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Fecha: mayo, 2014
Correr que fue volar
Jorge Praga 26-05-2014 | 3:20 | 0

Arte y artista son palabras vecinas, de tronco común pero distancia variable. Cuántas veces el autor desaparece tras su obra, evita cualquier presencia mezclada e invita al olvido. No interesa qué hace el novelista en los largos meses de soledad ante la página que luego exhibirá trazos sin biografía. Pero en cuántas otras ocasiones el artista hace de su vida la propia obra, se entrelaza con ella sin que nadie sea capaz de discernir ni trazar fronteras. ¿Escuchamos la música de Antonio Vega sin ponerla su cara demacrada y sus ojeras? ¿Renunciamos a encabalgar las flores y dudas de sus letras sobre la trayectoria errática y suicida de sus adicciones? Cuando algunos colegas -Ketama, Rosendo, Los Secretos, Ramoncín…- versionaron temas suyos en un disco conjunto, le pusieron por título ‘Ese chico triste y solitario’. En el escenario aterrizaba la música extraída de los surcos de una existencia siempre presente.

No podía haber mejor materia para una biografía, para un documental, que este artista, necesitado de un enfoque totalizador. Bosco Ussia compuso el libro al poco de la muerte de Antonio Vega, ’Mis cuatro estaciones’, y ahora Paloma Concejero firma el poderoso y extenso documental ’Tu voz entre otras mil’. Y es que el artista ofrecía, además de la atractiva veta personal, la de su generación con las asechanzas terribles que sufrió. La llegada de la democracia y las nuevas libertades a nuestro país esparció sobre los círculos juveniles la novedad tardía de los opiáceos y otras sustancias tóxicas, que cayeron con radicalidad y violencia sobre cuerpos tan virginales como la estrenada política. Se dice en la película que Antonio Vega no probó un porro hasta los 22 años, casi en el límite de los años setenta. Pero luego todo fue rápido e irreversible, para él y tantos otros de una generación efervescente que pronto comenzó a sentir agujeros y desapariciones. El músico tuvo la mala y la buena suerte de estar allí en los días de enganche, y seguir, y salir vivo durante bastantes años sin dejar de abrazarse a su guitarra y a su garganta, de donde salían los rasgueos y los agudos más bellos:

“Tuve que correr/ cuando la vida dijo ven/ no hubo manera de pararme/ correr que fue volar/ beber de un solo trago todo el mar”.

Hay películas y cineastas que capturan con tal empuje la gris realidad que parecen más bien sus inventores, sus demiurgos. Quién hubiera prestado atención a la familia Panero si no hubiera estado tras ellos Jaime Chávarri con ‘El desencanto’. O qué empresario contrataría a un grupo de viejos músicos cubanos si Wim Wenders no los colocase ante su cámara en ‘Buenavista Social Club’. El documental ‘Let’s Get Lost’ que Bruce Weber rodó sobre el trompetista y cantante Chet Baker tal vez esté más cercano al dedicado a Antonio Vega, en el equilibrio de fama y olvido.

No cayó en ese olvido nuestro rockero tras su muerte hace cinco años, pero en cualquier caso el logrado testimonio de Paloma Concejero le vacuna de cualquier disolución, apoyándolo en descubrimientos como la conexión con otro gran hito de su época, ‘Arrebato’, el (casi) único largometraje de Iván Zulueta, hermanado con el músico en causas y derrumbes. De su mítica cinta se escapa el protagonista, al que daba carne aquel actor congelado en imágenes desde su juventud fantasmagórica, Will More, para reaparecer en los testimonios que reúne Concejero y cruzarse con los mismos ojos despavoridos entre una historia familiar sobre la primera novia de Antonio Vega. Todo y todos iban por aquellos años en el mismo vagón. Y, abiertas las ventanas del cine, también vale para las fronteras del desvarío toxicómano las imágenes más célebres de la locura, las del hipnotizado muchacho que abre los ojos en ‘El gabinete del doctor Caligari’. O las de ‘Metrópolis’ de Fritz Lang.

El retrato de Antonio Vega que salda la película es complejo, y completo. Nada se escapa, ni siquiera la infancia, regida por la obsesión paterna de filmar a la familia en super 8. De su vida musical abundan los testimonios de quien tanto se registró, y para las cercanías íntimas sirve la aportación generosa de quienes estuvieron allí. Todos, con la excepción de su madre, se muestran atravesados por la misma flecha: la seducción. Bastaba que Antonio lanzara una mirada, confiesa su músico más fiel, Nacho Béjar, para entrar en su órbita y sentirse integrado en su banda sin ninguna prueba. “Era mi hermano, pero sin las obligaciones de los lazos de sangre”, musita el teclista Basilio Martí. Y todos sacan de un arcón bien custodiado los días que estuvieron cerca de él: los que le albergaron en su casa, que habitaba y deshabitaba de un día para otro, sin despedidas ni equipajes; las mujeres que le quisieron y soportaron hasta que no pudieron más: a Marga, su última pareja, el psiquiatra le diagnosticó adicción a… Antonio Vega; incluso el productor de ‘Anatomía de una ola’, saturado de líos, estuvo durante meses tartamudeando cada vez que tenía que pronunciar el nombre del músico. Un gran consentido, un absoluto seductor que devuelven las imágenes desde la juventud imbatible de Nacha Pop hasta el lento derrumbe de su madurez. Detrás, como un aura que le destruía, la droga a la que nunca renunció, más allá de terapias pasajeras, y con la que trenzó alusiones líricas y crípticas en sus letras: “En la cresta de la ola/ dejé mi silla de montar”.

La película, como suele suceder en las obras ambiciosas, ha traído entusiasmos y desgarros. La familia, demasiado cercana a las heridas, rechazó el montaje final e incluso sopesó pedir el secuestro de la obra. El espectador común disfrutará de este cuidadoso producto, labrado desde hace cinco años, en el que la fuerza y coherencia de sus fragmentos hace innecesaria la voz del narrador. Basta con la de Antonio Vega, libre y desinhibido, caprichoso y embrujador, sin ganas de obedecer a nadie, sordo a los consejos:

“Hoy me han dicho dos o tres lo que tengo que hacer/ por lo menos otros dos lo que debes hacer/ una voz serena me dice quédate/ y qué mal te veo hoy estás peor que ayer/ un día y otro la misma charla una y otra vez/ esta gente no tiene nada mejor que hacer”.

(publicado en La sombra del ciprés el sábado 24 de mayo de 2014)

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Luis Santana: notas de oyente y lector
Jorge Praga 12-05-2014 | 7:04 | 0

La tarde en que Luis Santana presentó ‘Carta no enviada’ en la Fundación Segundo y Santiago Montes estuvo envuelta en el silencio habitual dela Fundación.Un silencio atento que nunca falta, que no por conocido deja de hacerse notar, y cuyo origen intrigaba en alguna de las charlas que siguieron a la presentación. La acústica, dijo uno, el volumen por encima de las cabezas, o quién sabe, apuntó otro, la desnudez de la voz sin los envoltorios tan habituales de pantalla, power point, proyecciones… La voz, las voces de Olvido García Valdés y Luis Santana, que dejaron estas notas confrontadas con la lectura posterior.

 

1.Olvido trae su travesía por ‘Carta no enviada’. Un libro breve, en el que encuentra semilla de reescritura de algunos poemas anteriores de Luis Santana, trabado y trabajado en su lenguaje. Recaba apoyos y ecos en otros autores. Cita larga de Walter Benjamin. Presta su voz, honda cadencia, a algún poema que se abre y planea por encima de las silenciosas cabezas: “Página sola,/ lectora sola,/ sin encontrarse nunca”.

 

2.Luis Santana: “Un amigo me ha llamado hace unos días, después de leer el libro, y me ha dicho: me ha gustado mucho, pero no entiendo nada”.

 

3.Luis Santana desgrana versos, desordena páginas, a veces oculta: “Sobre ‘Textos para NO’ no voy a aclarar la razón del NO”, dice. De otros versos cuenta la génesis: ‘Mujer en la ventana’ nace en una vecina que sacude a la calle alfombras, trapos, la mopa del polvo. Sobre el poema que da nombre al libro, señala su geografía, el lugar de la casa que Luis busca para aislarse del ruido de la calle, el cuarto de baño: “Agua caliente, agua afilada/ en el cuarto naufrago/ sin desgracia”. A veces es una sola palabra la que origina el arranque: así el poema de la eucaristía, de la que dice que nada tiene que ver con él, pero que le atrae y explora en unos versos: “eucaristía;/ el blanco límite”.

 

4.En la casa de Luis Santana, cuando era niño, el dinero andaba justo. Su madre encontró trabajo en una familia pudiente, que tuvo a bien regalar al niño una prenda que ya no les servía: un abrigo de piel de camello. La historia está y no está en ‘Abrigo de pelo’, que alude al camello indirectamente: “cansancio animal sobre femeninas dunas”.

 

5.Sin las referencias los poemas se abren cuesta arriba, opacos. La vista rebota en ellos con frecuencia, otras veces se detiene en el juego o en los descubrimientos del lenguaje: “Carne de nieve se abriga/ en el copo de amaranto”. El poema de la lectora que Olvido dejó suspendido en el aire aterriza cuando Luis Santana refiere su origen: una mujer a la que siempre encontraba leyendo, hasta que comprobó que nunca cambiaba de página, sobre el mismo libro.

 

6.La emoción llega prendida en una dedicatoria: “A Catalina Montes”. La lectura en su Fundación espesa si cabe más el silencio: “Cielo,/ perdiste tu criatura/ en un vendaval de nada”. Otro nombre apuntado al lado del título nos dirige a la despedida de Fernando Urdiales: “Cuando traigan las cenizas,/ cuando traigan la nata del cadáver,/ habrá empezado el olvido”. Sin los nombres no sé qué sería de la emoción, de su crecimiento, de su rostro.

 

7.Para muchos poemas no hay pistas. La lectura se enfrenta a su autonomía sin orígenes, a la vida propia de la lengua. Cada página se defiende sola, el lector debe buscar sus resonancias, su voz: “¿Qué hará la rosa/ con su vida/ ajada?”. La poesía es ese surco del lenguaje que lleva lejos, demasiado lejos, donde ya no se divisa el mundo particular, disuelto por el camino. El final disecado es el comienzo de la lectura.

 

8.Hay que agarrarse a cada verso con la energía del explorador de territorios vírgenes. Eres el primer habitante de esa geografía. Sin mapas, sin rótulos. A veces, el extravío: “Era un sueño de plomo/ en el órgano asfixiado”. A veces, la luz: “Te digo lo que no pronuncié”.

 

9.Los poemas son conquistas prometidas, cimas de una vasta cordillera. Pongo en el índice del libro, sobre el título, una cruz como bandera de aceptación, que no de comprensión. En ‘Mujer enferma’ construyo verso a verso a la persona, la reconozco, le pongo cara: “Ella,/ ella descompone la casa/ y anuncia el miedo sin origen”. Ninguna palabra sobra. Una cruz. ‘Diré que te recuerdo’ trae la quiebra de sentimiento que cualquiera rescata de sus nieblas personales: “Diré que te recuerdo/ como un temblor de fósforo,/ oscura siemprefría”. Otra cruz. Cimas conquistadas.

 

10.Largo es el camino andado por estos poemas, más puros cuanto más separados de la anécdota de su comienzo, más difíciles. Más tentadores. Pocas palabras para 15 años de formación. Muchas más las excluidas, las escondidas en líneas transparentes: “Lo dicho,/ lo confesado;/ todo irrelevante”.

 

(publicado en La sombra del ciprés el 3 de mayo de 2014)

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