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Categoría: Panamá
#26 Panamá: la peor frontera y los kuna-dólar nos dieron la bienvenida.

Muelle de Capurganá, Colombia

En anteriores capítulos de Mochilero de provincias… Antes de montar en el bote de Turbo a Capurganá (todo esto es Colombia), nos pesaron las mochilas y nos obligaron a pagar exceso de diez kilos. ¿Por qué? Porque es así… Unos tipos en el muelle, antes de embarcar, te quitan tu mochila, con autoridad y sin modales, y te exigen de las mismas formas el dinero. Yo no tenía que pagar mucho, pero me escaqueé gracias a que otro mochilero llevaba 25 kilos y todos se frotaron las manos mientras se olvidaban de mí. El viaje en bote fue algo brusco y duró cuatro horas. Una mujer tuvo un ataque de ansiedad y, según me contó otro pasajero, murió al día siguiente. Son trayectos a mar abierto y los botes saltan de ola en ola, chocando en plancha contra el mar. A pesar de que hizo buen tiempo y el oleaje no fue duro, los botes van a mucha velocidad y chocas y saltas. La mejor opción es ponerse el salvavidas en la espalda para proteger tus riñones del asiento de madera. El trayecto desde Capurganá a Puerto Obaldia (Panamá) también tuvo golpes y saltos, pero fueron solo cuarenta y cinco minutos.

Los trámites de la frontera panameña no son complicados, a priori… Cuando llegamos a Puerto Obaldia los militares nos revisaron el equipaje con un perro (no lo vi muy bien entrenado, la verdad. No sé si fue efectivo). Después fuimos a inmigración y… “el sistema estaba caído”. En definitiva, no tenían Internet y no podía sellar el pasaporte. Tuvimos que esperar varias horas y, para cuando se arregló, la única embarcación ya había salido y tuvimos que dormir allí. Para mi sorpresa, al no tener billete de salida del país (yo quería salir por tierra a Costa Rica) me dieron sólo diez días por ser “tránsito”. En esa tarde lidiamos con varias personas para salir al día siguiente, bien en barco, bien en un vuelo chárter.

San Blas, Panamá

Puerto Obaldia es minúsculo. No hay carretera por donde salir, sino una enorme selva que cualquier inmigrante tiene que cruzar con un guía (larga historia que relataré en mis memorias tras una charla con un cubano). “Entonces, ¿De qué vive la gente?”, pregunté al vendedor de una tienda (solo hay dos en el pueblo). “Eso me pregunto yo, porque aquí todo el mundo compra y del turismo solo viven cuatro”, soltó encogiéndose de hombros. Que cada uno saque sus conclusiones, yo ya hice las mías. Pero para ser cuatro personas que viven del turismo nos dieron bastante por saco.

Al día siguiente (un día menos de mis diez), mis amigas argentinas y yo tuvimos que batallar con tonos déspotas, postureo y con contestaciones como “si quieres lo pagas o si no, no haber venido”.  En tan solo una calle, donde se concentra inmigración y los supuestos dueños de botes, ocurría todo. Nos decían unos precios abultados, nos mentían y, no sé cómo, surgió el bote por un precio justo. Pero no salía para nuestro destino, Cartí; sino a Cadelonia, una isla donde nos prometieron que había más botes… ¿adivinais qué? Nos mintieron.

Teníamos bote, estábamos listos… No. Había que dar tres fotocopias a inmigración antes de salir. De acuerdo, yo tengo. Pero no estaban hechas como el señor quería. “¿En serio no te valen?”, le dije sonriendo. “Si quieres salir en el bote, me las traes así”, sentenció. Discutí con la mujer de las fotocopias por un malentendido. Estaba harto de esa gente. No me había sentido tan mal tratado en ninguna frontera en mi vida (y por suerte he cruzado muchas). De pronto, una señora que salió de la nada, nos dijo que teníamos que pagar veinte dólares por impuesto de los indígenas Kuna y a ella dos dólares por tasas del puerto. ¿Puerto? ¡Si es un muelle! Ya lo habíamos tenido que pagar en Turbo y Capurganá. No nos sorprendía, pero estábamos tan hartos que no le pagamos, pero del impuesto de los Kuna no nos libramos…

A los “Kuna-dólar”, como más tarde los apode, los conocimos en Caledonia. El bote tardó una hora en llegar y, como era lógico, no había más embarcaciones para salir a Cartí. “Os podéis quedar en mi casa”, nos ofreció el ‘kuna-jefe-dólar’, “por quince dólares la noche”. Nos miramos entre nosotros y negociamos por diez dólares y la comida incluida. Estábamos en una mini isla llena de casas, de hecho, no había hueco para más construcciones. Dependiamos de los Kuna-dólar. Nos quedamos allí las argentinas, una pareja de italianos, Trevor (la historia de este hombre con su moto en un carguero, también la relataré en mis memorias) y un servidor. ¿Y qué se podía hacer en una isla como esa? ¿Ir a una playa?. “Os llevo en mi bote por cinco dólares”, nos comentó el kuna-jefe-dólar’, “pero la playa pertenece a una familia y hay que pagarle un dólar por persona”. He de reconocer que nunca había estado en una isla desierta y exclusiva para mí, así que la experiencia no fue en balde.

Un día menos.

Sin contar con ello, habíamos estado con estos modernos “indígenas” que han sabido proteger su territorio y sacar partido gracias al turismo. El bote salió a las seis de la mañana porque nos esperaban siete horas de trayecto hasta Cartí. El primer punto de salida por tierra hasta la ciudad de Panamá. Ni qué  decir que fue largo recorrer todo el territorio de San Blas, aunque espectacular ver tanta isla, tanto grande como pequeña (dicen que hay más de trescientas). Llegamos a tierra con cierto mareo y tomamos rumbo a la capital. De camino, la policía nos pararon dos veces para pedirnos el pasaporte.

Ciudad de Panamá

Por fin, después de mucho tiempo, llegamos a la capital de Panamá, que no tiene alma, se la tragó el capitalismo yanki, pero nos sentimos a gusto de estar en tierra y libres. Sin depender de barqueros huraños. El área donde nos hospedamos estaba rodeada de rascacielos y un montón de bancos. Del casco viejo tampoco merece la pena nada. Es una ciudad que solo atrae al turismo para hacer puente entre San Blas y Bocas del Toro, las zonas más turísticas del país. Me hubiera gustado parar en alguna ciudad entre medias, pero mis días se volatilizaban, así que seguí la ruta con Paula y Eva hasta Bocas del Toro.

Los días pasaron sin hacer nada en la isla de Colón, una de las más importantes de Boca del Toro. Me gusta el mar y bañarme, pero un día. Más, se convierte en picaduras de mosquito o sol- fuego en la nuca… además, los lugares con playa como este son de fiesta o de deportes como el surf, y yo no tengo ni dinero para esas fiestas y ni puñetera idea de surfear. Además, ni me atrae.

Sin darme cuenta, mi ruta había empezado por Centroamérica. Suramérica quedaba atrás, con grandes recuerdos.

 

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Sobre el autor Gustavo Prieto
Me apasiona escribir y viajar. No sé si en ese orden, pero es un buen cóctel que me motiva hoy en día. Estuve en Madrid un tiempo queriendo ser guionista de cine y lo que realmente me enganchó fueron los viajes. Escribí mucho y también hice mis pinitos en el mundo cinematográfico, pero como las ideas surgen de lo que uno vive, me fui a Manchester. Fue una gran experiencia que me curtió para emprender el viaje de mi vida. Ocho meses de mochilero de Europa a Asia. Solo hay una cosa que me motive, un nuevo reto y la próxima aventura es Sudamérica y la ruta Panamericana.

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