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Fecha: junio, 2012
Cangrejos del Centenario
Jorge Praga 03-06-2012 | 5:03 | 0


Para sumarme a esta hermosa cifra centenaria doy antes un rodeo por un país remoto,la Chinadel período de los Reinos Combatientes, de las Cien Escuelas de Pensamiento, hacia el siglo IV antes de Cristo. Allí se escribió un cuento que a mí me dio a leer Italo Calvino, y que dice así:

“Entre sus muchas virtudes, Chuang Tzu tenía la de ser diestro en el dibujo. El rey le pidió que le dibujara un cangrejo. Chuang Tzu respondió que necesitaba cinco años y una casa con doce servidores. Pasaron cinco años y el dibujo aún no estaba empezado. ‘Necesito otros cinco años’, dijo Chuang Tzu. El rey se los concedió. Transcurridos los diez años, Chuang Tzu tomó el pincel y en un instante, con un solo gesto, dibujó un cangrejo, el cangrejo más perfecto que jamás se hubiera visto.”

Este Ciprés centenario viene los sábados bien provisto de pesca. No son perfectas sus capturas, ciertamente. Ni las ha encargado el emperador dela China. Nipor supuesto se hacen en un plazo de diez años. Todo es más sencillo y prosaico. Y vertiginoso. Una llamada, la voz conocida de nuestra coordinadora: “Holaquétal…, bueno, en realidad yo te llamaba por cuestiones de trabajo…” y ya tienes delante de ti el encargo, el cangrejo prometido para unas pocas horas salpicadas en tardes cruzadas de deberes cotidianos. ¿Dónde echar los reteles, qué cebo emplear?

Los periodistas son pescadores apresurados, y valga y se perdone este oxímoron. Si no hay tiempo venidero, habrá que ir en busca del concluido pero no olvidado. El río de la vida pasada corre al lado de la mesa provisto de un buen caudal de libros acumulados, lecturas añoradas y cuadernos de notas sin destino. Hay aguas de muchos afluentes, tempestuosas de juventud o remansadas de madurez, y pronto los reteles sumergidos en los pozos de anaqueles y estanterías empiezan a recoger pececillos, zapatos viejos, vida despistada, pero también algún cangrejo. No son perfectos, desde luego, uno perdió las pinzas en una batalla remota, otro se desorienta sin antenas, aquel está tuerto, pero al poco se despliegan por la mesa páginas que el tiempo de espera, desde que un desconocido emperador alentó su lectura, ha dejado amarillentas y quebradizas. Es entonces cuando la mano toma el pincel de la pluma y entre tachones bien alejados de la energía segura de Chuang Tzu va tentando la pesca, su forma, su historia, la armazón de sus miembros. En pocas horas el cangrejo queda rematado, pasa al ordenador, y finalmente camina dubitativo y con cierta cojera hacia la redacción, pero con la ilusión de que le rediman los ojos lectores que sobre el Ciprés del sábado se posen.

Así sea por otros cientos.

 

 

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