img
Fecha: diciembre, 2012
La kora de la montaña sagrada
Jorge Praga 15-12-2012 | 4:39 | 0

A veces nos topamos con libros de viajes que no incitan al lector a repetir la experiencia encerrada en sus páginas, que más bien le alejan o le previenen sobre la geografía evocada sin dejar por ello de alimentar la fascinación. Para ese cruce contradictorio anoto ‘Tristes trópicos’ de Claude Lévi-Strauss, desde su célebre arranque: “Odio los viajes y los exploradores”. O ‘Ébano’, el registro ardiente de Ryszard Kapuscinsky sobre el África poscolonial sembrado de peligros. El viajero, el escritor de libros como estos, hurga sin escudo en civilizaciones tan alejadas que los puentes de vuelta quedan dinamitados, esos puentes necesarios para domesticar la experiencia y condensarla en guías de caminos seguros y, tal vez, artificiales o inexistentes.

El viajero. El viajero que parte sin poder calibrar el futuro y el alcance de sus pasos. Colin Thubron ya lo había encarnado en sus tremendas expediciones por Siberia, por Siria, por el Asia Central. Y en este libro da cuenta de su partida hacia una montaña del Tíbet, el Kailash, sagrada para religiones que suman la quinta parte de la humanidad, y que por ese carácter sacro permanece sin que ningún ser humano haya hollado su cumbre a6.714 metrosde altura.

Las razones por las que Thubron emprende este viaje lleno de dificultades climáticas, organizativas y hasta políticas (poco antes de realizarlo hubo fuertes protestas en el Tíbet contra la ocupación china, aprovechando la celebración dela Olimpiada de Pekín) no se explicitan en ningún momento. O dicho de otro modo, el propio libro es la explicación, el espejo donde el escritor se interroga y responde. “Hago esto por los muertos”, dice en las primeras páginas: su madre recientemente fallecida, su padre, su hermana enterrada cincuenta años atrás por un accidente en otra montaña. Muertos que van reclamando su recuerdo en las rendijas del camino como espejismos fugaces que conmocionan la escritura, pero que dejan casi todo el espacio para esa ruta que se inicia en un lugar remoto de Nepal que remonta el valle del río Karnali, salpicado de pequeños asentamientos corroídos por el atraso y las enfermedades. Thubron se deja llevar por otros que caminan o han caminado por donde lo hace ahora él, y que sí saben dónde quieren ir: al monte sagrado cuyo rodeo o kora les purificará, en medio de un paisaje recubierto por las narraciones míticas de varias creencias. Los dioses budistas mezclan allí sus biografías con los del hinduismo y con los de otras religiones más remotas como la bon, y entre todas tapizan de necesidad un paisaje terriblemente áspero y frío que cada poco aniquila algún peregrino insuficientemente protegido frente a los hielos y el mal de altura (la senda que circunvala el Kailash se eleva hasta 5.677 metros).

La prosa de Thubron está siempre atenta a la captura del paisaje, de la luz cambiante en una atmósfera de altura que extrema su nitidez. Pero su precisión y riqueza verbal nunca busca limar asperezas ni tampoco urdir magnetismos de atracción distintos a los literarios. Los caminos son extremadamente dificultosos, la altura deja sonámbulos a casi todos, y la cultura religiosa que envuelve a los peregrinos es inaccesible para la mirada occidental. Las religiones tal vez tengan un fondo antropológico común, pero en el tejido concreto de sus ritos y su carnalidad son irreconciliables. Thubron detiene de vez en cuando sus pasos en busca de apoyos históricos o mitológicos sin que por ello se alivie la extrañeza, una extrañeza que el lector debe notar en sus ojos como equipaje necesario en el trayecto, para sentirlo y padecerlo, para avanzar por esa senda budista en la que todo es prescindible. El viaje queda así desnudado en lo que realmente es, un tránsito con tan pocas agarraderas que se acerca a la desmesura del delirio, sin alivio de exotismos ni bellezas seductoras, pero conformador de una verdad íntima y misteriosa que nos convierte de lectores en cómplices sorprendidos, conmovidos, conmocionados.

Ver Post >
Pretérito Imperfecto de Agustín
Jorge Praga 08-12-2012 | 5:14 | 0

No habrá persona más opuesta y enemiga de glosas y resúmenes oficiales que Agustín García Calvo. Raro es el escrito donde no patea las mayúsculas de la Historia, del Futuro urdido por el Capital y el Estado, de la Realidad falsaria. Así que estas líneas tendrán que tentarse entre esa condena probable y previa e ir en busca de evocar sin disecar, recordar sin disolver en honores codificados y externos.

Parece que cuando nuestro hombre era el niño del que nunca se quiso despegar, contando unos 4 años, le llevaron a un colegio de párvulos de unas monjas, tal vez con la idea de socavar su tendencia al aislamiento. No fue una idea feliz, pues el niño rechazó inmediatamente la escuela, pero obligado a asistir optó por escabullirse de la fila a la entrada, esconderse en el patio, y luego ir a pasar la mañana a un jardincillo cercano, medio escondido entre arbustos y bancos, sin perder la atención al final de la jornada para volver a la puerta del colegio y simular su salida entre el tropel de los demás niños.

Es el propio Agustín quien lo cuenta en uno de sus libros más hermosos y personales, ‘Registro de Recuerdos’, pero lo hace para engancharse a algo más profundo y misterioso que la piel de la insumisión parvularia. Por lo que suspira el escritor es por ese tiempo largo de la mañana, solo en el jardín con su carterita escolar y su mandilón, quieto para no ser descubierto, absorto en un mundo que el recuerdo no devuelve pero sí alberga: “Estas horas son para ti, mayor, un vacío, un recinto mágico en el que no podemos penetrar, que no podremos nunca hacer volver a conciencia y memoria de tiempo computable, pero que, sin embargo, o por ello mismo, es la memoria viva, donde aquel niño sigue tan vivo como desconocido”.

Es esta formulación extrema de lo insondable lo que alienta su búsqueda de momentos pasados, pero pasados solamente si se someten al orden de los números del tiempo, pues su propósito, resuelto en las líneas del libro, es dejarse llevar azarosamente por los relámpagos y rendijas que se encienden y abren en su cabeza, y enhebrar reviviscencias que se apoderan de su mano y nuestros ojos: los olores de las casas, el tacto de la masilla, el sabor de las hojitas verdes de los chupamieles, los baños en el padre Duero, las caricias, las derrotas del deseo, el oído de una conversación errante…, sin explicaciones ni engarces, sin hilo causal de una biografía.

Para esa lucha desmañada y tal vez perdida Agustín toma como cómplice el tiempo Imperfecto de los verbos, un “Presente de Pasado” que lima categorías y que además abre la multiplicidad. Recuerda el escritor cómo el Imperfecto “era” servía para la asunción de identidades cambiantes que el juego infantil necesita: “Yo era el papá que vigilaba… yo era la señora de la pastelería…” El propio Agustín se pregunta: “¿Cuál quieres ser tú ahora de los muchos que has sido y se llaman con tu nombre?”. Por mi rendija alumbro estos:

Eras la voz imponente y la chaqueta de lana cruzada por rayas de colores que toda una mañana secuestró la atención sobre unos dibujos de manos y monedas que trazaste en el encerado del abarrotado Anfiteatro de Medicina. Eras el gesto cordial y el gusto atento en la barra cercana al Poniente en la que compartíamos unas croquetas. Acababas de ser el canto que tronaba en el Instituto Núñez de Arce, rodeado de bachilleres extasiados, con los viejos catedráticos huyendo a las filas de atrás y tratando de afilar las preguntas académicas que te hicieran frente y sombra. Eras los abalorios colgados de tu cuello que jugaban entre tus manos mientras contabas tu búsqueda de paños raros, de camisas únicas, de esas patillas. Eras la contradicción, la imposibilidad, la esperanza, eras la potencia del lenguaje, su fábrica y su desvarío, su liberación y su pérdida. Eras muchos más de los que convocan estas líneas, que quieren seguir tu guía de añoranza: “echar de menos, hallar a menos, no hallar, en una ausencia bien presente”.

 

 

Ver Post >
La ballena blanca de los matemáticos
Jorge Praga 03-12-2012 | 8:09 | 0

Un 4 de mayo de hace pocos años Marcus du Sautoy, catedrático de matemáticas de la Universidad de Oxford, vio entrar a su despacho a uno de su tesinandos. No venía en la habitual misión de exhibir progresos o salvar escollos, sino a mostrarle algo más de fondo, sus dudas profesionales. No alcanzaba a comprender dónde le llevaría tanto esfuerzo solitario, ni quién iba a prestar atención a sus logros finales. Hace unos meses otro de sus colaboradores destacados había sucumbido a una tentadora oferta de la City londinense, a pesar de que como dice Sautoy “ya había intentado escalar esta montaña conmigo”. Entre los dos dejaron colgada en el aire del despacho la maldita pregunta: ¿Para qué sirve todo esto?

No hace falta ser un matemático de altura para toparse con el interrogante. Quien se haya adentrado o rozado la amplia variedad de universos teóricos la ha encontrado, y no digamos el que ejerce la enseñanza de filosofía, de lingüística o de latín. Cualquier alumno la tiene en sus labios, aunque en sus estudios haya tenido que memorizar el imperativo categórico con el que Kant apartaba del comportamiento correcto cualquier premio o atractivo ajeno a su cumplimiento. Marcus du Sautoy se acordó en ese día de mayo de Hardy y su obra ‘Apología de un matemático’. G. H. Hardy, colega suyo en la Universidad de Cambridge en la primera mitad del siglo pasado, tenía claro que las matemáticas, como la moral kantiana, deben originarse y celebrarse en sí mismas, sin justificaciones externas, y su colega francés Poincaré lo repetía de manera seductora: “El científico no estudia la naturaleza por la necesidad de hacerlo; la estudia porque obtiene placer, y obtiene placer porque la naturaleza es bella. Si no fuera bella no valdría la pena conocerla, y si no valiera la pena conocer la naturaleza, la vida no sería digna de ser vivida”. Hardy incluso aventuraba un premio excelso y único a quien alcanzase metas nuevas: la inmortalidad, pues los hallazgos matemáticos no pierden jamás su certeza.

Marcus du Sautoy debe de ser un tipo entusiasta, capaz de vencer los nubarrones negros que en cada mayo sobrevolarán el cielo de su despacho. Ha conseguido importantes distinciones profesionales, pero también se ha empeñado en convencer a todos, colaboradores cercanos y lectores lejanos, de las virtudes intrínsecas de las matemáticas: “La soledad es lo más difícil de mi trabajo. Para ser matemático debes estar predispuesto a estar contigo mismo siempre, a solas. Como en una isla desierta. Solo con tu mente para explorarla. Por eso complemento mi parte de matemático con la divulgación. Es la parte social que complementa mi otro yo”.

Su labor de divulgación arrancó en 2003 con un libro inolvidable, ‘La música de los números primos’, publicado en nuestro país por Acantilado con una fluida traducción de Joan Miralles. En bastantes ocasiones se confunde esa labor de acercamiento a una disciplina con la rebaja del discurso inicial a las anécdotas que la rodean, algo así como dejar la obra de Borges en manos de su ceguera sentimental o las composiciones de Bach en las privaciones que pasó. Marcus du Sautoy no quiere expulsar a ningún lector de sus páginas sobre los números primos, pero tampoco renuncia a lanzar la vista lo más lejos posible. Como buen estratega, prueba enganches que vayan ablandando reticencias, desde trucos de memoria para retener códigos extensos hasta mecanismos de encriptación para las tarjetas de crédito que viajan desnudas por Internet. Pero sobre todo se agarra a una fórmula irresistible en la que late su raíz de empirista anglosajón: las matemáticas se fraguan en el accidentado cruce de una biografía y una sociedad. Tras los avances bendecidos con un traje intemporal, en cada habitación del edificio aparentemente deshabitado cruje la lucha de tipos que, como todos, buscan el bienestar y la realización de sus inclinaciones. Y en esa táctica se emplea la pluma de Sautoy con poder magnético. Antes que nada, estamos ante un espléndido narrador.

Estas virtudes brillan de nuevo en su segundo libro, ‘Simetría’, también en Acantilado, en el que se incrementa aún más la rugosidad humana con la incorporación del propio autor a la trama. El comienzo es tajante: “Hoy cumplo 40 años. Hace 40 grados. Me encuentro cubierto de crema solar de factor de protección 40…”. 40, el número que no le dejará ganar la medalla Field que solo se otorga a los menores de esa edad, el del exilio del pueblo judío por el Sinaí donde se está tostando Marcus, el que divide la vida en dos partes simétricas a la manera de Dante. Juegos y reflejos al inicio de un viaje deslumbrante por la simetría que estalla en el capítulo en el que el autor y su hijo recorren infatigablemente La Alhambra en busca de las 17 formas simétricas que los artistas nazaríes dejaron en los muros, 500 años antes de que los matemáticos demostraran que ese es el número máximo de esas transformaciones (el día que leí el capítulo encontré una de sus últimas ideas en los adoquines de la calle Núñez de Arce. La prosa de Sautoy se apodera de la mirada). Y como en la anterior obra, los nombres de carne y hueso van tejiendo la narración: la apasionante disputa de Cardano y Tartaglia, la triste historia del noruego Abel, o la enfebrecida de Galois, que ya había merecido una memorable recreación en ‘Cumpleaños’ de César Aira.

Matemáticas, pero también matemáticos. Unos tipos especiales a los que la pasión no les deja sitio para la pregunta por la utilidad de lo que hacen. Cuando Marcus du Sautoy estaba en los comienzos de su carrera, se empeñó en conectar con un grupo de Cambridge famoso por sus trabajos recopilatorios sobre todas las formas de simetría. El primer encuentro parece narrado por Jack London o Emilio Salgari cuando se ocupan de las fratrías de cazadores de tigres o exploradores del Ártico. “El hombre que vi parecía un vagabundo, con un pelo enmarañado que le brotaba por toda la cabeza, pantalones deshilachados por los dobladillos y una camisa llena de agujeros. Estaba rodeado de bolsas de plástico que parecían contener todas sus posesiones mundanas”. Pronto llega el jefe del grupo, que “me sonrió con un intimidante brillo de locura en sus ojos. Estábamos en lo más crudo del invierno, pero este hombre estaba sentado tan campante con sandalias y una camiseta con el desarrollo decimal de π, que recorría a lo largo y ancho todo su voluminoso cuerpo”. La rareza del genio, del artista, sea músico, pintor, poeta o científico. No acaba ahí la impresión primera del autor, pues inmediatamente le enseñan la captura de la que están más orgullosos, una ballena blanca a la que llaman el Monstruo que vive en un espacio de 196.883 dimensiones (el nuestro nunca pasa de 3), y que presenta más simetrías que átomos tiene el Sol. Al primer rugido del animal Marcus ya había decidido que viviría para siempre en esa fratría de matemáticos iluminados.

Los mi5terios de los númer6s

 Acantilado acaba de publicar una nueva obra de Marcus du Sautoy con ese título invadido por cifras, en otra cuidada traducción de Eugenio Jesús Gómez de Ayala, que ya se había ocupado de ‘Simetría’. Resulta que Sautoy se ha ido convirtiendo en algo parecido a una estrella mediática. Sus libros se han vendido y traducido con abundancia. Ha protagonizado series didácticas como ‘La historia de las matemáticas’, con la BBC. En 2006 fue elegido para impartir las Lecciones de Navidad en la Royal Institution, una tradición navideña que dura desde 1825 y que al ser emitida por la BBC congregó una audiencia millonaria. Y tras ello llega la decepción de su nuevo libro, que no es más que una sucesión de anécdotas más o menos hiladas en torno a cinco de los problemas del Milenio, famosos sobre todo por la recompensa de un millón de dólares que el empresario Landon Clay ha ofrecido a quien los solucione. Alguno de los apartados ya aparecía en las obras anteriores, pero sobre todo lo que más se echa en falta es una estructura general cosida con pasiones humanas. Sin ese armazón la obra pasa de ser adictiva a simplemente aditiva. Esperemos que el Monstruo aplique a Marcus un par de dentelladas simétricas que le haga abandonar su letargo.

(publicado en ‘La sombra del ciprés’ el 1-12-2012)

 

Ver Post >