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Fecha: diciembre, 2011
El bosquecillo de la isla de los ingleses
Jorge Praga 18-12-2011 | 9:35 | 0

 “La historia de un amor fracasado, seguido de una vida frustrada, puede ser el tema de una novela enorme. Maupassant, en pocas páginas, nos dice lo esencial”. Son palabras de Jean Renoir cuando emprende la adaptación del cuento de Guy de Maupassant ‘Une partie de campagne’, y que a pesar de ciertas dificultades de rodaje y de posproducción ha quedado como una de las cumbres del diálogo de cine y literatura. La fidelidad de Renoir al original dejó un insólito metraje de 40 minutos, que se podrían haber incrementado con algunas escenas del comienzo que no se llegaron a filmar, pero lejos todavía del largometraje que le exigía el productor Pierre Braunberger. Los compromisos de Renoir para iniciar ‘Los bajos fondos’ le impidieron ocuparse de los remates finales, y luego la llegada de la guerra llevó al director a Estados Unidos. Por fin el productor logró que Margarita Renoir, la compañera del cineasta, se ocupara del montaje, y el músico habitual de sus películas, Joseph Kosma, compusiera la partitura. El estreno se realizó diez años después, en 1946, sin que Jean Renoir pudiese darle el visto bueno.

Lo que se cuenta en ‘Une partie de campagne’, como sucede en casi todas las grandes narraciones, no proviene de ningún exceso imaginativo de Maupassant ni de la capacidad visionaria de Renoir. Es una historia antigua y repetida, un mojón de la experiencia común. Lo importante, lo “esencial”, es la hondura que se consiga, lo que se excave en la superficie de los hechos. El envoltorio de época lo da una familia de comerciantes que emprende una excursión dominical desde París con el carro que les ha prestado el lechero. Un envoltorio perfectamente transportable desde 1860 hasta la actualidad. El grupo viaja con la ilusión de un día diferente, especialmente la madre y la hija, un poco hastiadas de sus adocenadas parejas. Ellas son las más enérgicas, también las más abiertas, y el encuentro casual con dos jóvenes en la fonda donde comen abrirá el camino de la seducción. Con la aureola de conquistador que siempre se reviste la biografía de Maupassant, podríamos esperar una escritura dirigida por el erotismo directo, una palabra descriptiva que corriera tras las alusiones, picardías, avances y supuestas defensas prontamente derribadas. Sin embargo la construcción de la aventura sexual se desvía hacia el marco de la naturaleza, de la que toma su energía y pujanza en el domingo soleado para introducirse en los cuerpos y recorrerlos a la manera de esas hormigas que la madre cree sentir por debajo de su corpiño. Y luego elige como vector narrativo aquel que más se aleja de la palabra denotativa: el sonido. La naturaleza es un teatro sonoro que envuelve las peripecias de los amantes hasta dejarlas encerradas en metáforas poderosas que culminan con el ruiseñor que vigila el matorral frondoso de la isla de los Ingleses. Este “invisible testigo de las citas de Romeo y Julieta” puntea con las inflexiones de su canto el avance del encuentro sexual. Espasmos, gritos, subidas y bajadas que el cuento va delegando en los trinos del pájaro, hasta culminar con “un gemido tan profundo que parecía la despedida de un alma; un gemido prolongado que acabó en un sollozo”.

De esta trabazón indirecta, tan brillante y arriesgada, toma buena nota Renoir, así como de la distancia que Maupassant traza con la posible ligereza de la anécdota. En la película el joven que luego va a seducir a la muchacha discute con su alocado compañero sobre el alcance de esta seducción, algo más que un juego o un entretenimiento, y las consecuencias amargas que va a dejar en la chica. Por el bien de ella, dirige al fogoso hacia la madre, que gorjea más que habla. La estrategia sonora de Maupassant tiene en Renoir un asombroso correlato: todo lo importante, o mejor, lo narrativamente esperable, va a quedar excluido del campo visual. Inicialmente ese centro queda suspendido como promesa de futuro que el deseo alimenta sin cesar, en complicidad con el día de campo, con el sol que enciende los rostros o el agua que acaricia las orillas. Y cuando ese tiempo debe llegar y estallar, hacerse presente, Renoir recurre a una de sus armas preferidas: el fuera de campo. Nada es visible porque nada merece ser visto, lo importante son las ilusiones previas y las frustraciones posteriores. El momento en que Henriette se entrega a su pretendiente en el frondoso matorral de la isla, queda literalmente oculto por un primerísimo plano del rostro de ella que deja ver poco más que un ojo y la lágrima que fluye. Este plano, que en un recordado análisis Jesús González Requena se atrevió a calificar como el mejor de la historia del cine, es el telón dramático que se cierra sobre el acto sexual, y que no solo impide su visión sino que desplaza la atención hacia lo más estremecedor del hecho, lo que nos va a unir a la experiencia de Henriette porque va a sonar en cada espectador como un mojón ineludible de su biografía.

Al final Maupassant y Renoir hablan, con inusitada y específica brillantez, de lo mismo: del cruce de una frontera personal, del antes breve e ilusionado y el después larguísimo y triste. La virginidad es metafórica, lo que cuenta es la herida del encuentro con el otro y con uno mismo. El cuerpo, impulsado por un panteísmo arrebatador, es sin embargo el lugar de una experiencia individual, y de su conciencia. El deseo arrastra, trae goces, es pasajero y a la vez cíclico, pero sus hechos pueden dejar cicatrices hondas y feroces. Aquel río que se remontó para llegar a la revelación de la isla, su temblor y su vértigo, no volverá a ofrecerse con la misma pureza. Henriette ya nunca será la joven que se prueba sin saber el final. Ya está advertida, ya posee la dura sapiencia, y cuando vuelva a la isla en esa escena que nos conmueve como pocas, lo hará cargada de marido, de experiencia, de mirada hacia atrás, de tristeza, de tiempo fundido.

 (publicado en “La sombra del ciprés”, 17 de diciembre de 2012)

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Jazmines tunecinos
Jorge Praga 07-12-2011 | 8:09 | 0

 

Al poco tiempo del estallido revolucionario en Túnez, China decidió suspender la importación de jazmines procedentes de ese país. La razón no tuvo nada que ver con los precios del mercado. China quiso sencillamente eliminar de los escaparates una flor que traía a la cabeza el nombre de Túnez, como los tulipanes el de Holanda. Túnez, un nombre peligroso, subversivo en estos meses de 2011, cuya sola evocación podía alimentar hogueras como las que ya devoraron los regímenes de Egipto y Libia, o siguen chamuscando los de Siria, Yemen, y tantos otros países.

La anécdota la cuenta Sami Naïr en su reciente libro ‘La lección tunecina’, escrito al compás de los vertiginosos cambios. El escritor se encontraba allí casualmente en aquel 17 de diciembre de 2010, -qué lejano parece ya-, y sus páginas arrancan con su descripción minuciosa. Pero su objetivo no es la crónica periodística, sino más bien la investigación en las raíces del problema, y también la ponderación de los futuros que se abren. Así que una buena parte de la obra explora el Estado que surgió de la independencia, en el que la preocupación por la educación y el fomento del laicismo republicano trataban de convivir positivamente con la tradición islámica y magrebí. El golpe de estado de Ben Ali fue alterando ese punto de arranque, sobre todo por el desbordamiento de un mal hasta entonces contenido: la corrupción. Con ella llegó la injusticia y el empobrecimiento, unido al miedo necesario para mantener a la población sometida, sin olvidar el ciego respaldo de los poderes mundiales, atentos casi exclusivamente a que la estabilidad del país no estorbase en sus planes de explotación ni en sus equilibrios geopolíticos.

Un juego de tensiones que mientras se contuvo permitió ala Familia(sí, con mayúsculas de clan mafioso) de Ben Ali y su esposa Leila Trabelsi aumentar su patrimonio con avaricia delirante, en connivencia con sectores de la alta burguesía que también se beneficiaban del saqueo. Pero debajo quedaba una enorme masa de gente mayoritariamente joven, con la tasa de analfabetismo más baja de la región, abierta a las redes digitales; unos ciudadanos que tenían que aguantar la reelección presidencial de Ben Ali en 2004 y 2009 con tasas de aceptación sólo unas décimas por debajo del 100%. Demasiada rabia, demasiada humillación, que un analista trasladó a Sami Naïr en los primeros días de agitación: “Lo que resulta nuevo es el tema de la dignidad. Si esa reivindicación se generaliza, no veo cómo podrá arreglárselas el poder”.

En la última parte del libro Sami Naïr otea las posibilidades que se abren en un país que carece de cualquier tradición democrática, y en el que todo está por hacer, sin apenas cimientos. Si antes la mirada del escritor se teñía de emoción y orgullo por la valentía con que las gentes llenaron las calles hasta que el tirano se fue –“¡Lárgate, Ben Ali!”-, cuando enfoca el futuro una sombra de pesimismo se cuela entre sus palabras. Naïr es especialmente precavido ante la inevitable presencia de los islamistas. El libro, escrito antes de las elecciones de octubre, tiene la premonición de examinar declaraciones de los líderes de Ennahda, que luego fue el partido vencedor. Baste este fragmento nada anecdótico de su secretario general Hamadi Jebali: “En todas las sociedades existirán ladrones y fornicadores”.

Como dice Sami Naïr para cerrar el libro, tan oportuno como bien construido, sólo se ha ganado el primer acto, pero de esa victoria hay que extraer esperanzas y energías de cara al porvenir tunecino, el país de los jazmines.

                                          ( La Sombra del Ciprés, 3 de diciembre de 2011)

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Las armas del pensamiento y la cultura
Jorge Praga 04-12-2011 | 8:02 | 0

Mohamed Bouazizi, aquel pobre tunecino que empapó sus ropas con gasolina en la mañana del 17 de diciembre de 2010, no podía sospechar ni remotamente que estaba siendo el centro temperamental de un tsunami que iba a derribar gobiernos. Un tsunami por unas cajas de peras y manzanas y siete kilos de plátanos que la policía no le permitió revender. Cuántos Mohamed Bouazizi habían muerto ya abrasados en su propia miseria e insignificancia, pero él tuvo la ocasión nada envidiable de ser el que colmara el vaso de la humillación.

Ha pasado ya casi un año. Los países descabezados caminan hacia un futuro incierto. Túnez ha celebrado las primeras elecciones, con el triunfo de los islamistas moderados de Ennahda. Vemos fotografías de una de sus líderes, Souad Abderrahim, vestida con elegancia a la manera occidental. Hace un año nadie se hubiera fijado en lo que los pies de foto se aprestan a señalar: no lleva velo. Y es que en Túnez, y hace pocas semanas en Libia, y antes en los titubeos tras la caída de Mubarak, se oyeron muchas voces que reclamaban la presencia del Islam en los nuevos regímenes, de la sharía como inspiración de sus leyes, de la búsqueda de la identidad nacional en la tradición religiosa que las dictaduras habían debilitado. ¿Cómo llenar el vacío, que camino seguir?

Tal vez nuestra óptica occidental no sea la más ponderada para establecer juicios y consejos. Mejor recurrir como guía del tránsito de vuelta a las raíces a lo que ya vivió otro país islámico, Irán, cuando la monarquía del sha Reza Pahlevi fue barrida porla RevoluciónIslámicadel ayatolá Jomeini. Y tener como libro de ruta el que escribió una testigo de excepción, Azar Nafisi. Su visita a Valladolid para recibir el premio Gabarrón de Pensamiento y Humanidades ha devuelto a los escaparates su ‘Leer Lolita en Teherán’, crónica muy original y personal de la encrucijada que arranca en 1979, y que tantos paralelismos encuentra en la actualidad.

Azar Nafisi se adhirió al movimiento revolucionario iraní en sus años de estudiante en Oklahoma. Los jóvenes iraníes debatían interminablemente, con el lenguaje de los setenta, sobre el centralismo democrático leninista o la lucha del Tercer Mundo contra el imperialismo, pero en alianza con el esfuerzo y la pureza revolucionaria se empezó a ver negativamente el alcohol, cierto tipo de música, o que las chicas llevaran el pelo largo y suelto. Una deriva sutil que Azar Nafisi encontró reforzada cuando volvió a Teherán en1977 abuscar trabajo como profesora de literatura anglosajona, y que estalló cuando a principios de 1979 el sha Reza fue derrocado y el ayatolá Jomeini volvió de su exilio en París. Azar Nafisi dedica páginas muy penetrantes al arrinconamiento progresivo del laicismo, a un cambio del que en esos tiempos tan agitados no se preveía su alcance, y entre otros muchos casos señala el siguiente ejemplo de alianza revolucionaria: un día, en un mitin en la universidad de Teherán, oyó hablar a una profesora de Historia muy conocida por su filiación izquierdista, que ante una multitud atenta proclamaba que “para salvaguardar nuestra independencia, estaba dispuesta a llevar el velo. Llevaría el velo para luchar contra los imperialistas americanos, para demostrarles…”, ¿para demostrarles qué?, se pregunta sin respuesta la escritora.

Ya se conoce sobradamente lo que sucedió después, con el triunfo de la facción más ortodoxa e intolerante de los islamistas, la imposición de sus leyes y su ideología, y la permanente tortura y humillación que tuvieron que soportar mujeres como la escritora, siempre sospechosas, siempre molestas, en definitiva siempre culpables. Solo le quedaba un refugio seguro a Azar Nafisi, el de las páginas de la literatura que amaba: Nabokov, James, Austen, Fitzgerald. Con cada nombre cubre los capítulos del libro, y en la prosa brillante y multicolor de cada uno envuelve su gris realidad. Pero no es una vía escapista, una huída hacia inertes paraísos literarios. Al contrario, trata de proyectar esas obras que analiza sobre su aire cotidiano, mezclar los enredos de ‘Orgullo y prejuicio’ con los que le cuentan sus alumnas o la sabia ambigüedad de Henry James con las voces monocolores que se van imponiendo en el régimen. La finura del paralelismo y la imbricación mutua entre ficción y realidad culmina en las páginas en las que Azar Nafisi, harta de las amonestaciones que recibe por la lectura en sus clases de ‘El gran Gatsby’, decide sustituirla por un juicio en el que Gatsby sería el acusado y los alumnos formarían la defensa, la acusación, el jurado y el público. La gran literatura aterriza con todas las consecuencias en las aulas, se ciñe a la realidad, la orienta y la guía:

“Cuando salí del aula aquel día no les dije lo que estaba empezando a descubrir: que nuestra suerte se parecía mucho a la de Gatsby. Él quería realizar un sueño repitiendo el pasado, y al final descubre que el pasado estaba muerto, que el presente era una farsa y que no había futuro. ¿No se parecía a nuestra revolución, que había llegado en nombre de un pasado colectivo y estaba destruyendo nuestra vida en nombre de un sueño?”

Tras sucesivas expulsiones de su puesto de profesora en varias universidades iraníes, Azar Nafisi abandonó el país en 1997, cansada y harta, pero nunca vencida. Y con un propósito claro: “Escribir un libro en el que pudiera dar las gracias ala RepúblicaIslámicapor todo lo que me había enseñado: a amar a Austen y James, el helado y la libertad”. Hoy este libro se hace actualidad en esos países que tantean el encaje de la cultura árabe con el cambio de régimen. Pero también convendría avistar su posible futuro desde el presente de la revolución iraní, un presente siempre represor, y extraordinariamente belicoso hacia el exterior, tanto que parece que el presidente Ahmadineyad tiene en la boca una máxima de Jomeini que estremecía a la escritora: “¡Cuantos más muramos más fuertes seremos!”.

Pero es de nuevo el arte narrativo el que mejor refleja la sórdida realidad del país, y en especial el trazado por sus películas, llenas de prestigio y premios. En estos días hemos podido ver uno de sus mejores frutos, ‘Nadir y Simin, una separación’, de Asghar Farhadi. Su narración se ciñe a la vida cotidiana en una anécdota doméstica, la disputa de un matrimonio en dificultades con la asistenta que han contratado para cuidar al anciano padre. La ejemplaridad de la película reside en cómo es capaz de extraer de esa trifulca una penetrante visión de la sociedad iraní actual, una sociedad que tras treinta años de régimen ultraortodoxo está formada por seres amedrentados y miedosos, acostumbrados a mentir y a buscar su pequeño beneficio; seres envilecidos, humillados una y otra vez. Nadie escapa a ese gas que a todos envuelve y envenena. “Así era el franquismo”, dijo un espectador al salir de la proyección, y otro recordó las obras maestras que realizó Luis García Berlanga en las que oblicuamente se reflejaba la sordidez de aquellas vidas y la lucha pícara y desesperada para seguir adelante. Solo el humor, el humor negro de ‘Plácido’ y ‘El verdugo’, separa estas obras de la de Asghar Farhadi.

El arte como luz y guía de la realidad en marcha. Ese fue el camino que siguió con tenacidad Azar Nafisi, y es también el que trazan día a día los cineastas, aunque acaben con una condena de seis años de cárcel como el director Jafar Panahi, o a recibir noventa latigazos como la actriz Marzieh Vafamehr. La escritora lo dejó bien claro en su última visita: “Occidente siempre espera a que las gentes se maten, como en Libia, para actuar. ¿Cuántos iraníes tienen que morir para que apoyen a la sociedad iraní? No queremos que lo hagan con armas, sino con libros, con departamentos de humanidades… No hay mejor arma que el pensamiento y la cultura”.

                              (publicado en “La Sombra del Ciprés el 3 de diciembre de 2011)

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