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Fecha: febrero, 2013
El huerto de Bustrófedon
Jorge Praga 17-02-2013 | 11:16 | 0

Una de las obras expuestas por Casilda García Archilla lleva por título Bustrófedon. En la etiqueta que la acompaña se recuerda la definición que de la palabra trae el diccionario, una forma arcaica de escritura que alternaba líneas escritas de izquierda a derecha con otras que corren de derecha a izquierda, algo parecido a lo que hace el arado que va trazando surcos de ida y vuelta sobre el terreno. En la etimología está la palabra buey, el animal que tira del arado, que ahora es la mano que recorre el papel con su escritura. Pero mi cabeza se fue sin remisión hacia otro Bustrófedon, el que invade bastantes páginas de la novela de Guillermo Cabrera Infante ‘Tres tristes tigres’, un deslumbramiento que se mantiene encendido desde la remota juventud. Bustrófedon es el invitado perfecto para la mano desatada del escritor cubano. En cuanto hace acto de presencia en una página las palabras se echan a temblar: son expulsadas de su sitio, alteradas, deformadas; juega con ellas llamándose Bustrósotros, las embaraza, las seca el tal Bustrófactótum, las enreda y como si fuese Bustróneruda las adelgaza como las huellas de las gaviotas en la playa, incluso las hace pasar por el agujero de los ratones como un Bustrócarroll. Y para volver al principio, pone una página al revés, de derecha a izquierda para ser ya Bustrócasilda, o Archibustrófedon. Qué virus el de Caín.

Casilda recoge el desafío de la búsqueda y de la invención, y empieza también su propio juego desde el otro lado del espejo con una escritura sin guiños caribeños pero empecinada, constante, fluyente. Muestra con orgullo su alfabeto, alfabeto vegetal, hecho de palotes robados a las plantas, a los pequeños frutos del plátano de sombra o a las raíces de los arbustos. Y los combina en una gramática aprendida desde el cuidado y la observación de la vida que la rodea y habla sin cesar. Construye nidos, extenúa las hojas buscando su esqueleto, inventa cuencas hidrográficas. Y escribe, escribe sobre lo escrito, superpone papeles vegetales, multiplica y divide. Admite también la vida del cambio, la entrada del tiempo de mutación. En su exposición anterior, ‘Los seres tan frágiles’, sus objetos suspendidos en delicadas tramas iban buscando su acomodo entre corrientes de aire y roces de los visitantes. Cuando volvías a la sala unos días después unos habían cambiado la lisura por el rizo, otros la sonrisa por la tristeza. La tarde en que estuve viendo la exposición de Calderón era muy ventosa, y cada vez que se abría la puerta las hojas vegetales suspendidas por alfileres vibraban suavemente, las bolillas de los castaños estaban a punto de tintinear entre ellas con una partitura sorda. Nada se estaba quieto.

 Casilda entre sus seres, Casilda en su jardín. O tal vez sea preferible llamarle huerto, allí donde se escarba y rotura, donde se lucha contra las malas hierbas y se espera con paciencia el fruto que siempre sorprende en una tarea sin final, con una estación a la que sigue otra y otra. Y de vez en cuando al mercado, entre clientes atentos, degustadores de sus frutos. El día de la inauguración andaban por la sala varios poetas. Cada artista congrega, secretamente, a los suyos. Hace unas cuantas semanas vimos en estas páginas como Agustín García Calvo, filólogo, latinista, convocaba inesperadamente a los músicos. Casilda atrae a los poetas. Ya lo podíamos intuir por las firmas de los textos de sus leves catálogos. También por los nombres que va dejando caer al lado de sus obras, por los títulos que toma prestados (“Que los mapas nunca podrán decirnos qué es lo que ven los pájaros” ¿Cabe robo más hermoso?). Pero más allá de hurtos y complicidades es necesario afirmar que lo que cuelga Casilda de sus delicados alfileres es letra abierta, escritura poética, luz no usada.

La única vez que vi a Francisco Pino hablar en público (otra cosa distinta era su compañía fácil y accesible en su villa María de El Pinar) fue en la presentación de su libro ‘Así que’, en la casa Revilla. No creo que su intervención llegase a diez minutos, pero bastó, y basta para envolver la obra de Casilda: “La poesía no es comunicación, es manifestación”, afirmó con seguridad. “Ma-ni-fes-ta-ción”, enfatizó. “Como el gusano, como la flor”. Anoté presuroso sus palabras doradas, que luego volví a encontrar en su discurso de entrada en la Academia de la Purísima Concepción (¡qué no haría y desharía Bustrófedon con ese nombre!) “Están ahí, se muestran al que desee contemplarles, no necesitan correspondencia”. Y así se comportan y manifiestan con vigor poético los objetos que va componiendo Casilda con infinita paciencia, imprescindible para su letra derramada en escritura siempre nueva, abierta a la vista, al tacto, tal vez al oído en su silenciosa vibración. Como el gusano, como la flor, como el río.

(publicado en La Sombra del ciprés el sábado 16 de febrero de 2013)

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Balas por aceitunas con hueso
Jorge Praga 03-02-2013 | 3:59 | 0

Muñecas hinchables que abandonan a su amante. Pulpos que rescatan violines en barcos hundidos y tocan sonatas de Tartini. Escarabajos preocupados por su aspecto terrible que oculta un carácter pacífico. Chico miope que vuelve a casa sin advertir que ni el padre ciego ni el piso son el suyo. Volatinero dispuesto a saltar por encima de seis mulas con tal de ganarse un plato de alubias rojas con su correspondiente oreja de cerdo. Jugadores negros de baloncesto que proyectan sombras blancas. Serpientes que reciben un rubí cuando cumplen cien años…

Estos son algunos de los mimbres con los que Javier Tomeo va construyendo lo que cualquier escritor desea alcanzar: un universo propio y una voz personal para adentrarse en él. Y los ‘Cuentos completos’ que acaba de reunir con la ayuda de Daniel Gascón son una buena ocasión para tomar contacto con la singularidad de este escritor periférico, como le denominó Félix Romeo. En la periferia por olvido de modas y estrategias mercantiles, pero centrado y refulgente en este grueso volumen que reúne siete colecciones de relatos más un buen añadido de inéditos.

Cuentos breves de apenas dos páginas, centrados, a la manera de los antiguos relatos mágicos y maravillosos, en las relaciones entre hombres y animales dotados de voz y criterio, ensartados en diálogos para los que el autor muestra una facilidad envidiable. Destacan los dos Bestiarios que emprende a semejanza del cuaderno de apuntes de un naturalista dedicado a anotar y compilar la fauna, y en donde convergen los hechizos y leyendas que cada animal lleva sobre sí, tomados de una amplísima biblioteca cruzada con la tradición oral. El naturalista también deja volar la imaginación para penetrar en la psicología del animal, y de ahí surgen, en tierna contradicción entre lo que son y lo que aparentan, sapos con voz dulce, murciélagos que vuelan con las golondrinas esperando el contagio de su belleza o grillos que viven con la esperanza de cantar Rigoletto.

A esta zoología tan personal, a la que habría que añadir su galería humana de desplazados, trastornados, cojos, sordos y miopes, muchos miopes –una breve colección lleva por título ‘Problemas oculares’- cabe añadir además, para valorar plenamente la singularidad del escritor, el tono, el sabor con que empuja las relaciones de su desbordante animalario. Dice Daniel Gascón en el prólogo que Javier Tomeo se encuentra a medio camino entre Kafka y ‘La Codorniz’. Es verdad que algunas de sus fantasías pueden emparentarle con el autor de ‘La metamorfosis’ y con su universo inexplicable de seres que transitan entre categorías incompatibles, pero el aroma que las envuelve las hace inclinarse con más peso hacia una tradición bien distinta, entroncada en la literatura española con Ramón Gómez dela Serna, y continuada en el humor del absurdo y la discreta irracionalidad que cultivaron Miguel Mihura, Enrique Jardiel Poncela, Wenceslao Fernández Flórez, Tono, y por supuesto los escritores que confluyeron en el ancho mundo de ‘La Codorniz’. Una de las colecciones lleva por título ‘Cuentos perversos’, y la escasa malignidad que desprenden las narraciones hace que podamos medir el tamaño y la naturaleza de esas perversiones, mucho más cerca de la risueña rareza que de la enfermedad y el sufrimiento, a pesar de que abunden en ellas asesinos, poetas enloquecidos, sargentos dictatoriales y todo tipo de desfavorecidos psíquicos o corporales, más algún marciano. A Tomeo le preocupa mucho más el humor y la ternura que el dolor de cabeza o las zozobras de la angustia. “Mis lectores sonríen, la sonrisa es el lenguaje de las personas inteligentes”, afirma.

Así que si tienen el libro a mano, ábranlo por cualquier sitio, y tal vez se topen con la historia del inventor de la ruleta rusa que en el lugar de la bala ponía aceitunas negras con hueso y en los demás huecos aceitunas rellenas de anchoas. O esa pelea multitudinaria en el bar del pueblo originada por no se sabe qué: “Esto tenía que suceder antes o después. Hacía demasiado tiempo que en este pueblo no pasaba nada. No era normal que nos aburriéramos tanto.” Y llegará la sonrisa, seguro.

( publicado en La sombra del ciprés, sábado 2 de febrero de 2013)

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