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Fecha: noviembre, 2013
Adèle, o la entrada en la vida
Jorge Praga 30-11-2013 | 5:28 | 0

En el último plano de ‘La vida de Adèle’ vemos a la protagonista alejarse por una calle dando la espalda a la cámara, a nuestros ojos. No sabemos dónde va, o tal vez es que no va a ningún lado determinado donde apetezca acompañarla. Camina, se aleja, se pierde hacia un tiempo posterior alargado e insulso que carece de interés para la narración. Y es que lo importante de la vida de Adèle ya ha ocurrido, y en cierta manera se ha agotado. La hoguera ardió hasta consumirse, y las cenizas ni siquiera humean, aunque guarden el calor. Si la mano pasional volviera a sus caricias sobre el rescoldo blanco, se quemaría, pero sin la llama que trae el gozo. La hoguera ya no se volverá a encender.

La película de Abdellatif Kechiche se ocupa del tránsito de Adèle a la vida adulta, de la franja que la lleva del cobijo familiar y colegial a las calles abiertas pobladas de vidas desconocidas. Adèle hace el tránsito que todo ser humano enfrenta, so pena de caer en las vías muertas de la inmadurez o el repliegue insano. El bullicio que alberga su cuerpo es el mismo que altera a sus amigas del colegio y afila sus lenguas hacia el exhibicionismo del sexo, en una espera de pandilla que protege del temor hacia lo desconocido que presienten por dentro y por fuera. En la efervescencia de los diecisiete años la búsqueda es ciega, azarosa. Las sucesivas refriegas la van decantando hacia la atracción homo, frente a la hetero. Pronto tendrá suerte. Emma, la chica que la deslumbra en un cruce callejero con su pose altanera bajo el pelo azul, acude a seducirla en el siguiente encuentro fortuito. Lo que tantas veces no pasa de un tanteo torpe o de una hoguera que arde mal por la leña demasiado verde, para Adèle y Emma se convierte en una explosión imparable. El cuerpo experimentado de Emma es el refugio perfecto para el ardor juvenil y virginal de Adèle, y la entrega es mutua, absoluta, casi sin descanso. Las escenas de sexo, mostradas por una cámara sin barreras, se prolongan mucho más allá de su caudal narrativo: deben dar cuenta no de una pasión, sino de su temperatura, de su alcance invasivo. La minuciosidad y el detalle son necesarios para recorrer los cuerpos y saber lo que está pasando por ellos, lo que los atraviesa en busca de la fusión ideal perseguida en el amor carnal.

Adèle entra en la vida adulta por su lugar más alto, por la más alta puerta, la de la pasión total. También la de más riesgo, pues desde ella casi todos los caminos son descendentes, cuando no catastróficos. A medida que pasan las semanas y los meses, marcados indirectamente en la película por detalles externos como un cambio de peinado o la mudanza de la vida paterna, la pureza de los 17 años de Adèle se va mezclando con la ganga de otras amistades, nuevos estudios, un horizonte laboral. Las edades siguientes, tan cercanas que casi repiten los mismos dígitos, carecen de la energía virginal del arranque. Las pisadas no inauguran territorios nuevos, la vida se va pareciendo a un palimpsesto sobre una primera escritura deslumbrante de recuerdo inesquivable. Comienzan los celos, la desconfianza, las pequeñas soledades. La ruptura es un eslabón más del desarrollo desencantado.

El rostro de Adèle ya no alberga los ojos encendidos del comienzo. Tras el llanto de la ruptura poco queda del brillo anterior. Ya todo pasó. Cualquier relación que Adèle comienza se ve ahogada por su falta de combustible. Y cuando se cita con Emma en un café, años después de la ruptura, ambas sienten que aquello que las devoró mutuamente continúa agazapado en su interior pero de forma intransitiva, bloqueado por miedos y perezas a romper las seguridades cotidianas frente a una pasión ya vivida y condenada a repetirse. En esa escena, en esa tremenda escenificación de la derrota, Emma, la que recibió, la que menos ha perdido por su caudal previo de experiencias, todavía es capaz de verbalizar el vínculo: “Siempre recordaré tu infinita ternura”. A Adèle solo le queda el llanto, la convulsión, la herida cuya cicatriz es aún más dolorosa a medida que el tiempo pasa, pues es testigo de la invalidez pasional que la ha dejado su búsqueda desarmada.

En la escena final, antes de perderse por la calle insulsa de su futuro, Adèle acude a la inauguración de una exposición de Emma en la que, artista siempre, lleva a los cuadros su pasión por Adèle, su cuerpo desnudo hecho luz y óleo, imagen varada de aquel otro de labios, sexo y dulzura que se entregó y consumió para no volver a ser el mismo, irrecuperable. El arte es la única memoria transitiva, el cauce para compadecerse y protegerse, para aprender de la vida y pensar en ella, para salir de la asfixia de la insignificancia personal y establecer vasos comunicantes.

La pasión que centra esta película se refleja quedamente en las que tuvo que atravesar cada espectador para inaugurar la vida adulta y luchar por la madurez. Pero aquí está elevada al más alto y vertiginoso grado, el que quema sin restitución. Ciento cuarenta años atrás un joven y desconocido poeta, Arthur Rimbaud, cruzó esas mismas llamas y dejó su memoria en ‘Una temporada en el infierno’: “Antes, si no recuerdo mal, mi vida era un festín en el que se abrían todos los corazones, en que todos los vinos corrían”.

(publicado en La sombra del ciprés el sábado 30 de noviembre)

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El muerto que no calla
Jorge Praga 23-11-2013 | 6:46 | 0

En las primeras líneas de ‘Stoner’, la tercera novela de John Williams, se traza una semblanza biográfica del protagonista, un profesor de la Universidad de Missouri que en cuarenta años de docencia no pasó del escalafón de profesor asistente, y del que apenas queda rastro entre sus alumnos o colegas. Un profesor olvidado, enterrado como el manuscrito medieval que sus compañeros donan en memoria suya a la Biblioteca de la Universidad, perdido en el polvo de archivos que nadie abrirá. Solo mitiga su olvido algo que se apunta, simétricamente, en la última página de la novela, cuando el agonizante profesor toma en sus manos el único libro que ha publicado: “No tenía la ilusión de encontrarse a sí mismo allí, en las letras desvaídas, aunque, lo sabía, una pequeña parte de él que no podía negar estaba allí, y estaría allí”. El muerto nunca calla del todo.

Si adjudicáramos a John Williams esa biografía condensada y gris de su protagonista, los desacuerdos no serían en principio importantes. Un primer velo le oculta en las búsquedas por su coincidencia nominal con el famoso músico de las películas de Spielberg. Y tras ello, las informaciones repiten lo mismo, solapa tras solapa de sus libros o de noticias digitales reproduciendo cancerígenamente idéntica salmodia: nacido en 1922, alistado en el Ejército, cuatro novelas y algún poemario, profesor de la Universidad de Denver hasta su jubilación, fallecido en 1994…, y siempre presidido por la misma fotografía, ese rostro con perilla concentrado tras unas gafas. Apenas nada, ni siquiera ese manuscrito de recuerdo de sus colegas. Apenas nada, salvo la literatura, donde sí depositó algo de sí mismo, lo suficiente para que hormiguee en nuestras manos y suba por el espinazo para reencarnarse en emoción lectora. Un muerto que habla cada vez más.

Algo de la difusión y del éxito sí había paladeado John Williams en vida. Nada sabemos de su primera novela, ‘Nothing But the Nigth’, pero las dos siguientes, ‘Butcher’s Crossing’ y ‘Stoner’ tuvieron repercusión crítica, y con la cuarta, ‘Augustus’, obtuvo en 1973 el National Book Award, el premio nacional de narrativa estadounidense que le pone a la altura de Flannery O’Connor, Philip Roth o Saul Bellow. En España hay que esperar hasta 2007 en que se publica ‘Augustus’, en traducción doble al catalán y al castellano (‘El hijo de César’), en la onda de libros históricos que a veces se convierten en best sellers. Pero no fue el caso, tal vez faltara un especiado gótico u oscurantista. De puntillas, en 2010 una editorial de Tenerife, Baile del Sol, traduce ‘Stoner’, y los misteriosos mecanismos del boca-oreja comienzan a multiplicar las ventas, hasta que las críticas de Vila-Matas, Rodrigo Fresán o Luis Antonio de Villena lanzan definitivamente la obra. El éxito trae ahora la traducción de ‘Butcher’s Crossing’ por Luis Murillo Fort, habitual en la obra de Cormac McCarthy.

 

John Williams puede estar satisfecho. Su apellido se perpetúa en los nombres de sus protagonistas –William Stoner, William Andrews- y su vida insulsa, stoneriana, se reinterpreta desde las páginas que escribió. Porque esa es la alta misión que llevan encomendadas sus novelas: buscar –o negar- un sentido a la existencia. Stoner, el docente de sótanos con una familia distante y una trayectoria profesional repleta de derrotas y vejaciones, cumplió al menos con la divisa que le marcó su maestro cuando era un simple estudiante: ser profesor. “¿Y por qué, cómo sabe que voy a ser profesor?”, le pregunta el sorprendido discípulo. “Es amor, señor Stoner. Usted está enamorado. Así de sencillo”. Un amor a la literatura de difícil culminación académica en el fango de los departamentos universitarios, marcado además por la premonición de un amigo visionario de juventud: “Tienes el mal, la vieja enfermedad. Crees que hay algo aquí, algo que encontrar. Tú también estás condenado al fracaso”.

Encontramos de nuevo el aliento de una promesa enamorada en la estupenda ‘Butcher’s Crossing’, aunque en un marco completamente distinto, un western en las praderas de Kansas pobladas por bisontes y cazadores. William Andrews está obsesionado con alejarse de su vida familiar en el Este y buscar la libertad en la aventura de la naturaleza inexplorada. Su herencia la gasta en armar una partida de cazadores en busca de un valle virginal poblado de bisontes, pero lo que lentamente va entrando en su cuerpo es una naturaleza que, como advierte Herman Melville, cura a la vez que enferma. Las extraordinarias peripecias están llenas de náuseas y de sangre, de soledad y de locura. Los bisontes son pieles apestosas que desollar e hígados que hay que comer crudos para conjurar la enfermedad. El cielo azul trae la sed, o el aislamiento, o la nieve que sepulta el paisaje. Al final solo quedan los ajos abismados de los supervivientes, los gestos concentrados, el silencio. “No hay nada, nada salvo tú mismo y lo que podrías haber sido”, oye a la vuelta, en el atisbo de un horror que recuerda al de ‘El corazón de las tinieblas’ de Joseph Conrad. Un nihilismo como hermano mayor del olvido que abría estas líneas al compás de la vida gris de Stoner. Pero nihilismo finalmente y felizmente pisoteado por la gran literatura que sobre él edificó John Williams, el muerto que no calla.

(publicado en La sombra del Ciprés el 23 de noviembre de 2013)

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Encrucijadas de la vida
Jorge Praga 03-11-2013 | 8:32 | 0

Dell Parsons, el narrador de ‘Canadá’, traza con mirada retrospectiva el horizonte de sus quince años en una anodina ciudad del estado de Montana, una existencia vulgar de adolescente naciente con pocas ilusiones: aprender a jugar bien al ajedrez, criar abejas, conocer la feria estatal, y sobre todo ir ala High School con la esperanza de encontrar amigos y ampliar mundo y saberes. Hasta entonces se ha nutrido junto a su hermana melliza de la vida familiar con sus padres, un reenganchado en el ejército entrampado en pequeñas corruptelas y una profesora amargada y frustrada en su matrimonio. Las puertas del nuevo curso aguardan tras la descripción minuciosa de las últimas semanas del verano, pero tras un día lleno de incidentes inesperados encontramos a Dell parado en mitad de un puente bajo el que pasa el río Missouri, aferrado a los barrotes de la barandilla “como si el puente se convirtiera en un tren e iniciara la marcha”. Un cruce muy desafortunado de azares, miedo e inconsciencia acaba de llevar a sus padres a la cárcel y él y su hermana melliza se quedan solos, desorientados, flotantes. Se paran en el puente a la vuelta de la visita a la cárcel y se dan cuenta de que todo se ha esfumado, que la trabajada vida familiar no era más que una fina película depositada sobre el paisaje áspero de una ciudad en la que nada cala con profundidad en el suelo. Allí, sobre el puente, Dell empieza a concluir que la vida es muy distinta al ajedrez que tanto le gusta, con las piezas cercadas por unas reglas inmutables al servicio de un gobierno inteligible. La existencia, por el contrario, parece desarrollarse sin ningún sentido, ajena a planes, voluntades y sacrificios, a destinos y seguridades: “Si existía un designio oculto, vivir casi nunca arrojaba luz sobre él”. El abismo se abre, y a Dell solo le queda la opción de una lucha ciega, sin más guía que la supervivencia.

La sobrecogedora historia que hila Richard Ford enlaza con los temas y sobre todo con los tonos de sus anteriores obras, especialmente con la extraordinaria trilogía dedicada a Frank Bascombe – ‘El periodista deportivo’, ‘El Día de la Independencia’, ‘Acción de Gracias’-. Pero lo que en esta era un discurrir biográfico que fluía sin estructura dramática, en Canadá se erige como una reflexión global sobre la vida quebrada tras encrucijadas azarosas, que obliga a Dell Parsons a atravesar en poco más de dos meses los infiernos de la devastación familiar, la soledad, y la cercanía del asesinato y la locura. Como en anteriores obras, el fondo del argumento es la sociedad estadounidense con su limo de vulgaridad, desesperanza y angustia, ampliada ahora a la vecina Canadá y sus espacios todavía más salvajes y poco poblados. El suelo social que se pisa es tan poco firme que basta un cruce de casualidades para que una existencia se disuelva sin que nadie la eche en falta. Todos los hilos humanos que tejen la narración, vínculos, proyectos, círculos sociales, ciudades enteras, están prendidos con alfileres sobre un paisaje soberano e indiferente. Palabras y conceptos como memoria, raigambre, herencia, asentamiento, tienen difícil encaje en un mundo de coyotes y desoladas carreteras vacías. Berner, la hermana de Dell, menos afortunada que él en su peripecia vital, al final de sus días no tiene más que una casa con ruedas, aparcada en una calle en la que todas las demás casas están también preparadas para la marcha, para seguir vagando de una ciudad a otra.

Decía Cesare Pavese que a partir de una cierta edad todo hombre es responsable de su rostro, suma y síntesis de su biografía. Por el contrario, los seres que retrata Richard Ford no pueden sentirse responsables de casi nada, el viento los mece y los arrastra con una fuerza muy superior a sus voluntades y proyectos. Sus caras guardarán cicatrices de aventuras y desdichas no deseadas ni elegidas. El único remedio para esquivar la locura o la destrucción –además de tejer la gran literatura, nos dice indirectamente Ford- es la aceptación, que no la rendición. La vida es una navegación de supervivencia para cuyo gobierno el narrador ofrece, ya cerca del final, una suma de discretos consejos de sabor estoico: “generosidad, aceptación, renuncia, buscar la longevidad, dejar que el mundo venga a ti, y, con todos ellos, labrarme una vida que vivir”.

(publicada en La Sombra del Ciprés el sábado 2 de noviembre de 2013)

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