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Fecha: noviembre, 2012
La ciudad del ángel caído
Jorge Praga 03-11-2012 | 3:53 | 0

En la escena inicial de ‘Psicosis’ la cámara de Alfred Hitchcock vaga sin orientación por el cielo plomizo de Phoenix. Nada llama su atención hasta que una persiana semicerrada invita a husmear en esa privacidad franqueable. Pronto su ojo, que es también el nuestro, se adentra en la confusa oscuridad para descubrir poco a poco a una pareja tendida en la cama, hablando sobre las dificultades de su amor. Ya hay enganche, la narración arranca y la cámara se ciñe a la minuciosa observación de ese conflicto en carne viva.

El comienzo de ‘El cielo sobre Berlín’ es en cierta manera semejante, con la invisible cámara transmutada en una pareja de ángeles solamente visibles para el espectador, atentos desde sus alturas al fragor de la ciudad. Pronto se dejan caer en un vuelo sin gravedad entre los edificios, y van recogiendo aquí y allá fragmentos de vidas enriquecidos por los pensamientos de los protagonistas, tal es la capacidad de penetración de estos observadores celestiales. Pero los ángeles no están interesados en engancharse a ningún enigma ni conflicto, las pasiones humanas les son completamente ajenas y solo se acercan a los hombres en cumplimiento de su deber de cuidadores, arrimando un hombro donde llorar o un brazo que conforte. Ellos no buscan ninguna narración ni poseen el tiempo lineal que la enmarque, son puros y extraños, y la única complicidad que reciben es la de los otros seres inocentes, los niños, de los que anotan el tesoro de su canción infantil que va trayendo las grandes preguntas de la vida: “¿Por qué yo soy yo y no tú? ¿Por qué estoy aquí y no allí? ¿Cuándo empezó el tiempo y dónde se acaba el espacio?”.

La película se detiene sobre el borde de una promesa: en algún momento arrancará a contar algo, el ojo se enredará con los desgarros de los humanos. Pero la interposición de la mirada cenital y distante de los ángeles impide el aterrizaje, sin que sirva de nada la plural tradición de mitologías que dan cuenta de conflictos entre cielo y tierra, de dioses y hombres. A cambio de esta parálisis un protagonista indirecto va poco a poco perfilando su presencia, obligando a la película a salir de su discurso de ayuda celestial o de captura estática de las grandes preguntas de la filosofía, un protagonista que no es otro que el marco que recorren sin cesar los ángeles: la ciudad. Y no cualquier ciudad, sino Berlín, Berlín en 1987, todavía sajada por el muro que el urbanismo no logra absorber, y densificada en la mirada memoriosa de los protagonistas, capaz de vestir una calle con el traje terrible de 1945, o de descubrir en otra los cimientos geológicos de millones de años atrás.

Cuando se repasan las entrevistas con Wim Wenders en los años de producción de la obra, Berlín se mezcla una y otra vez en las respuestas. Frente a otras ciudades alemanas bien restauradas como Munich –“la ciudad más terminada del mundo”-, o su Dusseldorf natal, en la que todo está en su sitio, Berlín ofrece una oquedad que le atrae especialmente: “Las superficies vacías son como heridas y la ciudad me gusta por sus heridas. Transmiten más historia que cualquier libro o documento”. Pero no es solo historia, pasado. Hay también vida, viveza, es decir, futuro. Y frente al tiempo no direccional en que viven los ángeles, otro de empuje tenaz y puntiagudo pugna por aflorar, impregnando la mirada de uno de ellos de deseo –esta palabra quiebra el cielo- y tiñendo el blanco y negro de color.

Es entonces cuando la promesa de la narración tiene su cumplimiento. Hitchcock solamente nos dejaba suspendidos unos minutos, pero Wenders se toma su tiempo, más de tres cuartas partes del metraje. Por fin el ángel cae frente al muro, se golpea, sangra, conoce el color rojo. Ya no volverá a ser el que mira sin ser mirado, según la vieja prescripción que también defendía al espectador del cine clásico. Ahora, en un tiempo hacia delante, se revuelve en el mundo y sus accidentes, es empujado por las calles, saborea un café, busca dinero, y por fin encuentra a la trapecista que con sus vuelos carnales le impelió a abandonar las alas aburridas de la observación. En un marco muy propio de Wenders, un concierto de rock con Nick Cave, el ángel caído se enfrenta a la mirada encendida de la mujer y al ofrecimiento poético –la poesía de Peter Handke- de sus palabras: “Anoche soñé con un desconocido, con mi hombre. Sólo con él puedo estar sola. Abrirme a él, toda abierta, toda para él, acogiéndole entero como un todo dentro de mí. Rodearle con el laberinto de la dicha común. Sé que eres tú”. No hay vuelta atrás.

La ciudad también se ve alcanzada por esta oleada de color y pasión. El muro con el que continuamente chocan las calles y sus habitantes, y que sólo podía ser atravesado por los ángeles incorpóreos (y por los espías de John le Carré), tiene que ser arrollado por la nueva energía. Si el ángel baja al suelo para llenar el vacío de la protagonista, el cielo también se desplomará sobre Berlín para transformar la ciudad. Es una premonición tal vez abonada por lo que el futuro deparó, pero subrayada al menos por ese final homérico que se cierra con un “Continuará” que nos permite enlazar veinticinco años después con la urbe central dela Europa actual. El cielo es poderoso, aunque siempre inescrutable.

(publicado en ‘La sombra del ciprés’ el 3 de noviembre de 2012)

 

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