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Fecha: junio, 2014
¿Hermosa juventud?
Jorge Praga 24-06-2014 | 7:19 | 0

Cine de observación. La mariposa pinchada, pero aleteando. El microscopio sobre la vida, sobre las personas. Una cámara que encuadra con atención y finura, que tiembla (el temblor de la sangre, el temblor del pulso), que a veces violenta el encuadre hasta hacerlo patente, perpendicular, explícito.

Cine político. Natalia y Carlos nacen a una sociedad que les niega el trabajo digno. El paro trae los salarios de 10 euros diarios, los robos en el supermercado, la extorsión, el encanallamiento. La prostitución. El trabajo que dignifica al hombre según Marx, y le aliena cuando le explota, ha dejado de existir o se ha convertido en un siniestro simulacro. Natalia, Carlos, su hija, no cuentan. Ni sus madres, ni sus hermanos, amigos. No hay futuro, ni siquiera en la emigración.

Cine con celuloide. La película se rueda en16 mm. La ampliación a la gran pantalla deja ver el grano en los interiores, bulle con naturalidad por el cuadro. Los colores no tienen saturación ni estalla el brillo. Algunas imágenes las hacen los propios actores en el rodaje con sus smartphone, con dispositivos de aficionado. El tempo se precipita por las pantallas digitales que manejan.

Cine de actores. Jaime Rosales buscó un casting de actores no profesionales. No los encontró, pero a cambio los chicos que entrevistó le regalaron sus pequeñas historias, la vida que llevaban. “Las cosas que nos contaban eran mucho más duras, extraordinarias e increíbles de las que habíamos proyectado en el guión”. Ingrid García Jonsson y Carlos Rodríguez funden las experiencias en su mirada desconcertada, en su fracaso. En su ternura. Cuando Carlos le regala un método de alemán y le dice con voz impostada “Ich liebe dich”, los ojos humedecidos de ella contienen todo el amor y toda la tristeza.

 

Cine de riesgo. Qué tipo, Rosales, en qué aventuras se mete. Aquel comerciante soso que escondía un asesino en serie. La soledad que llega tras el alcance fortuito de un atentado, sobre una pantalla fragmentada. La cotidianeidad transparente y sin palabras de quien esconde la pistola para el tiro en la nuca. El dolor absoluto de la pérdida de un hijo. Y ahora esta hermosa juventud que se consume y destruye en el anonimato. Qué tipo.

(publicado en La sombra del ciprés el 7 de junio de 2014)

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Una vaca en Sunset Boulevard
Jorge Praga 24-06-2014 | 7:12 | 0

Hace unas semanas se celebró en Barcelona el Festival internacional de cinema d’autor, y en la cuidada programación destacaba el ciclo ‘Un impulso colectivo’, aclarado suficientemente en el subtítulo: ‘Cine español para los nuevos tiempos’. Del puñado de cineastas que lo integraban ninguno era conocido del gran público. Podían sonar los nombres de Isaki Lacuesta, que al fin y al cabo había ganado la Concha de Oro unos años antes. O Javier Rebollo, inolvidable con ‘El muerto y ser feliz’. El resto de los participantes quedaban cercados por el anonimato para quien no fuese un espectador actualizado en pantallas alternativas. Sin embargo el comisario del ciclo, el crítico Carlos Losillas, confiaba totalmente en el asentamiento futuro de estos autores: “Pocas veces he visto algo así, un grupo de personas unidas por el convencimiento de que hay que fabricar imágenes del mundo y de nosotros mismos con el fin de cambiarlo y de cambiarnos”.

¿Otra vez la esperanza de renovación del cine español, otra vez los novísimos? Isaki Lacuesta echaba el freno en un comentario al programa: “El nuevo cine español sería aquel que la afición y la prensa entierran y resucitan cada cinco o seis años”, y ya de paso fijaba su posición, “Despreocupado de ser o no ser nuevo, y del adjetivo español”. Desnudado de envoltorio, queda el corazón: cine, solo cine en marcha tras los espectadores.

Tal vez la eclosión de este movimiento, o lo que sea, se pueda rastrear en los comienzos de la temporada: en agosto el Festival de Locarno otorgaba su Leopardo de Oro a ‘Història de la meva mort’, de Albert Serra, y distinguía también la gallega ‘Costa da Morte’, de Lois Patiño. A las pocas semanas era el Festival de San Sebastián el que empujaba con la fuerza de sus premios a ‘Caníbal’, de Manuel Martín Cuenca, y ‘La herida’, de Francisco Franco, mientras que el de Toronto lo hacía con ‘Los chicos del puerto’ de Alberto Morais, y ‘Gente en sitios’, de Juan Cavestany. También a la Seminci llegó el oleaje desde la inauguración, cubierta con éxito por Mar Coll con ‘Todos queremos lo mejor para ella’, seguida del feliz descubrimiento de ‘Los ilusos’, de Jonás Trueba. Y para cerrar el largo camino aguardaba el mojón de Málaga, con el lanzamiento de ’10.000 kilómetros’, de Carlos Marques-Marcet, bien acompañado por Beatriz Sanchis con ‘Todos están muertos’. Ambos debutantes en el largometraje.

La salmodia de títulos y premios tiene un contrapunto triste: muy pocos de ellos han alcanzado un estreno adecuado en los cines. O, cuando lo consiguen, su presencia se liquida en una o dos semanas, como ha ocurrido recientemente con la insólita obra de Ramón Salazar ’10.000 noches en ninguna parte’, invisible para muchos aficionados que no se han enterado de su historia onírica ni de la presencia de unos actores en estado de gracia, desde el desconocido Andrés Gertrúdix hasta la intermitente Najwa Nimri. En muchos otros casos las películas de éxito en festivales solo logran continuidad en pantallas alternativas: circuitos de pago de Internet, venta en DVD (las “Carminas” de Paco León han sido pioneras en su explotación simultánea), espacios alternativos; también la esperanza de ser programadas en televisión. Jonás Trueba no perdió mucho tiempo en rascar en los circuitos convencionales. Él lleva consigo ‘Los ilusos’ donde le llamen. Carlos Marques-Marcet estaba dispuesto a un periplo parecido, del que le salvó el premio en Málaga, pero aun así tiene claro el sacrificio: “Viajaré con la película, la acompañaré a todas partes, si hace falta iré casa por casa. Si David Lynch se fue con una vaca a Sunset Boulevard para que la gente fuera a ver ‘Inland Empire’…”.

 

El impulso colectivo que titulaba el Festival de cinema d’autor en realidad viene granado en un abanico de aventuras personales surgidas del empeño de los directores. Agotados los cauces financieros de productoras y televisiones sin recaudar ni un euro, los nuevos directores se ven obligados a buscarse la vida en los recursos propios y de familiares y amigos. “En vez de comprarme un piso, hice una película”, confesaba el vallisoletano Arturo Dueñas tras el rodaje de ‘Aficionados’. En los últimos años la financiación a través de Internet, el micromecenazgo o crowdfunding, ha permitido la existencia de obras tan relevantes como ‘Stockholm’, de Rodrigo Sorogoyen. Así que con tantas dificultades es casi un milagro que los directores vayan más allá de su opera prima. Queda alientos como el de las dos últimas obras de Víctor Erice, surgidas al margen de la industria sin perder altura: ‘La Morte Rouge’ para una exposición de La Casa Encendida. Y la extraordinaria ‘Vidrios rotos’ que llega con la capitalidad cultural de Guimaraes.

Algún director ha hablado de las dos Españas cuando desde su ribera de arte experimental miraba la orilla del cine comercial. También esta arrastraba su dosis de carencias y lamentos hasta que en este curso encadenó dos o tres éxitos fundamentales: la vuelta a los sesenta certeramente captada por David Trueba en ‘Vivir es fácil con los ojos cerrados’. Y las carcajadas sobre las tensiones autonómicas a través de los viejos chistes regionales en ‘8 apellidos vascos’, con los que Emilio Martínez-Lázaro y sus guionistas han roto todas las cifras de recaudación.

Tal vez el encuentro entre las dos riberas no quede demasiado lejos de dos estrenos recientes. Uno se debe a un experimentado productor, Lluís Miñarro, que en ‘Stella cadente’ discurre con ajustados y sombríos medios sobre el monarca Amadeo de Saboya que huyó (¿abdicó?) para dar paso a la Primera República. El otro lleva el contrariado título de ‘Hermosa Juventud’, y en él Jaime Rosales vuelve a dar la medida de su valía artística y de su adicción al riesgo. Esperemos que ellos, y otros muchos, continúen el impulso colectivo que lleva meses y años agitando el aire.

(publicado en La sombra del ciprés el 7 de junio de 2014)

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La luz de la literatura
Jorge Praga 18-06-2014 | 6:45 | 0

 

¿Cómo se forma un escritor?, se pregunta el narrador de ‘Avalancha’ en su primeras líneas. Y aunque la respuesta esté encerrada en el total de las ciento cincuenta páginas que siguen, avanza un guión resumido de lo que se necesita para componerlas, estas y todas las que aspiren a ser literatura verdadera: “Se debería esperar y saquear toda una vida, a ser posible una larga vida, y después, por fin más tarde, quizá se sabrían escribir las diez líneas que serían buenas”. Pero eso no es todo, hay una exigencia más, ineludible: “No conozco a ningún escritor verdadero que no haya sido lector”.

De estas dos vetas, sabiamente combinadas, se sirve José Giménez Corbatón para ir hilando y decantando una trayectoria vital en la que la literatura es en muchos casos el candil que avanza e ilumina los pasos indecisos que el autor, convertido en sujeto de la narración, va rebuscando en su biografía. Para armar el relato Giménez Corbatón no solo se introduce en las páginas como personaje, sino que para desdibujar más aún su estatuto recurre a la estrategia del desdoblamiento, de la alteridad. Lleva a las páginas a un viejo amigo, Paulino Margeli, con el que ha compartido estrechamente la vida desde que se conocieron en las aulas de la Facultad. Los dos han encallado en parecidos destinos profesionales, perseguido las mismas chicas, y alentado las mismas obras literarias, aunque el que las firme sea siempre Giménez Corbatón. Con Paulino llegan las discusiones, los recuerdos, las lecturas, y también una carpeta de proyectos y bocetos cuya discusión va tomando cuerpo en ‘Avalancha’. Work in progress, dirían los anglosajones. Divagonovela, sentencia Paulino.

Vida y literatura, literatura y vida. Reflejo mutuo, sabiduría proyectada y rehecha. Y, sobre todo, amor, amor entrelazado. Las conversaciones entre Paulino y Giménez Corbatón siempre tienen al alcance de la mano una biblioteca personal de la que bajan libros abiertos por sus mejores páginas. Tolstoi es el primero en hacerlo desde ‘La muerte de Ivan Ilich’, en la vetusta edición de RTV (una colección inmortal, no hay puesto callejero que no incorpore algún ejemplar) que se multiplica en difuntos que van y vienen a través del muro de la existencia: Drácula, el vampiro de Polidori, Carmilla de Sheridan Le Fanu, también la hija de Victor Hugo revivida en un memorable poema. En paralelo los dos amigos recuerdan los ritos funerarios de su infancia, el rostro de los cadáveres que contemplaron en los velatorios de las casas, el temor atávico a ser enterrado vivo.

Y siguen bajando de las estanterías los libros amados, y subiendo hacia ellas los cruces inolvidables de la amistad. Tiene especial desarrollo el Carpe Diem que ambos amigos enfocan hacia la sensualidad y la sexualidad, contrastándolo de manera algo sorprendente con narraciones en las que las situaciones se ahogan bajo el peso de las preocupaciones de sus protagonistas. El detenido análisis de ‘La señora del perrito’ de Chejov alterna con el desenfrenado escenario de un hotel parisiense en el que los amigos se han instalado con una antigua novia de Paulino, Laura, en un ménage à trois del que no se ahorran detalles. La tal Laura desaparece y deja solo un rastro, una edición de ‘Dublineses’ que trae una cuidadosa lectura de ‘Los muertos’, versión de John Huston incluida, mientras continúa el recuerdo de los juegos sexuales parisinos.

En fin, la lista de lecturas es tan larga que necesita un cuidado índice al final del libro: Irène Némirovsky, Guy de Maupassant varias veces citado (entre ellas como libro de cabecera de una madame que incita a los amigos, no al intercambio de fluidos con sus pupilas, sino al de libros con ella), Zola, Charles-Ferdinand Ramuz, Diderot, incluso el último Coetzee de ‘La infancia de Jesús’. Pero antes o después se regresa al principio, al Ivan Ilich de Tolstoi y la enigmática manera con que se cierra su existencia: “En vez de la muerte, era la luz”. Para divisar esa luz que está más allá de las etapas del tiempo, Giménez Corbatón ha elegido rayos especialmente duraderos, esas grandes obras que en compañía inseparable de Paulino escancia serenamente, gota a gota, por las páginas de esta ‘Avalancha’ de vida y literatura.

(publicado en La sombra del ciprés el sábado 31 de mayo de 2014)

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