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Categoría: Paraguay
#15 ¿Por qué Paraguay?

Asunción, Paraguay

No encontraba información en blogs de viajes sobre la capital paraguaya y los que hablaban de Asunción era para decir que no tenía ningún interés. De hecho, cuando llegué al hostal, descubrí que la mayoría de la gente hospedada estaba viviendo allí, nadie hacía turismo en la capital… Unos eran voluntarios, otros estudiantes y un belga que estaba montando su empresa… ¡En Paraguay! ¿Qué hacía yo allí?, me decían algunos locales. Por dios, así no se progresa… o quizás ese es el plan. Bien es sabido que el turismo de masas no hace más que perjudicar al entorno. Pero no estaba mucho para pensar ni reflexionar si merecía la pena ir a esta capital o no. Estaba resfriado, se me resbalan los mocos como un grifo que gotea y necesitaba descansar.

 

Tras dejar Buenos Aires, me dirigí a Rosario donde me esperaba Cristian, un amigo que conocí en Manchester y que estaba a punto de ser papá. Su mujer, Claudia, tenía un barrigón considerable y, de hecho, al siguiente día de mi llegada se fueron al hospital. Aproveché para visitar la ciudad donde nació Ernesto Che Guevara y Messi. Qué contrastes. De hecho, hay mas devoción por el segundo. La casa del Che, o al menos donde se crió, es privada y, según me explicó la dependienta de una frutería de enfrente, “solo la abren para diplomáticos”. Pardiez, pensé yo, hasta dónde hemos llegado. El río Paraná riega las orillas de la ciudad y han aprovechado para crear playas artificiales y un paseo con jardines y restaurantes. Además han restaurado varios edificios antiguos, como el astillero y varias fábricas de pienso para construir apartamentos, hoteles y salas de exposiciones. Siguiendo todas estas modernidades llegué a la plaza de la bandera. Lo más conocido de Rosario, pero no había bandera, la estarían lavando… El monumento y la escalinata, digna del “Acorazado Potemkin”, parece que el arquitecto haya sido poseído por un soviético. Por el resto de la ciudad hay que andar con cuidado porque los pasos de peatones, aunque están dibujados en la carretera, pasan desapercibidos para los conductores. Después de evitar que me atropellaran varias veces, hice frenar a un taxista que me miró con cara de pocos amigos mientras le explicaba, gesticulando con mis brazos, lo que era un paso de peatones. En cambio por las noches los coches desaparecen. Y no es broma. Las calles se vacían, parece la época de los cuarenta. “La gente paga un garage”, me explicaba Cristian, “las noches son peligrosas y roban los coches”. La naturalidad pasmosa con la que me contó algo así alguien que vive en esa ciudad, me daba escalofríos.

Rosario, Argentina

Después de varios días en los que mis amigos me trataron como de la familia, les comenté que me iba a Paraguay, pero a dedo. Claudia, como si lo hubiera hecho durante toda la vida, me organizó el viaje. “Mi padre te puede dejar en un peaje, no te preocupes”. Y así fue. Hizo madrugar a su padre para llevarme a treinta kilómetros de la ciudad. La temperatura era idónea, cielo despejado, pero ni dios me paraba. Tardé toda la mañana para llegar hasta Santa Fé, allí me dejó un simpático hombre que iba en furgoneta. Estaba en pleno scalextric de la salida y entrada de un montón de gente, eran las dos de la tarde y a lo lejos divisé un grupo de chavales. Estaba a las afueras de la ciudad. Otro grupo también pasó cerca. “¿A hacer dedo?”, me soltó uno. Yo asentí, acongojado, y cruzaron la carretera. Me di cuenta entonces de que iban a pescar. A pesar de eso, la zona no me gustaba nada, por lo que hice un cartel buscando un coche hacia el norte. Paró un tipo que iba hasta Formosa. Eso eran más de setecientos kilómetros, por lo que íbamos a llegar a la noche. “Necesito hablar con alguien durante el camino, sino me duermo”, me comentó cuando paró. Por una parte me acercaba a la frontera de Paraguay, pero por otra tendría que buscar un alojamiento a la noche en una ciudad que desconocía. “Bien, yo voy hasta allá, pero siempre y cuando me ayudes a buscar hostal”. Él asintió con la boca llena. Llevaba en un lado coca para masticar. “Yo coqueo”, me soltó, “para no dormirme”. Ya me habían hablado de estas plantas algunos camioneros argentinos sobre sus efectos. El viaje fue largo y a medida que avanzaban las horas dejamos de hablar. Solo escuchábamos la cuecas paraguayas en bucle que se convirtieron en una pesadilla. La última hora fue horrible. No podía más con la música. Llegamos a su ciudad y me soltó que me llevaba a coger el bus a Asunción. “No, no quiero ir a Paraguay de noche ¿No me puedes llevar a un hostal?”. Supongo que el cansancio y la coca le hicieron dejar de pensar. “Puedes armar tu carpa ahí en esa estación”. No tenía otra opción. Salí un poco de mal humor del coche, le agradecí el gesto de dejarme allí y me fui a la gasolinera. Pasé entre unos camiones y un par de mujeres en tanga, que me saludaron, y pregunté al tipo que trabajaba allí. “Sí, buscate una esquina por ahí. La zona es tranquila”. Busqué entre varios camiones un hueco y monté mi tienda. La primera hora estuve algo inquieto y unos perros me asustaron, hasta uno intentó mear en mi tienda, pero como vi su sombra le asusté y se fue.

Al día siguiente, por suerte, estaba al lado de donde salían los autobuses hasta la frontera. Un hombre mayor que iba en el bus me hizo de guía, “Yo también voy para allá, ven conmigo”. Le seguí entre la maraña de camiones aparcados, coches, gente vendiendo ropa, cinturones, comida, zumos… Cambié unos pesos argentinos y me sellaron el pasaporte con una velocidad pasmosa. En poco tiempo estaba en un autobús local junto al buen hombre. Nada más arrancar, empecé a disfrutar del ambiente. Cada minuto subía alguien vendiendo de todo, ahí probé mi primer zumo de piña natural. No solo hubo gente vendiendo, sino que también unos chavales se marcaron un rap improvisado. Tras un largo camino, llegué al centro de Asunción, el mercado central cuatro. El caos se había apoderado de aquella zona en la que habían desaparecido las aceras por diminutos puestos de venta. La gente se movía con avidez y los coches se apelotonaban en la carretera. El sol apretaba, pero me sentía bien. Por un momento, me recordó a Nepal. Salí de allí preguntando a varios locales y conseguí localizar el hostal.

 

Estuve varios días en este hostal con piscina y dando vueltas por una ciudad con muchos contrastes. Era imposible encontrar una acera en condiciones, pero en cambio descubrí mucho arte urbano en sus paredes y en salas de exposiciones. Parece como que la juventud marcada por las tendencias de internet, más moderna y globalizada, intentara sacar la cabeza en una sociedad mal organizada, con desigualdades, edificios abandonados y un gobierno estancado en el pasado. Pero bueno, tampoco soy quien para juzgar una ciudad que apenas pasé de puntillas. Tan solo soy un simple mochilero de provincias.

Graffiti en Asunción, Paraguay

 

Os recuerdo que podéis ver más fotos en mi cuenta de Instagram o en mi canal de Facebook.

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Sobre el autor Gustavo Prieto
Me apasiona escribir y viajar. No sé si en ese orden, pero es un buen cóctel que me motiva hoy en día. Estuve en Madrid un tiempo queriendo ser guionista de cine y lo que realmente me enganchó fueron los viajes. Escribí mucho y también hice mis pinitos en el mundo cinematográfico, pero como las ideas surgen de lo que uno vive, me fui a Manchester. Fue una gran experiencia que me curtió para emprender el viaje de mi vida. Ocho meses de mochilero de Europa a Asia. Solo hay una cosa que me motive, un nuevo reto y la próxima aventura es Sudamérica y la ruta Panamericana.

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29-07-2016 | 06:47 en:
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