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Fecha: marzo, 2013
El latido de mi propia sangre
Jorge Praga 23-03-2013 | 9:48 | 0

En las casas de la infancia de Alice Munro había en la puerta una concha de nácar en la que la escritora pegaba el oído, tal vez para sentir el rumor de aquel mar que prometían las caracolas de nuestra niñez. Pero lo que su audición percibía y descubría era “el tremendo latido de mi propia sangre”, palabras con las que cierra su obra ‘La vista desde Castle Rock’.

La propia sangre. La escritora nos tenía habituados en otros libros a lanzar la vista más allá de su cabeza, sin perder la cercanía de lo que conoce bien. Sus relatos agrupados en una docena de colecciones suelen dejarnos seres ocasionales sobre una geografía cierta, la de Canadá en Ontario, en los alrededores del lago Huron donde nació, aunque también es frecuente llegar ala ColumbiaBritánica, a Vancouver o Victoria, donde también ha residido. Los seres que captura tienen pocas raíces, prestos a moverse e irse lejos a poco que el azar empuje en cualquier dirección. Nadie como Munro para pintar vidas prendidas por alfileres en ciudades o pueblos sin vestigios del pasado, en los que los bosques y los animales salvajes todavía no han desaparecido. El país que emerge de sus páginas es reconocible para los ojos de cualquier viajero atento a las calles sin relieve de las ciudades recientes del nuevo mundo y a las vidas que las pueblan, reflejadas certeramente por el cineasta canadiense Atom Egoyan en obras como ‘El liquidador’ o ‘El dulce porvenir’.

Sin embargo, para ‘La vista desde Castle Rock’ la escritora decidió echar mano de un espejo más potente que la incluyera a ella, también a su familia y a su pasado. En la vuelta atrás por uno de sus afluentes sanguíneos regresa a Escocia, al valle ignoto de Ettrick, una región “sin ventajas”, como se anotaba en un registro estadístico de 1799. Allí encuentra pronto las lápidas de sus antepasados, y la áspera geografía que los llevó a obsesionarse con la emigración, tanto que a las luces de las frecuentes borracheras creían ver desde lo alto del castillo de Edimburgo la costa americana. Pero sobre todo descubre los testimonios de sus antepasados: “Tuve suerte, ya que, por lo visto, en cada generación de la familia hubo un aficionado a escribir cartas largas, directas y a veces escandalosas, y a trasladar al papel minuciosos recuerdos”. El tesoro se completa con el envidiable cuidado que los anglosajones ponen en sus registros de nacimientos y defunciones, revistas y publicaciones, memorias de asilos y hospitales, rastros de todo tipo que en la orilla opuesta de nuestro incivil país convierten cualquier búsqueda en una tortura sin resultados.

Toda escritura arranca de la experiencia y se asienta en la documentación, y así sucede en esta obra de Alice Munro, pero la distingue la convicción con la que airea sus fuentes y se funde con ellas. La obra avanza en paralelo al viaje de sus antepasados a través del Atlántico a principios del siglo XIX, un grupo familiar que luego la autora descubre en las lápidas de un cementerio bordeado por la autopista de más tránsito de Canadá. En realidad poco importa que los protagonistas fueran seres de carne y hueso o de papel, que por sus venas fluyera la sangre de Alice Munro o la tinta de la imprenta. Lo que cuenta y decide es la fuerza con la que se están cavando los cimientos de los personajes evanescentes de sus relatos de ficción. La rama escocesa de los Laidlaw debe ganar las nuevas tierras, desboscarlas con fiereza, cortar troncos para sus casas, ingeniárselas para calentarlas sin provocar un incendio, pulir su suelo de fresno, cazar y luchar por un escaño en la escasa sociedad que les rodea. Es la epopeya de la fundación, una epopeya sin héroes pero sí con víctimas y sacrificios impuestos por la vida aún por asentar e inventar en medio de una naturaleza cuya domesticación siempre está comenzando.

El viaje de los Laidlaw escoceses concluye en la propia Munro, protagonista más o menos cierta de los últimos relatos del libro: “Hacía algo cercano a la autobiografía: explorar una vida, mi propia vida, pero no de un modo preciso y riguroso. Me situaba en el centro de ella y escribía sobre esa identidad, de forma tan escrutadora como me era posible”. Lo que al final importa y vale no es el conocimiento de la vida de la escritora, ni tampoco el entorno histórico y fundacional de sus antepasados, sino el alcance de la operación literaria que debe prolongarse hasta conmover los resortes de reconocimiento y evocación del lector, pues la epopeya del asentamiento, de la incesante movilidad tras la casa que nunca se termina de rematar, está escondido en el corazón antropológico y en el pasado olvidado que, a la manera de la anamnesis platónica, solo la gran literatura es capaz de vivificar.

(publicado en La sombra del ciprés el 23 de marzo de 2013)

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Hoyuelos y verrugas
Jorge Praga 23-03-2013 | 9:42 | 0

En las últimas páginas de ‘Los habitantes del bosque’ un grupo de personajes a los que apenas se había concedido voz tratan, en una charla de taberna, sobre la situación en la que se encuentran los protagonistas tras varios años de forcejeos y desventuras, que en los ojos del lector son unos cientos de absorbentes páginas. Uno de ellos, John Upjohn, es escuchado con respeto cuando relata su vida conyugal y tira por elevación sobre la protagonista, Grace, una mujer que, como cualquier otra, “tiene un lado más bonito que el otro”, aunque su habilidad hace que nos fijemos en su hoyuelo seductor y no en la verruga que disimula en la sombra. Pero ambas, defecto y belleza, pecado y virtud, están en la constitución indisociable de su rostro.

Esa mixtificación es uno de los puntos fuertes en que se apoya  Thomas Hardy para la construcción de sus tipos. De natural parece que ellos tienden a desarrollar un impulso de bondad, pero antes o después la verruga se hará notar en la ambición, en la indecisión, o incluso en la simple torpeza que enmaraña situaciones y oscurece la salida. Los personajes, más allá de su voluntad y empeño, parecen sometidos a unas fuerzas superiores, a un destino que envuelve sus pasos y los arrastra hacia el dolor y el desconcierto.

El universo que construye Hardy es inestable, incluso más allá de la última página, a pesar del esfuerzo de todos por “alcanzar una posición” en un mundo rural de jerarquía estrecha: la hija del labrador proyectada por la educación recibida en un internado hacia cotas superiores de refinamiento; el maderero que pierde su casa en un desahucio del siglo XIX y se hunde en la ruina; el médico de buena familia que se mezcla con gente de condición inferior… Y como aceites de engrase el amor que los envuelve, la ambición que los ciega, los rígidos códigos sociales que no se pueden quebrar. Es un universo memorioso, en el que los personajes quedan marcados para siempre por sus actos, no habiendo más virginidad que la que estrenan las primeras páginas antes de enredarse en una apasionante sucesión de enfrentamientos y desgracias que ya no pueden limpiarse ni olvidarse. No hay vuelta atrás, y la sabiduría que atesora la experiencia no es suficiente para eludir las continuas borrascas.

Frente a esta inquieta e infeliz colección humana se despliega como tapiz de fondo la naturaleza indiferente que solo sabe del discurrir de las estaciones, de la llegada de los pájaros, de la renovación de los colores. Como es sabido, el novelista edificó un condado imaginario como geografía para sus historias, Wessex, coincidente en tantos detalles con su Dorset natal. Esta cuidada edición presenta en su arranque un mapa de Wessex en la punta suroeste de Inglaterra que mezcla “fictitious names” con “real names”. El bosque es su centro, un espacio indefinido en el que los personajes, al igual que les sucede en sus batallas humanas, tan pronto se orientan como se despistan, y que recorren sin cesar “en aquellos tiempos en que, para la mayoría, viajar significaba caminar”.

Los 125 años que han pasado desde la publicación de la novela despejan totalmente las cuestiones accidentales que perjudicaron la reputación del autor y le empujaron a dejar la novela en pos de la poesía, aunque antes tuvo tiempo de entregar narraciones de la altura de ‘Tess la de los d’Urberville’ o ‘Jude el obscuro’. La acusación de escritor pesimista no tiene encaje en nuestra triste actualidad lectora, y de la consideración de escandaloso que tanto le fustigó no queda ni rastro. Por el contrario, no deja de admirarnos el temor y respeto que los ciudadanos de la época victoriana sentían por códigos de conducta que no hacían más que procurarles infelicidad, y que en caso de buscar algún escondrijo donde evadirse los condenaba a la soledad. Es el destino del personaje más fuerte de la novela, Marty South, confinada en el bosque donde habla “la lengua de los árboles, de las frutas y las flores”.

Soberbia novela, con el sabor de las grandes narraciones, asentada en una cuidada edición de Impedimenta que se beneficia de la traducción de Roberto Frías y de sus minuciosas notas.

(publicado en La sombra del ciprés el 23 de marzo de 2013)

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La reescritura del cine
Jorge Praga 16-03-2013 | 6:25 | 0

Recordaba el crítico Marcos Ordóñez en un artículo publicado en El País a la actriz Teresa Madruga, una de las protagonistas de ‘Tabú’, en un papel de treinta años atrás dando vida a Rosa, la joven que en la película de Alain Tanner ‘En la ciudad blanca’ socorre al desorientado marinero encarnado por Bruno Ganz. Una operación de memoria, interior al cine y atravesada por un mismo cuerpo de actriz. Otra película de actualidad, ‘Amor’, permite una evocación semejante: los ancianos fríamente observados por Haneke abren en una escena el álbum de fotos, y allí se dejan ver como en realidad les tenemos guardados en la memoria cinéfila, Enmanuelle Riva regalando su magnetismo y belleza bajo la dirección de Alain Resnais, Jean-Louis Trintignant volviendo a ser el actor imprescindible de aquellos años.

El cine que se construye sobre sí mismo, que se mira al espejo para reescribirse. En otro coletazo distinto la crítica ha descubierto un viejo documental de John Huston de 1946, ‘Let There Be Ligth’, tras las imágenes iniciales de ‘The Master’, la última apuesta de Paul Thomas Anderson. El paso por el psiquiatra del ejército del consumido Joaquin Phoenix reproduce las filmaciones reales de Huston a los soldados enloquecidos que volvían de los frentes dela SegundaGuerraMundial, con los mismos dibujos del test al que son sometidos. Qué mejor fuente que la que alberga el propio cine en una obra que fue retirada y ocultada hasta 1979 por el gobierno estadounidense.

Citas, apuntes parciales, homenajes. El cine que se busca para construir una obra en la que los mimbres del pasado acuden a fortalecer e iluminarse con el arte del presente, frente a la desmemoria que invade a muchos productos de urgencia que pasan por el espectador sin sembrar ni recoger siembras anteriores. Para fortuna de esta revalorización de la larga historia del cine, dos obras estrenadas en este enero de gran altura extienden a toda su concepción y estructura la apoyatura en obras anteriores, dos obras por otra parte bien dispares: la mencionada ‘Tabú’, tercera película del portugués Miguel Gomes, y el esperado western de Quentin Tarantino, ‘Django desencadenado’.

La deuda de Gomes empieza en el título y en las dos partes en que la divide, ‘Paraíso’ y ‘Paraíso perdido’, tomadas de la obra que dirigió F. W. Murnau en 1931, con la colaboración imprescindible de Robert Flaherty. El paralelismo puede extenderse al blanco y negro de la fotografía, a los paisajes virginales, a cierta inocencia de los nativos. Pero lo que asombra en la película de Gomes y la eleva sobre cualquier reconstrucción es el papel que ocupa ese resorte anterior. Porque a diferencia de la película de Murnau, rodada íntegramente en Bora Bora, en los Mares del Sur, la historia de Gomes tiene dos caras, una actual en Lisboa, áspera, dura, asfixiante, y otra volcada en un mundo colonial de sueño, más que de ensueño. El presente es el agotamiento y la negación de ese pasado, sea cual sea su estatuto de realidad, haya existido o pertenezca sin más al fugitivo universo del arte.

“El cine nos propone algo muy bello: creer en las cosas en las que supuestamente no creemos”, afirma Gomes en una entrevista. Ese mundo colonial que traza gobernado por la voz de un narrador cuyas primeras palabras son la de Isaak Dinisen en ‘Lejos de África’ es creíble, tal y como pretende Gomes, por su doble juego de inverosimilitud y verdad. Los niños de hace cincuenta años llevan camisetas de Obama, la música desborda la cronología, los vestidos son de cliché, pero esa ficción desvestida se eleva a necesidad cuando se contrasta con una Lisboa oscura y habitada por ancianos de vida consumida. Y lo que da finalmente a ese sueño el vuelo de la verdad artística es la aventura que guarda detrás, paralela a la que movió Murnau tras el aliento expedicionario de Flaherty. El paisaje de Bora Bora, ya inexistente, es ahora el de ese lugar remoto de Mozambique elevado a categoría abstracta de lo colonial, y traído en un montaje de cine mudo en el que la fotografía ocupa un lugar esencial. Gomes llegó a proponer a su director de fotografía Rui Poças rodarla en super 8, y finalmente se hizo en16 mm. Fracasada la idea de montar un laboratorio ambulante en el rodaje, a la manera de Flaherty, las imágenes un pudieron verse hasta que semanas después un laboratorio alemán las revelase en el último trabajo que realizó antes de cerrar por falta de demanda analógica. El resultado son esos hermosos planos llenos de grano, en una herencia que llega desde ‘Nanouk el esquimal’ y completamente alejada de los sucedáneos que puso de moda ‘The artist’.

El mundo dual de Gomes se funde en un universo único en la propuesta de Tarantino, que se apoya en primera instancia en el spagueti-western, un cine cercano que era a su vez reescritura de un género fundacional. Como suele suceder en las obras de este autor, bajo la epidermis de los homenajes chistosos circula una operación de envergadura, que en ‘Malditos bastardos’ llegaba a cambiar la historia con la muerte de Hitler en un justiciero atentado cinéfilo. ‘Django’ era el título de una película de Sergio Corbucci, y la herencia del subgénero se agota en algún tema musical, la apertura del paisaje, los zoom vertiginosos y poco más. Los estruendosos disparos de Tarantino buscan un blanco distinto, un blanco que va a dejar de ser blanco.

El western clásico quedó cifrado en la célebre sentencia de ‘El hombre que mató a Liberty Valance’: “Cuando la leyenda supera a la realidad, se imprime la leyenda”. De la construcción de la leyenda trata el western, una leyenda que funciona como el cantar de gesta para un país naciente y poderoso, en el que sus juglares son los cineastas del arte que ha impuesto en el mundo. El país quedaba constituido tras la epopeya de la conquista de su espacio y la formación de la ley, exterminando a los salvajes que lo impedían. Era un discurso protagonizado por blancos y anglosajones, protestantes si hacía falta, en el que hispanos y asiáticos eran la anécdota del decorado, y los negros solo aparecían para aprovechar la altura dramática de Woodie Strode, el fiel criado de John Wayne en la película de John Ford.

Tarantino rechaza el monopolio blanco, y disuelve su pureza en la multiplicidad de los que acudieron al Nuevo Mundo, especialmente los más sufrientes y silenciados. El actor elegido para la nueva cabecera es Jamie Foxx, nacido en Texas y con confesada memoria de menosprecios racistas, así que le fue fácil inventar esa mirada retadora de orgullo y dignidad. Desde que irrumpe en la pantalla y consigue un caballo, no dejan de oírse gritos de sorpresa: “¿Qué hace ese negro subido a un caballo?”. Que no se deje ver, que vuelva a la sombra, que le saquen del centro de la absorbente trama que urde Tarantino, que en un gesto definitivo le concede el triunfo final tras la culminación de su venganza, a la manera de Uma Thurman en ‘Kill Bill’. Llevaban toda la historia del cine los negros esperando ese plano final, el mismo trecho inacabable en que ha estado martilleando en la memoria cinéfila el Ku Kux Klan que se había colado sin remisión en ‘El nacimiento de una nación’, para desesperación de los expertos que solo podían celebrar sus méritos gramaticales. Por fin con Tarantino sabemos quién estaba tras sus máscaras de fantoche, y no hay mejor risa que la que devuelve la dignidad a los desposeídos, aunque sea en la tardía historia del cine reescrito.

(publicado en “La sombra del ciprés” el 16 de marzo de 2013)

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