img
Fecha: noviembre, 2011
El bosque de las resinas
Jorge Praga 19-11-2011 | 4:25 | 0

Durante más de cuarenta años, entre 1959 y 2000, José Ángel Valente fue anotando en un par de cuadernos proyectos, lecturas, asuntos de vida, reflexiones y aforismos, entremezclados con recortes de prensa. Salvo algún fragmento aislado que utilizó en sus libros, nunca hasta ahora habían visto la luz. Coral, su compañera, los custodió tras su muerte, y en 2009 se los mostró a Andrés Sánchez Robayna, que ya había cuidado de sus ‘Obras completas’, y que de nuevo volvió a ocuparse de la edición de esta inesperada obra.

Ya es imposible averiguar qué destino pensaba dar el poeta a este aluvión de notas. En una de ellas, con una cita de Robert Musil, se defiende precisamente de las recopilaciones postreras: “Lo más frecuente es que las obras póstumas evoquen de forma sospechosa las liquidaciones o los saldos”. Por otra parte Valente no era nada amigo de biografías, ni de abrir la intimidad en un Diario, que él en cualquier caso quería anónimo y sin pretensiones de última verdad: “Diario anónimo: papeles inéditos de personajes que probablemente no existen, pero que de algún modo debieran haber existido”. Y tampoco hay aliento en su obra para el espejo fiel o el autorretrato. En una nota de 1978 se miraba así: “Vivió ligeramente a un lado de su vida para que todo parecido con su supuesto personaje fuera solo atribuible a involuntaria coincidencia”.

Pero frente a ese marco teórico este Diario se alza como una acumulación sin estructura, sin intencionalidad global. Es un rastro de algunos quehaceres del poeta y del hombre; con la única orientación de la precisa cronología. Y que nos permite seguir su lenta transformación individual al compás del tiempo colectivo encabalgado en su prosa, capaz de encerrar en una frase una larga evolución. Privilegio de poeta. Un Diario de tiempos, que arranca con el escritor encuadrado en la lucha política, en la militancia filomarxista en la que abundan lecturas hoy casi olvidadas de Lukács o de Karl Korsch que concluyen en proclamas de esta índole: “No hay una conciencia privada que el poeta pueda consolidar mínimamente o expresar mínimamente al margen de la historia”. Por esos años sesenta concurre a un congreso de escritores en Bled, en la antigua Yugoslavia, junto con escritores como Neruda, Spender, Hierro, Miller, Evtuchenko (“un actor barato”). La etapa deja un cómico paso de una noche en comisaría, y se cierra en torno a un celebrado viaje a Cuba a finales de 1967.

A partir de ahí, sin que trasciendan rupturas o desencantos, las lecturas y reflexiones van tomando otra orientación. Los compromisos exteriores ya no cercan sus proyectos. Empieza a tomar forma su Punto Cero en torno a lo innombrable, lo indecible: “Porque toda palabra poética ha de dejar el lenguaje en punto cero, en el punto de la indeterminación infinita, de la infinita libertad”. Y es el tiempo de la apertura de Valente a nuevas fuentes hermanadas por una búsqueda profunda de lo que no es directamente comunicable. En Kandinsky encuentra “la unión del silencio y de la palabra”, profundiza en músicos como Webern (“El silencio es la memoria primordial. O la memoria primordial es una memoria del silencio”), y sus lecturas voraces y políglotas le acercan a los cabalistas judíos, Edmond Jabès, Molinos, Pessoa, Celan, Blanchot, los poetas japoneses del zen y un larguísimo etcétera.

Si en gran parte del libro las cuestiones personales están totalmente ausentes, un hecho terrible abre las notas a su dolor: la muerte de su hijo Antonio en 1989. Valente sufre un infarto a los pocos días, y de ahí al final del diario los recuerdos estremecidos de su hijo se mezclan con las manifestaciones dolientes de su cuerpo, que siente cercana la fecha final (“la soledad se puebla de fantasmas…el frío arrasa la memoria y ya empezamos a no ser”). En esa apertura al sentimiento íntimo hay sitio para el amor por Coral (“si alguna vez lees esta página, cuando yo ya no esté, sabe que te quiero”), también para la anotación vanidosa de recitales y relaciones. Pero su tiempo va agotándose: “El tiempo es como el mar. Nos va gastando hasta que somos transparente”.

“Escribir es como la segregación de las resinas: no es acto, sino lenta formación natural”. Estas páginas nos permiten pasear libremente por el bosque donde se compusieron sus libros, donde se lograron sus resinas. Un bosque apasionante.

 (“La Sombra del Ciprés”, 19 de noviembre de 2011)

Ver Post >
Autoplagio de Bertolucci
Jorge Praga 05-11-2011 | 4:09 | 0

 

En ‘Targets’, el remoto debut de Peter Bogdanovich en 1968, el personaje del director cinematográfico que interpreta él mismo agarra una noche una aceptable borrachera que le deja la mente enfangada, pero también atravesada por un repentino rayo de luz: “Todas las grandes películas ya han sido hechas”, proclama con una frase que paraliza el futuro. De vuelta a la vida real, el propio Bogdanovich se encargó de negar la frase con su formidable ‘The Last Picture Show’. Pero algo de esa sentencia vuelve a tomar sentido cuando se repasa la filmografía de Bernardo Bertolucci, cuando se dobla su mitad y se lanza la vista atrás.

El arranque de Bernardo Bertolucci tuvo toda la fuerza juvenil del que llega mirando hacia delante, engarzado a una época de masas esperanzadas, de ascenso electoral del partido comunista italiano, de transformaciones imperativas en la historia leída por el materialismo dialéctico. Con 21 años dirige su primera película, la pasoliniana ‘La commare seca’, y con 23 deja una obra cuya fortuna comienza en el título: ‘Prima della rivoluzione’. Al poco llegarán ‘La estrategia de la araña’, ‘El conformista’, y por fin en 1972 la sacudida de ‘El último tango en París’. Con 31 años Bertolucci ha agotado su caudal, ha exprimido el horizonte de revolución social, artística y sexual, ha viajado de Marx a Freud y ya es el joven extinguido al borde de su juventud, el artista que estalla con tanta prontitud como intensidad para luego difuminarse.

Aquel cine de los sesenta urgente y fresco, rodado en presente, es hoy en día inaccesible para las generaciones que lo amamos. Y no por las dificultades de visionarlo, difuminadas en la era de Internet si se aceptan sus pobres condiciones de proyección, sino por la herida definitiva que dejó en nuestros ojos. Es un cine ya visto, sentenciado, al que las nuevas visitas nada suman. Es como volver sobre las primeras películas de Godard, Rivette o Resnais (las de Truffaut son otra cosa), definitivamente atadas a un tiempo y a unos ojos lectores, un círculo que tal vez solo puedan romper (y acaso desmitificar y destruir) una nueva ola de espectadores con energía virginal.

Bertolucci sabe de ese período concluido cuando culmina ‘El último tango en París’. Todas las grandes películas de su generación ya han sido hechas. ‘Novecento’ lo prueba, aunque su primera media hora sea grandiosa. A partir de ahí solo queda despedirse de su tiempo (‘L’addio a Enrico Berlinguer’), el turismo exótico (Buda,la CiudadProhibidade Pekín, el desierto de Paul Bowles), o el turismo interior de ‘Los soñadores’, un retorno al pasado tan imposible como el que remata el último plano de ‘La estrategia de la araña’, cuando el protagonista descubre que las vías del tren en el que ha vuelto a su pueblo están sepultadas bajo la hierba del tiempo.

‘Los soñadores’ es algo menos que una reconstrucción de Mayo del 68, en la misma medida en la que ‘Los amantes habituales’ de Philippe Garrel es algo más. Es un tour turístico, un paseo sin riesgos por la vibración y la sangre de una generación, dirigido por un guía amoroso que recita su papel sin vivirlo. Conserva algunas espinas para que el vigor no muera del todo, esas experiencias iniciáticas que dejan heridas verdaderas, en las que los actores tiemblan con credibilidad y alcanzan al espectador, suficientemente halagado por la sucesión de fetiches que le envían desde la pantalla. Si durante la proyección alguien se molesta en ir anotando nombres y homenajes no llegaría a ver casi nada, tal es el torrente de músicas de la época, de manos sujetando libros que todos acariciamos o gozamos, y sobre todo de imágenes que literalmente doblan las de la propia película, ficción sobre ficción. Si las grandes películas ya han sido hechas, dispongamos de ellas libre y gozosamente, que los protagonistas se suiciden comola Mouchettebressoniana, que disputen el récord del Louvre al trío de ‘Banda aparte’, que discutan sobre Keaton y Chaplin poniendo el ojo en sus imágenes predilectas. Que hagan lo que tantas veces hicimos los cinéfilos, competir por el amor de Rossellini, desenterrar a Jerry Lewis, abrirnos paso hacia la nuca de Jean Seberg. Nadie se resiste a esa bandeja de pasteles de los que bien conocemos su sabor, o creemos recordarlo, pues el primer dulzor nunca vuelve. Siempre es antes de la revolución, el único tiempo de siembra y avance. La mirada atrás de ‘Los soñadores’ se reduce a un dulce giro de cuello para avistar vestigios de una época concluida, en la que Bertolucci fue motor esencial e inseparable, y finalmente turista inofensivo y exquisito.

(publicado en “La sombra del ciprés”, suplemento de El Norte de Castilla, el 5 de noviembre de 2011)

 

Ver Post >