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Categoría: México
#34 México: Yucatán y Chiapas.

Mérida, México

El bus me dejó a veinte minutos de mi hostal. Pensé en tomar un taxi, pero de nuevo mi mentalidad de mochilero-rata se impuso e hice el esfuerzo de ir callejeando bajo un  sol atroz. Mi opción de alojamiento no pudo ser mejor. La habitación compartida estaba vacía y, además, las instalaciones incluían una piscina y desayuno continental. Mérida era más grande que mi anterior ciudad visitada, Valladolid, pero el casco viejo se podía descubrir andando. Como cada domingo, la plaza principal se llenó de puestos de comida y eventos musicales. En esta ocasión grupos de danzas tradicionales mostraron sus dotes ante el público que, en general, era una mezcla de personas mayores y turistas. En el “Museo de la Ciudad” aprendí que Mérida fue la localidad más importante de la colonia española. La muestra está en una de sus calles más conocidas, el Paseo de Montejo, donde se reunían los aristócratas más importantes y ricos de la época aunque, hoy día, su legado ha quedado en manos de empresas y bancos. La ciudad es tranquila fuera del bullicio del centro, donde se concentran los mercados y puestos callejeros. Pero el mayor interés de acercarse a Mérida es porque a pocos kilómetros están las ruinas de Uxmal. Más restos mayas, aunque con menos visitas que Chichen Itza. De hecho, la comparación fue inevitable, pero aunque tienen semejanzas, las pirámides y la arquitectura del resto de complejos son diferentes, por lo que yo recomendaría visitar las dos ruinas y así tener un empacho Maya.

Ruinas de Palenque, México

Aunque, para empacho, está Palenque donde se encuentra, posiblemente, la ciudad maya más grande de todas. Después de mucho tiempo, volví a tomar un autobús nocturno para mal dormir. Crucé toda la península del Yucatán y me adentré en las montañas de Chiapas. Nada más bajar del vehículo, una ola de calor me dio la bienvenida y empecé a sudar. Durante mi estancia en esta pequeña localidad sufrí temperaturas de cuarenta grados. Insoportable. Sudaba sin hacer nada. Llegué temprano, pero más tarde​ que mis amigos italianos, con los que iba a compartir habitación para ahorrar gastos. Luca estaba preparado para salir cuando llegué al hotel. “¿A dónde vais?”, le pregunté. “A Palenque”. Coño, se iban sin mí. “Dadme unos minutos y estoy listo”. Buscamos la furgoneta que nos llevaba a las ruinas y en media hora estábamos en la puerta. “Hay un camino que nos puede llevar a las ruinas por detrás y entrar gratis”, dijo Luca, “tengo buena intuición”. Luca era más rata que yo, así que me fié de él, pero su intuición aquella mañana hizo aguas. Lo que él creía que era una ruta, en realidad era la otra puerta de entrada, junto al museo. Aprovechamos ya para verlo y para aprender un poco sobre la inmensa Palenque. El museo es bastante completo, pero como habíamos llegado un poco tarde, decidimos no entretenernos mucho y empezar con las ruinas, ya que el caminar por esas explanadas a pleno sol se hacía muy duro. Como empezamos por detrás, encontramos zonas solitarias y nos sentimos un poco Indiana Jones andando por los restos arqueológicos aptos al público, ya que hay más del doble ocultos bajo la selva. De hecho, muchos edificios han sido devorados por la madre naturaleza y puedes observar raíces abrazadas a las piedras. Cuando llegamos al palacio, nos encontramos con masas de gente haciendo selfies y miles de fotos que no volverán a ver en su puñetera vida. Nosotros hicimos lo mismo y, de pronto, un señor nos interrumpió. “Disculpen, ¿me pueden enseñar sus entradas?”. Se las enseñamos y el señor se mostraba incrédulo. “Ha habido un par de chavales que se han colado por la selva”, nos soltó mientras miraba las entradas escrupulosamente. Después de que se fue el inspector, miré a Luca y respiramos aliviados. Terminamos de ver el resto del recinto que, con mucho, es el más grande que había visto hasta la fecha. Sin lugar a dudas, Palenque fue el mejor recinto en cuanto a ruinas Mayas, y el más barato de todos. Eso sí, como ciudad, pueblo o lo que sea, no tiene nada interesante, así que el último día mis amigos se fueron a unas cascadas y yo busqué una piscina para superar aquella ola de calor.

San Cristóbal de las casas, México

San Cristóbal de las Casas iba a ser la despedida definitiva de mis amigos italianos. Yo ya me encontraba en la recta final de mi viaje y tenía que acelerar un poco. Nada más bajar del autobús ellos se fueron a la casa de su couchsurfing y yo… también esperaba al mío en la terminal, pero no tuve noticias de él y, como eran las once de la noche, me fui a buscar un hostal. A pesar de que me hayan confirmado alojarme en couchsurfing, tengo la suficiente experiencia para saber que a veces estas situaciones pasan y siempre tengo apuntados los nombres de un par de hostales. El primero estaba lleno, así que me alojé en el segundo. Al conectarme al wifi, vi el mensaje tardío de Diego, mi CS, y quedamos para el día siguiente. Me reuní con​ él en su casa para dejar mi mochila y después fuimos a buscar a una chica, también de España. Diego nos hizo de guía y nos llevó a un par de pueblos. El primero, Chamula, es conocido por las ceremonias en su turística iglesia. Por fuera no llama la atención, pero una vez dentro el edificio es diferente. No hay bancos para sentarse. Los laterales están repletos de santos, campanas, velas,  cuadros… no  hay hueco libre. En cualquier lado puedes adorar a alguien y el ambiente está ennegrecido por el humo de las velas. Al entrar, el suelo de gres está lleno de la pinocha de los pinos, por lo que es un tanto resbaladizo. Dimos una vuelta por dentro sorteando a la gente local que realizaba su ceremonia en cualquier lado. Limpiaban un poco una parte de la pinocha para sentarse y empezaban a pegar una hilera de velas finas. Algunos llevaban a un chamán que mataba a una gallina y bebía un refresco con gas para eructar, así expulsaba los malos espíritus. El día que fui había más turistas que gente rezando, pero mi anfitrión, Diego, nos aseguró que hay días que no sé puede ni entrar. Si no fuera por nosotros los visitantes, no ganarían tanto (ya que hay que pagar por entrar a verlo), pero estoy seguro de que las ceremonias serían más impactantes. Después de pasear por el mercadillo del pueblo y ver a un tipo que vendía polluelos de colores (tal cual), Diego nos llevó a otra localidad cercana donde conocía a una familia que vendía todo tipo de telas, vestidos y camisas típicas hechas a mano. En San Cristóbal de las Casas pude disfrutar de nuevos platos como el pozole, una sopa con maíz y carne; y saborear el café de Chiapas. El pueblo es muy turístico y el ambiente es muy agradable, aunque suene contradictorio. No lo encontré masificado ni vi hordas de turistas. No sé si no era la época, pero al menos pude adentrarme en mercadillos y pasear por las calles sin agobio.

Camino de la terminal de buses, mi taxista me preguntó de dónde era. “Está bien identificarse”, me soltó ante mi asombro, “el otro día hubo un asalto a una furgoneta turística en una camino cerca de aquí. Esperaban que fueran estadounidenses, pero se equivocaron, eran alemanes. No queremos a los yankis aquí”. Sonreí aliviado. “¿Quienes eran los asaltantes?”, pregunté. “Zapatistas”. Vaya, pensé, creí que ya habían desaparecido, pero no. La situación en la región de Chiapas ha mejorado y se ha reducido la violencia en los últimos años, pero todavía quedan vestigios de gente que, abanderada por unas siglas, sigue delinquiendo con el único fin de lucrarse bajo la amenaza de un arma.

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#33 México: Quintana Roo y el Yucatán

Lago Bacalar, México

El taxista me llevó al centro de Chetumal y, como le comenté, no había podido cambiar dólares beliceños en la frontera, por lo que buscamos una casa de cambios; pero, debido a que era Viernes Santo, todas estaban cerradas. La única opción que tuve fue usar mis dólares (los yankis), que siempre llevo encima para situaciones como estas, y cambiarlos por pesos mexicanos en un banco. Una vez solucionado el tema económico, me metí en un colectivo (un taxi compartido) en el que me tocó una bestia humana sentada al lado que me tenía aprisionado contra la puerta sin poder moverme. Por suerte, el trayecto hasta Bacalar, mi destino, era corto. Allí busqué mi hospedaje: La Casa del Árbol, un hostal con jardín para poner mi tienda de campaña, en la que estuve tres noches. ¡La dueña fue tan amable que me cambió los dólares beliceños! “M’hijo, lo que quieras”, me decía.

Llegué cuando empezaba el largo fin de semana de la fiesta católica y los mexicanos también lo aprovecharon yendo al lago de Bacalar. El lago de los siete colores, lo llaman, aunque yo apenas vi tres diferentes. También hay cerca del pueblo cenotes, un término nuevo que aprendí y utilicé en varias ocasiones porque en toda la península del Yucatán hay más de mil. Los cenotes surgieron por un meteorito (según cuentan fue el que provocó la extinción de los dinosaurios), y ahora los turistas los disfrutamos gracias a que en esos enormes cenotes se han creado lagunas para bañarse. Al día siguiente de mi llegada a Bacalar, me hice amigo de unos mexicanos y compartimos un taxi que nos llevó a uno de ellos: el cenote azul. Allí estuvimos bañándonos toda la mañana. A la vuelta hicimos ‘ride’ (autoestop) hasta el pueblo. Camino del hostal descubrí con asombro cómo hablaban del narco con total naturalidad. “Mataron a un par de personas. El narco ha llegado a Cancún”, comentó uno. No sería la primera vez que escuchara más noticias sobre el narco. Por suerte, Bacalar era un pueblo tranquilo con mucho turismo local, gente vendiendo comida en la calle e, incluso, hasta las once de la noche la gente salía a dar un paseo sin problemas. Con el calor que hacía, los vecinos sacaban sillas fuera de sus casas para hablar, cenar o simplemente tomar el aire. Bacalar es un pueblo encantador.

Ruinas de Tulum, México

Noté que mi ruta se dirigía hacia la parte más turística de México nada más subir al bus que me llevaba a Tulum. Me tocó ir de pie ¡tres horas!. Era el bus económico que no te garantiza asiento. Fué lo único barato en esta zona, ya que el precio de los hostales era el doble de lo que había pagado en Bacalar. “Temporada alta”, me decían. Tulum no me agradó mucho, pero por suerte seguí deleitándome de la comida en puestos callejeros: tacos, sopes o tortas. En Tulum también había cenotes, ruinas y playa, pero como no había posibilidad de ir andando, dependía de los medios de transporte. De todas las opciones, me decanté por acercarme a las ruinas que se encuentran al lado de la costa. El día que decidí ir parece que también el pueblo entero había querido acompañarme. Echando un vistazo a la cantidad de grupos con guía, deduje que Tulum atraía al turismo de masas, aunque no entendí por qué. Las ruinas eran poco interesantes y la playa pública estaba llena de montañas de algas. No había hueco para bañarse sin pisar una alfombra de hojas secas en la orilla. También es cierto que la mayoría de grandes hoteles tienen acceso a la playa de forma privada. Por supuesto, en Tulum no faltaba la calle llena de restaurantes, bares y tiendas de recuerdos con las aceras limpias. Dos calles más abajo, cerca de un mercado, disfruté de la comida local con precios más asequibles.

¿Barco pirata en Cozumel?

Siguiendo la costa, las hordas de turistas enseñaban sus nucas rojas y acechaban, con multitud de maletas con ruedas, los buses, las playas, los bares y las calles. Había llegado a la playa del Carmen. Este suplicio lo quise pasar por una cuestión personal que, en cierto modo, me avergüenza contar. Quería conocer la isla de Cozumel y, no para hacer esnorquel o ver la barrera de coral, sino porque de pequeño jugué en mi ordenador Amstrad a una aventura gráfica que se titulaba ‘la diosa de Cozumel’. Tan simple como eso. Sabía que me exponía a una zona altamente turística e iba a estar a años luz de disfrutar del ambiente pero, a pesar de ello, pisar la isla me hacía ilusión. Mientras caminaba por sus calles, donde también estaba el típico barrio abarrotado de bares y restaurantes turísticos (hasta había un ‘Hard rock’), me imaginé la isla en tiempos de piratas y, como en el juego de mi adolescencia, había una única cantina en el pueblo donde los marineros se emborrachaban o buscaban pelea. Fuera, a pocas calles (no como ahora), me adentraba en la jungla en busca del misterio y la aventura tras la leyenda de la diosa de Cozumel. Tesoros escondidos en pleno siglo veintiuno. Sí, debería de haber planteado un proyecto similar al ayuntamiento de la localidad. Mis pensamientos se desvanecieron en seguida tras caer una tormenta que inundó varias calles y me llevó a refugiarme en el hostal.

Cuando desembarqué del ferry, que me alejó de mis recuerdos adolescentes, busqué la terminal y pregunté por el siguiente bus hacia Valladolid. “Éste sale ahora”, me dijo una chica. Perfecto. Esta vez el bus económico estaba vacío. En Valladolid me esperaba Graciela, de Couchsurfing, en un barrio un tanto alejado del centro. Vivía con dos gatos y un perro muy simpático con el que hice migas en poco tiempo. Su casa era minúscula, con una habitación sin amueblar, por lo que ésta vez me tocó dormir en el suelo con mi esterilla y mi saco. Aquel día quedé de nuevo con la pareja de italianos, Shila y Luca; esta vez para devolverles un móvil que se olvidaron en Guatemala y que yo, al seguir el mismo camino que ellos días después, pude recuperar. Valladolid también está rodeada de cenotes, pero mi visita se redujo al Chichen Itza, una de las ruinas mayas más conocidas del Yucatán. A pesar de que me advirtieron que iba a encontrar más hordas de turistas tuve suerte y, aunque sí hubo gente, el recorrido lo hice relajado; con mucho calor como era de suponer, pero disfrutando de cada rincón.

Chichén-Itzá, Valladolid, México

Graciela es de la capital, pero le gusta viajar, me dijo. También se ha cambiado de ciudad porque la cosa está muy fea. “No vayas a Veracruz”, me dijo, “es la zona más peligrosa de México”. Graciela es traductora, aunque lo que más le gusta es pintar, una actividad que ha dejado hace tiempo. Mi última noche en Valladolid fuimos a cenar y hablamos sobre los sueños y los viajes.

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Sobre el autor Gustavo Prieto
Me apasiona escribir y viajar. No sé si en ese orden, pero es un buen cóctel que me motiva hoy en día. Estuve en Madrid un tiempo queriendo ser guionista de cine y lo que realmente me enganchó fueron los viajes. Escribí mucho y también hice mis pinitos en el mundo cinematográfico, pero como las ideas surgen de lo que uno vive, me fui a Manchester. Fue una gran experiencia que me curtió para emprender el viaje de mi vida. Ocho meses de mochilero de Europa a Asia. Solo hay una cosa que me motive, un nuevo reto y la próxima aventura es Sudamérica y la ruta Panamericana.

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#01 Ruta Panamericana