La música más tradicional argentina que el tango. A las ocho salimos dirección Corcovado. La carretera tan pronto era ripio como asfaltada. Sorprende el criterio de decidir que trozo se llena de brea y cual no. No tiene sentido. Llegamos de noche a la chacra. Graciela me hospedó en una cabaña, me dio pan y un par de sobres de manzanilla. “Descansa. Buenas noches”.

Había mucho trabajo que hacer, pero apenas hicimos nada durante el día. Mas que almorzar, comer, merendar y hablar. Hablé mucho con Hugo, la pareja de Graciela. De lo inexplicable que es que un país como Argentina que tiene buena sanidad y educación gratuita, incluida la Universidad, tenga esa maldita corrupción que impide tener buenas carreteras o, como comenté en otro artículo, no funcione el tren.

El tren no funciona, pero hacer dedo es la mejor forma de moverse entre los pueblos, ya que en temporada baja, no hay autobuses todos los días. En realidad, ves a señoras mayores hacer dedo, es común y, en general, bien visto. Si no eres israelita… Resulta que los chavales de Israel, cuando terminan el ejerécito, tienen dos destinos y uno de ellos es Chile. En verano es una locura y han tenido muchos problemas con ellos, por lo que no tienen buena fama. De hecho, me han recomendado hacer un cartel diciendo que “soy español” para que la gente confíe. En cualquier caso, no ha hecho falta. Nunca ha sido tan fácil ir de coche en coche. Tras cruzar la frontera a Chile, también a dedo, llegué a Puerto río tranquilo donde estaban las famosas “Cuevas del mármol”. Había recorrido mas de mil kilómetros en tres días. Me han invitado a comer y a dormir.

Cuevas de mármol en Puerto rio Tranquilo

En la ruta Austral me he encontrado gente sana, bondadosa y muy humana que me ha cuidado como a alguien que conociera de toda la vida. He sido muy feliz por esos caminos de ripio y paisajes asombrosos. ¡Gracias Chilenos!

 

*Os recuerdo que podéis ver más fotos en mi cuenta de Instagram o en mi canal de Facebook.

*Música recomendada para este artículo: “Chacarera de un triste”.

 

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#08 El día de la patria chilena

Valdivia

Llegó el 18, el día de la patria chilena y el día en el que se cumplía un mes de mi viaje, y todavía no había salido de Chile. Una semana antes, estaba en Valdivia, una de las ciudades más interesantes que he visitado. En realidad, la ciudad en sí no tiene nada, es pequeña y bulliciosa, bañada por un caudaloso río en el que se pueden ver a leones marinos, y a las gaviotas revoloteando el muelle donde venden pescado. Tiene dos importantes atracciones: el ‘crudo’, una pasta de carne que se come con pan, limón y otras salsas; y las cervezas artesanales. La costa de Valdivia, y aquí sugiero buscar el mapa geográfico, es lo realmente interesante, ya que tiene una entrada desde el océano muy peculiar, con varias islas, lo que convirtió a esta localidad en el puerto marítimo del Imperio español siglos atrás.  Fue tal su importancia que construyeron varios fuertes para defenderla (aunque luego la perdieron por tierra). Niebla es un pueblo costero en el que se puede conocer más de cerca esta historia, gracias a los restos del fuerte y el museo, que es gratuito (un dato importante). Además de una enorme costa que conocí gracias a que mi amiga de couchsurfing, Dinellis, nos llevó a conocer. Hablo en plural porque ella también alojó a otro mochilero francés. Debido a ello tuve que dormir con mi saco en el salón, pero fueron tres días acompañado y muy divertidos en los que cenábamos juntos y charlábamos bebiendo vino chileno. Como ella había vivido en Niebla, fuimos a conocer un parque nacional a orillas del majestuoso Pacífico. Me resulta inquietante comprobar lo minúsculo que somos los humanos ante esa masa de agua.

Después de Valdivia, me acerqué a Frutillar. Un pueblo al lado del lago Llanquihue con tradición alemana. Allí me esperaba Eugenia, la madre de Cecilia, una usuaria de Couchsurfing que vive en Nueva Zelanda y pone en contacto a viajeros con su madre para que le hagan compañía. La situación a priori sonaba un tanto excéntrica, pero la estancia fue muy cómoda y Eugenia me trató como a su hijo. “No cojas frío”, me dijo en la despedida mientras me daba un abrazo.

Frutillar es un pueblo y tiene, como la publicidad del lavavajillas, Frutillar bajo y alto. Durante mi visita era invierno y, por lo tanto, estaba vacío y sin turismo. El enorme teatro junto al mar solo funciona de enero a marzo. No hay tours y a duras penas logré divisar el volcán Osorno al fondo del lago, debido a que el cielo estaba nublado. Me conformé con pasear por su playa de arena negra. Un perro asustado se acercó a mí. Era marrón, de estatura mediana. Acababa de verle pelear con otro mucho más grande que él. “Hola, gracias por hacerme compañía”, le dije. Él me miró extrañado, me husmeó y se sentó junto a mí. Le rasqué la cabeza y bajó las orejas. Posiblemente fuera la única caricia que recibiría en varias semanas. En Chile tienen muchos perros abandonados. En todas las ciudades que he visitado los ves en cada esquina. En general, no se les ve mal, como en la India, que estaban con sarna. Aún así, muchos mueren atropellados. Una lástima. El paseo lo terminé rápido porque el pueblo solo tiene dos calles, así que volví a Frutillar alto, donde Eugenia tiene su casa. Una cabaña de tres habitaciones y un salón enorme que calienta con la famosa cocina “bilbaína”.

Como Frutillar me supo a poco, me acerqué a Puerto Varas, una ciudad un poco más grande con una historia similar de colonias alemanas (como ya he comentado, en realidad estos alemanes y suizos fueron invitados por el gobierno). En Puerto Varas hay un circuito turístico para visitar sus cerros y varias casas con arquitectura alemana. Esto no fue lo único que dejaron los germanos, sino que también pude encontrar pastelerías y chocolates artesanales. A cincuenta kilómetros siguiendo la costa del enorme lago Llanquihue está Petrohué. No podría llamar pueblo a lo que hay allí. Tan solo había abierto un bar, que cobraba las botellas de agua muy caras, y una oficina del parque nacional cerrada. Es temporada baja y los dueños de embarcaciones que te dan un paseo por el lago están aburridos. “Media hora a tres mil Lucas”, me soltó uno.

Petrohue y el volcán de Osorno

Cuando me alejé del embarcadero, pude observar el volcán Osorno en su esplendor y detrás de mí el lago Todos los santos ¿Increíble, no? Más volcanes y más lagos. Ésta parte de Chile es así, de hecho, me salté otros tantos porque si no, no salía de este país. En Petrohué seguí una ruta con el volcán de fondo. Impone verlo tan cerca. El camino era de arena y se hizo un poco pesado, pero mereció la pena. Estaba solo alrededor de un paisaje asombroso. Satisfecho del día volví a casa de Eugenia que me esperaba con té y tarta de piña casera.

La última semana en este maravilloso país la pasé en casa de David en Castro, la ciudad más importante de la Isla de Chiloé. David es de Zimbabue. Pertenece a la minoría blanca de su país. Además es pelirrojo, debido a su aspecto y su acento, siempre será el guiri en Castro. No obstante, da clases de inglés y tiene novia, porque está decidido a quedarse a vivir en la isla de Chiloé. Estuvo viviendo unos meses en Santiago, pero él es de campo y Castro le permite estar cerca de la naturaleza.

Efectivamente, Castro es un buen lugar para estar cerca de la naturaleza y conocer la isla. Por cierto, Chiloé significa lugar de gaviotas y fue el último reducto español de América del sur, ya que fueron los últimos en unirse a la ya Chile independizada. La mayor referencia de este lugar es que tiene unas sesenta iglesias construidas de madera por orden de los jesuitas. Algunas de ellas como la de Achao, la más antigua (1764), es patrimonio de la humanidad. Otra está en un pueblo perdido llamado Quinchao. Allí me acerqué y, cuando bajé del autobús en la única calle que tiene, me encontré con una basta iglesia de madera. Estaba cerrada y no había nadie a quien pudiera preguntar, por lo que recorrí la calle y encontré un colegio. Tan sólo había cuatro coches y el ruido del mar balanceando varias barcas amarradas cerca de la orilla. Me senté a comer una pera (siempre llevo mi kit de supervivencia: agua, frutos secos y una pieza de fruta) y después me fui hacia la carretera principal. Antes de llegar, vi a un coche acercarse y le paré. ¿Me llevas?

Iglesia de Quinchao, Isla Chiloé, Chile.

Un mes se dice pronto y sólo conozco una pequeña parte de Chile. Pero no he terminado con él, todavía me quedan dos interesantes sitios: Las torres del Paine y el desierto de Atacama. Volveré. Y muy pronto. De momento, cruzó la frontera para pasar unos días a Argentina. El viaje acaba de empezar.

 

**Música recomendada para este post: cualquier “Cueca” tradicional chilena.

**Os recuerdo que podéis ver más fotos en mi cuenta de Instagram o en mi canal de Facebook.

 

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Sobre el autor Gustavo Prieto
Me apasiona escribir y viajar. No sé si en ese orden, pero es un buen cóctel que me motiva hoy en día. Estuve en Madrid un tiempo queriendo ser guionista de cine y lo que realmente me enganchó fueron los viajes. Escribí mucho y también hice mis pinitos en el mundo cinematográfico, pero como las ideas surgen de lo que uno vive, me fui a Manchester. Fue una gran experiencia que me curtió para emprender el viaje de mi vida. Ocho meses de mochilero de Europa a Asia. Solo hay una cosa que me motive, un nuevo reto y la próxima aventura es Sudamérica y la ruta Panamericana.

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29-07-2016 | 06:47 en:
#01 Ruta Panamericana