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Fecha: septiembre, 2012
El cuidado de la memoria
Jorge Praga 22-09-2012 | 5:41 | 0

La estadounidense Nicole Krauss ya tiene su tercera novela, ‘Great House’ (‘La gran casa’), presta a escalar puestos en el mercado español, tras una buena acogida en el mundo anglosajón y ser traducida al francés y al italiano. Con solo 38 años y dos novelas publicadas ha alcanzado el privilegiado estatus de autora disputada por las editoriales, esperada por el público lector y valorada positivamente por la crítica. Su segunda obra, ‘La historia del amor’, fue la que la instaló con fuerza en el éxito al poco de su publicación en 2005, y facilitó la reedición de la primera, ‘Llega un hombre y dice’, que en España apareció en 2008. Warner Brothers se ha hecho con los derechos de su segunda obra.

Las dos novelas tienen en principio poco que ver entre sí, como si la autora, la joven autora que remató la primera antes de cumplir los treinta, estuviese todavía buscando una voz literaria propia. ‘Llega un hombre y dice’ adopta una estructura narrativa de corte clásico, ordenada en torno a la evolución de un personaje que pierde parcialmente la memoria cuando le extirpan un tumor cerebral. El golpe repentino de la enfermedad que le cambia completamente la vida recuerda a las torcidas pesadillas que Paul Auster edifica sobre los enredos del azar, esos personajes envueltos y desbordados por circunstancias inesperadas, fuera de toda rutina aunque no de toda razón. También se perciben ecos de las road movies, de los viajes sin más destino que el encuentro o el olvido con uno mismo, engrosado por una carga reflexiva que requiere cómplices más graves, tal vez las primeras películas grandes de Wim Wenders, ‘En el curso del tiempo’ o ‘Alicia en las ciudades’.

El cambio de estilo y estructura es casi total en su segunda novela, ‘La historia del amor’. Las voces se multiplican, la narración se fragmenta en tiempos y espacios que requieren para su encaje de un lector atento, y estalla en muchas páginas el humor, un humor que se dispara en el ambiente judío de sus protagonistas y que rápidamente nos lleva la mente hacia tantos autores judíos que han sabido servirse de él. ‘El lamento de Portnoy’, de Philip Roth, puede ser un buen ejemplo. También las torpezas corporales del vejete Leopold Gursky enlazan prontamente con los alocados personajes de Woody Allen. No se agota ahí la semilla familiar de Krauss, pues los términos en yidis salpican aquí y allá las páginas, la protagonista lee a Bruno Schulz, y Kafka aguarda entre las líneas.

Esa mirada explícita hacia sus raíces familiares se inicia en la misma dedicatoria de la novela, que recoge las fotos de sus cuatro abuelos sobre la frase: “Para mis abuelos, que me enseñaron lo contrario de desaparecer”. Esas cuatro personas procedían de países distintos, de Hungría, Polonia, Alemania y Bielorrusia, pero coincidieron en la huída hacia América para salvarse de la persecución nazi. La infancia de Nicole Krauss se vio sembrada de narraciones de supervivientes que habían salvado la vida a costa de perder los frutos de muchos años de afectos y cultura, pero que al menos sobrevivían en la palabra que los evocaba sin cesar. Bajo el filtro de esa herencia es posible reconstruir una única mirada de la novelista que difumina las diferencias estilísticas y aúna toda su obra en un único cultivo, en un principal cuidado: el de la memoria. La memoria no solo como un almacén de recuerdos, sino como algo que nos constituye y nos nombra, como aquello que nos hace ser lo que somos. El protagonista de la primera obra de Krauss pierde sus recuerdos entre los 12 y los 36 años, de la infancia hacia delante, y aunque está curado y puede hacer vida normal, no logra ser algo o alguien frente a la nada: ni el que antes fue ni un hombre nuevo con años por delante. Solo hace que huir, pues el lugar al que se dirige, el único que conserva y le orienta, es el de la inaccesible infancia. En una angustia parecida se instala la segunda novela, pero ahora el agujero se eleva desde lo individual a lo histórico: los protagonistas son judíos que salvaron el pellejo a cambio de perder familia y suelo patrio, con el terrible añadido de dañar el futuro en el que planeaban emparejarse con la persona que amaban. Una herida de varias incisiones, y especialmente dolorosa e incurable la del amor: “Perdí el sonido de la risa. Perdí unos zapatos. Perdí a la única mujer a la quise amar en mi vida. Perdí años. Perdí libros. Perdí la casa en que nací…”. En la memoria de la pérdida, en el cuidado de sus enseñanzas, podemos entender esa vida contraria a la desaparición que los abuelos de Nicole Krauss alojaron en la novelista como luz central de su obra.

(publicado en “La sombra del Ciprés” el sábado 22 de septiembre de 2011)

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Adión, sansiros lardos
Jorge Praga 15-09-2012 | 3:46 | 0

Es difícil conjugar la impresión de una muerte inesperada con el largo recuerdo de gozos, placeres y risas, de lecturas que nunca se cierran en pos de la renovación de complicidades y sorpresas. Traté poco a Agustín Delgado, supe más de él por amistades compartidas, pero al menos tuve la fortuna de llegar pronto a sus versos en la lejana colección Provincia de la Diputación de León, por lo que casi puedo suscribir las palabras que cerraban la introducción de Luis Mateo Díez a ‘Discanto’: “Admiración y amistad, ¿qué más se puede pedir…?”
Admiración por un poeta pleno, jamás sometido a modas o a cenáculos, rey de su soledad creadora, de la “preciosísima fiebre” con la que urdir el poema, con la que explorar, inventar y divertir(se). Acabo de abrir una vez más el juego que urdió con Luis Mateo y José María Merino, ‘Parnasillo provincial de poetas apócrifos’, y me engancho sin remedio a Marciano de Papalaguinda, a los versos escanciados en el Bar Astorga (W.C. Caballeros), a Angelines Mereo, Licenciada en Pura… Planeo por su ‘Espíritu áspero’, rebosante ya de hallazgos de la lengua nueva (“Viéntreme, madre/ lechéceme”). Y desemboco inevitablemente en el reino de Sansirolés, el espació poético fundado por Agustín y que fue poblando de variantes bendecidas por la invención y la gracia: Sansirolés en rama, Sansirolelepípeplos, Sansirolés de los Madriles… “Adíós, sansiros lardos”, decía en los últimos versos de su libro final, ‘Zas’. Nunca adiós, sino hasta ahora mismo, y mañana, y cada mañana, inagotable Agustín Delgado.

(publicado en El Norte de Castilla el 13 de septiembre de 2012)

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