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Fecha: octubre, 2013
Seminci Internacional
Jorge Praga 27-10-2013 | 4:32 | 0

Es su divisa más íntima, la que sustituyó a otras más rancias e indefinidas, la partícula indivisible en el nombre del festival: Internacional. Una palabra que en esta semana ha bañado pantallas, calles, periódicos y restaurantes. Una palabra que pone el nombre de Valladolid en bocas y mentes bien distantes y distintas. Durante estos días de lluvia y suavidad las aceras nos han traído la ilusión de una ciudad plurilingüe, abierta a todos los colores y acentos, bien lejos de la adustez castellana y la desconfianza provinciana.

El idioma único, ese invento del franquismo, desaparece milagrosamente, y en este Babel se esfuman los doblajes traicioneros que incitan a pedir la devolución de la entrada apenas un actor abre la boca y emite sonidos inaceptables. Qué riqueza oír responsos en japonés, gruñidos en flamenco o emocionados recuerdos en portugués, seguidos de coloquios y ruedas de prensa en las que todos nos arreglamos con la cortesía y la hospitalidad.

Poco dura la alegría en la casa del pobre. Una semana. Ahora mismo se estrena la película que abrió la Seminci, ‘Todos queremos lo mejor para ella’, bien disfrutada en el multilenguaje recogido en el lugar donde se rodó, es decir, una miqueta en catalán, otra pizca en castellano, una vuelta más en una mezcla que trae injertos argentinos, y cabalgando sobre el trabajo prodigioso de la voz de Nora Navas en su dislocado personaje, que nos hace olvidar los subtítulos y las débiles barreras que algunos quieren alzar. Pues bien, la película se estrena, según me han dicho, doblada completamente al castellano. Qué ocasión perdida de difundir la naturalidad de la comunicación, y la permeabilidad y flexibilidad de las lenguas. Qué momento de oro para mandar a la mierda a los que a diario nos quieren meter el dedo en el ojo y en la boca. Vuelta al carril único, a la conversación en cristiano, al ¡harriba mi pueblo! que evocaba el jueves en su columna Joaquín Robledo.

 

Una semana de películas, pinchos y amistad. Lástima de la verdad del verso de Neruda: “Es tan corto el amor, y es tan largo el olvido”.

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Memoria de fotógrafo y pintor
Jorge Praga 26-10-2013 | 12:52 | 0

En la recopilación que El Norte ha hecho de entrevistas con personajes del festival, se recoge una que me tocó hacer por el lejanísimo 1985  a Imanol Arias. Recuerdo con nitidez el momento de la conversación en que se acercó un fotógrafo, y cómo el actor suspendió la charla para componer con rapidez y artificiosidad una pose de mentón hacia arriba y labios fruncidos. No era, no podía ser Luis Laforga, que en su colección de celebridades cinematográficas expuesta en la casa Revilla casi siempre acierta con el robo de la espontaneidad, que deja un rostro o un cuerpo más cercano y verdadero.

Allí está la jeta derrotada de Francisco Rabal, la verde juventud de Brad Pitt, la belleza diminuta de Emanuelle Béart o la entrada imponente de Aurora Bautista y Emma Penella en el Calderón entre guardias con penacho. Pero hay dos imágenes que me conmueven especialmente: la de Pilar Miró mirando a un cielo que le deja el cuerpo crispado, molesto, divorciado de la flor de la solapa y agarrado a una caja de un galardón por unas manos de película de terror, unas manos que concentran la inexplicable tensión en el estrangulamiento del premio. La otra foto equilibra la de la sufriente Pilar: Liv Ullmann está cogida del brazo de Mario Benedetti, ambos unidos en una sonrisa franca, pero es la mano de Benedetti duplicando la caricia sobre la de Ullmann la que otorga sin remisión calor y verdad a la foto, mano oscura de sureño sobre pálida de nórdica, manos que hacen brillar los ojos como disparos de gozo hacia el espectador.

De esta memoria viva dela Seminci, tan desmemoriada para otras cosas, hay que salir en busca de la tapa diaria: el bar Colombo ofrece allí cerca un inevitable ‘Teniente Colombo’ compuesto de gambas Orly, sin que perciba la conexión entre una cosa y otra. Tras tantos bares presumidos en busca de glamour, este no engaña en su barra racial de torreznos prolongada en el suelo memorioso, pero todo se compensa y equilibra por la exhibición en las paredes de seis cuadros del gran Jorge Vidal, que por allí  tuvo aposentada su vecindad.

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Foi além das palavras
Jorge Praga 25-10-2013 | 3:44 | 0

En la inolvidable rueda de prensa tras la proyección Víctor Erice contó con dicción lenta y ajustada cómo llegó a la Fábrica de Hilados y Tejidos del Río Vizela. Por las mañanas, en los cafés de Guimaraes donde acudía, observaba la presencia desocupada de muchos hombres en edad laboral. Los camareros –“la extraordinaria elegancia de los camareros portugueses”- no les servían nada, en un pacto implícito para dejarles permanecer en el local sin hacer gasto. Eran parados. ¿De dónde procedían, cómo era la ciudad cuando estos hombres, o sus padres, vivían de su trabajo?, se preguntó Víctor Erice. De ahí a las fábricas de los alrededores solo hubo unos pasos, culminados por el hallazgo de una enorme fotografía abandonada entre las paredes de la Fábrica de tejidos. “Todos han muerto”, pensó el cineasta.

La misión estaba perfilada: indagar en las raíces colectivas, en ese pasado que es el suelo que sustenta y explica. Casaba además con la única directriz que los autores habían recibido: “¿Qué soy yo a través de mi memoria? ¿Cómo es que mi memoria participa de la de otros?” Allí estaba la fotografía, silenciosa e interrogativa, para convocar a los descendientes y recordar las palabras heredadas: manos, manos llenas de cicatrices; lucha, unida a supervivencia, pero también a sentimiento colectivo, a movimiento obrero; pobreza y seriedad; dignidad; esperanza y futuro; saudade; cambio, o como proponía el dramaturgo obrero Ernesto Da Silva, “Transformar por el arte, redimir por la educación”.

Y así, abriendo la memoria y el corazón de la gente, Erice sedimenta las lecciones del pasado con las que acudir a una actualidad despojada de urgencias, y tal vez proyectarse en lo venidero. Lo hace desde esas palabras escanciadas en fragante portugués pero yendo mucho más allá de ellas, como propone el verso de Miguel Torga que robo para el título, hasta componer este canto coral que deja el cuerpo atravesado por un escalofrío de reconocimiento y emoción.

Y esa música de acordeón… Cuánta belleza. Lástima de la tapa de bacalao que no merece registro.

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El original y la copia
Jorge Praga 24-10-2013 | 6:58 | 0

En una escena de ‘Una familia de Tokio’ el matrimonio protagonista contempla desde la ventana de su hotel una gigantesca noria. La cabeza se va hacia el famoso Ojo de Londres, del que he visto recientemente una copia agrandada en la ciudad china de Tianjin al lado de un edificio espectacular con forma de media raja de sandía, parecido al hotel donde se aloja la pareja, y que a su vez es plagio de otro edificio famoso. Un laberinto de citas, que el diálogo de la película japonesa amplía todavía más: “Esta noria me recuerda la de ‘El tercer hombre’, con aquellas palabras de Orson Welles…”.

A estas alturas es inútil preguntarse por la noria original, o si lo que dice Orson Welles fue escrito por él, o por Graham Greene, o por Carol Reed. El prurito de la paternidad es atosigante e inútil, una herencia de la exaltación romántica del individuo, y dificulta la atención hacia obras que declaran sin ambages su condición de visita a una obra anterior. Yasujiro Ozu, a quien está dedicada esta película, rodó en 1963 ‘Cuentos de Tokio’, y Yamada se dirige a ella con respeto, aunque se toma sus libertades en el guion y busca su propia estética, lejos de los célebres planos de transición de Ozu y sin imitar su estética del tatami. Ozu llevaba entre líneas las tensiones del argumento, mientras que Yamada prefiere hacerlas explícitas. El espectador elige. Mi miedo personal era que Yamada hubiera prescindido de una escena de Ozu que me ha acompañado toda la vida en momentos de pérdidas: cuando muere la anciana su marido está fuera de la habitación, buscando la paz las primeras horas del día. Al conocer la noticia, dice con la mirada perdida: “Ha sido un hermoso amanecer”. Cuántas veces me ha sosegado el recuerdo de esta escena.

No tuve dudas sobre el pincho que me debía acompañar tras la proyección: ‘Cuentos de Tokio’, en el bar Wabi-Sabi, que compone una delicada flor de tres hojas formadas por arroz con atún crudo y envoltura de algas, en la cercanía de una salsa de soja y un feroz condimento de rábanos. Y me da lo mismo que fuese copia u original.

 

 

 

 

 

 

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Ecos de Nicolas Philibert
Jorge Praga 23-10-2013 | 5:01 | 0

Hace unos días, en la penumbra de un cine casi vacío (no era, obviamente, en esta onírica Seminci de salas repletas), el espectador que estaba detrás de mí se puso a roncar. Todo el patio se enteró, y protestó hasta conseguir que el durmiente volviera a la película. Sucedió en ‘Caníbal’, con la mala suerte para él de que cayera rendido en una cinta extremadamente silenciosa, en la que no se te ocurre ni pelar un chicle. Bien habría podido roncar anónimamente hasta hartarse, y a lo mejor lo ha hecho, en ‘Presentimientos’, de inclemente banda musical. Y en tantas otras.

El sonido. Esa llave transparente. Eso que influye tanto sin que en muchos casos seas consciente. Nicolas Philibert le ha dedicado todo un documental a su fuente más pura en ‘La Maison de la radio’, exploración de una jornada completa en el edificio de Radio France, a orillas del Sena. El ojo, y el oído, de este relevante documentalista (ya ha ganado dos veces el premio de Tiempo de Historia) nos va desvelando el jugo que hay detrás de cada voz y de cada sonido invisible, como esa redactora que calcula sus intervenciones para impedir que el oyente ponga en marcha su imaginación, o la locutora ciega de voz profunda que va leyendo con sus dedos los textos. Y músicos, y poetas, y cazadores de ruidos, todo lo que está escondido pero nos alcanza.

Son lecciones que no me hicieron olvidar las de otros documentales suyos, grabados indeleblemente en mi memoria sentimental y que me arrastraron sin remedio a la sala: el maestro que no puede impedir las lágrimas furtivas cuando cierra el curso con sus alumnos en ‘Ser y tener’. Y la exploración casi geológica de aquel pueblo en ‘Regreso a Normandía’, con el estremecimiento final del hallazgo de una foto de su padre en uno de los archivos.

Como el sonido de momento no se come, me contenté con el pincho de La Cantina, mucho mejor que el nombre que lo bautiza, ‘El ataque de los tomates asesinos’. Un divertido y sabroso juego entre un minibocadillo con anchoas, pimiento y piparra, vigilado por unos festivos tomates salpicados de frambuesa liofilizada.

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