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Fecha: mayo, 2013
El espejo del Otro
Jorge Praga 21-05-2013 | 4:45 | 0

Cuando Ryszard Kapuscinski acabó sus estudios de Historia en la universidad de Varsovia entró a trabajar en un periódico de ámbito juvenil. La reciente muerte de Stalin animaba a la gente a opinar con un poco más de libertad, y el nuevo reportero se encargaba de contrastar las quejas y reclamaciones que llegaban en cartas de lectores, lo que le llevaba a emprender frecuentes viajes por Polonia. En algunos se acercó a las fronteras del país, y aquellas regiones solitarias y silenciosas sin posible prolongación excitaron enormemente su curiosidad. No conocía a nadie que hubiese estado en el extranjero, así que su concepción del mundo que se movía al otro lado no tenía puntos reales a los que agarrarse. Cruzar la frontera empezó a convertirse en una fantasía, y en una obsesión.

La oportunidad le llegó de repente, cuando las relaciones internacionales que Polonia comenzaba a establecer al margen dela Unión Soviética trajeron contactos con la India de Nehru. La redactora jefe le ofreció la inédita corresponsalía en la India, a él, que soñaba constantemente con viajar a Checoslovaquia. De un día para otro se vio en un avión camino de Roma, donde sus colegas italianos le recomendaron que cambiase de traje, de zapatos, que abandonase sus gestos y su mirada absorta, que empezase el viaje por sí mismo. Por fin, solitario en el aeropuerto de Delhi, sin saber inglés y ajeno a las costumbres indias, comenzó a sentir la diferencia, el extrañamiento, el abismo. E intuyó que la curiosidad que le había llevado hasta allí no se iba a saciar nunca.

La Indiaque le abrió una vida continua de viajero dictó unas primeras lecciones indispensables: el olvido de rutinas y costumbres; la humildad; la necesidad de una base lingüística y cultural para afrontar cada experiencia. En los primeros días de Delhi Kapuscinski caminaba infatigablemente por las calles, y al volver al hotel hacía un recuento de novedades. De los árboles que conocía traía un recuerdo exacto y duradero. De aquellos otros que veía por primera vez y no sabía clasificar su cabeza los retenía con dificultad. Nombrar y existir tenían mucho que ver. La penetración en un mundo nuevo era una tarea compleja, enorme, que en esa primera experiencia le agotó, dejándole luego en Polonia por una larga temporada, pero cuando la curiosidad le volvió a urgir el cruce de la frontera, y una nueva oportunidad le lanzó hacia China, ya partía con una primera página indispensable de su guía: iba en busca de lo diferente, del Otro que detenta una cultura y una historia de difícil entendimiento y aceptación, también de intercambio. Anota en su ‘Viajes con Heródoto’: “Aprendí que una cultura distinta no nos desvelará sus secretos tan solo porque así se lo ordenásemos y que antes de encontrarnos con ella era necesario pasar por una larga y sólida preparación”.

En sus libros de crónicas y reportajes nunca hay el menor atisbo de guía turística, de cultura masticada y exótica. A pesar de la fascinación que ejerce la literatura montada sobre sus vivencias, no prende en el lector el interés por seguir sus pasos, mecidos por peligros y dificultades, por incomodidades extremas de ejércitos de hormigas y arañas, de mosquitos que transmiten la malaria. La debilidad que le originó esta enfermedad acabó por arrojarle a un hospital de beneficencia en Dar es Salaam para tratarse una tuberculosis. Podría haber vuelto a Polonia a restablecerse, pero entonces perdería la corresponsalía y su decisión de vivir varios años en África se hubiera malogrado.

Su interés por ese ser diferente que vivía al otro lado de cualquier frontera le llevó en los últimos años de su vida a teorizar sobre el encuentro con el Otro, a buscar referencias en el campo del pensamiento. De Emmanuel Lévinas recogió su filosofía del diálogo y de la apertura ala Otredad.DeBronislav Malinowski sus largas convivencias con los nativos de Nueva Guinea, a la caza de su lengua y su cultura profunda. En fin, con Homero se interesó por las distintas formas de hospitalidad con que reciben a Ulises en las paradas de su viaje. Tras su muerte se publicaron sus conferencias en el volumen ‘Encuentros con el Otro’.

Tal vez en busca del extraño que también anidaba en su intimidad fue punteando su obra más periodística con una poesía ocasional que publicó con discreción. “Me he alejado tanto de mí mismo/ que ya no sé decir nada/ sobre mí”, anota en uno de sus poemas. Aunque él sabía, o intuía, que el Otro, contemplado en el espejo de las diferencias, devuelve también la propia identidad, necesitada del juego de contrarios. Y es posible que su infatigable búsqueda de fronteras fuese el reverso necesario de la indagación hacia sí mismo. En el viaje por las inolvidables páginas que nos legó están las preguntas y las respuestas.

(publicado en “La sombra del ciprés” el 18 de mayo de 2013)

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Una vida de oro y mierda
Jorge Praga 11-05-2013 | 5:50 | 1

Limónov. ¿Quién es Limónov? O  más directamente, ¿existe Limónov? Las páginas que siguen a la portada, en la que un rostro firme envuelto en una especie de uniforme nos mira interrogativamente a los ojos, necesitan una respuesta clara que el autor no elude. En la contraportada nos dice antes que cualquier otra cosa que le ha conocido, que todavía vive en Moscú y mantiene actividad política. Y las páginas arrancan con el nombre de Anna Politkóvskaia, la periodista rusa asesinada en 2006 por hurgar debajo de la historia oficial en Chechenia. Nos espera, a lo que parece, una apasionante reconstrucción de la vida soviética y rusa tomando como eje a ese personaje que Internet nos acerca en sus últimas algarabías de opositor en Moscú, con el pelo ya blanco y una perilla que le acerca al Trotski mejicano de sus días postreros. Un largo ejercicio de periodismo biográfico. Y sin embargo…

En las últimas páginas de la obra –ya no cabe llamarla novela-, Limónov pregunta a Emmanuel Carrère por los motivos que le han llevado a ocuparse de su vida. Porque ha tenido una existencia apasionante, le contesta el escritor, llena de peligros y novedades, en la que ha participado en momentos cruciales de la historia contemporánea. Sí, una vida de mierda, concluye Limónov con una risa seca.

Una vida apasionante, una vida de mierda. Las dos caben en el mismo trayecto biográfico, y la barrera que las separa bien sabemos cuál es: la de la literatura, la de la escritura que se haga cargo de ella, que la organice y la trace, que la reproduzca y la invente al mismo tiempo en cada palabra escogida. Emmanuel Carrère ya sabe en cierta manera lo que espera de su trabajo: alcanzar a esa remota persona hasta convertirla en personaje, y en paralelo incorporarse él también a esa nueva existencia que otorgan las páginas. Carrère y Limónov, Limónov y Carrère, en conjugada alternancia, con preeminencia para los avatares del biografiado pero dejando siempre resquicios para las dudas y reflexiones de quien le dibuja.

El resultado es un libro poliédrico, complejo, con muchos estratos que no siempre se diferencian, un libro que arranca en un lugar perdido de Ucrania, Járkov, en la miseria sin horizontes del posestalinismo que se va quebrando en los círculos de Moscú donde se cruzan con facilidad nombres nacientes de la cultura rusa como Joseph Brodsky, Tarkovski padre e hijo o el siempre fustigado Evtuchenko, y que tras muchas peripecias deja a nuestro protagonista en un Nueva York también sórdido y cruel, en el que ahora los nombres propios están en los alrededores de Andy Warhol o Susan Sontag. De vez en cuando Emmanuel Carrère saca la cabeza, como esos anfibios que se sumergen en el agua limosa de la narración pero que antes o después vuelven a la superficie para recuperar el aire de nuestra mirada. Y entre la prosa arrolladora de este anfibio y la vida sin concesiones del ruso-ucraniano caminamos sin pausa ni fatiga hacia puntos cruciales de la historia, de la del personaje y de la de todos nosotros, porque al final esa vida oscura y rocambolesca nos alcanza y nos hace revivir los años asombrosos de la caída del imperio soviético, de Gorbachov y su glásnost suicida, el ascenso y la caída de Yeltsin con el asalto al Parlamento donde entre los defensores contamos con Limónov, las guerras balcánicas, el fango del que surge Putin, en un caldo de cultivo poco comestible a nuestros ojos occidentales y demócratas, que pasan con fastidio y fascinación por la creación del partido Nacional Bolchevique que crea Limónov, del que se dice que busca “la unión sagrada de los marxistas-leninistas, estalinianos, neofascistas, ortodoxos, monárquicos y paganos”. Nada menos.

Inevitablemente te preguntas, mientras devoras páginas, qué haces prestando atención a ese personaje tan turbio, un hombre de acción más que de reflexión, y sin embargo, a lo que parece y muestra Carrère, gran escritor. Un personaje contradictorio, tierno y a la vez legionario machote, íntegro en su universo de ética distinta, prisionero torturado e inquebrantable, amante profuso de chicas hermosas que agotan su presencia en el sexo. Al fondo queda Rusia, el país desgraciado y desgraciador que fustiga sin cesar a sus nativos, encerrándolos en un círculo devastador de frío, desesperanza, vodka, nieve, crueldad y miseria, un círculo que se renueva en cada régimen político, sean los zares, el comunismo, la glasnost o Putin. Y tejido con la prosa transparente de Emmanuel Carrère, perfectamente respetada en la traducción de Jaime Zulaika, una prosa en la que se enreda el autor, en la que cae atrapado Limónov, y en la que felizmente chapoteamos los lectores.

(publicado en ‘La sombra del ciprés’ el 11 de mayo de 2013)

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