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Fecha: julio, 2012
Cuadernos de lo otro
Jorge Praga 07-07-2012 | 4:38 | 0

Nunca he encontrado un buen acomodo para las revistas en los estantes de la biblioteca. Su tamaño las impide amigarse con los libros que les llegan por la cintura y que dejan un vacío enorme por encima de sus cabezas, auténtico pecado de ordenación en las paredes de estos pisos siempre exiguos. Pónganse donde se pongan, las revistas estorban, ya sea apiladas en montones de difícil exploración, ya sujetas a una verticalidad que su esqueleto no resiste; acaban por deformarse, escurrirse, torcerse y caerse. Qué tentación de papelera cercana, nunca culminada por ese prurito generacional que no permite tirar páginas encuadernadas o dejar comida en el plato.

Pero acabo de rescatar (qué dignidad recupera ahora este verbo) los volúmenes de ‘Un ángel más’, y en el tránsito no he recogido ninguno de estos viejos rencores. Allí estaban bien derechos en sus tapas duras de cuaderno vetusto, armónicos en el intercambio de colores de sus lomos, dignos como el primer día, discretos en su austero diseño. Elevados por encima de su tiempo veinticinco años atrás, compartiendo la eternidad y un día de sus compañeros de estante.

Eternos, y sin rehusar a lo que están obligados a ser: un estrato geológico del profundo suelo literario, un corte horizontal en la memoria de escritura de esta ciudad. Pues ‘Un ángel más’ nace en Valladolid, aquí vive y se alimenta, y en Valladolid muere, también de una enfermedad con gran arraigo local. Solo tres años de existencia, que arrancan con la entusiasta proclama de su primera entrega, un prólogo enérgico, benéficamente excesivo, promisorio de desvelos y afanes, entregado a la entrega. Lo suscribe un grupo cuyas individualidades apenas si se han perfilado, que todavía se necesitan como una red que les proteja de la caída de las alturas que tantean. En uno de los números en que se anota la trayectoria de los participantes, frente al grueso currículo de invitados ilustres algunos solo llegan a su primer título; de otro se anota escuetamente: “Es pintor”. Oponen al escaso y ligero equipaje el tiempo ardiente por llegar, y a él prometen aplicarse, dicen, con la tenacidad de los buzos que bajan al fondo del mar en busca de esponjas.

Dios, y qué esponjas nos suben desde el mundo silencioso de la creación: Simone Weil, Paul Celan, René Magritte, Emily Dickinson, Andrei Tarkovski…, aires nuevo que entran por las ventanas de una ciudad todavía insuficientemente ventilada. Pero las ventanas no solo reciben el exterior sino que también se abren a él, y el grupo del que solo citaré a sus directores, Gustavo Martín Garzo, Carlos Ortega y Miguel Suárez, ofrece al alimón sus frutos y creaciones, apoyados en maestros que ya llevaban fertilizando el suelo muchos años: José Jiménez Lozano, Francisco Pino, María Zambrano, Agustín García Calvo.

En ese juego de intercambios se instalan las páginas de la revista, en la que también se cuela el reflejo de la cotidianeidad, como esas veladas literarias que se celebraban enla Casa Revilla, ‘Un golpe de dados’, y que albergaron por ejemplo a Jaime Gil de Biedma en el final de su carrera y de su vida, o a Leopoldo María Panero en la flor de su locura, qué pavorosa sesión. Y qué decir de la leve publicidad que asoma por algún ejemplar: el número 40 de ‘Veneno’, ‘Los Infolios’, ‘Libros de la peonza’… nombres sembrados hasta ayer mismo.

Una vida corta que ahora se resuelve en un balance que enorgullece, en la que hubo tiempo y finura para ir decantando una óptica de mirada oblicua sobre los grandes focos culturales, ajena al relumbrón y al academicismo, y exploradora de vías de tránsito nuevas. Qué mejor ejemplo que esa presencia indirecta de Pascal y Wittgenstein a través del testimonio de sus hermanas Gilberte y Hermine. O ese número que prefiero sobre los demás, dedicado íntegramente a fragmentos de diarios personales, confrontados en los “del lado de allá” y los más cercanos “del lado de acá”. Este delicioso picoteo de una intimidad a otra se inicia con una curiosa nota de María Zambrano en la que cuenta, con su tono de pureza y modestia, el rechazo que suscitaba entre la gente notable la apertura de sus diarios y cuadernos de trabajo: “Cambiaban al instante su supuesto interés por la más real de las decepciones. No, no era eso. Se desilusionaban ante unos cuadernos que, en efecto, no eran ni tenían eso, sino lo otro”. Pues vida larga y bien erguida en los estantes a esa otredad, que honra a sus promotores, a la ciudad que tuvo la suerte de acogerla y a los lectores que podemos seguir frecuentándola.

(publicado en La sombra del ciprés el 7 de julio de 2012)

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