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Fecha: abril, 2013
Sentir el sol
Jorge Praga 28-04-2013 | 10:00 | 0

No es Luchino Visconti un autor del que convenga visitar de nuevo su obra. Alguna que otra decepción refuerza esta sentencia más intuitiva que empírica. La Venecia que retrató alcanzada por la peste, o los palacios enloquecidos por Luis II de Baviera tal vez encuentren su mejor asiento en la memoria cerrada. De la versión que hizo de ‘El extranjero’, que no he vuelto a ver desde su estreno a principios de los setenta, me queda prendida la luz, la luz cegadora en las playas de Argel, la luz depositada en las blancas ropas que vestía Marcello Mastroianni, y que la viejísima portada de la edición de Alianza Editorial de 1971 se empeña en evocar sobre mi mesa, con el fotograma del protagonista desmontado en tiras que el ojo es incapaz de reunir, como si su luz se hubiese descompuesto en una inédita sucesión de grises elementales. Ay, esas cubiertas de Alianza firmadas por Daniel Gil.

“Sentir el sol”, dice un verso de Olvido García Valdés. “Toda la luz”, reclama otro. En ese aire denso e inesquivable se desenvuelven los días del protagonista de ‘El extranjero’, Meursault, un ser irrelevante, sin nada especial en su vida salvo la actitud y la mirada que pone en todo lo que le rodea. Meursault es un hombre de corazón inalcanzable. Cualquier variación de la rutina rebota en su mente y en su conciencia. Nada le impresiona, nada le guía ni le condiciona. Es extranjero del acaecer de las cosas, que ni le conciernen ni le implican. “Hoy ha muerto mamá. O quizá ayer. No lo sé”. Así arranca su confesión, que no es retrospectiva sino que avanza en presente, sin capacidad ni tiempo para la reflexión. Nos engancha en el ceremonial del entierro de su madre, preso de las convenciones que apenas si puede seguir. Quién no ha vivido algo así en un funeral, se podría pensar bajo la antigua estrategia de crear complicidad con el lector, del reconocimiento que viene desde la catarsis de Aristóteles. Pero Meursault no admite compañeros de viaje, su postura no es coyuntural, no procede de un desconcierto del que se recuperará para integrarse en el orden social, para tomar sus propias riendas tras un mareo pasajero. No, él es definitiva y radicalmente indiferente, se deja llevar sin más, no le importa nada. Solo siente la luz, el sol, el calor que le hace sudar bajo el traje y le embota la cabeza, la sal del agua marina en la boca. “Hacías dos horas que el día no avanzaba, dos horas que había echado el ancla en un océano de metal hirviendo”, anota en la playa antes de los disparos que van a cambiar la corteza de su vida. A su cuerpo solo le mueve el deseo de otro cuerpo, pero sin doblegar su indiferencia: “Un momento después me preguntó si la amaba. Le contesté que no tenía importancia”.

A Albert Camus es inevitable asociarlo con otros autores franceses, Jean-Paul Sartre a la cabeza, que en la mitad del siglo XX tejieron una obra literaria y filosófica nucleada en el existencialismo, en la desazón del hombre que se siente y se sabe efímero, y que tras la muerte de Dios dictada por Friedrich Nietzsche ciñe su vida a su recorrido biológico. Meursault podría representar ese ser para la muerte, pesimista y negativo, desgraciadamente sincero, para el que Martin Heidegger creó la gran metáfora del ser arrojado al mundo, el hombre que sin haber elegido la existencia tiene que afrontarla, tomar decisiones y ser responsable de lo que no demandó. Pero, bien pensado, el protagonista que dibuja Camus es lo contrario de ese modelo existencialista lleno de desazón que vaga por la corteza terrestre sin saber de dónde viene ni a dónde va, preso de angustia por la cercanía de la muerte implacable. Meursault, curado de todo, no tiene ningún interés en decidir, en tomar un camino y rechazar otros. Carece de verdades, salvo las incontestables de la luz y el deseo. El mundo es una ruleta sin vértigo cuyo azar le lleva al asesinato, como antes le emplazó en un funeral o ante el cuerpo de María sobre la espuma salada del mar. Solo se irrita una vez, cuando el capellán de la cárcel trata de conmoverle con el viejo temor escatológico: “¿No tiene usted, pues, esperanza alguna y vive pensando que va a morir?”. Así es, le responde Meursault, que logra echarlo con sus gritos y por fin quedarse solo entre “la tierna indiferencia del mundo”.

Cuando tras la primera sesión del juicio Meursault atraviesa el patio del Palacio de Justicia para ser trasladado a la cárcel, reconoce “en un breve instante el olor y el color de una noche de verano”, y llegan a sus oídos las quejas de los tranvías, las voces de los vendedores, los cantos de los pájaros, el rumor del cielo. Ese es el mundo que le recibió y le atiborró de luz y de sol, el mundo impávido que seguirá girando antes y después, y que a mí me lleva finalmente a los versos de Juan Ramón Jiménez: “Y yo me iré/ y se quedarán los pájaros/ cantando:/ Y se quedará mi huerto, con su verde árbol/ y con su pozo blanco”.

( La sombra del ciprés, 27 de abril de 2013)

 

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