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Fecha: mayo, 2012
La maleta de Chim, Taro y Capa
Jorge Praga 06-05-2012 | 6:20 | 0


La historia que antecede a la publicación de ‘La maleta mexicana’ es ciertamente extraordinaria, con zonas de oscuridad que posiblemente nunca se iluminen. Tiene su origen en las fotografías que durante la guerra civil española hicieron tres jóvenes que comenzaban su carrera de reporteros de guerra, tres jóvenes que habían llegado a Francia huyendo de la persecución judía en sus países del centro de Europa, y que se ocultaban tras los seudónimos de Chim, Gerda Taro y Robert Capa. Las imágenes tenían como deseados compradores revistas ilustradas francesas de simpatías republicanas, sobre todo ‘Regards’ y ‘Ce soir’, que fueron dando salida a algunas de ellas, aunque otras muchas no encajaron en la selección, o directamente no encontraron comprador.

Después de nuestra guerra vino otra, y luego otra, y los fotógrafos fueron encontrándose con la fama y el reconocimiento, y pronto con la muerte, sin que tuvieran ocasión de ordenar los registros almacenados en un estudio de París. De las de la guerra civil había constancia por lo publicado en las revistas, pero al resto del material y a los negativos se les perdió la pista con la invasión nazi. Tras la muerte de Robert Capa en 1954 su hermano Cornell, empeñado en la búsqueda, llegó a hacer un llamamiento internacional que le condujo hasta una misteriosa maleta depositada en el ministerio sueco de Asuntos Exteriores, pero al final su contenido no trajo nada nuevo, aunque sí un sorprendente archivo personal de Juan Negrín.

Después de otros muchos avatares, y cuando ya se daban por perdidos los negativos, en 2007 un cineasta mexicano, Benjamín Tarver, hizo llegar a Cornell Capa una herencia de varias cajas que había circulado por varias ramas de su familia, y que ante el asombro de todos contenía ¡4.500! negativos de fotografías realizadas por aquellos jóvenes reporteros en la guerra española. Tras la decepción de la pista sueca, el nombre de ‘La maleta mexicana’ se impuso de inmediato para bautizar el hallazgo.

El International Center of Photography de New York, fundado por Cornell Capa, se hizo cargo de la revisión del material, que aunque venía con alguna datación original presentaba numerosos interrogantes de autoría, fechas y localización geográfica, además de los técnicos para positivar y conservar los originales. Pero en poco tiempo empezaron a mostrarse resultados, y aunque hubo una cierta decepción en los que esperaban encontrar el negativo de ‘Muerte de un miliciano’, la mítica instantánea de Robert Capa, pronto se organizaron exposiciones parciales en Nueva York, trasladándose luego a España: Barcelona, ahora el museo de Bellas Artes de Bilbao, y en el próximo verano el Círculo de Bellas Artes de Madrid.

En paralelo a la exposición Cynthia Young, conservadora del centro neoyorquino, ha organizado esta soberbia publicación, con la insólita decisión de incluir el archivo completo del material descubierto. En uno de los tomos se reproducen las 4.500 fotografías, imitando su disposición en los rollos encontrados, ordenados por fechas y precisando autor y geografía, lo que da a las series una dimensión temporal, y también de itinerario laboral. Nunca se presenta así el trabajo de un fotógrafo, sin filtros, lo que permite explorar en paralelo el contenido de las fotografías y los posibles móviles de los autores, siempre impregnados de apoyo a la causa republicana, y sabedores de que con el esfuerzo y el riesgo que están detrás de las imágenes iban a contribuir a un mejor conocimiento de la guerra española en los países europeos que debatían sobre la neutralidad. Por ese riesgo Gerda Taro perdió la vida en la batalla de Brunete. Nos queda de ella al menos las tiernas fotografías que le hizo Capa mientras dormía.

La publicación se completa con otro tomo de estudios especializados y reproducciones ampliadas, donde se aprecia mejor la calidad de las imágenes, y sobre todo la emoción dramática que albergan. Es una publicación singular, distinta y muy cuidada de La Fábrica, a la que solo se le puede reprochar la ausencia de tapas duras en los tomos, que permitirían una mejor conservación para estas imágenes que todavía humedecen los ojos cuando se contemplan.

 

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