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Fecha: octubre, 2014
Vallaminci
Jorge Praga 26-10-2014 | 7:56 | 0

Seminci – Caro Diario. Domindo 26 de octubre

Veías el cartel nada más entrar en el vagón del AVE: “Saborea Valladolid”, colgado encima de cada asiento, y acompañado de los morritos que son marca del festival. Así que los viajeros se bajaban en la estación del Campo Grande con el cogote masajeado por esos labios que para unos son de Marilyn Monroe y para otros de Mick Jagger. Me dicen que sí se ha notado la presencia de los visitantes madrileños, cómodos en una ciudad que, por una semana, se mostraba tan inabarcable como su urbe.

Valladolid es ciudad recogida, paseable. Los estrenos de cine se ven en los pocos días que son novedad, y queda tiempo (casi) suficiente para un concierto, una exposición sobre la marcha, aquella presentación de Landero. En bares y tapas se escapa sobre todo lo que el bolsillo no permite, aunque a veces un ciencias (palabra de mi dilecto Francisco Cantalapiedra) te afea el desconocimiento de un antro de La Victoria. Pero llega la Seminci y el orden se va al garete. Los avances prometen, excitan: este ciclo, el vino+cine, Blancanieves, el coreano, los turcos… quiá! Basta abrir el programa un día cualquiera para darse de bruces con la pequeñez del que lo mira, que intenta según la costumbre leerlo en horizontal, de izquierda a derecha, cuando lo que impone el reloj es la única organización posible, la vertical: a las 11.30 la croata, a las 16.30 puedo hacer la digestión en el Zorrilla, y si quiero ir al LAVA a las 20 me perderé… Casi todo queda fuera, a Olmi ni rozarlo, los turcos se van tan vírgenes como habían llegado, el Ribera del LAVA lo conseguiré pagando en el bar. De las tapas me contento con leer los nombres en el mapa: “Pulp-o-fiction”, “Lluvia de albóndigas”, y así.

Durante la Seminci hemos sido la urbe inacabable en la que no hay tiempo para casi nada, en que vamos con la lengua fuera, y sin metro. Estábamos raros con una oferta tan cuantiosa. A partir de hoy fin de morritos en el AVE, volvemos al Valladolid auténtico, el de los cines como cavernas abandonadas por los neandertales y tapas gratuitas de cinco aceitunas. Ya no somos seminceros.

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Crónicas de la muerte y de la oscuridad
Jorge Praga 25-10-2014 | 6:31 | 0

Seminci – Punto de Encuentro. Sábado 25 de octubre

Catalina Aguilar Mastretta ha recuperado para su primer largometraje, ‘Las horas contigo’, el aire de unos hechos que conoció muy de cerca. En la casa familiar de Puebla, donde pasó parte de su infancia, cuidó a su abuela en la última fase de su enfermedad, hasta que murió. A la misma casa ha vuelto con un guion propio para rodar una historia paralela a la suya.

Los hechos, salvo un pequeño prólogo de años atrás, se centran en los días en que la abuela sufre un agravamiento de su enfermedad, en coincidencia con el momento en que su nieta descubre que está embarazada. A partir de ahí la cámara ya no volverá a salir de la casa familiar, salvo para una pequeña excursión hacia los volcanes. El juego narrativo surge de las relaciones entre las mujeres que pueblan la casa, las tres generaciones de la familia más las criadas. Un mundo complejo y femenino que arrastra rencores y heridas, también incomprensiones y diferencias que la estrecha convivencia va limando. La espera de la muerte se convierte en realidad en un reverdecer de la vida que aporta un tono optimista a la narración, y evita el solo funerario en que podía haberse convertido. El proceso agónico está contado con delicadeza por una cámara atenta a las manos sarmentosas de la anciana, a sus vibraciones, a su respiración fatigada. Y la atmósfera opresiva de la inminencia de la muerte se diluye bastante por una música azucarada y una fotografía luminosa y colorista que en los exteriores deja una cierta sensación de postal.

La película cumple con su objetivo esencial, que no es otro que compartir la muerte de un ser querido con cualquier espectador capaz de evocar y reconocer, y sin caer en el dolor negativo. La vida, alejada de toda trascendencia religiosa, permanece en la casa de Puebla.

Un cariz muy distinto tiene ‘Più buio di mezzanotte’ (Más oscuro que la medianoche), un acercamiento al mundo de la prostitución homosexual en su vertiente más marginal. El protagonista es un adolescente, casi un niño, un andrógino que huye de casa por los malos tratos y abusos de su padre, y que no encuentra mejor paradero que los jóvenes y travestis que viven prácticamente en la calle y haciendo la calle, que comparten con él lo poco que tienen. Es un grupo acosado por la policía, maltratado por sus explotadores e indefenso en su debilidad y casi inocencia. No hay ninguna mirada condenatoria ni analítica, la cámara vaga entre la inmundicia que les rodea, recoge sus afectos y su extravagancia, también su soledad.

La apuesta del director Sebastiano Riso en su primer largometraje es la primacía que da a la atmósfera sobre los acontecimientos. Suceden pocas cosas, y se cuentan de forma indirecta, a veces con la ayuda de “flash-back” para remontar la vida del chico. La fotografía se impregna continuamente de tonos naranjas y rojizos mezclados con grises y negros con resultados realmente notables, y emplea una técnica que perturba los colores de las caras y de la piel acercándolos al cómic, un efecto que llega a cansar, aunque refuerza la sordidez que gobierna la película. La Catania donde suceden los hechos queda reducida a edificios arruinados y calles muy sucias, atravesadas por una cámara que corre en travellings largos repitiendo una y otra vez los rostros de la prostitución que ocupan las aceras. Una película interesante, de problemática exhibición comercial por la dureza del tema y la narración oblicua que desarrolla.

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Encuentro, desencuentro
Jorge Praga 25-10-2014 | 6:29 | 0

Seminci – Caro Diario. Sábado 25 de octubre

Unas páginas más atrás de esta esquina he ido dejando la reseña diaria de la sección Punto de Encuentro. Han sido 15 películas con un único nexo de unión: que supusieran el debut de su director en el largometraje, o en todo caso su segunda obra. Por lo demás la variedad de origen es total: Croacia, México, Bélgica, Palestina, España…

¿Qué se podía esperar de una colección de obras de este tipo? Ilusión, inexperiencia, pasión cinéfila, primacía de fondo sobre forma, ganas de abarcarlo todo, de abrasar la pantalla. Poco de eso he encontrado. Salvo alguna excepción como la turca ‘Gözümün Nûrn’, casi todas presentaban una historia de molde clásico sobre un pulido acabado técnico. Es cierto que muchos directores venían con una amplia trayectoria en televisión o en el documental. Pero en bastantes casos llama la atención la, cómo decirlo, amabilidad, sensatez, cálculo. Y mejor una agradable comedia que otro género más espeso. El enfoque político o el debate ideológico, aquel en el que se enredaron algunas de las mejores cabezas europeas, ni rozarlo. La experimentación, el derribo de convenciones, la provocación o el desafío, ni soñarlos. Obras más bien aseadas, con su colchón musical y un embudo final que deje al espectador tranquilo ante los títulos de crédito. Sí, ha habido excepciones, obras de altura como la palestina ‘Villa Touma’ o la israelí ‘At li layla’, o delicadas como la mexicana ‘Las horas contigo’. Pero me pregunto si esto es lo que cabe esperar de un grupo de escogidos debutantes en un festival que presume del cine de autor.

Los caminos de selección de películas tienen que ser por fuerza complicados. Hay muchos festivales, y supongo que bastantes obras quedan fuera de las posibilidades de la Seminci. Pero un cine de mucho más riesgo es perceptible en nuestro país, y seguramente se dé en otras geografías. En mi opinión habría que abrir las ventanas de esta sección para que fuera realmente un punto de encuentro de lo nuevo, de lo imperfecto pero apasionado, de lo que por su atrevimiento merece el empujón de su presencia.

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Un viaje, una boda y la historia de un ojo
Jorge Praga 24-10-2014 | 6:58 | 0

Seminci – Punto de Encuentro. Viernes 24 de octubre

Como dice uno de los protagonistas de ‘En el último trago’ para reflejar su edad, “¡Esta ya no sirve ni para mear!”. Son octogenarios que se ven metidos en una divertida aunque irregular ‘road movie’ dirigida por el mexicano Jack Zagha Kababie. En la partida de dominó que arranca las primeras risas se cuece el desafío, trasladar al museo del cantante José Alfredo una servilleta con un borrador suyo. Como el dueño del fetiche se muere en la misma mesa, a sus amigos no les queda otra que ponerse en marcha: uno en su taca-taca, otro con el corazón a punto de infarto, el tercero lleno de miedos.

Con esos héroes tan singulares los rituales del viaje se respetan. Pues se trata no tanto de alcanzar el destino, sino de superar las pruebas. Pero la hazaña se culmina, la mesa de dominó les vuelve a reunir, y la obra se cierra como se abrió, con una eutanasia a la mexicana: “¡Cinco tequilas!”, uno detrás de otro con los ochenta bien sobrepasados…

Historia de un ojo

La autoficción lleva años triunfando en literatura: Coetzee, Javier Marías… Mucho más difícil es localizar su presencia en el cine, pero aquí tenemos a dos jóvenes turcos, Hakki Kurtulus y Melik Saracoglu  que se adjudican esa etiqueta indagando en el mundo ocular del segundo de ellos en ‘Gözümün Nûru’.

Un director con problemas de vista. Pero la enfermedad no es solo el tema. Un semiólogo lo resumiría diciendo que el ciego es el sujeto de la enunciación. Así que la pantalla está siempre mediatizada por lo que ve y no ve el tal sujeto en sus 40 días de enfermedad. Y por lo que oye (notable trabajo con el sonido), y por lo que toca, y por lo que sueña o desea. El encierro en el ojo del protagonista acaba siendo tedioso, pero al menos hay que celebrar el arrojo juvenil que desprende, la pasión de sus homenajes a Buñuel, Bataille o Fellini, las ganas de experimentar caminos nuevos entre tanta obra defensiva.

Choque de culturas

Kadir Balci es un director nacido en Gante, pero por su nombre podemos colegir que la cultura turca no le es ajena. Y es que para su segundo largometraje ‘Trouw met mij’ (Cásate conmigo) ha montado una historia sobre una boda en el que el motor esencial es el difícil entendimiento entre las familias turca y belga de los novios. Salvo un prólogo con las vísperas de la ceremonia, el resto del metraje se desarrolla en el Ayuntamiento y sobre todo en el banquete. Hay un dicho antiguo que recuerda que te casas no solo con tu pareja, sino también con su familia. Y aquí se cumple en una fiesta que se enreda continuamente en discusiones y peleas, y que cada vez es más ácida y negativa. Al final, en una decisión un tanto postiza, parece que triunfa el amor de los novios sobre los líos entre culturas.

Donde la película guarda más valor es en su realización, con una cámara muy ágil y un montaje excelente.

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Homérico
Jorge Praga 24-10-2014 | 6:56 | 0

Seminci – Caro Diario. Viernes 24 de octubre

Contaba hace poco Diane Keaton que en la escena de la boda que abre ‘El Padrino’ se sirvieron bebidas de verdad, con lo que todos acabaron un poco o mucho perjudicados, desde los figurantes a los protagonistas. El único que no bebió fue Marlon Brando, que tardó varias rondas en terminar su monólogo en el despacho oscuro, y además debía bailar con su hija el vals triste de Nino Rota. Carne de gallina pone ese plano, prendido a las jornadas de cine y vino que hoy arrancan en el LAVA.

Donde ya no estoy tan seguro de que los intérpretes llenaran su vaso con néctar verdadero es en ‘El hombre tranquilo’, aunque los ojos achispados de Barry Fitzgerald dado vida a Michaleen solo pueden provenir de varias Guinness del pub de Cohan. Es curioso, pero la memoria alcohólica del cine recala una y otra vez en películas de John Ford. Ese momento en que el estirado Henry Fonda de ‘Fort Apache’ manda al sargentón de Victor McLaglen que destruya un cargamento ilegal de whisky. ¿Cómo olvidar su disciplinada respuesta, mirando a sus subalternos?: “Muchachos, vamos a tener mucho trabajo…”. O el médico de Shimbone, la ciudad de ‘El hombre que mató a Liberty Valance’, que avisado con urgencia porque acaban de tirotear a Liberty, solicita en alta voz una botella de whisky, ¿tal vez para reanimar al moribundo? Se bebe un largo trago y tras dar un puntapié al cuerpo del forajido sentencia: “¡Muerto!”. Ay, aquella escena del saloon de ‘Pasión de los fuertes’ cuando Victor Mature aparta a los cómicos borrachos y devuelve a Shakespeare la cadencia de sus versos…

Solo se me ocurre otro director a la altura de las ingestas alcohólicas de Ford: Sam Peckinpah, en esa obra maestra que es ‘Grupo salvaje’. Si un día deciden revisarla procuren tener a mano algo que beber, aunque el cielo de la proyección esté en una sala oscura con un grupo de amigos compartiendo una botella, a semejanza de los forajidos que descubren la amistad como sentido postrero de una vida errática.

Un brindis por esa iniciativa de mezclar cine y vino. Como dijo Michaleen, ¡Homérico, Homérico!

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