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#34 México: Yucatán y Chiapas.
Gustavo Prieto 18-05-2017 | 12:16 | 0

Mérida, México

El bus me dejó a veinte minutos de mi hostal. Pensé en tomar un taxi, pero de nuevo mi mentalidad de mochilero-rata se impuso e hice el esfuerzo de ir callejeando bajo un  sol atroz. Mi opción de alojamiento no pudo ser mejor. La habitación compartida estaba vacía y, además, las instalaciones incluían una piscina y desayuno continental. Mérida era más grande que mi anterior ciudad visitada, Valladolid, pero el casco viejo se podía descubrir andando. Como cada domingo, la plaza principal se llenó de puestos de comida y eventos musicales. En esta ocasión grupos de danzas tradicionales mostraron sus dotes ante el público que, en general, era una mezcla de personas mayores y turistas. En el “Museo de la Ciudad” aprendí que Mérida fue la localidad más importante de la colonia española. La muestra está en una de sus calles más conocidas, el Paseo de Montejo, donde se reunían los aristócratas más importantes y ricos de la época aunque, hoy día, su legado ha quedado en manos de empresas y bancos. La ciudad es tranquila fuera del bullicio del centro, donde se concentran los mercados y puestos callejeros. Pero el mayor interés de acercarse a Mérida es porque a pocos kilómetros están las ruinas de Uxmal. Más restos mayas, aunque con menos visitas que Chichen Itza. De hecho, la comparación fue inevitable, pero aunque tienen semejanzas, las pirámides y la arquitectura del resto de complejos son diferentes, por lo que yo recomendaría visitar las dos ruinas y así tener un empacho Maya.

Ruinas de Palenque, México

Aunque, para empacho, está Palenque donde se encuentra, posiblemente, la ciudad maya más grande de todas. Después de mucho tiempo, volví a tomar un autobús nocturno para mal dormir. Crucé toda la península del Yucatán y me adentré en las montañas de Chiapas. Nada más bajar del vehículo, una ola de calor me dio la bienvenida y empecé a sudar. Durante mi estancia en esta pequeña localidad sufrí temperaturas de cuarenta grados. Insoportable. Sudaba sin hacer nada. Llegué temprano, pero más tarde​ que mis amigos italianos, con los que iba a compartir habitación para ahorrar gastos. Luca estaba preparado para salir cuando llegué al hotel. “¿A dónde vais?”, le pregunté. “A Palenque”. Coño, se iban sin mí. “Dadme unos minutos y estoy listo”. Buscamos la furgoneta que nos llevaba a las ruinas y en media hora estábamos en la puerta. “Hay un camino que nos puede llevar a las ruinas por detrás y entrar gratis”, dijo Luca, “tengo buena intuición”. Luca era más rata que yo, así que me fié de él, pero su intuición aquella mañana hizo aguas. Lo que él creía que era una ruta, en realidad era la otra puerta de entrada, junto al museo. Aprovechamos ya para verlo y para aprender un poco sobre la inmensa Palenque. El museo es bastante completo, pero como habíamos llegado un poco tarde, decidimos no entretenernos mucho y empezar con las ruinas, ya que el caminar por esas explanadas a pleno sol se hacía muy duro. Como empezamos por detrás, encontramos zonas solitarias y nos sentimos un poco Indiana Jones andando por los restos arqueológicos aptos al público, ya que hay más del doble ocultos bajo la selva. De hecho, muchos edificios han sido devorados por la madre naturaleza y puedes observar raíces abrazadas a las piedras. Cuando llegamos al palacio, nos encontramos con masas de gente haciendo selfies y miles de fotos que no volverán a ver en su puñetera vida. Nosotros hicimos lo mismo y, de pronto, un señor nos interrumpió. “Disculpen, ¿me pueden enseñar sus entradas?”. Se las enseñamos y el señor se mostraba incrédulo. “Ha habido un par de chavales que se han colado por la selva”, nos soltó mientras miraba las entradas escrupulosamente. Después de que se fue el inspector, miré a Luca y respiramos aliviados. Terminamos de ver el resto del recinto que, con mucho, es el más grande que había visto hasta la fecha. Sin lugar a dudas, Palenque fue el mejor recinto en cuanto a ruinas Mayas, y el más barato de todos. Eso sí, como ciudad, pueblo o lo que sea, no tiene nada interesante, así que el último día mis amigos se fueron a unas cascadas y yo busqué una piscina para superar aquella ola de calor.

San Cristóbal de las casas, México

San Cristóbal de las Casas iba a ser la despedida definitiva de mis amigos italianos. Yo ya me encontraba en la recta final de mi viaje y tenía que acelerar un poco. Nada más bajar del autobús ellos se fueron a la casa de su couchsurfing y yo… también esperaba al mío en la terminal, pero no tuve noticias de él y, como eran las once de la noche, me fui a buscar un hostal. A pesar de que me hayan confirmado alojarme en couchsurfing, tengo la suficiente experiencia para saber que a veces estas situaciones pasan y siempre tengo apuntados los nombres de un par de hostales. El primero estaba lleno, así que me alojé en el segundo. Al conectarme al wifi, vi el mensaje tardío de Diego, mi CS, y quedamos para el día siguiente. Me reuní con​ él en su casa para dejar mi mochila y después fuimos a buscar a una chica, también de España. Diego nos hizo de guía y nos llevó a un par de pueblos. El primero, Chamula, es conocido por las ceremonias en su turística iglesia. Por fuera no llama la atención, pero una vez dentro el edificio es diferente. No hay bancos para sentarse. Los laterales están repletos de santos, campanas, velas,  cuadros… no  hay hueco libre. En cualquier lado puedes adorar a alguien y el ambiente está ennegrecido por el humo de las velas. Al entrar, el suelo de gres está lleno de la pinocha de los pinos, por lo que es un tanto resbaladizo. Dimos una vuelta por dentro sorteando a la gente local que realizaba su ceremonia en cualquier lado. Limpiaban un poco una parte de la pinocha para sentarse y empezaban a pegar una hilera de velas finas. Algunos llevaban a un chamán que mataba a una gallina y bebía un refresco con gas para eructar, así expulsaba los malos espíritus. El día que fui había más turistas que gente rezando, pero mi anfitrión, Diego, nos aseguró que hay días que no sé puede ni entrar. Si no fuera por nosotros los visitantes, no ganarían tanto (ya que hay que pagar por entrar a verlo), pero estoy seguro de que las ceremonias serían más impactantes. Después de pasear por el mercadillo del pueblo y ver a un tipo que vendía polluelos de colores (tal cual), Diego nos llevó a otra localidad cercana donde conocía a una familia que vendía todo tipo de telas, vestidos y camisas típicas hechas a mano. En San Cristóbal de las Casas pude disfrutar de nuevos platos como el pozole, una sopa con maíz y carne; y saborear el café de Chiapas. El pueblo es muy turístico y el ambiente es muy agradable, aunque suene contradictorio. No lo encontré masificado ni vi hordas de turistas. No sé si no era la época, pero al menos pude adentrarme en mercadillos y pasear por las calles sin agobio.

Camino de la terminal de buses, mi taxista me preguntó de dónde era. “Está bien identificarse”, me soltó ante mi asombro, “el otro día hubo un asalto a una furgoneta turística en una camino cerca de aquí. Esperaban que fueran estadounidenses, pero se equivocaron, eran alemanes. No queremos a los yankis aquí”. Sonreí aliviado. “¿Quienes eran los asaltantes?”, pregunté. “Zapatistas”. Vaya, pensé, creí que ya habían desaparecido, pero no. La situación en la región de Chiapas ha mejorado y se ha reducido la violencia en los últimos años, pero todavía quedan vestigios de gente que, abanderada por unas siglas, sigue delinquiendo con el único fin de lucrarse bajo la amenaza de un arma.

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#33 México: Quintana Roo y el Yucatán
Gustavo Prieto 14-05-2017 | 10:57 | 0

Lago Bacalar, México

El taxista me llevó al centro de Chetumal y, como le comenté, no había podido cambiar dólares beliceños en la frontera, por lo que buscamos una casa de cambios; pero, debido a que era Viernes Santo, todas estaban cerradas. La única opción que tuve fue usar mis dólares (los yankis), que siempre llevo encima para situaciones como estas, y cambiarlos por pesos mexicanos en un banco. Una vez solucionado el tema económico, me metí en un colectivo (un taxi compartido) en el que me tocó una bestia humana sentada al lado que me tenía aprisionado contra la puerta sin poder moverme. Por suerte, el trayecto hasta Bacalar, mi destino, era corto. Allí busqué mi hospedaje: La Casa del Árbol, un hostal con jardín para poner mi tienda de campaña, en la que estuve tres noches. ¡La dueña fue tan amable que me cambió los dólares beliceños! “M’hijo, lo que quieras”, me decía.

Llegué cuando empezaba el largo fin de semana de la fiesta católica y los mexicanos también lo aprovecharon yendo al lago de Bacalar. El lago de los siete colores, lo llaman, aunque yo apenas vi tres diferentes. También hay cerca del pueblo cenotes, un término nuevo que aprendí y utilicé en varias ocasiones porque en toda la península del Yucatán hay más de mil. Los cenotes surgieron por un meteorito (según cuentan fue el que provocó la extinción de los dinosaurios), y ahora los turistas los disfrutamos gracias a que en esos enormes cenotes se han creado lagunas para bañarse. Al día siguiente de mi llegada a Bacalar, me hice amigo de unos mexicanos y compartimos un taxi que nos llevó a uno de ellos: el cenote azul. Allí estuvimos bañándonos toda la mañana. A la vuelta hicimos ‘ride’ (autoestop) hasta el pueblo. Camino del hostal descubrí con asombro cómo hablaban del narco con total naturalidad. “Mataron a un par de personas. El narco ha llegado a Cancún”, comentó uno. No sería la primera vez que escuchara más noticias sobre el narco. Por suerte, Bacalar era un pueblo tranquilo con mucho turismo local, gente vendiendo comida en la calle e, incluso, hasta las once de la noche la gente salía a dar un paseo sin problemas. Con el calor que hacía, los vecinos sacaban sillas fuera de sus casas para hablar, cenar o simplemente tomar el aire. Bacalar es un pueblo encantador.

Ruinas de Tulum, México

Noté que mi ruta se dirigía hacia la parte más turística de México nada más subir al bus que me llevaba a Tulum. Me tocó ir de pie ¡tres horas!. Era el bus económico que no te garantiza asiento. Fué lo único barato en esta zona, ya que el precio de los hostales era el doble de lo que había pagado en Bacalar. “Temporada alta”, me decían. Tulum no me agradó mucho, pero por suerte seguí deleitándome de la comida en puestos callejeros: tacos, sopes o tortas. En Tulum también había cenotes, ruinas y playa, pero como no había posibilidad de ir andando, dependía de los medios de transporte. De todas las opciones, me decanté por acercarme a las ruinas que se encuentran al lado de la costa. El día que decidí ir parece que también el pueblo entero había querido acompañarme. Echando un vistazo a la cantidad de grupos con guía, deduje que Tulum atraía al turismo de masas, aunque no entendí por qué. Las ruinas eran poco interesantes y la playa pública estaba llena de montañas de algas. No había hueco para bañarse sin pisar una alfombra de hojas secas en la orilla. También es cierto que la mayoría de grandes hoteles tienen acceso a la playa de forma privada. Por supuesto, en Tulum no faltaba la calle llena de restaurantes, bares y tiendas de recuerdos con las aceras limpias. Dos calles más abajo, cerca de un mercado, disfruté de la comida local con precios más asequibles.

¿Barco pirata en Cozumel?

Siguiendo la costa, las hordas de turistas enseñaban sus nucas rojas y acechaban, con multitud de maletas con ruedas, los buses, las playas, los bares y las calles. Había llegado a la playa del Carmen. Este suplicio lo quise pasar por una cuestión personal que, en cierto modo, me avergüenza contar. Quería conocer la isla de Cozumel y, no para hacer esnorquel o ver la barrera de coral, sino porque de pequeño jugué en mi ordenador Amstrad a una aventura gráfica que se titulaba ‘la diosa de Cozumel’. Tan simple como eso. Sabía que me exponía a una zona altamente turística e iba a estar a años luz de disfrutar del ambiente pero, a pesar de ello, pisar la isla me hacía ilusión. Mientras caminaba por sus calles, donde también estaba el típico barrio abarrotado de bares y restaurantes turísticos (hasta había un ‘Hard rock’), me imaginé la isla en tiempos de piratas y, como en el juego de mi adolescencia, había una única cantina en el pueblo donde los marineros se emborrachaban o buscaban pelea. Fuera, a pocas calles (no como ahora), me adentraba en la jungla en busca del misterio y la aventura tras la leyenda de la diosa de Cozumel. Tesoros escondidos en pleno siglo veintiuno. Sí, debería de haber planteado un proyecto similar al ayuntamiento de la localidad. Mis pensamientos se desvanecieron en seguida tras caer una tormenta que inundó varias calles y me llevó a refugiarme en el hostal.

Cuando desembarqué del ferry, que me alejó de mis recuerdos adolescentes, busqué la terminal y pregunté por el siguiente bus hacia Valladolid. “Éste sale ahora”, me dijo una chica. Perfecto. Esta vez el bus económico estaba vacío. En Valladolid me esperaba Graciela, de Couchsurfing, en un barrio un tanto alejado del centro. Vivía con dos gatos y un perro muy simpático con el que hice migas en poco tiempo. Su casa era minúscula, con una habitación sin amueblar, por lo que ésta vez me tocó dormir en el suelo con mi esterilla y mi saco. Aquel día quedé de nuevo con la pareja de italianos, Shila y Luca; esta vez para devolverles un móvil que se olvidaron en Guatemala y que yo, al seguir el mismo camino que ellos días después, pude recuperar. Valladolid también está rodeada de cenotes, pero mi visita se redujo al Chichen Itza, una de las ruinas mayas más conocidas del Yucatán. A pesar de que me advirtieron que iba a encontrar más hordas de turistas tuve suerte y, aunque sí hubo gente, el recorrido lo hice relajado; con mucho calor como era de suponer, pero disfrutando de cada rincón.

Chichén-Itzá, Valladolid, México

Graciela es de la capital, pero le gusta viajar, me dijo. También se ha cambiado de ciudad porque la cosa está muy fea. “No vayas a Veracruz”, me dijo, “es la zona más peligrosa de México”. Graciela es traductora, aunque lo que más le gusta es pintar, una actividad que ha dejado hace tiempo. Mi última noche en Valladolid fuimos a cenar y hablamos sobre los sueños y los viajes.

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#32 Viaje express por Belice
Gustavo Prieto 05-05-2017 | 2:49 | 0

Autobús camino a Belice

Pasé la frontera a Belice con el grupo del autobús. Había comprado un billete desde Flores, Guatemala, hasta la capital beliceña. Tuve que esperar un poco a que me sellaran el pasaporte, pero fue rápido y ordenado. Ya estaba en Belice. Después de ocho meses de viaje en Latinoamérica, pisaba por primera vez un país de habla inglesa. Me dirigí directamente a la capital para buscar un bote que me llevara a Caye Caulker, una isla pequeña cerca de una de las más importantes barreras de coral del mundo. Cuando el bote me dejó en la isla, y mientras caminaba por el muelle, un tipo me preguntó a dónde iba. Le dije que buscaba alojamiento barato y me indicó un hostal. Las calles de Caye Caulker eran de arena y, en vez de en coches, la gente se movía en bicicleta y en carros de golf. El hostal que me había comentado el tipo del muelle, aunque lleno de simpáticos gatos y perros, era un poco caro, por lo que me decanté por otro más económico donde pude poner mi tienda de campaña. Hice mis primeras compras en dólares de Belice y me di cuenta de lo caro que era todo y de que, al igual que en otras zonas caribeñas, como Bocas del Toro en Panamá, los chinos tenían el monopolio de los supermercados. No uno, si no todos los de la isla. Un contraste curioso y llamativo, sobre todo teniendo en cuenta que la mayoría de gente local eran negros con rastas. Al día siguiente de mi llegada, busqué un tour para hacer snorkel en el arrecife, pero en varias agencias me dijeron que necesitaban al menos un grupo de siete personas. Frustrado por mi búsqueda, me bañé un rato y, de vuelta a mi hostal, un tipo me preguntó si estaba interesado en hacer el tour al arrecife en ése mismo instante. ¡Bingo! En menos de media hora estaba con aletas y gafas de buzo puestas.

Costa Belicense

Mis primeras inmersiones me costaron bastante debido al oleaje, que me hizo tragar agua (no hay que olvidar que soy de provincias), pero poco a poco fui disfrutando del paisaje acuático. No sé cómo describir la cantidad de pececillos, plantas y vida que había en cada recoveco de rocas y coral. Era un universo acuático a medio metro de mí. Había que tener cuidado de no golpear el coral con las aletas. El tour consistía en eso y en ver a los tiburones, a los que, por desgracia, alimentaban con pescado para que los turistas pudiéramos hacer fotos y vídeos. Mal. Durante toda la mañana estuve sumergido en el mar y disfruté, a pesar de que tragué agua en varias ocasiones.

 

Tuve la oportunidad de quedarme una noche más por la isla, pero como ya saben los que me conocen, no soy de playa, así que me fui a conocer Orange Walk. Bueno, mi idea era enterarme de cómo visitar las ruinas mayas de Lamanai, ya que la información de Internet no era clara. Llegué a la capital, de nuevo en bote, y fui andando a la estación de buses. Crucé varias calles y canales que desprendían mal olor. Las casas bajas de tejados metálicos no ofrecían una visión agradable, ya que parecían guetos marginales. No me detuve mucho y, nada más llegar a la entrada de la estación, un bus salía camino de Orange Walk.

Orange Walk, Belice

Si la capital tenía poco interés, Orange Walk era lo menos interesante que he visitado en mi viaje. Pardiez, qué pueblo. Dejé atrás el bus que me dejó en una explanada a la que llamaban “terminal temporal” y donde no había nada de información, sólo un par de kioscos de bebidas y comida. Camino al hostal, un tipo me gritó desde el otro lado de la calle y me preguntó si estaba interesado en las ruinas de Lamanai. Me explicó que el tour costaba cincuenta dólares y mi mandíbula inferior rozó el suelo del susto. No había manera de hacerlo por mi cuenta porque el único bus que iba para allá salía los lunes (era jueves y de semana santa). El tour parecía interesante: un paseo en bote por el río viendo fauna y un paisaje agreste hasta llegar a las ruinas donde un guía te enseñaba los restos mayas. Pero no era para mí. En ese momento dudé entre la posibilidad de irme directamente a México o quedarme una noche allí para intentar descubrir aquel pueblo, y me decanté por lo segundo.

 

Seguí camino del hostal y ya pude observar lo poco agraciada que era aquella localidad. De hecho, no encontré ningún local para comer y tuve que hacerlo en el restaurante de mi alojamiento, que no era nada barato. En realidad, el hostal era un lodge situado en un lugar idílico junto al río y donde me permitieron acampar en su explanada. Bonito de día, porque a media tarde una jauría de mosquitos nos llevó a todos a refugiarnos dentro del restaurante. Mi noche tampoco fue para tirar cohetes. Me desperté con unas cuantas hormigas husmeando dentro de mi tienda y, debido a que estaba acampando en hierba, la humedad traspasó la tela y bien temprano me tuve que apresurar a colgar todo para que se secara antes de recoger.

Tour en Caye Caulker, Belice

La costa caribeña Belicense fue impresionante, pero tanto la capital como Orange Walk no me gustaron nada. Pensaba esto en el ‘school bus’ que me llevaba a la frontera. Los mismos trámites de siempre, pero esta vez tuve que pagar veinte dólares por salir de Belice. Acostumbrado a tanta frontera, no quise cambiar dinero allí, sino que preferí hacerlo en la parte de México, pero esta vez me equivoqué. El edificio mexicano era una infraestructura cercada, sin camiones, sin gente alrededor para vender comida ni para cambiar dinero… el cobrador del bus me dijo que nos esperaba fuera, sin embargo, cuando obtuve mi sello, había pasado media hora (o más) y a la salida no estaba el bus. Tampoco podía salir de allí a pie. Las autoridades mexicanas me llevaron a otra sala donde me registraron la mochila mientras yo echaba exabruptos al aire acordándome de la madre del conductor de bus que me había dejado tirado allí. ¿La solución? Sencilla: un taxi que me llevó a Chetumal, provincia de México. Pero eso es otra historia.

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#30 El Salvador merece la pena.
Gustavo Prieto 24-04-2017 | 4:22 | 0

Suchitoto, El Salvador

Le vi comer un par de pupusas pequeñas, un plato barato comparado con el mío, que costaba el doble. Aún así tan solo me gasté un dólar. Sus pelos canosos y despeinados apenas le cubrían la calva. Su mirada perdida, seria, y sus movimientos enérgicos al comer, captaron mi atención sobre el resto de comensales; y pensé que quizás tuviera algo interesante que contar. No sé, intuición. Al día siguiente volvimos a encontrarnos, pero las mesas de la terraza estaban llenas, excepto la mía, donde sobraba sitio. Miró a varios lados y finalmente me pidió permiso para sentarse. No tardamos en entablar conversación. ‘’El gobierno me dice que no llego a la pensión porque no coticé lo suficiente’’, se quejaba mientras degustábamos, de nuevo, unas pupusas. ‘’Mis hijos me ayudaban desde Estados Unidos, pero la cosa está mal también para ellos’’. No faltaron los improperios hacia la corrupción de los políticos y pronto la conversación desembocó en la violencia del país y las maras, las pandillas que han provocado que El Salvador sea uno de los países con más homicidios en el mundo. ‘’Defienden el territorio, dicen…’’. Jorge cambió de tono al hablar de las maras y miraba de vez en cuando de reojo para observar el entorno. Incluso en ese pequeño pueblo donde estábamos, Suchitoto, había miembros de las maras; pero me aseguró, como otros tantos, que por suerte los han reducido y todo el centro es seguro.

No había que andar mucho para ver el centro del pueblo y comprobar que era una localidad agradable y tranquila. Fue un acierto empezar aquí mi andadura por este nuevo país. La frontera fue un trámite rápido e, incluso, ¡ni me pusieron sello! Tras recorrer la típica hilera de comerciantes y restaurantes, llegué a la terminal y me reencontré con los ‘school buses’. Los enormes vehículos con asientos incómodos y pequeños que tienen estos países de Centroamérica. Tuve que cambiar de bus en otro pueblo, ya que el que tomé desde la frontera iba directo a la capital, y llegué a Suchitoto a mediodía. Comprobé que las distancias en este país eran cortas y los precios irrisorios. Nada más bajar del bus me metí por una calle y un tipo me gritó a lo lejos: ‘’¡Bahía Blanca!’’. Era el hostal al que me dirigía. El hombre estaba a dos metros de la puerta bebiendo vodka con unos amigos y al entrar conmigo en el hostal el dueño le dió un dólar. ¡Cómo si hubiera hecho el trabajo de conseguirme el hospedaje! El hostal, además de barato, fue cómodo y me quedé un par de noches. No hice otra cosa que dar vueltas por el pueblo, visitar el lago que tienen al lado, uno de los más grandes del país; y comer pupusas. ¡Qué buenas estaban! Ésta es la comida típica. Son tortillas, como las mexicanas, rellenas de lo que quieras, pero en general las cocinaban con puré de frijoles y queso.

San Salvador, El Salvador

Desde Suchitoto fui a la capital en otro bus de esos baratos pero incómodos. No voy a negar que estuve inquieto durante varios días antes de ir a San Salvador, por el tema de la seguridad; pero tuve un anfitrión de Couchsurfing que me animó un poco. Llegué pronto y seguí las indicaciones de mi nuevo amigo, Rafael. Aún así, pregunté a algún pasajero que me ayudó a encontrar la parada donde tenía que tomar el bus urbano. ‘’Es fácil moverse por San Salvador’’, me dijo más tarde Rafael, ‘’muchos buses pasan por metrocentro’’. Cuando pasé por allí, comprobé que el metrocentro era un centro comercial gigante. Había mucha gente y también mucha seguridad privada portando metralletas o ‘recortadas’, fuese una farmacia o un restaurante de comida rápida. La inseguridad ciudadana no era un mal negocio para algunos.

La capital, como todas las de Centroamérica, no tenía nada reseñable; pero siempre hay algún museo interesante y, en este caso, encontré uno pequeño sobre la matanza de los indígenas en el 32. De hecho, este acontecimiento es recordado por muchos porque fue tal la aniquilación que apenas quedan descendientes. También había información sobre la guerra civil que duró alrededor de doce años. El museo era pequeño, pero bien aprovechado.

Volcán de Santa Ana, El Salvador

En San Salvador hay un volcán que no merece detallar porque era sólo un cráter que se veía desde un parque bien preparado, lleno de puestos de comida y de regalos; en cambio el que sí me impactó fue el de Santa Ana. La ciudad es como un gran pueblo con casas bajas, una imponente Iglesia y mercados callejeros alrededor de la terminal, enredándose como una madeja de gente y buses. Una locura que transcurre por varias calles. El resto de la localidad es más tranquila y es el punto de enlace para ir al volcán.

En un bus local llegamos varios turistas hasta la entrada, donde había más gente preparándose para empezar, pero la ruta no se puede hacer por tu cuenta, sino que hay que ir acompañado por un policía del parque Nacional. Dicen que por seguridad, pero la situación fue bastante ridícula porque el tipo empezó a andar y solo unos pocos pudimos seguir su ritmo, así que el resto del grupo podía perderse (o ser asaltado por un loco) que no se iba a enterar. Llegamos hasta el enorme cráter tras casi dos horas por un camino fácil, excepto los últimos metros, en que la subida se hizo más empinada. Un precipicio que termina en un lago que, como ya he visto en otras ocasiones, expulsa grandes cantidades de azufre. La parte más interesante de la cima de dicho volcán fue que, al darme la vuelta, tenía al otro lado el lago Coatepeque y otro volcán más. Impresionante.

Mural en Concepción de Ataco, El Salvador

Camino de Guatemala me esperaba la Ruta de las Flores, unos cuantos pueblos unidos por una carretera inundada de flores a ambos lados. Nada especial, pero fui a Juayua, una pequeña localidad con unas cascadas cercanas y donde, según indicaban en el hostal, hubieron tres asaltos en el último mes, así que necesitabas a un guía y a la policía. Por poco me lo pierdo porque el día que llegué el hostal estaba vacío y hacer la ruta sólo salía más caro, pero a la mañana siguiente, a punto de irme, un chaval me dijo que iba a ir a las cascadas con otro, así que aproveché y me fui con ellos y el guía, sin policía. Llegamos allí tras media hora y nos bañamos en las piscinas naturales que tenían bien preparadas. De hecho, estaban construyendo unos garitos cerca para vender comida, supuse. Concepción de Ataco es otro pueblo en la ruta a la frontera con mucho más encanto y lleno de grandes pinturas en los muros de sus calles. Con llamativos colores, sus murales destacan rincones de la localidad o simplemente muestran la vida rural de la zona. Muy bonito el ambiente y sus calles empedradas, esas no aptas para ir en sandalias.

Y llegué por fin a Guatemala, un país que esperaba con muchas ganas y que no me defraudaría.

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#29 Honduras no es país para mochileros
Gustavo Prieto 05-04-2017 | 7:52 | 0

Comayagua, Honduras

“Honduras no es país para mochileros”, pensé cuando llegué a Comayagua. No encontramos albergues por internet y cuando llegamos, preguntamos en uno que pedía cincuenta dólares por noche. Eran las seis de la tarde, ya había oscurecido, y había poca gente por la calle. Por suerte, el siguiente hostal nos salió por seis dólares a cada uno, compartiendo habitación. El hospedaje parecía un motel de carretera sacado de una película yanki. Las habitaciones daban directamente a la calle donde estaba el parking. Después dimos con un restaurante mexicano para cenar, el único que había abierto a esas horas. Descubrimos que Honduras era un poco más caro que Nicaragua, pero seguía teniendo precios asequibles, sobre todo en la comida, es decir, tenía precios para mochileros.

Comayagua es conocida como una de las más destacadas ciudades coloniales de Honduras, pero todo se reduce a un par de edificios y una iglesia con fachada blanca e interiores clásicos. No hay grandes avenidas sino calles estrechas, casas bajas y poca población, por lo que era imposible pasar desapercibidos. En el mercado una dependienta nos gritó “¿qué quieren los gringos?”. Cuando le pedí que no me llamara gringo porque sonaba despectivo, me contestó que eso es lo que era…(!) Lo cierto es que, aunque en Sudamérica ya me habían llamado gringo, en Honduras, el uso de ese apelativo se multiplicó por cien. No hubo día en que no me señalasen o se dirigieran a mí con tal mote. Comayaguas resumía un poco lo que íbamos a ver en una parte de éste país. La vestimenta de muchos hombres era sombrero de paja, cinturón con enorme chapa y botas de piel con una larga punta. No compartía el gusto por esta vestimenta, pero sí por la gastronomía mexicana que había en cada esquina. En Honduras preparan fajitas y las llaman ‘baleadas’. Baratas y nutritivas. Paseando por el centro encontramos una librería. Shila llevaba buscando una desde Nicaragua, así que se metió en esta a buscar algo para leer y, aunque no había​ muchos libros, la dependienta estaba orgullosa de tener la única librería de la ciudad. “Se ha perdido el hábito de leer en Centroamérica”, nos comentó, “tengo que traer los libros de México”.

 

Camino al lago de Yojoa, después de mucho tiempo, nos llovió y tuve que desempolvar el pantalón largo. Agradecí dormir con manta. Cerca del lago encontramos un pueblo minúsculo donde nos hospedamos en el hostal gringo por excelencia: buen servicio, restaurante caro, impuestos de turismo…, pero gracias a que, de nuevo, compartimos habitación, nos salió bien. No había más opciones de alojamiento en esta localidad, pero por suerte, sí había más opciones que los tours que ofrecían ellos. Como por ejemplo, el alquiler de un kayak en el lago… ellos lo vendían a diez dólares y en el pueblo a cinco. No cogimos el kayak, pero sí una barca para hacer un poco el ridículo. Estábamos los tres en la barca un poco apretados y los remos de madera apenas se sujetaban con una cuerda, por lo que no eran fijos y esto complicaba la tarea de remar. Son excusas, lo sé. ¿Qué se puede esperar de un mochilero de provincias? Desde el embarcadero tardamos bastante en llegar al lago, en cambio la vuelta fue mejor. Ya habíamos practicado y terminamos con la espalda ejercitada. ¡Qué sudores!

Tenía la idea de haber hecho el curso de Padi en Honduras pero, tras revisar los precios, ya había dejado de ser el sitio más económico del mundo. Las islas caribeñas son el destino más atractivo del país y los precios se han puesto por las nubes; por  lo que una vez descartado ese mágico lugar (reservado para otra ocasión), llegamos a la nueva terminal de autobuses de San Pedro de Sula. El edificio es grande con un montón de locales y restaurantes y allí cogimos el bus hacia las ruinas de Copán. Nos mintieron los del autobús y también hubo parte de confusión, ya que nos dijeron que llegaban hasta ‘la entrada’. “Pues bien”, pensamos, en la entrada del pueblo está bien. Pero resulta que ‘La Entrada’ es el nombre de otro pueblo, por lo que llegamos a esa localidad y allí tuvimos que coger otro bus.

 

Ruinas de Copán, Honduras

Cuando llegamos a las ruinas de Copán, que es el nombre del pueblo, estaban de fiestas, aunque por poco no lo celebran porque hubo un corte de luz que duró varias horas. Las ruinas en sí son el segundo destino turístico de Honduras, por lo que casi hay más gringos que locales. Como el recinto arqueológico está a poco más de un kilómetro del pueblo, salimos andando para allá con sumo cuidado, ya que era una bajada empedrada y el aspecto bucólico que da tener un suelo lleno de pedruscos es inversamente proporcional a la posibilidad de caminar por allí sin torcerse el tobillo. Nada más salir del pueblo una pareja que conducía una pick-up nos invitó a ir con ellos y nos dejaron en el parking. Tras pagar la entrada a precio de extranjero, nos separamos para ver las diferentes partes del lugar. No es muy grande, pero gracias a la colaboración (y dinero) del gobierno japonés está muy cuidado. También tienen un área de conservación de aves autóctonas como el loro (o algo parecido que tiene muchos colores y cara de loro). Después de un par de horas dando vueltas por allí, salimos de esa parte y nos dirigimos a otro complejo más lejos donde estaban las sepulturas. Como no había indicaciones, nos fuimos por otro camino y llegamos a la parte de atrás, donde no había puerta, así que teníamos dos opciones: dar la vuelta civilizadamente o saltar la valla. Saltamos sin muchos apuros y vimos más ruinas.

 

Gracias, Honduras

Luca y Shila decidieron descartar El Salvador y se fueron a Guatemala. Terminaron así tres semanas de viaje juntos. Con un poco de pena, me vi de nuevo viajando solo camino de un nuevo país. Antes de cruzar la frontera, paré en Gracias. El pueblo es conocido por su fortaleza y por tener cerca la cima más alta del país. Al llegar, busqué el hostal más económico y me metí en un antro donde las telarañas tenían más derechos comunitarios que yo. En la plaza del pueblo vi por primera vez una oficina de turismo y descubrí unas cuantas rutas alrededor de la montaña, pero descarté quedarme más tiempo porque quería ir hacia El Salvador.

 

La parte positiva de viajar en buses locales por estos países es que son baratos y, cuando te bajas de uno, ya hay otros que están preguntando dónde vas. Si no es su bus, te indican donde coger el tuyo. Por suerte en Honduras no me pedían más por ser gringo. No quedé cautivado por el recorrido que hice en este país, pero sí quedé prendado de sus burritos llamados ‘baleadas’. ¡Sin saber que en El Salvador me esperaban ‘las pupusas’!

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Sobre el autor Gustavo Prieto
Me apasiona escribir y viajar. No sé si en ese orden, pero es un buen cóctel que me motiva hoy en día. Estuve en Madrid un tiempo queriendo ser guionista de cine y lo que realmente me enganchó fueron los viajes. Escribí mucho y también hice mis pinitos en el mundo cinematográfico, pero como las ideas surgen de lo que uno vive, me fui a Manchester. Fue una gran experiencia que me curtió para emprender el viaje de mi vida. Ocho meses de mochilero de Europa a Asia. Solo hay una cosa que me motive, un nuevo reto y la próxima aventura es Sudamérica y la ruta Panamericana.

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29-07-2016 | 06:47 en:
#01 Ruta Panamericana