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Categoría: Ecuador
#23 Ecuador. Un constante cambio de planes.

Baño con tortugas marinas en Ñuro, Perú.

Después de la selva peruana, nuestro destino quiso que cambiaran los planes, como siempre. Nuestra primera idea fue ir a Chachapollas (sí, ese es el nombre, yo también hice la gracia) y subir hacia Jaén para pasar la frontera a Ecuador; pero cuando llegamos a la terminal de Tarapotos, la primera ciudad que pisamos tras pasar cuatro días en barco, no había billetes a Chachapollas. Mientras pensábamos quedarnos una noche allí, me encontré con María, una mochilera valenciana con la que coincidí en Uyuni. “El paso por Jaén está fatal por las lluvias”, me dijo. “Hay derrumbamientos y no se puede pasar. Yo he cambiado de planes y me voy a Piura”. Ya habíamos sufrido derrumbamientos en las carreteras camino a Pucalpa y nos demoraron más de seis horas, así que confiamos en la información de María y decidimos ir a Piura… pero tampoco había billetes. Tarapotos es el centro neurálgico de la zona para salir hacia otros puntos de Perú y esos días estaban los buses llenos. ¿Qué otras opciones teníamos? Chiclayo.

¿Y qué hay en Chiclayo?, me preguntó Aurora que quería ir a la playa como si no hubiera un mañana. Playa y las Tumbas Reales de Sipán. Llegamos en un bus nocturno, como otras tantas veces en nuestra ruta por Perú. Por la mañana, encontramos una ciudad poco turística, sin gringos ni mochileros y, por lo tanto, no encontramos hostales baratos. Nos metimos en uno que me hizo el favor de rebajarme la habitación si me quedaba dos noches. A priori, esa era la idea, pero los planes también cambiaron. A pesar de que el hostal no era lo que buscábamos, encontramos el tan ansiado Mercado Central donde desayunamos jugos y sandwiches. Nos informamos de cómo ir a la playa y a las tumbas reales, y de cómo salir de allí hacia Ecuador. No recuerdo cómo, pero al final Aurora me convenció para pasar por Máncora, al norte de Perú, un pueblo famoso por las playas, por lo que redujimos nuestra estancia en Chiclayo.

En un día descartamos la playa de Chiclayo, pero no el museo de los señores de Sipán. Esta civilización preínca estuvo por los alrededores de esta zona y, cuando excavaron en unas pirámides cercanas, que más bien parecían unas montañitas de arena, encontraron tumbas a cascoporro con un montón de oro. Tal magnitud de huesos, joyas, armas, y esas cosas que encuentran los Indiana Jones de turno, fueron metidos en el museo de Lambayaque, un pueblo a quince minutos de Chiclayo. El museo es enorme y tiene mucha información sobre esta civilización, por lo que después de ilustrarnos durante dos horas, salimos a tomarnos un jugo de frutas naturales. ¡Qué vicio! No me canso de decir que los jugos son una delicia en Sudamérica.

Mientras disfrutamos del jugo, decidimos ir a Máncora (bueno, Aurora me convenció), así que descartamos las playas de Chiclayo y al día siguiente nos fuimos del hostal. La mujer me miró con cara de pocos amigos, ya que esperaba que estuviéramos dos noches. Nos fuimos a Piura y allí cogimos otro autobús hasta Máncora. La primera noche la pasamos de Couchsurfing, aunque nos sorprendió encontrar que en realidad era un “hostal familiar”, como nos dijo Yola, la dueña de este peculiar hospedaje. Por fin estábamos en la tan ansiada playa que tanto quería Aurora y allí nos fuimos, nos bañamos y nos quemamos. Máncora es un pueblo pequeño y muy turístico, y no solo por las playas, sino por un puerto cercano donde se acercan las tortugas marinas que más tarde llegan a las islas Galápagos, así que para dejar la playa y descansar nuestras delicada piel de urbanita fuimos a bañarnos con las tortuguitas.

Puente roto, Cuenca (Ecuador) (Foto: Aurora)

Después de dos días, nos despedimos de Perú y pasamos a Ecuador, en concreto a Cuenca. Nuestra primera idea era estar entre quince o veinte días en este país, pero de nuevo los planes cambiaron sobre la marcha. En Ecuador aprendimos a manejarnos con los dólares americanos, una moneda de similar valor que el euro, por lo que el cambio era fácil. También descubrimos que los precios eran un poco diferentes, mientras los hostales no bajaban de los ocho dólares, los menús del día estaban entre dos y tres dólares. También tenían mercado central donde encontramos precios populares y bebidas diferentes al país vecino. Cuenca, la primera ciudad que nos daba la bienvenida en Ecuador, nos decepcionó. Es Patrimonio de la Humanidad… y estuvimos paseando por los alrededores y no vimos mucho que destacara. Más allá de la calle larga que iba paralela al río y terminaba en las ruinas de Pumapungo, que suena bien pero no tiene mucho, Cuenca es una ciudad normal, muy tranquila, limpia y con gente educada Al día siguiente, me fui a lo que es el mayor recinto arqueológico de todo Ecuador: Ingapirca. Después de más de dos horas de viaje, la visita fue también decepcionante. El recinto era pequeño, aunque el tour de cuarenta minutos estuvo interesante, pero no era para tanto. Quizás lo más destacable era el camino por la sierra y los pueblitos que recorría el bus por las montañas, llenas de vacas y niebla. Muy parecido a la tierra de Aurora, Asturias.

Ese mismo camino lo recorrimos hacia Baños, el lugar por excelencia de Ecuador para practicar todo tipo de deportes de aventura. En esa localidad, Aurora iba a reunirse con unas amigas que estaban de vacaciones y ese encuentro nos cambió de nuevo la ruta. Descartamos hacer rafting para unirnos a su viaje en furgoneta. Visitamos el famoso columpio del fin del mundo (famoso por una fotografía de National Geographic), unas cascadas cercanas al pueblo donde hicieron tirolina y, camino Quito, llegamos al parque del Cotopaxi, pero estaba cerrado. Aún así, observamos el tamaño descomunal del volcán Cotopaxi con la cima cubierta de nubes. Espectacular.

Debido a esta decisión de unirnos al grupo y viajar a Quito nos perdimos la laguna de Quilotoa que se encuentra dentro de un volcán, pero el encuentro mereció la pena y tanto a Aurora como a mí, nos vino bien. Ya en la capital ecuatoriana las cosas volvieron a cambiar. Según mi ruta, me encontraba en la mitad del recorrido y tenía dudas sobre el viaje. Estaba cansado y necesitaba pensar. Llevaba tiempo preguntándome si merecía la pena la ruta Panamericana entera o ver menos países con el mismo presupuesto, exprimiendo más cada rincón. Aurora por su parte, decidió, tras una larga conversación con su pareja, volver a España esa misma semana. Así, de pronto, Quito nos sirvió para reflexionar a los dos. La capital no nos decepcionó. El centro histórico está muy cuidado, hay mucha vida en la calle y, aunque hay que pagar en todas las iglesias importantes, el paseo por sus intrincadas calles, algunas de subidas y bajadas, merece la pena. También tuvimos la oportunidad de ver al presidente Correa en un cambio de guardia (algo normal que hace cada lunes, siempre y cuando esté por la ciudad) y visitamos el famoso parque del monumento de la mitad del mundo (una tontá que cuesta tres dólares y medio).

Monumento Mitad del mundo (Foto: Aurora)

Aurora y yo nos despedimos visitando Otavalo, una pequeña ciudad a tres horas de Quito famosa por su mercado artesanal, que como llegamos en un día lluvioso, no tuvimos la oportunidad de ver en todo su esplendor. Pero como eran unos días de cambios, la peor parte me la llevé yo al salir de Quito. Nos metimos en un bus local y entre empujones me quitaron el móvil. Ni me enteré. La despedida de Aurora, el robo y la soledad me acompañaron aquella larga tarde de Otavalo. Un día gris lo tiene cualquiera.

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Sobre el autor Gustavo Prieto
Me apasiona escribir y viajar. No sé si en ese orden, pero es un buen cóctel que me motiva hoy en día. Estuve en Madrid un tiempo queriendo ser guionista de cine y lo que realmente me enganchó fueron los viajes. Escribí mucho y también hice mis pinitos en el mundo cinematográfico, pero como las ideas surgen de lo que uno vive, me fui a Manchester. Fue una gran experiencia que me curtió para emprender el viaje de mi vida. Ocho meses de mochilero de Europa a Asia. Solo hay una cosa que me motive, un nuevo reto y la próxima aventura es Sudamérica y la ruta Panamericana.

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